viernes, 12 de agosto de 2011

EL SUEÑO AMERICANO



Pero, al final, ¿qué representa exactamente el Capitán América? Una vez más, debemos mirar a la intertextualidad para buscar los significados ocultos. Arriba: portada de Tales of Suspense #63 (1965), donde se cuenta el origen del Capitán América. A continuación, se reproduce el interior de esa misma portada. Es decir, lo primero que veía el lector de ese tebeo cuando pasaba la portada.
Debajo, otro ejemplo más tardío, ya de 1972. Portada de Captain America #155 e interior de portada. Como dijo aquél: 'Nuff Said!


[Corolario: al hablar de Nobrow subrayaba la importancia del aspecto material de estos modernos tebeos de vanguardia. Pero la realidad es que los tebeos siempre han sido objetos, incluso cuando eran simples comic books. Manejar las reediciones actuales en tomos lujosos y aptos para cualquier salón de clase media no es lo mismo que manejar los comic books originales, con sus páginas de correo, con sus grapas, con sus anuncios].

jueves, 11 de agosto de 2011

TAN CERCA DE AMÉRICA, TAN LEJOS DE KIRBY




Capitán América: el primer Vengador (2011, Joe Johnston), protagonizada por Chris Evans, demuestra que una película de superhéroes no tiene por qué ser una gran película para ser buena. Como película, a Capitán América le falla la estructura grandiosamente, pero como película de superhéroes, es simplemente grandiosa. Lo que importa es el personaje, y en Capitán América está el Capitán América en plenitud, tal vez más pleno que nunca. Tampoco los tebeos de superhéroes se han hecho famosos por sus buenas historias, sino por sus espectaculares personajes. Sirvan como ejemplo las aventuras originales del Capitán América. En la primera aparición del Cráneo Rojo (Captain America Comics #1, 1941), el Capitán América salta por la ventana para buscar al villano en la noche, sin ninguna pista ni preparación previa. En el último segundo, da la orden a Bucky de quedarse en casa. «Mejor pensado... ¡será mejor que me ocupe de esto yo solo! ¡Espera aquí, Bucky!» Pero el impaciente joven no es capaz de quedarse esperando, por supuesto. Cuatro viñetas después lo vemos asomado a una claraboya, acompañado de un texto de apoyo: «Mientras los espías asesinos [se refiere a la banda de Cráneo Rojo, por supuesto] hacen planes... ¡Bucky descubre accidentalmente su base!» Lamentablemente, el impetuoso muchacho es capturado por el villano y sus secuaces, aunque por fortuna, página y media después es liberado por el propio Capitán América, que irrumpe en la base enemiga (tras llamar a la puerta, eso sí) y empieza a repartir cera a base de bien. Para esta segunda invasión del cubil de Cráneo Rojo el guionista considera que ya es completamente innecesario dar ninguna explicación. ¿Y qué? ¡Vendió millones!

El caso es que, como película, Capitán América tiene una apariencia episódica que le resta fuerza individualmente, pero que encaja con la perfecta traslación del Universo Marvel a la pantalla que está conduciéndonos poco a poco hacia el estreno de Los Vengadores (y que, superado ese umbral, tal vez acabe llevándonos a Marvel Team-Up y quién sabe qué otras alucinaciones adolescentes). Es decir, a estas alturas los Marvel Studios saben perfectamente que están creando un universo, y no una colección de «buenas historias». Así, falta drama en Capitán América; falta drama, por ejemplo, en el final de Cráneo Rojo. Pero todos sospechamos que en realidad el drama sólo se ha diferido: lo retomaremos en Los Vengadores. Vemos Capitán América como una mera precuela, esta vez sí, estrenada antes de su continuación. O sea: es intertextual, requisito indispensable de la continuidad de los universos superheroicos. Por eso hoy decimos: por fin Hollywood lo ha pillado, los superhéroes eran así.

Lo episódico también remite a la que parece otra de las fuentes de esta película, los seriales de aventuras de los años 30 y 40 (de los cuales el propio Capi llegó a protagonizar uno). En todo momento, Capitán América: El primer Vengador es puro pulp desvergonzado, como debe ser, cargado de humor pero sin caer en la parodia obvia. A veces diríamos que es una versión sobria del Batman de Adam West. Esta película sabe que hay que ser atrevido, que llegados a cierto horizonte, uno no se puede andar con contemplaciones, y que eso significa que si cuesta justificar que una figura como el Capitán América combata a los ejércitos nazis, cuesta menos justificar que combata a una secta hipernazi de supervillanos ultratecnológicos. Un loco puede ser un objeto de risa, pero dos locos instauran un nuevo orden mundial, y la locura de Capitán América es tan absoluta y sensata que nos invita a participar de ella. Lo hacemos con gusto. Al fin y al cabo, llevamos años (los viejos lectores de superhéroes) participando de esa grandiosa locura que inventó Jack Kirby. El Capitán América es creación original de Jack Kirby y Joe Simon, pero fue Jack Kirby quien desarrolló con los años, especialmente durante los 60, un estilo de hacer tebeos superheroicos muy particular, donde los ejércitos de matones enmascarados que circulaban sobre megamotos armados con cañones de protones formaban parte del paisaje cotidiano, en el Nueva York moderno o en el Teatro de Operaciones Europeo de la 2ª Guerra Mundial. Y ése es exactamente el mundo que vemos en Capitán América: El primer Vengador, el mundo de Jack Kirby, la lógica dinámica de Jack Kirby. Cuando vemos al Capitán América, solo, montado en su moto, asaltar una fortaleza de Cráneo Rojo defendida por centenares de agentes de Hydra, y cuando le vemos pasar a través de ellos como un torbellino derribando bolos, estamos viendo a Kirby en imagen real, estamos compartiendo el universo de un verdadero visionario del arte contemporáneo.

El nombre de Jack Kirby no aparece debidamente acreditado como cocreador del personaje principal de la película, pero su trabajo está en todas partes. Si lo que Jack Kirby enseñó en sus tebeos es verdad, algún día su nombre perdurará y será conocido como perdura y es conocido su trabajo.

