domingo, 7 de agosto de 2011

JLA


JLA

Grant Morrison y Howard Porter/John Dell

DC Comics

El título que más vende de DC en estos momentos, por encima del cinematográfico Batman y del renovadísimo Superman, a las puertas de entrar en el lucrativo Top 10 (según el oráculo Wizard), dejando atrás a mutantes y arácnidos marvelianos y a primeros espadas de Image como Gen 13, y aquí en la Iberia sin enterarnos de nada. Mientras nuestros hermanos de México acaban con la sequía (véanse News en este mismo U), bueno será que vayamos comentando lo que se cuece en la más veterana casa superheroica y cómo la baqueteada Liga de la Justicia de América es de pronto lo más emocionante del mercado yanqui.

Curioso (y aleccionador, probablemente) es que el guionista de esta encarnación de la Liga, Grant Morrison, que se ha ganado a pulso una reputación de heterodoxo desde sus Animal Man y Doom Patrol de hace una década hasta sus Flex Mentallo e Invisibles de ahora mismo, haya conseguido por fin el éxito masivo con la serie más convencional que ha escrito en toda su vida. La palabra convencional, por cierto, es clave para entender todo el entramado sobre el que se aguanta JLA, que explota el atractivo de lo establecido, de las cosas hechas a la vieja usanza y como dios manda, de las historias contadas con un solo propósito, sin dobleces ni ironías. Por eso probablemente tiene encandilados a un montón de chavales ansiosos de llevarse a los ojos un tebeo de superhéroes de una pieza, de la misma manera que habrá arrastrado a un grupo de lectores convencidos de que si lo escribe Morrison tiene que encerrar algún ocurrente y astutamente disimulado mecanismo de deconstrucción posmoderna. Pues me temo que no, amiguitos. Sospecho más bien que Morrison, como cualquier hijo de vecino, quería en primer lugar ganarse unos cuartos más de los que habrá podido amasar hasta ahora, con tantas páginas ya emborronadas, y en segundo lugar, necesitaba exudar la cantidad de lecturas superheroicas que parece haber absorbido y que le rebosan por las orejas.

Para relanzar al supergrupo santo y seña de DC, pues, se ha decidido hacer las cosas bien, sin reparar en gastos, empezando por la alineación, que es la original que presentaba la Liga hace ya casi cuarenta años: Superman, Batman, Flash, Linterna Verde, Wonder Woman, Aquaman, Detective Marciano y, a las primeras de cambio, la incorporación de Flecha Verde. Un equipo como éste, obviamente, sólo puede funcionar a gran escala, implicándose en amenazas descomunales que, como mínimo, pongan en peligro el destino de todo el planeta, el futuro de la humanidad y la Vía Láctea y el inicio de la temporada de fútbol profesional. Para cualquier otra cosa sería ridículo llamar a un puñado de tipos con semejante pedigrí y que responden a un nombre tan escandalosamente desfasado como la Liga de la Justicia de América sin abochornarse un pelo. Morrison se pone a la altura y no siente ninguna vergüenza de jugar a lo grande, echando mano de decorados y efectos especiales a mansalva: los marcianos invaden la Tierra, los ángeles del cielo se pelean en nuestro mundo mientras la Luna se cae, un supervillano intenta hacerse el amo de todo lo que existe superando las últimas barreras del universo... amenazas a las que la JLA replica con la confianza y la determinación que hacían creíble a John Wayne quitándose de encima legiones de malnacidos como quien espanta moscas con la mano. La JLA es la alianza de los héroes más poderosos del mundo, así que ¡pobre del que se cruce en su camino! Virtud de Morrison es entender no sólo la esencia del conjunto, sino la de cada uno de sus icónicos miembros, todos ellos cargados de historia y de significado y perfectamente retratados con una fugacidad llena de precisión: Superman es el símbolo, el representante de puertas afuera, y su liderazgo lo complementa Batman, el que organiza estrategias y da soluciones en la sombra, su falta de poderes compensada por una supereficiencia pasmosa; Flash y Linterna Verde son la pareja cómica, los jovenzuelos que aportan chispa y vida; Aquaman y Wonder Woman confirman que, cuando los otros están presentes, ellos sólo pueden aspirar a segundones; el Detective Marciano es un Superman sin carisma público y algo tristón y solitario. Manejar un reparto tan grande (y además integrado por personajes que llevan su propia vida en sus propias series, así que aquí sólo pueden vivir aventuras) es tarea delicada, que Morrison solventa jerarquizando las relaciones mediante las tres parejas y el individuo-comodín que he mencionado. No es casualidad que el Detective Marciano sea el único sin cabecera personal. El lector de JLA ya conoce (y bien, probablemente) a todos y cada uno de los personajes por su experiencia previa, así que la caracterización huye sabiamente de prolijas presentaciones para subrayar los rasgos, a veces inesperados, de la personalidad de estas estrellas del superheroísmo con los que el autor prefiere jugar. Unos diálogos francamente divertidos cuando hace falta (no te puedes tomar en serio todo el rato un tebeo como éste) contrastan maravillosamente con los momentos más épicos, esos de la viñeta a toda página con Superman enganchado a un Ángel del Señor en medio de una ciudad arrasada y semejantes. Cada escena está primorosamente planteada, aunque la relación entre unas y otras escenas a veces resulta un tanto brusca. O bien el guionista tiene más facilidad para el detalle que para los grandes esquemas (que es lo que yo sospecho) o simplemente hace un uso muy sui generis de la elipsis.

A Morrison no le importa volver a contarnos historias que pertenecen al capítulo de los lugares comunes para cualquier aficionado al tebeo de superhéroes (¿y qué otro lector se va a comprar JLA?). ¿Hay algo más sobado que el argumento de los «salvadores del mundo» extraterrestres que en realidad son enemigos camuflados? En la primera saga, la Liga entera es capturada por un puñado de supercriminales con poderes equivalentes a los de Superman (y más variados aún) cada uno de ellos. Únicamente Batman, que es «sólo un hombre», sigue libre, y por supuesto que el adusto Señor de la Noche se basta y se sobra para sojuzgar sigilosa y contundentemente a la pandilla de supermalvados, en un episodio que respira el mismo aire que aquel mítico «Lobezno solo» de Claremont y Byrne hace ya un montón de años. Posteriormente, la Llave (sí, hay un malo que se llama así, ¿qué pasa?) atrapa a todo el grupo en sus propios sueños, proyectados en un mundo imaginario, utilizando una estratagema que recuerda poderosamente a la legendaria historia de Superman «El hombre que lo tenía todo», de Alan Moore y Dave Gibbons. Pero, ¿cómo escapa de esta trampa la Liga? Gracias a la intervención de su más reciente y menospreciado miembros, el arquero Flecha Verde, que finalmente noquea con sus saetas al villano de rango cósmico. En The Avengers 174 (1978, pero el dato lo he tenido que mirar, no se piensen que soy tan friki como para sabérmelo de memoria) el galáctico Coleccionista captura a los poderosos Vengadores. A todos, excepto a Ojo de Halcón (¡el arquero, para los menos duchos en superherología!), que acaba tumbando al malhechor con sus rudimentarias armas.

Pero nada de esto importa, porque Morrison es el primero que parece plenamente consciente de lo que está haciendo y por qué lo está haciendo, y esa convicción insufla vida al tebeo y restaura con efectividad parte del aura mágica que siempre debería desprender este género. Quizás el amable lector pueda deducir de mis palabras que JLA son sólo textos, pero no, también está dibujada, y la aportación de Howard Porter (al menos hasta el número 7, tras el que le sustituye Óscar Jiménez, esperemos que de manera provisional) no puede ser más ajustada al tono de la colección, con un estilo que es vulgar a la vez que grandioso. Supongo que los editores pensarían que ya que los héroes son clásicos, equilibrarían poniendo un dibujante de hechuras modernas, lo cual no les voy a discutir mientras Porter siga dibujando a Batman con los viejos tebeos de Michael Golden abiertos encima del tablero.

De despedida, una advertencia. Ojito con el especial JLA/WildC.A.T.S.: es ilegible.

Publicado originalmente en U #6 (septiembre de 1997), con el nombre de Trajano Bermúdez. Me ha parecido oportuno rescatar esta vieja reseña de la JLA de Grant Morrison y Howard Porter/John Dell para complementar la lectura de Supergods.

viernes, 5 de agosto de 2011

LITERATURA SUPERHEROICA 4: SUPERGODS


Para el cuarto y último libro de esta serie de posts voy a hacer trampa. Dije que comentaría cuatro novelas de superhéroes y Supergods (2011), de Grant Morrison, no es una novela. Es una especie de memoria superheroica de un fan convertido en guionista que ha convivido siempre con los superhéroes y cuya vida personal y carrera profesional ha estado determinada por estos. Pero la trampa es legítima, porque para Morrison los superhéroes son reales y las barreras entre realidad y ficción son porosas, de modo que escribir sobre la una es practicar la otra. Es decir, para Morrison unas memorias son una novela tanto como una novela son unas memorias.

El primer tercio de Supergods recuerda en gran medida a The Great Comic Book Heroes (1965), de Jules Feiffer, quizás el primer libro importante sobre los superhéroes escrito por un autor de cómics. Al igual que Feiffer, Morrison comenta los personajes más importantes de los orígenes del comic book, escribiendo una especie de historia interpretativa que tiene sus mejores momentos, tal vez, en la recuperación de personajes como el Capitán Marvel, portador del relámpago original místico de la creación superheroica. Sin embargo, estos primeros capítulos decepcionan por la obviedad de las opiniones de Morrison sobre los primeros años de Superman, Batman y demás. De alguien con fama de visionario uno esperaría ideas revolucionarias sobre los personajes que forjaron la mitología heroica, pero el texto de Morrison casi parece un aplicado refundido de las historias convencionales más populares de los últimos años, con Les Daniels a la cabeza. Un poco rutinario y desapegado, tal vez una introducción aceptable para el neófito, pero poco interesante para el lector especializado. Falta una visión personal que se hace más presente en las páginas dedicadas al Superman de la Silver Age editado por Mort Weisinger, el cual le sirvió de modelo para All Star Superman y, obviamente, es una de sus grandes influencias. También tiene interés en esta parte del libro el catálogo de referencias concretas que sirven para trazar el mapa de la obra posterior de Morrison. Por ejemplo, cómo descubrió el guionista escocés que se podía romper la cuarta pared en una historia de Flash de 1966 que es el modelo más directo para el final de su célebre etapa de Animal Man, o cómo la idea de que los superhéroes se pueden traspasar de la imaginación a la realidad para modificar el mundo ya aparece en la conclusión de la Saga Kree-Skrull de Roy Thomas y Neal Adams en Los Vengadores. También reivindica a guionistas de los setenta que son claramente sus maestros remotos: Steve Englehart, Don McGregor, Steve Gerber. Éste último, sobre todo, escribió los prototipos de Doom Patrol y Los Invisibles.

En 1978, Morrison descubre el punk y Supergods empieza a parecer de verdad una autobiografía. Con los inicios de la carrera profesional del autor, el libro gana en interés, en viveza y en inmediatez. Nos habla de cosas vividas de primera mano y sus opiniones son más lúcidas y reveladoras. Vemos a través de sus ojos el clima comiquero de la Gran Bretaña de los 80 que sirvió de caldo de cultivo para la Invasión Británica del comic book americano a finales de esa década. El análisis de Watchmen es espectacular, pero en él se revela ya un rasgo que irá acentuándose a medida que avance la historia: cierta obsesión de Morrison por quedar por encima de todos. Al mismo tiempo que exalta las virtudes de Watchmen, al criticarlas Morrison nos está diciendo que su obra mejora a la de Moore situándose en un plano superior, que llega a sitios a donde el formalismo riguroso y un poco de juguete de Moore y Gibbons no era capaz de llegar. Más adelante, se repetirán episodios de tenor semejante. Mark Millar, por ejemplo, aparece como un fan locamente admirador a quien Morrison introdujo de la mano en el mundillo del comic book profesional, a quien dio sus mejores oportunidades y a quien sugirió todas sus ideas. Al hablar de The Authority, explica que la elección de Mark Millar para continuarla surgió de una conferencia entre Warren Ellis y él mismo, y que fue Morrison quien indicó a Millar de qué manera debía escribir la serie. Posteriormente, según el libro, fue Morrison también quien recomendó a Millar para Ultimates, quien explicó a Millar qué dirección y tono debía tener Ultimates y quien, por fin, escribió como negro alguno de los episodios de Ultimates. Esto último no lo niego, porque si Morrison lo dice tampoco voy a pensar que está mintiendo, pero todo lo demás, incluso aunque fuera verdad, huele a intento desesperado de apropiarse del éxito ajeno, de convencernos de que «son sus ideas» las que nos gustan. Y uno no puede evitar pensar: si tan claro lo tenías, Grant, ¿por qué no lo hiciste tú? Porque si algo es evidente a lo largo de Supergods es que Morrison siempre ha buscado un gran hit, pero solo ha reventado la taquilla con personajes franquicia de primerísimo nivel (Batman, Superman, X-Men, JLA). Esta parcialidad que muestra en el juicio a sus compañeros también se traslada a los patrones: le resulta más fácil criticar a Marvel que a DC, que es la editorial con la que tiene contrato en exclusiva en la actualidad. Al respecto de las cuestiones relativas al trabajo para las grandes editoriales, Paul Gravett tiene un artículo muy interesante en el que critica la actitud de Morrison en Supergods frente a las políticas empresariales.

En parte este efecto de autoenaltecimiento se deriva del modelo histórico que Morrison ha elegido para su relato. De forma sorprendente para un autor de ideas tan absolutamente modernas, Morrison opta por un caduco esquema de historia vasariana, dividida en «edades» en la que la historia del cómic se personifica y adquiere los rasgos de un ser humano que va madurando y pasando de la etapa infantil a la adolescente y la adulta y, por tanto, de plenitud. Es un tipo de historia teleleológica, en el que inevitablemente todo lo anterior existe para converger en lo actual, que es su máxima y más madura expresión, y en el que por tanto Grant Morrison es la cúspide de toda la historia previa de los superhéroes. Lo que Miguel Ángel era para Vasari, Grant Morrison lo es para Grant Morrison. Divino.

Y divino no es una palabra que utilice a la ligera. Por supuesto, lo más interesante de la historia de Grant Morrison como escritor es la historia de Grant Morrison como chamán. A partir de su etapa punk, Morrison empieza a juguetear con la magia del caos y a tantear la hiperrealidad psicodélica. Es decir, la ficción real o la realidad de la ficción, que es, en cierta manera, una versión mística de la continuidad mediante la cual él mismo se introduce en las páginas de Animal Man o traza el plan de su propia vida a través de los episodios de Los Invisibles. El viaje místico de Morrison culmina en el episodio de Katmandú, un contacto extradimensional propiciado por el consumo de drogas que le permite ver la realidad del universo y le hace embarcarse en la misión de transmitir ese mensaje a través de sus tebeos.

Si el episodio de Katmandú le suena a alguien como el típico momento fundacional vivido por el líder de una secta, es que es eso exactamente. Y ésta es la idea final del libro, que los superhéroes son entidades metafóricas que nos permiten mediar con nuestro inconsciente de forma eficaz y colorida. Es decir, es una especie de sistema de deidades cuyo valor es alegórico, pero que carece del valor trascendente de lo religioso. Por tanto, funcionan como herramientas de autoayuda, que es lo que ha intentado poner en práctica Morrison en sus tebeos. Quizás por eso el aficionado al cómic haya sido siempre reacio a la autoayuda, porque Peter Parker ya cumplía esa función en su universo.

Supergods podría haber convertido a Morrison en un nuevo L. Ron Hubbard, pero sorprendente le falta la visión o la decisión para dar ese paso. Desde su mismo título, el libro parece pensado para ser una Dianética basada en los superhéroes, y no se puede negar que es un libro inspiracional. El final, que cierra el círculo de la ficción y la realidad, al explicar que DC le ha encargado el reboot de Superman, el personaje que pone en marcha toda la historia que cuenta el libro, parece otra prueba más de cómo la magia del caos funciona para aquellos que creen en ella. En sus propias palabras: «Las historias de superhéroes me despertaron a mi propio potencial. Me dieron la base de un código ético que todavía sigo. Inspiraron mi creatividad, me dieron dinero, e hicieron posible que convirtiera en una carrera profesional lo que hacía por placer. Me ayudaron a captar y comprender la geometría de las dimensiones superiores y me advirtieron del hecho de que todo es real, especialmente nuestras ficciones. Al ofrecerme modelos de rol cuyo heroísmo y cualidades trascendentes habían ido en el pasado acompañados de halos y túnicas flotantes, alimentaron en mí una sensación de lo cósmico y lo inefable que las pomposas y dogmáticamente estúpidas religiones paternalistas nunca podrían igualar. No necesitaba la fe. Mis dioses eran reales, hechos de papel y luz, y se enrollaban en mi bolsillo como si fueran una dimensión de supercuerdas».

Supergods es un libro irregular, que da la sensación de estar escrito a trompicones, con algunas partes muy apresuradas, con algunos capítulos demasiado obvios para el lector especializado y otros demasiado especializados para el lector general. Como los tebeos de Morrison, tiene ideas geniales dispersas, pero le falta cohesión y ritmo narrativo. Coincido con alguna de las propuestas principales de Supergods. Para mí, los superhéroes también son reales, y lo son también en la dimensión del papel y la tinta, y es por eso que mi concepto de realismo superheroico lo expresa perfectamente Secret Wars. En última instancia, Supergods es un libro sobre superhéroes escrito por uno de los guionistas responsables de uno de los mejores cómics de superhéroes de la última década (All Star Superman) y eso lo convierte en lectura obligatoria para todos los que estamos interesados en el género. Pero pocas veces me ocurre que termine de leer cuatrocientas páginas sobre un autor (y aún más, escritas por ese mismo autor) y al final tenga la sensación de que tiene una categoría menor de la que le atribuía antes de la lectura. Diré más: que incluso personalmente me cae peor que antes de leer el libro. Me quedo con la impresión de que Morrison ha pasado toda su carrera bajo un agudo síndrome del patito feo. Siempre ha querido ser Alan Moore o Neil Gaiman. Ya tiene 50 años, y todavía no lo ha conseguido.

jueves, 4 de agosto de 2011

LITERATURA SUPERHEROICA 3: SOON I WILL BE INVINCIBLE


Si en It's Superman! se planteaba la posibilidad de utilizar al superhéroe como tema para una obra literaria seria, dos años después una novela como Soon I Will Be Invincible (2007), de Austin Grossman, se escribe desde parámetros completamente distintos. De golpe, hemos saltado de la Edad de Oro y el superhombre como arquetipo mitológico a, como poco, los años ochenta (lo que algunos llaman la Dark Age) y los superhéroes como protagonistas comunes de nuestra existencia cotidiana. Soon I Will Be Invincible no necesita trasladar a Superman a un entorno novelesco para convertirlo en literario, sino que más bien trae la literatura al comic book para crear una novela que, al final, es como la descripción en palabras de una saga de superhéroes. Por concretar, para aquellos de mis lectores que saben de lo que hablo: todo el tiempo tenía la sensación de estar leyendo alguna aventura de los Teen Titans de Marv Wolfman y George Pérez... pero sin dibujos.

No hay dibujos, pero la estructura de la narración, la forma de plantear las escenas, el comportamiento de los personajes y la manera de describir la acción remiten continuamente a los tebeos. Es como si alguien estuviera viendo las viñetas y nos contara con palabras lo que pasa. Y lo que pasa responde canónicamente a las convenciones del género en su formulación más mainstream. En Soon I Will Be Invincible asistimos a la fuga de un supervillano de largo historial -Doctor Impossible- y su persecución por parte de un grupo de superhéroes perfectamente identificados y reconocibles como tales desde el principio -The Champions-. Al contrario que en otros casos en los que los superhéroes han salido de las páginas de los tebeos, en éste el autor no siente la menor necesidad de justificar la existencia de los superhéroes, ni el impacto que producen en la sociedad, ni ninguna de las otras cuestiones que se plantean siempre que se mira a los superhéroes desde otro medio por primera vez. Queda claro, pues, que el lector que aborda Soon I Will Be Invincible es un lector que se introduce en sus páginas con la misma naturalidad con la que se introduciría entre las páginas de The Avengers #142 o Justice League of America #258. No hacen falta explicaciones previas, todos sabemos qué son los superhéroes, cómo son y cómo funcionan. Pasemos directamente a la acción.