Lo que nos enseñó Jack Kirby, por supuesto, está perfectamente representado en la película, y por eso funciona ésta. Y no me refiero ahora al espectáculo de acción arrolladora, sino al espíritu del protagonista. Spiderman ha popularizado el lema «todo gran poder conlleva una gran responsabilidad», que es uno de los cimientos del Universo Marvel, pero el Capitán América lo complementa con otro mensaje, un mensaje intensamente americano: «No te rindas nunca». Steve Rogers es el hombre que no se rinde, el hombre que puede ser vencido, pero que nunca es derrotado, el ejemplo viviente de levantarse después de la caída. Y también, creo, es la representación idealizada que el propio Kirby hizo de sí mismo. Es común pensar que la Cosa es un trasunto de Kirby en Los Cuatro Fantásticos, pero probablemente el personaje que más directamente le ha representado en sus tebeos de superhéroes fuera el Terrible Turpin de The New Gods. En el número 8 (abril 1972) de esta serie, «The Death Wish of Terrible Turpin», Turpin, un policía chapado a la antigua, intenta detener los desmanes del dios Kalibak en la ciudad. Turpin, rechoncho fumador de puros como el propio Kirby, recibe un castigo insoportable, pero ni una sola vez flaquea en su convencimiento de «arrestar» al «super "Muk-Muk"». Y sigue adelante hasta que, literalmente, ya no puede más. Pero no importa, su esfuerzo ha dado tiempo a que Orion y Lightray lleguen a escena y controlen al brutal Kalibak. Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad, sí, pero es nuestro espíritu de lucha, nuestra voluntad, el que nos da todo nuestro poder, nos dice Kirby. Es un poco el reverso norteamericano y popular del Triunfo de la voluntad. Y tal vez en su mentalidad de chico de barrio Kirby fuera incapaz de identificarse con una criatura apolínea y simbólica como el Capitán América, pero sin duda éste representaba para él ese espíritu de combate que le acompañó en el frente en Europa y en el frente del tablero de dibujo durante tantos años de servicio a las viñetas.

New Gods #8 (1972), Jack Kirby (tintas de Mike Royer)

En Capitán América: El primer Vengador, está todo esto, y hay más cosas, como la representación de América como «la tierra de las oportunidades». Peter Parker pasa de alfeñique a superhombre por un azar, por un capricho del destino. Sin embargo, el pusilánime Steve Rogers se convierte en el supersoldado porque lo desea fervientemente. Es decir, no desea convertirse en soldado, ojo, sino que desea ayudar a sus congéneres y detener la carnicería, y si tu voluntad es fuerte, América te ofrece la oportunidad, nos dice esta película. Y te lo crees porque, si bien el guión no es bueno, sin embargo la película sí está bien escrita. Y en ningún momento está tan bien escrita como en el origen.

Hay que decir que el origen siempre ha sido lo mejor del Capitán América. De hecho, ha sido casi lo único que tenía el Capitán América. Después de una andadura gloriosa durante los años 40 (y menos gloriosa y mucho más breve en los 50), el Capitán América se insertó en el Universo Marvel en 1964 (The Avengers #4). A partir de ese momento, su origen -tal y como se había contado durante la Edad de Oro- se volvió a contar con mucha frecuencia, pero el personaje vagó de aventura en aventura sin llegar a formar nunca un verdadero mundo propio y un elenco de secundarios convincente. Parecía incapaz de superar el círculo nutriente de S.H.I.E.L.D. (Nick Furia, Sharon Carter) y los Vengadores, que le había acogido a su llegada, y hasta los años 70 el Capitán América era un individuo a la deriva, un hombre sin vida. Con un origen lejano, pero sin un presente, y con un futuro dudoso. Era un símbolo tan perfecto que resultaba imposible rellenarlo de humanidad.

Ese origen queda definido en las primeras páginas de Captain America Comics #1 (1941), donde se despacha de forma sumaria y casi anónima. Estados Unidos es víctima de las maquinaciones de los saboteadores quintacolumnistas que intentan debilitar a la nación ante su inminente entrada en combate en el conflicto mundial. J. Arthur Grover, director del FBI, tiene un plan para luchar contra los espías. El plan no se nos explica, sino que acompañamos a un grupo de autoridades hasta el escenario donde se desarrollará: una tienda de antigüedades, aparentemente inofensiva, donde una anciana armada les recibe con enigmáticas palabras: «Han descubierto la fórmula... ¡Los están esperando!» Entonces descubrimos que la tienda es sólo una fachada, y un científico de bata blanca nos conduce a un laboratorio «sorprendentemente moderno». Nada es lo que parece, y la anciana dueña de la tienda se quita una máscara de goma para descubrirse bajo ella como una bella agente, X-13. Por fin, en la última tira de la página 4, da comienzo el experimento y vemos por vez primera a Steve Rogers, todavía sin nombre, un mero «débil joven» que, descamisado, se somete a la inyección que le aplica un científico con bigote. En la página siguiente, y a lo largo de cinco viñetas, el «débil joven», rodeado de un halo, se transforma en un mocetón musculoso, y el orgulloso científico anuncia: «¡Te llamaremos Capitán América, hijo! Porque, como tú, América obtendrá las fuerzas para proteger nuestras costas!» La última viñeta de esa misma página anuncia la tragedia continua que será la vida futura del Capitán América: un espía nazi echa mano a su arma. En la página siguiente, al grito de «¡Muerte a los perros de la democracia!», acaba con la vida del profesor («Reinstein», como descubrimos en ese momento en labios del propio Capitán América). El primer acto del recién nacido supersoldado es detener a sopapos al agente enemigo, en una de las primeras grandes escenas de acción de las tantas que nos dejaría Jack Kirby a lo largo de las cuatro décadas siguientes. Acabada la escena del «origen» con la muerte por electrocución accidental del espía (al fin y al cabo, una manera de ahorrar costes al estado), en la viñeta siguiente vemos ya al Capitán América enmascarado y corriendo sobre un mar de titulares. Es la mínima transición a una escena cotidiana en un campamento militar, donde encontramos a Steve Rogers, identificado por vez primera en la viñeta 7 de la página 7 (de 8) de la historia. Allí, Rogers, que apoyado en un bastón y fumando aristocráticamente en pipa parece una extraña mezcla entre un recluta y Bruce Wayne, conversa con el joven Bucky Barnes, un adolescente mascota del regimiento. Bucky, lógicamente, está emocionado por la aparición del «misterioso» Capitán América, así que no es de extrañar que su sorpresa sea mayúscula cuando en la última (media) página, la 8, irrumpe en la tienda de campaña para descubrir a Rogers desenmascarado y con el uniforme del superhéroe. Una situación incómoda que el Capitán América resuelve con esa chispa de inspiración espontánea que sólo los justicieros enmascarados tienen: «A partir de ahora, ambos debemos compartir este secreto... ¡Eso significa que eres mi compañero, Bucky!» La última viñeta ya muestra al Gran Héroe Americano corriendo hacia el peligro en compañía de un niño con antifaz, expresamente para luchar «contra los elementos perversos que quieren derrocar al gobierno de Estados Unidos», pero tal vez con la esperanza secreta por parte del superhéroe de que alguno de esos elementos malignos acabe con el riesgo para su seguridad personal que supone el conocimiento de su identidad secreta por parte de un adolescente.


Captain America Comics #1 (1941), Joe Simon y Jack Kirby

Este origen fue recuperado casi paso por paso en Tales of Suspense #63 (1965), de Stan Lee y Jack Kirby (con tintas de Frank Ray). En planteamiento y desarrollo la historia es idéntica, hasta el punto de calcar algunas viñetas, como la de la anciana que se quita la máscara para revelarse como una joven, una manera simbólica de anticipar la forma en que Steve Rogers se desprenderá de su debilidad para revelar su fuerza interior. En esta ocasión, Steve Rogers es identificado en la primera viñeta en la que aparece, en la página 3, aunque el científico responsable del suero supersoldado cambia de nombre y ahora se llama Erskine. Sin importar su nuevo nombre, es igualmente víctima del atentado nazi, y el Capitán América vuelve a detener al espía enemigo en su primera acción, para a continuación pasar a convertirse en el símbolo enmascarado de la lucha contra los saboteadores. La historia nos lleva de nuevo al campamento, donde conocemos al soldado Rogers y a la mascota Barnes, y una vez más Bucky descubre que su amigo es también su ídolo superheroico. Esta vez, quizás considerando que en el origen de 1941 era demasiado descabellado que el Capitán propusiera a Bucky ser su compañero, es el niño el que pide al soldado formar sociedad, a lo que Rogers contesta inmediatamente: «Parece que no tengo alternativa». La coda de la historia es una pequeña escena de acción en la que el Capi y Bucky detienen a una banda de espías que intentaban abordar las costas americanas.



Captain America Comics #1 (1941), Joe Simon y Jack Kirby


Tales of Suspense #63 (1965), Stan Lee y Jack Kirby (tintas de Frank Ray)

Poco después, en Captain America #109 (1969), Stan Lee y Jack Kirby (con tintas de Syd Shores) volvían a contarnos el origen del héroe abanderado (y Bucky) en una versión más espectacular y meticulosa, pero esencialmente idéntica a las anteriores. Por no alargar más la cosa, allí están todos los elementos: el alfeñique Rogers (presentado por primera vez antes del experimento), la tienda de antigüedades, la anciana que en realidad es una bella agente secreta, el científico que morirá llevándose el secreto de la fórmula (ahora vuelve a ser el Profesor Reinstein), el espía infiltrado. Se añade el elemento de los Vita-Rayos que complementan el efecto del suero supersoldado. La transición entre el experimento y la vida militar de Rogers sigue siendo una viñeta del Capitán sobre un fondo de titulares de prensa. De nuevo Bucky le descubre y de nuevo el Capitán se conforma con aceptarle como socio con un mero: «Parece que no tengo alternativa».

Captain America #109 (1969), Stan Lee y Jack Kirby (tintas de Syd Shores)

El origen era tan perfecto y estaba tan fijado que, cuando en 2007 Ed Brubaker, Steve Epting y Frank D'Armata lo resumen (porque ya no tiene sentido volver a contarlo) en Captain America (volumen 5) #25, no tocan nada (salvo dejarse fuera la parte de Bucky). La película es lo bastante inteligente como para saber recoger esos elementos icónicos, desde el alfeñique hasta la tienda de antigüedades, y simplemente ajustarlos para un mejor efecto apretando los tornillos donde debe. Así, el acento en el (anteriormente implícito) origen alemán del científico inventor del suero supersoldado hace que la dimensión nacional del héroe se vuelva mucho más simbólica: la América del Capitán América no es sólo la de los americanos, es también la de los hombres de buena voluntad, la de los demócratas de todo el mundo; al Capitán América no le mueve el odio hacia el enemigo, le mueve el amor hacia sus semejantes. Por otra parte, la cápsula metálica, el capullo de hierro donde el gusano Rogers se transforma en la mariposa supersoldado, subraya el sentido de Monstruo de Frankenstein bien hecho que siempre tuvo el original. Digamos que el origen cinematográfico anima incluso las lecturas más perversas del personaje: el Capitán América como hijo del complejo industrial-militar (allí está Howard Stark, trabajando codo a codo con el ejército). De pronto, nos damos cuenta de que Ultimates ya estaba en Captain America Comics #1 (1941), y así se cierra el círculo, porque esta película (y todo el Universo Marvel cinematográfico) es hija de Ultimates.

En el origen está también, sin duda, la que es la escena más jubilosa de toda la película, y tal vez de todas las películas de Marvel. Cuando el espía mata al profesor Erskine y escapa con una muestra del suero supersoldado por las calles de Nueva York, el recién renacido Rogers le persigue, ejercitando por vez primera sus nuevos supermúsculos. Y en esa carrera desesperada por las calles de una ciudad decorada de época, descubrimos todo el sentido de la maravilla y el asombro de ver al primer superhombre saliendo al mundo. El primero de muchos que sabemos que llegarán. De nuevo, la intertextualidad, el Universo compartido, hace que lo que estamos viendo sea mucho más grande de lo que realmente parece.

Pero Capitán América: El primer Vengador, hace algo más que explotar lo que ya estaba. En realidad, lo mejora. El sueño de cualquier niño lector de cómics de 1941 (y de cualquier friki durante las décadas siguientes) podría ser inyectarse un suero y convertirse mágicamente en un superhombre (de nuevo, la lectura perversa: América te acepta por lo que eres, siempre que seas capaz de convertirte en el perfecto espécimen físico representado por el rubio capitán del equipo de fútbol), pero había algo que nunca nos habían explicado. Sabíamos cómo se convertía Steve Rogers en supersoldado, pero no sabíamos cómo se convertía el supersoldado en el Capitán América, el Centinela de la Libertad. Capitán América se molesta en explicarlo, y por fin hace que entendamos la lógica detrás de realizar un experimento supersecreto para producir a un superhombre y convertirlo después en un mamarracho disfrazado de colorines y armado con un escudo. La dimensión propagandística del Capitán descubierta por el cine lo convierte inmediatamente en realidad. En metarrealidad, casi podríamos decir, o en una realidad absurda, pero de ésas tenemos muchas en este mundo que habitamos.

Igualmente, la película dialoga constantemente con el personaje de Bucky, sin duda una de las ideas más difíciles de justificar. La idea del sidekick juvenil, tan popular en los 40, siempre ha sido una de las más problemáticas de los superhéroes originales. Pero si costaba tragar que Batman acogiera a Robin, más difícil de explicar resultaba que el Ejército de Estados Unidos mandase al frente a su supersoldado el del escudo acompañado de un niño de 15 años desarmado y tocado con un antifaz. En la película, Bucky es un soldado más, el amigo de Rogers antes de que éste se convierta en superhombre, y astutamente se invierten los papeles del héroe y el sidekick. Steve Rogers aprende de Bucky cómo los fuertes defienden a los débiles. El personaje está tratado someramente, pero con una delicadeza extraordinaria, que hace que incluso nos deje una sombra de Winter Soldier -la última encarnación que ha recibido en los modernos tebeos Marvel- cuando hace de francotirador sobre un fondo nevado y salva la vida al Capitán América. No es el único detalle que remite a los tebeos de los últimos años. El acento que se pone la valentía de Jacques Dernier, el miembro francés de los Howling Commandos, casi parece una respuesta a la celebérrima escena de la «A» del Capitán América en los Ultimates de Mark Millar y Bryan Hitch.