Soon I Will Be Invincible tiene hallazgos. Hay dos narradores que se alternan. Uno de ellos es Fatale, una mujer cyborg que es la nueva recluta de los Champions, y, por tanto, el clásico recién llegado a través de cuyos ojos vamos descubriendo a los demás personajes y el mundo que habitan. El otro es el propio Doctor Impossible, en lo que sin duda resulta el recurso más brillante de la novela. ¿Cómo contar las cosas desde dentro de la cabeza del Doctor Muerte, de Magneto, del Cráneo Rojo? ¿Qué pasa por la mente de un supervillano con ansias de dominar el mundo? Grossman escribe con soltura y desparpajo, con un estilo moderno e irónico que hace que sus páginas pasen solas, y la voz del Doctor Impossible está continuamente punto de estallar en la comedia más desopilante.

Pero nunca acaba de hacerlo.

No lo hace, evidentemente, por decisión del autor, que no quiere que su novela se despeñe por el abismo de la parodia, de la que luego no podría recuperarla. Al contrario, Soon I Will Be Invincible es rigurosamente respetuosa con el canon de los superhéroes. Tanto, de hecho, que por momentos parece que estemos leyendo una novela escrita bajo los dictados del Comics Code. Hemos leído tebeos más provocadores y salvajes en los años 80. Soon I Will Be Invincible está evidentemente enlazada con Watchmen, de la que toma parte de su planteamiento inicial, igual que lo tomaba la película Los Increíbles, pero de la misma manera que Los Increíbles ofrecía también una visión de los superhéroes pre-Watchmen, en tanto en cuanto estaba limitada por las convenciones de una producción juvenil, también Soon I Will Be Invicible parece más un tebeo de 1982 que de 1990. En el caso de Los Increíbles la autocensura se justificaba porque era una película de dibujos animados dirigida a «todos los públicos». En el caso de Soon I Will Be Invincible resulta difícil justificar esta fidelidad a unas limitaciones narrativas impuestas por la sumisión de una industria popular a las costumbres sociales de décadas pasadas. En Soon I Will Be Invincible continuamente parece que van a pasar cosas tremendas: episodios sexuales o violentos que no tendrían cabida en un tebeo clásico de superhéroes. Pero no pasan nunca. En realidad, no pasa nada que no pudiera pasar en un Marvel Team-Up de 1978.

Y eso es un problema, porque finalmente, a pesar de la indudable pericia de Grossman como narrador, puede resultar agotador o tedioso leer una novela de casi 300 páginas que nos viene a contar una aventura más o menos equivalente a la Saga del Proyecto Pegaso. Ya ni siquiera los tebeos de superhéroes son así, y si no, que se lo pregunten a Sue Dibny.

Como indicador la penetración cultural de los superhéroes en la sociedad, Soon I Will Be Invincible nos viene a indicar la normalización del superhéroe. Ya no es la «aceptación» que nos revelaba It's Superman! En este caso, el superhéroe no tiene que hacer nada para ser aceptado, se lo toma tal cual. Pero el superhéroe no es una minoría que tenga que conseguir integrarse en la gran cultura. El superhéroe es una construcción ficticia con un valor simbólico, y si este proceso de normalización lo interpretamos como gentrificación, podemos pensar que algo se está perdiendo por el camino cuando podemos leer una novela como Soon I Will Be Invincible sin sentir vergüenza. Si el pulp es respetable, ¿qué nos queda para ser subversivo en la cultura de masas? Una de las grandes virtudes del superhéroe ha sido su exquisita vulgaridad grasienta, su capacidad para escandalizar a la cultura institucional, para ofrecer una fantasía alternativa, y tan irreconciliable con el buen gusto consensuado, que exigía un compromiso personal muy intenso por parte de sus lectores. Libros como Soon I Will Be Invincible reempaquetan todo el género y nos lo ofrecen en nuestros modernos salones como un regalo limpio y de buen tono, decorado con un lacito y en ningún modo ofensivo. Sí, es una novela de superhéroes. ¿Y qué cuenta de especial? Nada, es solo una historia de superhéroes como otra cualquiera. Pero mira, no es un tebeo, ni siquiera es una novela gráfica. Es una novela. ¿A que mola...?

[Existe edición española de Soon I Will Be Invincible. Se titula Muy pronto seré invencible, y lo editó Random House; no conozco dicha edición, así que no hago ningún comentario sobre sus características, me limito a dejar constancia de su existencia].

miércoles, 3 de agosto de 2011

LITERATURA SUPERHEROICA 2: IT'S SUPERMAN!


Como todos sabemos, la primera historia de Superman publicada en Action Comics nº 1 (1938) no es la primera historia de Superman. Cuando empieza aquella historieta fundacional, Superman ya existe. No solo eso, incluso la aventura que vamos a leer ya ha empezado y nosotros llegamos a mitad de la peripecia.

¿Qué le pasó a Superman antes de la primera viñeta de la primera página del nº 1 de Action Comics? ¿Cómo llegó hasta allí Clark Kent, disfrazado con un mono azul y una capa roja, saltando por los cielos con una mujer amordazada debajo del brazo? Ésa es la historia que cuenta It's Superman! (2005), una novela de Tom De Haven.

Ha habido muchas novelas de Superman, pero It's Superman! tiene algo peculiar. No es una novela «de compañía», sino de autor (aunque surgiera de una propuesta de DC). Es decir, no es tanto uno más de los muchos productos derivados que DC saca del Hombre de Acero, sino una obra personal del escritor, que ha querido utilizar a Superman y ha conseguido el permiso de DC para hacerlo. Pero, como el propio Tom De Haven aclara, es una novela escrita «con el permiso y la aprobación de DC Comics (pero sin ninguna indicación ni restricción)» [la cita procede de Our Hero. Superman on Earth, un ensayo de De Haven sobre Superman publicado en 2010]. El libro ni siquiera está publicado por DC, sino por Ballantine Books, de modo que no se puede considerar un subproducto estrictamente explotativo. ¿Qué es, entonces? It's Superman! es el legítimo intento de un escritor de escribir una novela de literatura seria protagonizada por Superman.

Han pasado casi treinta años desde Superfolks, y la extravagante inserción de los superhéroes en un marco adulto que ensayaba allí Robert Mayer se ha convertido ya en la visión normativa en los cómics y casi en el cine. Una generación de creativos criados como fans de los superhéroes se ha hecho con el poder en los medios (incluyendo el cine, la televisión y los videojuegos) y de pronto los superhéroes ya no solo son un tema literario plausible, son un tema literario deseable, y hasta de moda. ¿Existiría It's Superman! sin Las aventuras de Kavalier y Clay (2000), de Michael Chabon?

En este caso, cuando tomamos It's Superman como indicador de la penetración cultural del superhéroe en la sociedad, nos encontramos con que el superhéroe a mediados de la primera década del siglo XXI ya es un personaje consagrado en la conciencia colectiva y no estrictamente asociado con formas de entretenimiento infantil, y además es ampliamente conocido por el público general. It's Superman es alusiva y elíptica. Las menciones expresas a Superman, su traje, su nombre, sus poderes, su condición superheroica no llegan hasta que la novela ha avanzado más de 250 páginas. De Haven se puede tomar su tiempo: está manejando un material conocido y cuenta con la complicidad de todos sus lectores adultos. Para entender completamente las referencias superheroicas de Superfolks en 1977 había que ser un friki. No entender las referencias superheroicas de It's Superman en 2005 puede hacer que a uno se le considere un inculto.

It's Superman! parece a veces una novela de gángsters de época. De Haven se toma su tiempo en el desarrollo de la trama y dedica mucho espacio a la ambientación y el decorado, a crear una textura de época convincente con la que representar el ambiente de Norteamérica en el campo (Smallville) y la ciudad (Nueva York) en el periodo en el que surge el Hombre de Acero, entre 1935 y 1938. De Haven tiene una tesis clara, que es la tesis legitimadora de los superhéroes como objeto de estudio cultural académico. Superman es una creación típicamente americana que pertenece al período de explosión de las artes secuenciales americanas, y que por tanto se inserta por derecho propio entre el jazz, los dibujos animados, el cine y los cómics (los cómics previos a los superhéroes, se entiende, es decir, los cómics de prensa). También la fotografía y el periodismo conforman ese «renacimiento americano» que parece descender en línea directa del célebre texto de Gilbert Seldes de 1924, The Seven Lively Arts. Estados Unidos, como nuevo imperio, necesita una nueva mitología, una mitología moderna, y De Haven reconoce a Superman como una de las figuras clave sobre las que gira esa mitología.

La novela dialoga continuamente con Action Comics nº 1 y explica de dónde viene ese «Superman socialista» de sus orígenes. Es decir, apenas dedica atención al origen de sus poderes (no se menciona la palabra Krypton en ningún momento; como decíamos, De Haven deja que esa parte de la historia la asuman los lectores que necesariamente han de estar familiarizados con el mito canónico), y dedica toda la atención al origen de su personalidad, su mentalidad, su visión del mundo. La visión del mundo de un campesino extraterrestre de veinte años que se hace hombre en una nación asolada por las consecuencias de la Depresión del 29 y que descubre el gran mundo en la metrópolis moderna más importante de occidente. El asombro de Clark al descubrir y dominar sus poderes tiene un paralelismo con el asombro que siente al descubrir la sociedad en la que vive, al descubrir el sexo, y al descubrir también (y posteriormente) el amor en la joven, desinhibida y radicalmente contemporánea Lois Lane, una mujer fuerte y alejada del estereotipo de la princesa que depende del héroe masculino para salvarse.

Pero De Haven hace algo más que dotar de carne al semidiós de Krypton y ubicarlo correctamente en su momento histórico. Además, al integrarlo (en cierto sentido) en la continuidad implícita de Action Comics #1, recrea personajes que en la cronología de los cómics llegarían en el futuro. La primera aparición de Lex Luthor en los cómics se produce en Action Comics #23 (abril 1940), pero es evidente que el personaje tiene una historia previa, igual que la tenía el Superman de Action Comics #1. El Luthor que conocemos en los cómics es una fuerza oculta en una guerra entre dos países europeos («Galonia» y «Toran»), y De Haven se preocupa de explicarnos cómo ha llegado hasta allí desde su posición de concejal neoyorquino que dirige una red mafiosa en secreto y que acaba trazando un megalomaníaco plan de dominación mundial a través de los robots. Podríamos decir que a medida que It's Superman! se va alejando de Smallville y los pasos de Clark Kent (y su amigo Willi Berg, una especie de seudo-Jimmy Olsen) se dirigen hacia Nueva York, hacia Lex Luthor y hacia la misión heroica de Superman, la novela va adquiriendo tintes cada vez más caricaturescos y fantásticos, como si el superhéroe extendiera su influencia de forma inevitable sobre el mundo en el que vive, transformando no solo aquellos aspectos materiales a los que afecta, sino, sobre todo, la mentalidad de aquellos que entran en contacto con él. Es como si el superhéroe funcionase como una señal de alarma que despierta las conciencias a un horizonte ampliado de la imaginación. Lo que empieza como Los viajes de Sullivan (la película de 1941 de Preston Sturges) acaba desembocando en un cartoon de Superman de los estudios Fleischer (1941-42). Así, como diría Grant Morrison, y de paso voy adelantando algo para el post sobre Supergods, el superhéroe transforma el mundo. Y no es que lo transformará. Ya lo ha transformado. Empezó en 1938, exactamente.

lunes, 1 de agosto de 2011

LITERATURA SUPERHEROICA 1: SUPERFOLKS


Con esta entrada abro una serie de cuatro que voy a dedicar a novelas protagonizadas por superhéroes. El superhéroe es un personaje peculiar que asociamos íntimamente al cómic y, en los últimos tiempos, al cine. Sin embargo, también ha tenido desarrollos en la literatura, y en los próximos días voy a comentar cuatro de ellos: Superfolks (1977), de Robert Mayer; It's Superman! (2005), de Tom De Haven; Soon I Will Be Invincible (2007), de Austin Grossman; y por último Supergods (2011), de Grant Morrison.

Hoy quiero escribir unas líneas sobre Superfolks, una novela muy peculiar que ocupa un destacado lugar en las sombras del cómic de superhéroes de los 20 últimos años. Superfolks probablemente pasó desapercibida hasta que un joven Grant Morrison la sacó a colación en un intento de hacerse un nombre atacando a alguien más famoso, una vieja táctica que se ha utilizado inmemorialmente para medrar. En el caso de Morrison, Superfolks le sirvió para denunciar que las mejores ideas del entonces estelar Alan Moore estaban directamente plagiadas de dicha novela, y que Miracleman, Watchmen y la historia de Superman «¿Qué fue del Hombre del Mañana?» estaban algo más que inspiradas en la novela de Mayer.

Superfolks es una novela humorística, una parodia de los superhéroes teñida de referencias a la actualidad pop contemporánea y de cierto espíritu post-hippy. Las referencias pop se traducen en una constante riada de citas de personajes, obras y actores famosos en su momento, algunos de los cuales son reconocibles hoy en día (Kojak, Humphrey Bogart, Fred Astaire, Bugs Bunny) y otros resultan esotéricos para un lector actual (¿alguien menor de cuarenta años sabe quién era Spiro Agnew?). La sensación que produce el torrente referencial es parecida a la que produce asomarse a cualquier semanario de humor satírico de tiempos pasados. Miremos un ejemplar de El Jueves de 1981 y nos sentiremos transportados a otro mundo, levemente parecido al nuestro, pero al mismo tiempo levemente distinto. Algo parecido ocurre en Superfolks.

Lo cual no deja de ser apropiado, ya que el mundo de Superfolks es, como el de Watchmen, un mundo muy parecido al mundo real, salvo por un pequeño detalle: los superhéroes.

Como decía, la intención declarada de la novela es paródica. Está escrita con buen humor y mala leche, y con esa saludable irreverencia hacia los mitos propia de los años 70 que se podía encontrar en tantos productos culturales de masas de la época, desde los tebeos de Steve Gerber hasta las películas de Hal Ashby. Y Superfolks es realmente graciosa. Está escrita con muy buen estilo, con mucha agilidad, y le sobra el ingenio. El (anónimo) superhéroe protagonista, un sosias de Superman, no puede evitar comportarse como un superhéroe canónico (es decir, como un superhéroe de tebeo) cuando lleva puesto su traje superheroico. Así, cuando va de superhéroe, no puede lanzar palabrotas. Las piensa. Piensa «¡Me cago en la hostia puta!», pero cuando abre la boca lo que sale de ella es «¡Vaca sagrada!» Vestido con el traje, tampoco puede mantener relaciones sexuales: es incapaz de conseguir una erección que no le supone ningún problema cuando está en su identidad secreta, David Brinkley. Y tampoco puede usar sus superpoderes para fines innobles o para el lucro propio, o es castigado por ello. Así, por ejemplo, si utiliza su visión de rayos-X para ver desnudas a sus compañeras de clase, a continuación sufre un resbalón, un tropezón o cualquier otro accidente que le propina un golpe violento. En su anuario del instituto, su foto va acompañada del lema «El chico más torpe del instituto».

Mayer toma a un estereotipo de personaje basado en el Superman de George Reeves y el Batman de Adam West y lo somete a un mundo donde existe la sexualidad, la vejez, la ambigüedad, la política, las facturas. El tono es paródico, sí, y como decía, con ese aire sarcástico propio de los setenta. Pero al mismo tiempo, en ocasiones es sorprendentemente épico, y hasta cósmico. En ocasiones, uno tiene la sensación de que Mayer entiende la esencia de los superhéroes en serio mejor de lo que la había entendido nadie en 1977. Su Superfolks abre puertas que los superhéroes del cómic tardarían una década en empezar a atravesar. Cuando el villano de la historia clama: «Bromista Cósmico, y una mierda. Estoy harto de hacer de payaso. Llámalo la Liberación del Bufón. A partir de ahora habrá muerte, destrucción, plagas. Puede que incluso alimañas o ranas. Yo soy Dios, y seré adorado como Él. Soy adorado como Él», y el héroe le contesta: «No, en la Tierra no lo eres», y él se despide con «Dales tiempo, dales tiempo», parece que Mayer esté anticipando con una clarividencia extrema lo que han sido los tebeos de superhéroes desde 1977 hasta nuestros días.

Pero claro, esa anticipación se podría considerar en realidad una influencia, y una influencia no directa, sino indirecta, mediada, obviamente, por el Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons (y añadamos, como Morrison proponía, Miracleman y el Superman de «¿Qué fue del hombre del mañana?»). ¿Copió Alan Moore a Robert Mayer para construir las obras que elevaron su fama en el mundo del cómic? Bueno, el superhéroe protagonista de Superfolks es un cuarentón retirado que vive con su mujer y sus hijos. Ha ido perdiendo los poderes progresivamente, y el resto de los superhéroes han ido desapareciendo a lo largo de los últimos años, bien proscritos por el gobierno, bien muertos en accidentes o en acción. Hay problemas de erección relacionados con el uso del traje superheroico. Hay personajes salidos del panteón clásico e inocente de los superhéroes tradicionales que se reinterpretan llenos de furia, violencia y realismo, como nunca se había visto antes en otro medio. Hay una subtrama política de fondo en la que la resolución de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos depende del papel estratégico del superhombre más poderoso del mundo. Hay una trama policíaca de asesinato relacionada con los bajos fondos y los garitos del hampa que, finalmente, está también relacionada con la gran trama política de la Guerra Fría. Hay un héroe de poder cósmico que debe decidir si su lugar está entre las estrellas, como un superhombre y un nuevo dios, o entre los humanos, junto a sus seres queridos y mortales. Hay, en resumidas cuentas, muchísimos detalles, ideas, personajes y argumentos que, cuando uno los lee hoy en día, le recuerdan continuamente a detalles, ideas, personajes y argumentos de las obras citadas de Alan Moore.

Pero los argumentos son lo de menos. Al fin y al cabo, la ficción es muchas veces la combinación de un número de piezas que, finalmente, son limitadas. El propio Mayer lo toma todo de prestado para su novela. Lo importante es la visión, la originalidad con la que se combinan, la personalidad propia de cada jugador cuando juega el juego. Y ahí, en la visión, que creo que es realmente lo que hizo que Watchmen cambiara la historia del cómic de superhéroes, ahí es donde sí creo que todo lo importante de Watchmen, Miracleman y «¿Qué fue del Hombre del Mañana?» está ya en Superfolks.

La novela de Mayer tiene exactamente el tipo de visión reveladora y postmoderna que hará famoso posteriormente a Moore, y sabe perfectamente cómo aplicarla a un mito popular como los superhéroes que hasta ese momento, recordémoslo, solo había estado dirigido a los niños y los adolescentes. Mayer muestra cómo reubicar a esos personajes en el mundo real, cómo dotarlos de sexualidad y psicología, y cómo involucrarlos en cuestiones políticas que hasta ese momento habían sido completamente ajenas a unos personajes totalmente sometidos a la lógica de las series de tebeos infantiles. Mayer demuestra, en resumidas cuentas, cómo hacer novela con los superhéroes. Moore lo que hace es trasladar esa visión de la novela a la novela gráfica.

Dave Gibbons decía que una de las grandes influencias sobre Watchmen había sido «Superduperman!», la parodia de Superman que Harvey Kurtzman y Wally Wood realizaran en Mad nº 4 (1953). Superfolks es el puente que une «Superduperman!» con Watchmen. ¿Cómo reírnos de los superhéroes y a la vez tomárnoslos más en serio que nunca? ¿Cómo deconstruirlos por completo y a la vez darles un sentido nuevo para una nueva era adulta? Para quien se ha criado como lector a la sombra de Moore, Superfolks llega como una revelación.