Pero en Capitán América: El primer Vengador, el origen no está completo hasta la última escena. El suero transforma al débil Rogers en el poderoso supersoldado, y el oportunismo político transforma al supersoldado en el Capitán América. Pero el Capitán América no se transformará en el verdadero símbolo americano hasta que no viva la experiencia americana definitiva: la experiencia del emigrante. ¿Y cómo se puede hacer que un personaje sea un producto profundamente nacional que contenga en sí la experiencia de la emigración? El mismo Superman, a pesar de haberse criado en Kansas, será siempre un alienígena. El Capitán América no puede permitirse eso. El Capitán América es irrenunciablemente americano, de Brooklyn de pura cepa. Pero cuando despierta en el siglo XXI, setenta años después de haberse dormido, y camina aturdido por un Times Square abrumador, el Capitán América es un emigrante temporal, un intruso en su propio mundo, un visitante en su propia tierra. Ahora, él, que está dentro, sabe lo que es llegar de fuera. Es un emigrante que viene de un país muy alejado en el tiempo, y que tendrá que encontrar su oportunidad en la nueva América, si es que sigue siendo la misma América, la América intemporal que él representa. En ese momento, el origen está completo, el Capitán América se ha forjado en dos capullos: el primero era de metal y fuego, el segundo de hielo y frío.

Capitán América: El primer Vengador representa al Capitán América de Jack Kirby en todo su esplendor, sí. El personaje es un símbolo de América, también, pero, ¿qué es América en los tebeos de superhéroes? Superman, el modelo para todos, luchaba por «La Verdad, la Justicia y el American Way of Life». Pero, ¿qué representa exactamente el American Way? Richard Reynolds (Super Heroes: A Modern Mythology, 1992) escribía: «A veces el último término se ha interpretado en un sentido nacionalista muy estrecho; los superhéroes han sido en ocasiones defensores acríticos de la política exterior de Estados Unidos. Pero con mucha mayor frecuencia, el tercer término ha representado los ideales recogidos en la constitución de EE.UU. Los superhéroes han sido mejores americanos -en el sentido en el que los padres fundadores habrían entendido el término- que la mayoría de los líderes políticos modernos americanos». Y de alguna manera, supongo que así es como podemos leer (y hemos leído) al Capitán América en Europa: como una manifestación suprema de los (criticados, erosionados, desprestigiados) valores de la Ilustración, unidos a un espíritu de lucha indomable que hace que, después del apocalipsis absoluto que fue la 2ª Guerra Mundial, los superhéroes representen la luz que nunca se apaga, la fe que nunca se pierde. Para Cioran, no se podía escribir poesía después de Auschwitz. Quizás por eso Kirby la dibujó con colores extremadamente chillones e inocentes, con trazos gruesos y rotundos, como un exorcismo íntimo que se pudiese celebrar en una eterna ceremonia colectiva infantil.

Y esa poesía que dibujó Kirby está en cada fotograma de Capitán América.

No está su nombre, pero está su obra.

miércoles, 10 de agosto de 2011

UN NUEVO ORIGEN


Forming (Nobrow, 2011), de Jesse Moynihan, tiene todas las características formales del sello que lo alberga: es un libro exquisitamente editado, de tamaño álbum, en tapa dura, con lomo de tela y papel y colores extraordinarios. Como objeto, cumple todos los requerimientos de Nobrow, y en cierta medida los excede con su tamaño superior. Pero lo más importante de Forming está, en este caso sí, en su contenido, en sus páginas desbordantes de fuerza y de imaginación, que exceden los límites del nicho de los «tebeos elegantes» para invadir estruendosamente el territorio de los «grandes tebeos contemporáneos».

Forming se anuncia como una trilogía, así que ya veremos cómo se desarrolla en sus dos siguientes volúmenes. El primero es, de momento, apabullante. Basándose en un diseño de página regular, Moynihan empieza desde la primera viñeta a bombardearnos con una arrolladora sucesión de personajes, conceptos y paisajes a cada cual más sorprendente. La historia -que utiliza elipsis de miles y hasta de millones de años con la mayor naturalidad- es una especie de amalgama gamberra de diferentes versiones del origen del mundo, donde se mezcla lo cristiano con lo helénico, lo asiático y la ciencia-ficción extraterrestre. Por momentos parece que estamos en una secuela de Star Wars y a continuación parece que nos hemos desplazado al Génesis. Nunca sabemos dónde estamos exactamente, pero la narración arrolladora de Moynihan no nos deja tiempo para pensarlo. Con un talento gráfico descomunal, que se expresa en bruto, sin sutilezas, Moynihan acaba por conquistar por la pura fuerza de sus páginas, un poco como el Jack Kirby del Cuarto Mundo, pero con una mirada decididamente moderna, capaz de mezclar lo chocante, lo escatológico o lo intimista con lo cósmico y lo trascendental sin solución de continuidad. En Forming todo se atropella y el libro parece dibujado con la urgencia con la que un niño dibujaba sus fantasías imitando los tebeos de fantasía y superhéroes. Uno siente que el artista tiene una necesidad física de liberarse de ese torrente de historias y personajes entrelazados, expulsarlos sobre el papel lo más violentamente posible para quedarse limpio.

En su vocación de construcción de un mundo complejo y absolutamente hermético, Moynihan recuerda a los artistas marginales. Dentro del cómic, resulta difícil encontrarle parentescos adecuados. He mencionado al Kirby de New Gods, que parece una referencia evidente, pero eso también nos remite a uno de sus más peculiares avatares contemporáneos, el CF de Powr Mastrs. Moynihan es más concreto y menos enigmático que CF, pero sí comparte con él esa creatividad desbordada y esa imaginación cósmica con un sentido moderno. Manuel Bartual me dijo que Forming le recordaba a Fletcher Hanks. Algo hay también en sus viñetas de esa grosera y violenta estilización, aunque es evidente que Moynihan trabaja desde una esfera artística completamente distinta a la de Hanks. Quizás el cómic al que más me haya recordado ha sido The Goddes of War, de Lauren R. Weinstein, en cuya reseña veo ahora que ya mencionaba a Hanks. Sin duda, hay una sintonía extraña entre todos estos tebeos que, en realidad, son tan profundamente distintos e idiosincráticos.