Pero, dejando atrás el tema Alan Moore (sin cuya intervención, sin duda, Superfolks no habría sido reeditado nunca y hoy en día estaría más completamente olvidado de lo que ya lo está), hay algo que me interesa observar en estos cuatro libros que voy a comentar. Dado que la literatura es uno de los depósitos privilegiados de la alta cultura en occidente, y dado que han sido muy escasas las ocasiones en las que ha aceptado a los superhéroes entre sus personajes, me interesa observar estos libros como indicadores de la penetración cultural de los superhéroes en la sociedad en un momento dado. Es decir, ¿qué nos dice una novela como Superfolks del papel de los superhéroes en la sociedad en 1977? El anónimo seudo-Superman protagonista se mezcla en sus andanzas con personajes como el Llanero Solitario, Batman y Robin, Wonder Woman, Snoopy y Peter Pan. Todos conviven en el mismo orden ontológico: todos son mitos pop y no se diferencia entre sus respectivos universos. Son figuras de carácter general que pertenecen al reino de las creaciones ficticias que usamos habitualmente en periódicos, revistas, televisión, cine, radio, productos de consumo. Y también cómics, claro, aunque probablemente el público adulto al que va dirigido Superfolks ya no lee cómics. Podemos pensar entonces que Mayer tiene en mente a un lector capaz de interpretar al superhéroe como un personaje pintoresco, extravagante y (obviamente) ridiculizable en cuanto nos lo tomamos en serio, pero a la vez capaz de exponer algunas revelaciones interesantes sobre nuestra propia forma de ser, pues al tomárnoslo en serio pasa a adquirir la potencia simbólica de otros elementos comunes de nuestra sociedad de consumo. Es ahí, en ese espectro donde se confunde con otros iconos, logotipos y personajes procedentes de ámbitos distintos del superheroico, donde Superfolks ubica al superhéroe en la conciencia colectiva a la altura de 1977. Es un personaje con el que el lector tiene cierta familiaridad, pero no excesiva cercanía. Es un personaje en los márgenes de la cultura. Una curiosidad.

Superfolks es, aparte de todo lo dicho, mucho más que una curiosidad. Es una novela divertida y absorbente, que se lee con avidez desde el principio al final. Es, también, un tipo de literatura que creo que no se suele practicar en España: pulp y entretenida, pero al mismo tiempo de autor. Tal vez eso explique por qué está inédita en España. O quizás debería decir: por qué sigue inexplicablemente inédita en España.

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 2: ¿SABES CUÁNTO ESTÁ GANANDO EL DIBUJANTE DE SUPERMAN?

(PARTE DEL CAPÍTULO SESENTA AÑOS DE TEBEOS)

¿SABES CUÁNTO ESTÁ GANANDO EL DIBUJANTE DE SUPERMAN?

Aunque ahora cueste imaginarlo, en el mundo de 1939 no había televisión a color, Elvis Presley aún no había traído el rock ‘n’ roll al planeta y las grandes guerras se libraban en los países más ricos de occidente. La radio era la reina del entretenimiento, los ordenadores un sueño de los enfebrecidos escritores de ciencia ficción que llenaban con sus fantasías los pulps baratos y ni siquiera existía la industria del comic book. En Estados Unidos, los tebeos habían nacido y crecido en la prensa, pero fuera de ella aún estaba todo por hacerse.

Lo que hoy llamamos comic book (que no es un “libro de cómics”, sino algo parecido a nuestros tradicionales cuadernillos de tebeos de aventuras, y que representa el formato más barato y popular que ha encontrado este medio en toda su existencia) nació en 1933. Fue en ese año cuando por primera vez se probó un formato más reducido que el tabloide originado en los suplementos dominicales de los periódicos. Los primeros comic books, Funnies on Parade y Famous Funnies, fueron concebidos por el visionario de las viñetas Max C. Gaines como artículos de regalo que acompañaban la compra de ciertos productos (leche, zapatos, etc), y el material que incluían eran reediciones de tiras de prensa famosas como Mutt & Jeff o Joe Palooka. Durante los años siguientes, el comic book iría desarrollando algunos de los rasgos que se iban a identificar como su fisonomía, pero lo cierto es que despegó muy lentamente. A partir del momento en que empezó a venderse en quioscos y con periodicidad mensual, nuevos editores se incorporaron, ofreciendo cada vez mayor número de títulos a los complacidos jovencitos de entreguerras, pero sin demasiado entusiasmo ni creatividad. Aún cuando el formato comic book se confirmó como comercialmente interesante, sus contenidos seguían reduciéndose, en su inmensa mayoría, a tiras de prensa cuyo éxito había sido previamente demostrado por su paso por los periódicos. Podríamos decir que los editores de comic books nacieron conservadores y temerosos de la innovación. Excepto uno de ellos, por supuesto. El mayor Malcolm Wheeler-Nicholson, personaje pintoresco que ha dejado plagadas de leyendas picarescas los años del nacimiento del comic book, fundó en 1935 National Allied Publications, la editorial que con el correr de los años acabaría convirtiéndose en DC Comics. Wheeler-Nicholson y Vince Sullivan, su editor en jefe en los primeros tiempos, publicaban historietas originales en sus títulos, More Fun Comics y New Adventure Comics, pero el material que ofrecían no era de una calidad asombrosa, lo cual no puede sorprender a nadie si tenemos en cuenta que la costumbre de pagar no era para ellos y que cualquier autor con talento y un futuro prometedor siempre preferiría las prestigiosas y bien remuneradas tiras de prensa. En aquellos primitivos y burdos comic books de la National encontraban refugio jovencillos ilusionados pero aún un tanto verdes como Jerry Siegel y Joe Shuster, que concibieron en 1935 (New Fun Comics 6) al Dr. Occult, el primer protosuperhéroe. En 1937, Wheeler-Nicholson se vio obligado a vender la empresa a Harry Donenfield, que continuaría la misma política de ofrecer material original, al tiempo que ampliaba la línea editorial. Ese mismo año National incorporaría Detective Comics, que en su número uno lucía un impresionante primer plano de Fu Manchú y que se esforzaría por ofrecer algo de acción policial en sus páginas.

En esos momentos, el comic book estaba ya establecido como producto y era conocido por el público, pero no se podía decir que fuera precisamente un éxito ni que se le presintiera un futuro prometedor. Por un lado, la mayoría de los editores se conformaban con las reediciones de tiras de prensa. Por otro, los que sacaban historietas nuevas ofrecían una calidad pobre y no habían concebido aún ninguna serie ni personaje que llamara la atención de los lectores. Quizás el negocio del comic book se hubiera asfixiado al cabo de unos años en su propia incompetencia si no hubiera sido por la aparición en junio de 1938 de Action Comics nº 1, el cuarto título de National, en el cual Siegel y Shuster presentaban a Superman.

Evidentemente, la llegada de Superman cambió el panorama, y no es cuestión aquí de analizar todas sus ramificaciones y consecuencias, que alcanzan hasta nuestros días y sobrepasan las fronteras de Estados Unidos y del medio viñetero. Sí se puede decir que, en aquel momento, los editores tardaron en reaccionar (otra cualidad unida a este gremio desde el mismo principio) y los meses siguientes a la explosión de la bomba kriptoniana discurrieron con la misma placidez que si no hubiera ocurrido nada. Cuando por fin recibieron las ondas expansivas del impacto producido entre la chiquillada por el Hombre de Acero ya estábamos en 1939, y había amanecido lo que los historiadores llaman hoy la Edad de Oro del comic book americano. Todo el mundo se puso como loco a buscar personajes que imitaran a Superman, o al menos su éxito. Los editores empezaron a encargar material original a las numerosas “Shops” que lo producían. Estas “Shops” eran más parecidas a talleres que a agencias, y normalmente las gestionaban autores que ya habían conseguido una posición y que contrataban a principiantes con los cuales organizaban una auténtica cadena de montaje que entregaba páginas frescas a las ansiosas editoriales. Normalmente, las “Shops” daban el tebeo completamente terminado a la editorial, que ya sólo tenía que hacerlo llegar al consumidor. Entre las más importantes se encontraban la Iger-Eisner y la de Harry “A” Chesler, que vieron dar sus primeros pasos a muchos de los futuros gigantes del comic book, como el mismo Jack “Rey” Kirby, sin ir más lejos. Desde luego, National (a la cual, para simplificar la lectura, nos referiremos a partir de ahora como DC, aunque esa denominación no la tomaría oficialmente hasta 1977) también decidió copiar su propio éxito, y empezó una desesperada búsqueda de superhombres, que obtendría fruto gracias a un par de recién llegados al mundo de la historieta profesional, Bob Kane y Bill Finger.

Kane (1914) era un neoyorquino que se había criado en el Bronx durante la Depresión, lo cual indudablemente contribuyó a dotarle de una determinación prácticamente obsesiva por salir de la pobreza. Frustrada su vocación de violinista por una lesión producida en una pelea callejera, Kane se concentró en su otra gran afición, el dibujo, que ya le había hecho ganar premios juveniles. En el instituto De Witt Clinton empezó a realizar caricaturas para el periódico escolar, el Clinton News, donde también publicaba un chaval llamado Will Eisner. Ya decidido a hacer carrera artística, del instituto pasó a estudiar un curso de dos años en el Commercial Art Studio, aunque no acabaría el programa, que abandonaría al cabo de un año para proseguir su formación en la Cooper Union y en la Art Students League de Nueva York. Durante este período ya intenta colocar sus primeras historietas profesionales, y conseguiría ser contratado precisamente por Will Eisner, quien viajaba a mayor velocidad que Kane tanto en el mundo del arte como en el mundo de los negocios. En Wow Comics nº 3 (1936, McKay Publishers), que ofrecía tanto reediciones como originales, fue donde Kane vio aparecer su primera serie, Hiram Hick, protagonizada por el típico sheriff paleto que combate el delito en Nueva York. El estilo de Kane era caricaturesco, pues el joven artista se consideraba dotado para el humor, y no se le había pasado por la cabeza que su nombre acabaría siendo universal gracias a una creación eminentemente dramática. Durante los años siguientes, Kane ensayará toda una variedad de nuevas series, ninguna de las cuales tendrá larga vida ni resultará especialmente memorable. En Peter Pupp prueba con la aventura, aunque en clave de comedia, influido por Floyd Gottfredson (Mickey Mouse), y en otros títulos intentará asimilar las influencias de maestros del cómic de aventuras de prensa como Alex Raymond y Milton Caniff (al estilo de Terry y los piratas es Rusty and his Pals, que creará en 1938 para Adventure Comics). Sin embargo, es en el registro caricaturesco en el que se desenvuelve con mayor comodidad, y es en calidad de humorista como empieza a colaborar habitualmente con DC.

Por su parte, Bill Finger (1914-1974) era un vendedor de zapatos que conoció a Kane durante una fiesta en 1938. Finger había sido ávido lector desde la niñez (una afición despertada sin duda por el padecimiento de una escarlatina que le hizo guardar cama), estaba absolutamente loco por La Sombra y Doc Savage y por el cine y tenía una enorme ilusión por escribir sus propias historias y abandonar un empleo que le disgustaba. Curiosamente, Finger también había asistido al instituto De Witt Clinton, aunque allí no llegó a conocer a su nuevo amigo.

Kane y Finger empezaron a colaborar en series como la ya mencionada Rusty and his Pals, y cuando Kane se decidió a probar con los superhéroes, animado por Sullivan (y por los 800 dólares a la semana que estaban ganando Siegel y Shuster, frente a los 35-50 que se sacaba él) se acordó de su compinche Bill. Y es en este momento en el que hay que hacer algunas precisiones con respecto a la paternidad de la criatura.

Todo el crédito de la creación de Batman le ha sido atribuido desde el principio a Bob Kane, y así será hasta el final de los tiempos, debido a que ése es el acuerdo al que llegó con DC. Sin embargo, la impresión que se obtiene revisando todas las versiones conocidas sobre el origen del Señor de la Noche (incluida la que da el mismo Kane en su autobiografía) es que fue resultado de un esfuerzo conjunto, y que habría sido de justicia que durante estas seis décadas, debajo del rótulo que dice “Batman” hubiera aparecido la leyenda “Creado por Bill Finger y Bob Kane”, de la misma manera que junto al nombre de Superman aparecen los de Jerry Siegel y Joe Shuster. El mismo Kane se lamentaba de semejante injusticia quince años después de la muerte de Finger: “Ahora que mi antiguo amigo y colaborador ya no está, debo admitir que Bill nunca recibió la fama y el reconocimiento que merecía. Fue un héroe ignorado. Debido a que llegó a la serie cuando yo ya había creado a Batman, no recibió un pie de autor. Sólo más tarde, en los años setenta, cuando ya no escribía la serie y algunas de sus historias se reeditaban, recibió crédito. A mí nunca se me ocurrió darle un pie de autor y él nunca me lo pidió.” Pero, ¿qué significa exactamente que Bill Finger llegó a la serie cuando Kane ya había creado a Batman? Sigamos paso a paso la invención del personaje.

Animado por las palabras de Sullivan, Kane se puso a buscar en el baúl de las viejas ideas lo que mejor pudiera servirle para crear un nuevo superhéroe. Según confesión propia, sus fuentes de inspiración principales fueron tres: Leonardo da Vinci, El Zorro y una película llamada The Bat Whispers.

La influencia de Da Vinci venía a través de un libro de invenciones del autor renacentista en el que aparecía un ingenio volador llamado “ornitóptero” que fascinó al Kane adolescente. Era el clásico planeador cuyo usuario se arroja desde lo alto de una torre o montaña para aprovechar las corrientes atmosféricas e inevitablemente acaba estrellado. El ornitóptero había inspirado a Kane a realizar algunos bocetillos en los que se reproducía el ala planeadora con un hombre al que se llamaba, dubitativamente, Hawk-Man, Eagle-Man y Bat-Man.

En cuanto a La Marca del Zorro, una película protagonizada por Douglas Fairbanks Sr. en 1920, es una obsesión de Bob Kane desde la infancia. Kane bautizó a su pandilla del barrio los Zorros, y en su intento de concebir un héroe enmascarado con identidad dual, sólo podía imaginar los rasgos de su admirado héroe. Algunas de las características “cedidas” por el Zorro a Batman son: inmensa habilidad acrobática para derrotar a sus enemigos con saltos, puñetazos y filigranas circenses (cortesía del atlético Fairbanks); una identidad dual en la que la personalidad secreta corresponde a un rico (Don Diego en el caso del Zorro) que aparenta pusilanimidad e indiferencia por los problemas de los demás, hasta llegar casi al afeminamiento; la identidad enmascarada, por su parte, viste de negro y no está bien vista por las autoridades (Batman en sus inicios era perseguido por la policía); una cueva secreta que sirve de base de operaciones y un medio de transporte distintivo y con nombre propio (Zorro cabalga sobre Toronado).

La última influencia reconocida por Kane, la película The Bat Whispers (1930) resulta algo más oscura. El film era un remake de una película muda titulada The Bat, y el murciélago en cuestión era el villano de la historia, que llevaba una máscara de quiróptero y que ayudó a concebir el aspecto y la atmósfera del Cruzado de Gotham City. Además, The Bat Whispers proporcionó directamente la famosa Batseñal. También el ambiente de esa película fue una influencia decisiva en Batman, que ya desde el primer momento fue cincelado como un criatura de la noche que se movía entre brumas góticas, lo que también haría que nos acordáramos del Drácula (1931) de Bela Lugosi. Por último, tampoco se puede ignorar el peso de la tradición de la forma de entretenimiento popular que hasta ese momento había imperado, las novelas pulp. Definir a Batman como un cruce entre la Sombra y Doc Savage con unas gotas de Sherlock Holmes no sería demasiado desatinado. El primero es un ser misterioso, envuelto en telas oscuras y partidario de infundir terror en el alma de los criminales. El segundo es el hombre supremo por excelencia, que se ha entrenado para llegar a la máxima perfección física y mental, y que domina todas las disciplinas del saber, desde la química y la ingeniería hasta la filología (eso por no hablar de los numerosos artefactos que utiliza en su batalla contra el mal, como el cinturón utilitario). Pero, por otra parte, podríamos decir que un cruce entre Doc Savage y la Sombra lo era ya El Hombre Enmascarado, The Phantom, el vengador africano concebido para la prensa por Lee Falk y Ray Moore en 1936 y que también es un hombre perfectamente entrenado que instiga un terror supersticioso en sus enemigos y que está embarcado en una misión de venganza familiar llevada a lo universal. En realidad, la cuestión no es tanto si Batman tomó esto o aquello de uno u otro lado como constatar que había una serie de ideas, imágenes y conceptos que flotaban en el aire a finales de los treinta, aluvión inevitable de las ficciones que concibe y consume cada época. La prueba más evidente de lo dicho es la coincidencia de Batman con otro producto que estuvo a punto de dar al traste con la carrera del murciélago antes de que levantara el vuelo. Si Batman debutaría en mayo de 1939, en julio de ese mismo año se estrenaba El Murciélago Negro en Black Book Detective, una de las principales publicaciones de pulp de género policíaco. El Murciélago Negro llevaba una capucha casi idéntica a la de Batman (sin las orejas) y una capa acabada en el característico vuelo semicircular, por no hablar de los guanteletes con “ala de murciélago” que Batman no utilizaría hasta algunos meses más tarde. Los gabinetes jurídicos de Better Publications (editores de Black Book Detective) y de DC se pusieron rápidamente a trabajar en sus respectivas demandas por plagio, pero la confrontación se evitó gracias a la intervención de Whit Ellsworth, que trabajaba como editor en DC y que anteriormente había escrito novelas para Better. Su mediación consiguió que El Murciélago Negro y Batman se ignoraran mutuamente y que ambos pudieran seguir adelante por su propio camino. El del Murciélago Negro, por si alguien siente curiosidad, no careció de éxito. Escrito por G. Wayman Jones, protagonizó 62 novelas hasta su final, en 1953. También se enfrentaba al delito amparado en la noche, y también poseía una identidad secreta, aunque con la particularidad de que en la vida civil era (o así lo creían los demás) ciego, lo que también le convierte en antepasado del justiciero marveliano Daredevil. La amenaza que suponía para la existencia de Batman ese juicio que pudo ocurrir y que no llegó a producirse no debe desdeñarse. En aquellos años de hallazgos continuos, más de un personaje quedó en la cuneta por culpa de que un juez decidió que se parecía demasiado a otro. Precisamente DC hizo trabajar a sus abogados a pleno rendimiento, en casos como el de Wonder Man, una creación del estudio Iger-Eisner para Fox que debutaría en Wonder Comics 1 (mayo 1939) y que fue retirada por su semejanza con Superman. El mismo destino siguió el Capitán Marvel de Fawcett, que no sólo imitaba a Superman, sino que llegó a superarlo en ventas ampliamente, convirtiéndose en el superhéroe más popular de los años 40. Probablemente ese fue el único motivo por el cual el asedio de la demanda presentada por DC en 1941 se mantuvo hasta mediados de los 50, cuando por fin Fawcett dejó de publicar las aventuras de Marvel que, paradójicamente, acabaría siendo adquirido y publicado por DC. Aunque la aparición de Batman había precedido en un par de meses a la del Murciélago Negro, este personaje ya estaba escrito y dibujado antes de que saliera a la venta Detective Comics 27, así que la historia podía haber acabado muy mal (y sobre todo muy pronto) para el Señor de la Noche de no intervenir Ellsworth.