Nada de todo lo dicho debería considerarse una medida adecuada para el Forming de Jesse Moynihan, una obra cuyo verdadero alcance todavía está por ver. Esto es solo el primer capítulo, el primer paso de lo que se anuncia como un gran ciclo de la creación y del origen del mundo. Y quién sabe si de un cómic nuevo, también.

martes, 9 de agosto de 2011

¿A QUÉ HUELEN LOS TEBEOS?



La editorial de cómics que más mola del mundo ahora mismo es la británica Nobrow. Fundado apenas en 2008, el sello Nobrow incluye en la actualidad una editorial, una tienda online y una tienda física sita en Londres. Nobrow produce libros de ilustración, revistas, libros infantiles, juguetes, libros hechos a mano, papel de envolver y lo que a nosotros más nos interesa: cómics. La producción de cómics hasta el momento es relativamente escasa, de modo que en un par de pedidos por correo uno se puede hacer con casi todo su catálogo de tebeos.

¿Qué es lo que hace a los tebeos de hoy en día tan diferentes, tan atractivos? ¿Tan molantes? Si hacemos caso a Nobrow, principalmente, el diseño. Los artistas de Nobrow no conforman un grupo cohesionado, sino que son una colección de autores internacionales dispersos que se reconocen por ciertas coincidencias en su sensibilidad artística. Como ya comenté en La novela gráfica, el cómic artístico contemporáneo es un movimiento internacional, y Nobrow se sitúa en ese horizonte. Cada artista tiene una personalidad individual muy característica, pero el elemento que los convierte en algo homogéneo es el gusto por el diseño, la influencia de los estilos gráficos procedentes de la ilustración, más que del cómic, y una preocupación palpable y evidente por la presencia física, material, del objeto libro. Las ediciones de Nobrow son tan exquisitas que muchas veces es el componente material el que les da sentido. Parece que, definitivamente, en la era digital, el cómic en papel será un objeto lujoso o no será.

La elección del nombre de la editorial es toda una declaración de principios. Si highbrow alude a lo que es pedantemente intelectual y lowbrow a lo que es intelectualmente vulgar, nobrow parece reclamar un espacio intermedio desprovisto de expectativas intelectuales, un espacio culturalmente apolítico, propio de las generaciones postideológicas. El cómic ha sido tradicionalmente un producto cultural lowbrow, enfrentado directamente al libro como manifestación social suprema highbrow de la sociedad de consumo capitalista: nuestros padres nos compraban enciclopedias que perdurarían el día de mañana y nos acompañarían toda nuestra vida, cuando ya hiciera mucho tiempo que hubiésemos tirado y olvidado aquellos tebeos de grapa desechables que leíamos tumbados sobre el suelo de la cocina. Pero las aristas de esos dos mundos se han ido rozando y erosionando durante las últimas décadas de tal manera que hoy la enciclopedia la consultamos en internet sin darle ningún valor, mientras que los tebeos de grapa los pedimos por correo y pagamos 8€ por cada uno de ellos.

Sí, evidentemente, la declaración «nobrow» de Nobrow es una impostura, porque la recuperación del formato popular de grapa desde las posturas artísticas contemporáneas es en realidad una estrategia absolutamente highbrow, de galería de arte a la moda, incluso. Los tebeos de Nobrow no huelen a kiosco. Huelen a nubes.

Pero ese quizás sea el aspecto más irritante de Nobrow. Centrémonos en el más saludable, que son los tebeos en sí. El primer contacto con un puñado de títulos de Nobrow es exhilarante. Una montañita de libros y tebeos de diferentes tamaños y formatos, todos muy modernos, muy coloridos y exquisitamente diseñados desde el primer hasta el último detalle, impresos con la máxima calidad. Al abrirlos, todos parecen maravillosos, originales, tienen algo deslumbrante y nuevo en lo gráfico. Parecen tebeos llegados de un mundo alternativo, donde las tradiciones imperantes en el nuestro no hubieran existido. Con frecuencia, el peso de la ilustración, especialmente infantil, es mayor que el de las tendencias consabidas del comic book, y eso nos ofrece una mirada nueva y fresca al cómic, una forma de replantearlo y repensarlo desde otros horizontes y con otras expectativas. Como mínimo, los tebeos de Nobrow son estimulantes, inspiradores.

The New Ghost - Robert Hunter

Sin embargo, si bien Nobrow parece despojado de las tradiciones ancestrales del comic book, sí se puede relacionar con algunas de las tendencias más vivas del cómic contemporáneo. Estos son los hijos de Chris Ware, también, demostrando que la influencia del Genio de Chicago ha tocado áreas colindantes a la del cómic y ha absorbido a otros artistas gráficos hacia el mismo. Algunos de los mejores títulos de Nobrow son, precisamente, aquellos que están más en sintonía con Ware. Por ejemplo, Pebble Island (2010), una colección de cuentos de Jon McNaught que es a la vez elíptica y minuciosa, de grafismo irónico y que se puede leer como un catálogo de parajes desolados. O el espectral The New Ghost (2011), de Robert Hunter, que integra perfectamente el cuento con el cómic y lo diagramático para narrar con una sutileza y una precisión sorprendentes. Jack Teagle, que ha publicado dos tebeos de grapa (Jeff, Job Hunter, 2010; Fight!, 2011), no estaría fuera de lugar entre Johnny Ryan y James Kochalka, pues es deliberadamente naif y explota temas pulp (los videojuegos, la lucha libre) desvergonzadamente, aunque siempre con un buen gusto muy moderno y muy irónico. Por momentos, como decíamos, esta estrategia puede resultar deslumbrante o irritante, según la perspectiva del lector. No todo lo que publica Nobrow tiene tanto éxito artístico. Cosas como Obsolete (2011), del danés Mikkel Sommer, practican un expresionismo desgarrado inesperadamente vulgar, como de concurso de pueblo, y Everything We Miss (2011), de Luke Pearson, parece la resultante de la colisión entre el mencionado The New Ghost de Robert Hunter y un cómic indie de toda la vida, con tan mala fortuna que en su apocalipsis pretencioso demuestra que no basta con ser guay para hacer tebeos guays.

Pebble Island - Jon McNaught

El libro que sirve de catálogo y portal de introducción a Nobrow es el lujoso volumen A Graphic Cosmogony (2010), una antología de 24 dibujantes en la que cada uno de ellos realiza una historieta sobre el origen del universo. Allí están reflejados los logros y las miserias de Nobrow: páginas gráficamente espectaculares, historietas apabullantes y abrumadoras, de las que hacen que uno sienta deseos de tirar todos sus tebeos a la basura y empezar de cero, al lado de barullos gráficos considerables y de devaneos plásticos ampulosos y vacíos. Hay mucha paja en A Graphic Cosmogony, pero en resumidas cuentas acaba cumpliendo su función, que es la de plantear un nuevo origen para los cómics contemporáneos, en un caos donde el barro y lo luminoso se mezclan para producir un caldo nutriente del que hay que esperar que crezcan nuevos universos.