Pero volvamos con nuestros entusiastas y jóvenes dibujantes de comic book, inmersos en pleno brainstorming. Con un boceto bastante elemental y un nombre, Bat-Man, Kane llamó a su colaborador Finger y le pidió que se pasara por casa para ver lo que se le había ocurrido. Entonces es cuando llega la aportación de Finger a un personaje que “ya estaba creado.” Según Finger, Kane “había dibujado un personaje que se parecía mucho a Superman, pero con unas mallas... rojas. Llevaba botas, pero no llevaba guantes, ni guanteletes. Llevaba un antifaz sencillo y se balanceaba en una cuerda. Le sobresalían dos alas rígidas que eran como alas de murciélago. Y debajo había un gran símbolo... Batman. Saqué de la estantería el diccionario Webster con la esperanza de que tuviera un dibujo de un murciélago, cosa que desde luego tenía. Dije “Fíjate en las orejas, ¿por qué no copiamos las orejas?” Sugerí que dibujara algo parecido a una capucha. Experimentó con varias capuchas. Sugerí que bajara la parte de la nariz hasta taparla por completo y para hacerle más misterioso que no se le vieran los ojos.” Otras sugerencias de Finger, corroboradas también por la versión dada por Kane, incluyen sustituir las alas rígidas por una capa, ponerle guantes (que más tarde se convertirían en los guanteletes famosos hoy en día) y cambiar el color del traje a gris, que es más ominoso que el rojo. En cuanto al otro yo del luchador contra el crimen, Kane lo describe como “una co-creación. Yo sugerí la identidad dual del Zorro, y él también había visto El Zorro, así que también le había influido. El rico y petimetre Don Diego, alter ego del Zorro, inspiró la fachada de Bruce Wayne como playboy rico, ocioso y aburrido. La aliteración de nombres -Bruce Wayne, Bob Kane- probablemente fuera una de las razones que hicieron que ése fuera el nombre que se le ocurrió a Bill. Hasta cierto punto, los dibujantes se dibujan a sí mismos o a gente que conocen en sus historietas, así que dibujé a Bruce Wayne a mi imagen, cuando yo era joven y guapo.” Finger, a su vez, aporta algunos datos más precisos sobre el origen del nombre del millonario: “El nombre de Bruce Wayne viene de Robert Bruce, el patriota escocés. Wayne, al ser un playboy, era un aristócrata, así que busqué un nombre que sugiriera colonialismo. Probé con Adams, Hancock... más tarde, me acordé de Mad Anthony Wayne.”

Con el personaje ya claramente definido, sólo era cuestión de realizar la primera historia, que fue escrita por Finger (en una imitación de La Sombra, según sus propias palabras) y dibujada por Kane: “El caso del sindicato químico.” Apareció por vez primera en Detective Comics nº 27 (mayo de 1939). En ese mismo número, Batman ocupaba la portada que, por cierto, recuerda poderosamente a la que más de 20 años después servirá para presentar a Spider-Man en Amazing Fantasy nº 15. En Detective Comics, Batman compartía revista con otros personajes de género más o menos negro, como el detective quebrantahuesos Slam Bradley o el maligno Dr. Fu Manchu, y durante algunos meses sólo apareció en una de cada dos portadas, a pesar de que instantáneamente se convirtió en el favorito de los lectores.

“El caso del sindicato químico” tiene poco que ver con la imagen actual de Batman, y menos aún con la concepción de un tebeo profesional que se tiene hoy en día. Son seis páginas planificadas con una tosquedad extrema, dibujadas burdamente y que ilustran un guión más que elemental. “The Bat-Man”, como se le llama entonces, aparece sin ningún tipo de presentación ni explicación de sus orígenes o motivaciones, aunque podemos deducir que no se trata de su primera aventura, ya que en la primera viñeta, en la que aparecen Bruce Wayne y el comisario Gordon, el diálogo es como sigue:

- ¿Algo emocionante últimamente?

- No, excepto ese tipo al que llaman Bat-Man. Me intriga.

Idea que es confirmada cuando el justiciero aparece por vez primera, en la 2ª viñeta de la 3ª página, pues unos sorprendidos bandidos lo reconocen de inmediato. La historia inscribe directamente a Batman en su larga tradición de participación en casos de misterio detectivesco, tradición probablemente motivada por el título de la revista en la que debuta. Sólo en la última viñeta se revela a los lectores que el aburrido y feble Bruce Wayne es en realidad el poderoso Batman, aunque únicamente un lector de aplastante ingenuidad podría no haberlo supuesto desde el principio. Si bien es cierto que juzgándola con los ojos críticos de hoy en día esta primera historia de Batman es simple de guión y pobre de dibujo, hay que tener en cuenta que Finger y Kane estaban fundando una manera de hacer tebeos que hasta entonces no existía, y que la crudeza argumental y artística es un rasgo compartido por casi todos los superhéroes de los años 40. Comparándolo con el mismo Superman, por ejemplo, Batman contiene muchos más elementos interesantes en cuanto a diseño y escenografía, más elaborados que en las historietas del kryptoniano. Estos pioneros del comic book progresarían muy rápidamente, y se beneficiarían de equipos de ayudantes que en muchas ocasiones traían un talento superior al de los mismos creadores. En el caso concreto de Batman, Bill Finger pronto demostraría ser uno de los primeros guionistas con sentido visual de la historia del cómic, y uno de los más brillantes de la Edad de Oro. En cuanto a Bob Kane, su genio creativo y su capacidad para concebir figuras y ambientes originales estaban por encima de su talento y su competencia desde un punto de vista estrictamente técnico, aunque al cabo de unos meses sus páginas también resultaban notablemente más profesionales.

En estos primeros pasos, Batman no utiliza Batmóvil, sino que se desplaza en un coche rojo. Tampoco tiene a su lado camaradas como Robin, ni su camino se cruza con el de otros héroes, ni acude a la llamada de la Batseñal (entre otras cosas porque la policía le tiene en la lista de los hombres más buscados), ni Alfred atiende la Mansión Wayne, que nunca se identifica como tal, ni hay una Batcueva escondida bajo esa Mansión, y de hecho aún no se ha mudado a Gotham City, porque sus aventuras se desarrollan en “La ciudad”, que a veces recibe el nombre de Nueva York.

Los villanos pintorescos aún están por llegar, al menos los más importantes, los que configurarán su clásica galería de archienemigos, porque en Detective nº 29 (julio 1939) ya aparece el que ha de ser considerado como primer “villano” de Batman: el Doctor Muerte, que ha inventado un polen letal. Para hacernos idea del tono de aquellas historias, basta con observar algunos puntos del argumento: Karl Hellfern, el Doctor Muerte, le tiende una trampa a Batman a través de la sección de contactos del periódico. Bruce Wayne lee el anuncio y acude, en su identidad civil, a recoger la cita a una oficina de correos. Después, se pone el traje de faena y se mete directamente en la boca del lobo. Tras escapar herido de bala de la encerrona, Bruce Wayne se encuentra por la calle con uno de los sicarios del Doctor Muerte (un gigantesco asesino que va vestido de cosaco, sin ningún interés aparente en pasar desapercibido), así que le sigue hasta la guarida del malvado Doctor y pone fin a sus andanzas. El Doctor Muerte, horriblemente desfigurado y con la piel verde, reaparecerá en el número siguiente. A pesar de su tosquedad, en estas historias ya van asomando algunos elementos que pasarán a formar parte de la idiosincrasia del personaje, como el uso de un notable arsenal de recursos, perfectamente archivados en el cinturón utilitario. Claro que en aquellos crueles años no son esos los únicos recursos que se permite utilizar el Señor de la Noche. En Detective 29, tras desarmar a unos matones, los interroga pistola en mano: “¡Ustedes eligen, caballeros! ¡Hablen! ¡O los mataré!” No tiene ocasión de hacerlo ante la intervención de otro esbirro del Doctor, pero ¿quién puede dudar de que habría llevado a efecto su amenaza? Al fin y al cabo, en Detective 30 mata a un hombre de una patada, así como suena: “Se oye un repugnante crujido cuando el cuello del cosaco se rompe bajo la poderosa presión del pie de Batman. SNAP.” Los tebeos de los años 40 eran un mundo duro, y los héroes tenían que ser igual de duros para imponer el orden. Durante algún tiempo, sería fácil ver a Batman con armas de fuego en la mano. En Detective 32 (octubre 1939) elimina a su adversario vampiro disparándole una bala de plata que improvisa a partir de una estatuilla. La pistola o se la procura por arte de magia, o se supone que la lleva encima, cosa que no nos extrañaría teniendo en cuenta que en la portada de Detective 33 (noviembre 1939) luce una hermosa ¡cartuchera! En Batman 1 (primavera 1940), el Señor de la Noche se ve obligado una vez más a emplear grandes remedios, o lo que es lo mismo, la ametralladora que lleva montada en el Batplano, con la cual acribilla a los malos: “¡Aunque detesto tomar vidas humanas, me temo que esta vez es necesario!” Pues me temo que no lo era, amiguito. La seca brutalidad de esta solución irritó a los capitostes de DC, que en aquel momento ya acaparaba el mercado y pretendía proyectar una imagen pura y limpia de empresa de entretenimiento familiar. DC dominaba por completo el panorama, con Batman y Superman, que eran las dos máximas estrellas del creciente mercado del comic book, y con la línea All-American, que aunque aún era propiedad de M. C. Gaines, estaba asociada a DC y contaba (o contaría) con personajes como Flash, Linterna Verde o Wonder Woman, de manera que no les interesaba provocar las iras de los padres o de las asociaciones que velan por la integridad moral de los párvulos. De hecho, la despiadada barrida de ametralladora de Batman coincidió (o provocó, según las fuentes) con la preparación de un código interno de autocensura de DC, en el cual se prohibía la representación de apuñalamientos, ahorcamientos, azotamientos (Batman ya había sufrido alguno de estos), referencias sexuales y, en resumidas cuentas, todo lo que hace que un tebeo sea divertido. De paso, también se prohibía la utilización de la palabra “flick”, que significa algo tan inocente como chasquido, pero que si al rotulista se le va la mano escribiéndolo en mayúsculas puede parecer “fuck”, palabrota por excelencia en inglés. A los rasgos que ya habían demostrado hasta ese momento, los editores añadían ahora el de valentía gallarda en el continuo progreso de la sociedad. Por supuesto, una de las cosas que quedó prohibidísimas por el código fue que un héroe modelo para las juventudes se tomara la justicia por su propia mano. Los editores de DC se mostraron diligentes en la vigilancia de conductas incorrectas. En Batman 4 (invierno 1940), el cruzado enmascarado utiliza una pistola para desarmar a un delincuente disparándole en la mano. En un recuadro en la misma viñeta, aparece el siguiente texto: “Nota del editor: ¡Batman nunca lleva armas ni mata con ellas!” ¡Será ahora!

Los héroes que poblaban los comic books de otros editores no eran tan comedidos. Los años 40, que vieron crecer la fiebre militarista ante la inminente entrada en guerra de Estados Unidos al tiempo que la popularidad de los superhéroes subía como la espuma, son años de justicieros violentos y escenas sanguinarias, de mujeres semidesnudas atadas a potros de tortura y criminales carniceros que siembran la destrucción indiscriminadamente hasta que son reducidos a pulpa por el héroe. Pero ningún personaje (al menos, ninguno de auténtico relieve y verdaderamente perdurable) nace ya perfecto, y esos serían los años en los que se tomarían las decisiones que convertirían a Batman en lo que hoy conocemos.