Fight! - Jack Teagle

Y con la alusión a los orígenes del universo llego al punto donde quería dejar esta entrada, que es a mencionar Forming (2011), de Jesse Moynihan, uno de los últimos títulos publicados por Nobrow, y uno de los tebeos más impresionantes que he leído en lo que va de año. Pero Forming merece un espacio aparte. Mañana volveré sobre el tema.

lunes, 8 de agosto de 2011

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 3: LOS CRIMINALES SON UNA CALAÑA COBARDE Y SUPERSTICIOSA


(PARTE DEL CAPÍTULO SESENTA AÑOS DE TEBEOS)

LOS CRIMINALES SON UNA CALAÑA COBARDE Y SUPERSTICIOSA

Las primeras y breves historias de Batman que aparecen en Detective Comics están producidas por el equipo Bill Finger-Bob Kane, pero muy pronto empezarían a participar en el proyecto otros profesionales que traerían aportaciones únicas. Detective Comics 31 (septiembre de 1939) además de lucir una soberbia portada que sería homenajeada años más tarde por Neal Adams, ofrece la primera historia que no está escrita por Bill Finger. El guión, escrito por Gardner Fox (1911-1986) presenta múltiples novedades respecto a los relatos de “misterio pintoresco” que había ofrecido previamente Finger. Para empezar, Batman estrena sus guanteletes, además de algunas nuevas armas. Una de ellas, el Batgiro, ha sido hoy abandonada debido a las inevitables modernizaciones que trae el avance tecnológico; la otra, sin embargo, se ha convertido en quizás el instrumento de mano más característico del personaje a lo largo de toda su historia: el Baterang, imitación del bumerang (y posteriormente conocido como Batarang). Otra innovación es producto del intento de dotar al célibe aventurero de una compañía femenina. Julie Madison, aquí presentada, es la primera novia de Bruce Wayne, y desempeña la inevitable función de ejercer de rehén del Monje, segundo villano de la serie. Pero donde más se aprecian las novedades es, sencillamente, en el tono de la historia. Alejado de la acción investigadora más o menos plausible que concebía Finger, e ignorando completamente el término “Detective” del título de la revista, Fox se lanza a un carrusel salvaje de grotescas situaciones sobrenaturales y terroríficas. El relato se desarrolla en París, primero, y en Hungría “tierra de historia y hombres lobo” posteriormente. El Monje es una figura fantástica, encapuchado, cubierto de ropa roja de pies a cabeza, dominador de la hipnosis y rodeado de gorilas gigantes, trampas ocultas, pozos llenos de serpientes. La historia continúa en el número siguiente, donde descubrimos que el Monje es un vampiro-hombre lobo con poderes mentales. En un decorado directamente sacado de las películas de monstruos de la Universal, un Batman temerario y movido por la sed de venganza pone en peligro a su prometida y acaba exterminando a tiros a su enemigo. La intervención de Fox fue rotuda y decisiva para añadir un punto de locura y desfachatez a las aventuras del personaje. En todo caso, la carrera de Gardner Fox, considerado hoy en día unánimemente el guionista más importante de la Edad de Oro, se distinguió siempre por su tendencia a tratar situaciones de fantasía y ciencia ficción. Entre los personajes que creó o co-creó se encuentran Flash, Hawkman, Sandman (el original), Dr. Fate, Zatara, Starman, Adam Strange y un concepto tan decisivo como el del primer grupo de superhéroes de la historia: la Justice Society of America. Sin embargo, tras la intervención de Fox, Finger volvió a tomar las riendas, aunque ya nunca con exclusividad, pues DC manejaría una variedad de guionistas que irían dando su versión del personaje, como es el caso de Ed Hamilton, Don Cameron, Al Schwartz, Otto Binder, John Samachson, Mort Weisinger y otros.

En realidad, no es de extrañar que la editorial no tardara en buscar nuevos guionistas para las aventuras de Batman, porque de la misma manera que Finger pronto demostró un talento único para concebir historias y desarrolló un método de trabajo extremadamente minucioso y rico en detalles, también eran legendarios sus problemas para entregar a tiempo. Finger trabajaba sin ningún tipo de dirección hasta que DC contrató en 1940 a Mort Weisinger (1915-1978) para convertirlo en el primer editor específico de Batman. Weisinger, que en funciones de autor crearía a superhéroes como Aquaman y Flecha Verde, se convertiría en uno de los personajes más míticos de la historia del comic book americano como editor de todas las colecciones de Superman entre 1945 y 1970. Su introducción en el proceso creativo del Hombre Murciélago coincidió con el momento en que Finger empezaría a trabajar directamente para la editorial. Al principio, Finger cobraba de Kane, y sólo pasados unos meses empezó a trabajar oficialmente para DC, con una tarifa de 12 dólares por página. El acuerdo financiero de Kane era de características diferentes, cobrando cantidades mayores a medida que el éxito de Batman aumentaba y no por página entregada, sino por períodos de tiempo. Uno de los rasgos distintivos de los guiones de Finger que con el tiempo pasó a formar parte de la mitología de Gotham City fue el uso de los llamados “giant props”, o “accesorios gigantes”. La Gotham City de Finger era una ciudad llena de relojes, lámparas, máquinas de escribir gigantes y cualquier otro artefacto que pudiera servir para escenificar una persecución con el mayor dramatismo. El guionista explica su método de trabajo: “Empecé a acumular material, un archivo de localizaciones y ocupaciones. Me compraba ejemplares de Popular Science y Popular Mechanics que cubrían todos los temas imaginables. Los recortaba y le daba esos dibujos a Bob Kane junto con la historia. Una vez descubrí un artículo sobre una máquina de escribir gigante que habían utilizado para una exposición y la usé como accesorio en un guión. Así empezaron las historias de “grandes accesorios”. También recopilaba slang, sobre todo jergas profesionales, y lo convertía en parte de mis truquitos para Batman. Batman era un personaje para escribirlo con mucha maña. Tenía mi propio libro de trucos para usar junto con las jergas. Si estaba haciendo una historia ambientada en el ferrocarril, intentaba ofrecer algunos datos sobre el ferrocarril que la gente no conociera y usarlos como pistas o como elementos de la trama.” Describiendo la labor de Finger, Jerry Robinson escribe “Las historias de Bill estaban concienzudamente construidas con acción brillantemente coreografiada, tramas innovadoras con personajes extravagantes y giros sorprendentes a lo O. Henry. Era un guionista visual, uno de los primeros que reconoció el potencial de la narrativa secuencial. Sin embargo, no escribía con facilidad. De hecho, sufría muchísimo con cada historia. Era ingenioso y le encantaban los juegos de palabras, con los que condimentaba el diálogo. Sus aliteraciones, tales como “El Dúo Dinámico”, se convirtieron en parte de nuestro idioma. Lector voraz formado con la ciencia ficción y los clásicos, su inspiración podía llegar igualmente del National Geographic, Popular Mechanics y The Saturday Evening Post o de Dumas, Shakespeare y las citas de Bartlett. Buscando la verosimilitud, a menudo pegaba a sus guiones recortes, fotos, diagramas y otros materiales que había obtenido mientras investigaba la historia.” Dick Sprang corrobora todas las virtudes de Finger: “Creo que nunca llegué a conocer en persona a Bill Finger, pero por supuesto que era mi guionista favorito. Era el mejor. Fue el gran guionista de los primeros tiempos del cómic, para mi gusto. Yo disfrutaba enormemente con sus guiones. Al contrario que muchos guionistas, tenía un sentido de la visualización fantásticamente desarrollado, y escribía sus historias para que pudieran ser ilustradas. Era un genio con los grandes accesorios.” Sin embargo, la demora en escribir los guiones de Finger provocó frecuentes situaciones de tensión cuando las fechas de entrega apretaban, aunque, como ha recalcado Kane varias veces, todo se le perdonaba cuando veían la calidad del material que entregaba.

De la misma manera que Finger no era capaz de soportar el ritmo de producción industrial que exigían los comic books, Kane también tuvo que echar mano de ayudantes a medida que el público exigía cada vez más material de Batman. El primero de todos ellos fue Jerry Robinson (1922), cuya contratación no pudo ser más pintoresca. “Durante el verano de 1939 -cuenta Kane- me estaba tomando un respiro del tablero de dibujo en un hotel de las montañas Catskill cuando conocí a Jerry Robinson, que tenía sólo 17 años. Me llamó la atención porque llevaba una chaqueta decorada con caricaturas hechas a mano por él mismo. Quedé inmediatamente impresionado por su talento y le contraté como mi primer ayudante.” La incorporación de Robinson al equipo creativo de Batman fue, sin duda, algún plan del destino ejecutado a través de un aparente azar, porque Robinson no tardaría en convertirse en uno de los más brillantes dibujantes que ha conocido el comic book. Las atribuciones iniciales de Robinson -fondos, rotulado, entintado- pronto fueron aumentando, y en seguida estaría haciendo portadas y, rápidamente, historias completas a lápiz y tinta, ya desligado de Kane y trabajando directamente para DC. Bob Kane pronto aumentaría el equipo con otro fichaje, George Roussos. Esta vez la contratación fue más convencional. Kane puso un anuncio en el New York Times que llegó a ojos del joven Roussos, cuya experiencia en los comics se reducía a un empleo en el departamento de español del King Features Syndicate, corrigiendo los dibujos y re-rotulando los Imposible pero cierto de Bob Ripley destinados al mercado sudamericano. “Cuando contesté al anuncio de Bob Kane solicitando ayudantes -recuerda Roussos- ya sabía cómo hacer globos, cómo entintar y otras cosas así. Más tarde supe por Jerry Robinson que a ese anuncio habían contestado más de 60 dibujantes, pero a Bob Kane le parecía complicado ponerse a enseñarles cómo trabajar en los cómics. Bill Finger dijo que yo sería ideal para el trabajo “Os lo haría más fácil” les dijo Bill. “No tenéis que enseñarle nada.” La mayoría de los aspirantes eran muy buenos artistas y pintores, y la mayoría eran más competentes que yo, pero no tenían muchos conocimientos de cómo se producían los tebeos. Como yo tenía experiencia, Bob me dio el trabajo. Así es como conocí a Jerry Robinson, que ya llevaba meses trabajando en Batman. Jerry me ayudó mucho y acabamos convirtiéndonos en grandes amigos. Yo empecé el 30 de mayo de 1940 y mi primer trabajo fue una historia con trenes [Batman 2]. Me dieron ese encargo porque sabía dibujar vías. Empecé con un salario semanal de unos 25 dólares, y trabajaba para Jerry. Él hacía las figuras, mientras que yo hacía los fondos y el rotulado y ponía esas lunas enormes.”

El trabajo no sólo estaba dividido en el método, sino también en el espacio. Kane trabajaba en su casa, en el Bronx, mientras que Robinson y Roussos ocupaban una oficina alquilada por Kane en el antiguo edificio del New York Times, en la calle 42. El padre de Kane ejercía de enlace, trasladando las páginas de un lado a otro según atravesaban las distintas fases de producción, aunque cuando las fechas se echaban demasiado encima Kane no tenía más remedio que trasladarse a la oficina, en la cual, según cuenta en su autobiografía, en alguna ocasión hicieron una historia entera de trece páginas, desde el guión hasta el acabado final, en un fin de semana de trabajo continuo. La Edad de Oro está repleta de ese tipo de batallitas, pues la mayoría de los dibujantes eran amigos y se ayudaban unos a otros terminando trabajos imposibles cuando la fecha se presentaba amenazadoramente próxima. Robinson retrata el ambiente de la época al recordar los tiempos en que compartía estudio con dos amigos a los que introdujo en DC, Bernie Klein y Mort Meskin. “El estudio era un punto de encuentro para los colegas -los hermanos Wood (Bob, Dick y Davie), Charles Biro, George Roussos, Jerry Siegel, Joe Shuster, Fred Ray, Irwin Hasen y otros. ¡Las fechas de entrega! Siempre había alguien en el tablero de dibujo o un guionista aporreando un guión en la máquina de escribir. ¡Fines de semana completos sacando adelante guión, lápiz y tinta de una historia de Batman de 13 páginas! Cerveza y dardos eran habituales. Las paredes estaban cubiertas por nuestras portadas favoritas, rescatadas de la destrucción del impresor. (¡Ni se nos pasaba por la cabeza su valor potencial! ¡Qué fortunas fueron abandonadas en las paredes de los estudios cuando nos mudábamos!) Las sesiones nocturnas podían incluir a una docena o más de dibujantes, guionistas y editores, incluyendo a los de DC, Whit Ellsworth, Mort Weisinger y Murray Boltinoff, sentados en el suelo intercambiando sabiduría viñetera. Los bolos eran una de las distracciones más frecuentes. En el descanso del almuerzo en la redacción de DC, Whit solía llevar a la gente a las boleras que había al otro lado de la calle para echar un par de partidas.

La incorporación de los primeros profesionales ajenos a la pareja original Finger-Kane y el rápido desarrollo de Batman y su entorno, motivado por su fulgurante éxito, hacen que el período 1939-1943 sea extremadamente rico en novedades para el Señor de la Noche.