¡SUPERVILLANOS!: BATMAN


El otro día situaba a Ozymandias de Watchmen (1986, Alan Moore y Dave Gibbons) como origen de la moderna ecuación del villano como héroe (o del héroe como villano) que tan perfectamente representa el Némesis de Mark Millar y Steve McNiven. Y al concentrarme en Ozymandias, no vi a su lado otro ejemplo del mismo caso aún más pertinente. Aún más pertinente porque Némesis se describe con la expresión «Batman como villano» y, al fin y al cabo, de lo que estoy hablando es de que Batman es, realmente, un villano.

Me refiero, claro, al Batman de The Dark Knight Returns, coetáneo del Ozymandias de Watchmen.

Ya he comentado anteriormente que los protagonistas de las historias de superhéroes son realmente los supervillanos. Son ellos quienes ponen en marcha la acción, los héroes responden a sus actos. Sin supervillanos, los superhéroes no tendrían nada que hacer. Son los supervillanos los que dan razón a su existencia.

En Batman: The Dark Knight Returns (1986), de Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley, el universo de los superhéroes y los supervillanos está pacificado hasta que Batman decide actuar. Batman está retirado, y con él el Joker, Dos Caras y todos sus demás archienemigos. Pero Batman decide volver y así pone en marcha la acción y, de paso, es él quien provoca el regreso de los supervillanos que, en este caso, actuarían de hecho como héroes, reaccionando a la presencia del elemento desestabilizador de la armonía inicial de la historia.

Batman vuelve y se enfrenta a la sociedad y al estado. ¿Por qué vuelve? ¿Hay algún acto motivador de su regreso? ¿O vuelve simplemente porque se le necesita? Sólo una mentalidad mesiánica de rasgos megalomaníacos (propios de un supervillano tipo Doctor Muerte o Magneto) pensaría que la sociedad no es capaz de resolver sus propios problemas sin la intervención especial de un hombre elegido que rechaza someterse al consenso general. La situación de «caos» que vive Gotham City no es más que una racionalización de Batman, que en realidad no vuelve para solucionar los problemas de los demás: vuelve para solucionar los suyos propios, como deja muy claro en el monólogo inicial de la obra.

En la primera página de The Dark Knight Returns encontramos a Bruce Wayne implicado en un accidente en una competición de automovilismo. Wayne, que se revela de forma más evidente que nunca como un cascarón vacío, el disfraz de Batman, no encuentra sentido a continuar su existencia si no puede seguir siendo Batman, si no puede seguir dando rienda suelta a su obsesión y disfrutando de las emociones extremas que ésta le proporciona. Al final de ese monólogo inaugural, dice «ésta sería una buena muerte... pero no lo suficiente».

A partir de ahí, decide dejar de reprimirse y entregarse a la satisfacción de sus propias pasiones oscuras, siguiendo estrictamente la misma motivación que ha seguido su archienemigo el Joker durante toda su carrera. Como consecuencia de su decisión, Batman se enfrenta a las fuerzas del orden y a antiguos villanos que vuelven inspirados por él. Por último, en la gran batalla final, se enfrenta al gran superhéroe institucional, Superman. ¿Y quién se enfrenta siempre a Superman en la gran batalla al final del tebeo? El supervillano, por supuesto. ¿Y quién gana siempre en esa gran batalla final? El héroe, por supuesto. Superman.

El que pierde es el villano, Batman.

En The Dark Knight Returns el supervillano muere en la gran batalla final, como es preceptivo, pero, como también es preceptivo, su muerte resulta falsa. Es una treta que le permitirá volver con más fuerza en el futuro, acompañado esta vez de su correspondiente banda de matones (vestidos temáticamente a imitación de su jefe, en la tradición de la serie de TV de Batman de 1966). Como todo buen villano que se precie, Batman y sus esbirros prometen nuevos y más terribles planes para el futuro.

Batman ha completado así su proceso de conversión en supervillano, que le libera de todos los traumas que le suponía la represión de sus instintos. Es por eso que el monólogo final es el eco eufórico del inaugural: «Ésta será una buena vida... lo bastante buena». La villanía da la felicidad. Ahora se entiende por qué los supervillanos siempre se están riendo.

No quiero decir con esto que para Miller Batman no sea el héroe de la historia. Lo es moralmente, está claro, pero las historias de ficción son construcciones formales donde cada pieza desempeña un valor funcional, y, funcionalmente, Batman es el villano de The Dark Knight Returns. Incluso el título lo reconoce: El Caballero Oscuro. El sobrenombre Dark Knight no se había utilizado nunca para identificar a Batman en una portada. Aunque en los 70 se podía encontrar en los cómics de Batman, normalmente era con la construcción «Darknight Detective» que, por un lado, convertía la expresión «Dark Knight» en un juego de palabras infantil, y por otra, matizaba su gravedad al asociarla a la función esencialmente detectivesca (y por tanto, policial y fuertemente empírica) de Batman. Con Miller, «Dark Knight» adquiere un significado nuevo, más profundo, moral y terrible.

El Batman de Dark Knight resulta, entonces, mucho más cercano de lo que creíamos al Ozymandias de Watchmen. Y hay un elemento clave que fundamenta esa relación: ambos son tebeos sin continuidad. Superhéroes fuera de la continuidad. Y la continuidad es uno de los elementos fundamentales para configurar a los superhéroes tal y como los conocemos.

En su libro Super Heroes: A Modern Mythology (University Press of Mississippi, 1992), Richard Reynolds describe la continuidad de los universos superheroicos y concluye que, en realidad, se trata de un entramado en el que conviven tres tipos de continuidad distintos:

1) La continuidad serial. Que, según Reynolds, «es el mismo tipo de continuidad que se mantiene (o no, según los casos) en los culebrones televisivos. La historia anterior de una serie, que incluye todos los episodios previamente emitidos, con su contenido explícito o implícito, y que tiene que ser consistente con la historia actual a medida que se desarrolla».
2) La continuidad jerárquica. «Ésta depende para ser apreciada de una lectura intertextual de varios cómics de superhéroes; y en última instancia de toda la línea de Marvel o DC. En su aplicación más simple, la continuidad jerárquica implica que si el superhéroe A derrota al supervillano B en un cómic y el superhéroe C es derrotado por el supervillano B en otro cómic, entonces (suponiendo que no haya habido otros cambios en la continuidad, tales como que uno de los personajes haya ganado o perdido poderes) el superhéroe A es más fuerte que el superhéroe C y debería ser capaz de derrotarle en combate cuerpo a cuerpo» (Reynolds). Esto yo lo llamaría la ley de «¿Quién es más fuerte, la Cosa o la Masa?», pregunta que, debajo de su aparente sencillez de tópico infantil, encierra toda la clave para entender el funcionamiento de los universos superheroicos.
3) La continuidad estructural. Reynolds: «La continuidad serial, que es diacrónica (se desarrolla a lo largo del tiempo), y la continuidad jerárquica, que es sincrónica (el estado de los asuntos en un momento dado), se combinan para producir la continuidad estructural, que es, en resumen, el contenido completo de los universos DC o Marvel. Sin embargo, la continuidad estructural incluye algo más que la suma total de todas las historias y las interacciones canónicas entre superhéroes, villanos y personajes secundarios. La continuidad estructural también incluye aquellos elementos del mundo real que se contienen dentro del universo ficticio de los superhéroes, y (para los más entregados) acciones que no están recogidas en ningún texto específico, pero que quedan inevitablemente implicadas por la continuidad». En realidad, podríamos decir que ésta es la continuidad operativa que tiene en mente cualquier fan serio de los superhéroes.

Es decir, cuando accedemos a los superhéroes, cuando decidimos «comprar superhéroes», básicamente lo que hacemos es adquirir un sistema mitológico conformado por la continuidad. Lo importante es entender ese sistema, y no «leer buenas historias». Las «buenas historias» lo que hacen es señalar episodios memorables dentro del sistema, pero lo esencial es el seguimiento y mantenimiento de la continuidad. Es la continuidad la que justifica a los superhéroes. Cualquier intento de hacer superhéroes que intente ser canónico se verá obligado a desarrollar la continuidad para crear ese sistema que los justifica. El Universo Marvel desarrolló la continuidad de forma orgánica desde sus orígenes, mientras que en DC llevan cincuenta años intentando recrearla retroactivamente, fusionando diferentes relatos aislados de sus muy diversos y antiguos superhéroes que encajen en un sistema coherente. Pero cuando en los años 90 Image intentó presentarse como un tercer universo superheroico de nuevo cuño, no tardó en descubrir que no bastaba con los superhéroes y los dibujantes estrella, y pronto intentó desarrollar una continuidad artificial, prefabricada, de la que se encargó en buena medida Alan Moore con series como 1963 y Supreme, que utilizaban como modelo la referencia nostálgica a las continuidades de Marvel y DC, respectivamente

Despojados de la continuidad, los superhéroes quedan convertidos en otra cosa, en personajes extravagantes en un mundo «real», y los superhéroes en un mundo real solo pueden ser villanos. La mejor explicación de todo esto -y, por tanto, de cómo funcionan esencialmente los superhéroes- la da sin duda Daniel Clowes en The Death Ray (2004).

Ésta es la lección que aplica Mark Millar a partir de Ultimates. Por supuesto, Millar también comprende que, como personajes extravagantes, los superhéroes en el «mundo real» también pueden ser famosos, fenómenos mediáticos. Pero, originalmente los Ultimates eran superhéroes despojados de continuidad, y superhéroes activos -es decir, villanos- que no esperaban pasivamente a responder a las amenazas de los supervillanos. Podríamos decir que en la apoteosis de su historia original, el enfrentamiento con Hulk en Manhattan, son ellos mismos los proveedores de las amenazas que desarticulan. Es el nuevo panorama superheroico tras el 11-S, la nueva contextualización de una figura que se renueva adquiriendo funciones que hasta ahora solo se encontraban en la sombra. El superhéroe se convierte en villano. El superhéroe se hace moderno.