Durante este período, aparecerán la segunda y la tercera colecciones de DC protagonizadas por el Cruzado Enmascarado. World’s Best Comics 1, tebeo conocido universalmente por el título que llevará más tarde, World’s Finest Comics, se publica en la primavera de 1941. Antes, la cabecera Batman había debutado en la primavera de 1940, con periodicidad trimestral y cuatro historias de nuestros héroes en cada número. Y utilizo el plural porque desde Detective Comics 38 (abril de 1940), Batman contaba con la ayuda de su juvenil compañero, Robin, que en su identidad secreta es el huérfano Dick Grayson, pupilo de Bruce Wayne. Otros personajes secundarios se incorporan a la serie, el más notable de los cuales es sin duda Alfred el mayordomo, que se presenta en Batman 16 (abril-mayo de 1943) en una historia titulada, obviamente, “¡Aquí llega Alfred!” En el apartado romántico, sin embargo, no le irían muy bien las cosas a nuestro justiciero, tan consagrado a la lucha contra el crimen que no encuentra tiempo para las mujeres. Su primera novia, Julie Madison, inicia una carrera de actriz con el nombre de Portia Storme, y pretende que Bruce también ocupe su ociosa vida con algo útil, pero Wayne se ríe y le contesta que lo pasa demasiado bien así. Como consecuencia, Julie-Portia rompe el compromiso (Detective 49, marzo 1941). La segunda chica de Bruce, Linda Page, a la que conocemos en Detective 55 (septiembre 1941) también se harta de la vida vacía e inútil de la clase alta y decide emplear su existencia en ayudar a los desvalidos como enfermera de pobres. Esto tampoco impide que en sucesivas ocasiones sea hecha rehén por los malvados. Pero si Batman se demuestra incapaz (o desinteresado) de mantener una relación romántica estable, sin embargo demuestra un talento natural para hacerse enemigos para toda la vida. Entre 1939 y 1943 traerá el terror sobre Gotham City la que podríamos llamar la “gran reserva” de archivillanos de Batman: el profesor Hugo Strange (Detective 36, febrero 1940), el Joker y Catwoman (ambos en Batman 1, primavera 1940), el Clayface original (Detective 40, junio 1940), el Espantapájaros (World’s Finest 3, otoño de 1941), el Pingüino (Detective 58, diciembre 1941) y Dos Caras (Detective 66, agosto 1942). La relación con las autoridades por fin adquiere visos de oficialidad. Al final de “El pueblo contra Batman” (Batman 7, octubre-noviembre 1941), el comisario Gordon nombra a Batman miembro honorario del Departamento de Policía. “¡Desde ahora en adelante, trabajarás hombro con hombro con la policía!” Para poder hacer efectiva tal colaboración es preciso un medio de comunicación con el enigmático justiciero, y así surge la Batseñal (Detective 60, 1942) que avisa al encapuchado cuando las fuerzas del orden requieren su ayuda. También durante esta época se definen más concretamente los elementos que acabarán siendo el Batmóvil, el Batplano y la Batcueva, aunque estos son resultado de un largo proceso de destilación.

También quedará solventada de manera definitiva en estos años una de las cuestiones más relevantes referidas a la personalidad del protector de Gotham: el origen de Batman. Recordemos que en su presentación no se había hecho ninguna referencia a las motivaciones ni los primeros pasos del Hombre Murciélago. Finger y Kane nos relataron por vez primera el mito fundacional en Detective 33 (noviembre 1939), pero sin detenerse demasiado en los detalles, puesto que sólo le dedicaron una secuencia de dos páginas que precedía a la aventura del mes (“Batman combate contra el Dirigible de la Muerte”) y que describía sucintamente los instantes elementales que, seis décadas después, permanecen respetuosamente inalterados. Y eso que el origen de Batman ha sido recordado tantas veces en los tebeos que los editores tuvieron que acabar imponiendo un veto temporal sobre su aparición en cualquier título. En esta primera versión en doce viñetas, la acción se sitúa “hace unos quince años”, cuando Thomas Wayne, su esposa (sin nombre) y su hijo volvían paseando a casa después de ver una película (no se especifica cuál, aunque ahora la tradición la identifica, apropiadamente, como La marca del Zorro) y eran atracados por un vulgar ratero pistola en ristre y gorra en la cabeza. El ladrón intentaba echarle mano al collar de la señora, y al intervenir Thomas, éste recibía un balazo. “¡Tú te lo has buscado!” exclamaba el delincuente. La esposa empieza a pedir auxilio y el atracador lo solventa con otro tiro “¡Con esto te callarás!” El pequeño Bruce, desecho en lágrimas, contempla los cadáveres de sus padres caídos sobre la acera, y unos días después hace un juramento, arrodillado sobre la cama y con una vela iluminando su cuarto: “Juro por los espíritus de mis padres que vengaré sus muertes pasando el resto de mi vida en guerra contra todos los criminales.” En una viñeta le veíamos convirtiéndose en un maestro de la química, en la siguiente, levantando pesas enormes con un solo y hercúleo brazo, en la tercera, sentado en un sillón delante del fuego de una mansión señorial y musitando “La herencia de papá me ha hecho rico. Estoy listo. Pero antes, necesito un disfraz.” Su soliloquio continuaba en la siguiente escena, con una frase que ya se ha convertido en el lema del personaje: “Los criminales son una calaña superticiosa y cobarde. Así que mi disfraz debe provocar el terror en sus corazones. Debo ser una criatura de la noche, negra, horrible... un... un...” Y es entonces cuando, afortunadamente, un murciélago entra a través de la ventana abierta. “¡Un murciélago! ¡Eso es! Es una señal. ¡Me convertiré en un murciélago!” Tal y como lo recuerda Kane, “Bill y yo colaboramos en el origen. Discutimos varias explicaciones sobre por qué Batman decidía llevar un disfraz de murciélago y convertirse en un vigilante justiciero. Tenía que haberle ocurrido algo y no se nos ocurrió nada peor que el que viera a sus padres tiroteados por un atracador ante sus mismos ojos.”

“El murciélago es una criatura extraña y misteriosa que asusta a todo el mundo, así que parecía natural que Bruce Wayne escogiera un disfraz de murciélago para combatir a los criminales. En The Bat Whispers, una de mis fuentes para crear a Batman, Chester Morris llevaba un impresionante disfraz de murciélago para asustar a los habitantes de una vieja mansión y así poder encontrar el botín del atraco a un banco que estaba allí escondido. El uso por parte de Batman de un disfraz para provocar el terror en sus adversarios era una ampliación de esta idea, sólo que la usaba no con propósitos criminales, sino para reforzar el cumplimiento de la ley. El juramento de Batman de vengar a sus padres convirtiéndose en un justiciero podría estar inspirado por el que hizo el Hombre Enmascarado sobre la calavera del pirata que asesinó a su padre.”

“El origen de Batman también podría haber estado inspirado en el Murciélago de Popular Detective [una novelita popular]. En la vida cotidiana, el Murciélago era un detective privado, Dawson Clade, que había sido acusado falsamente de asesinato y ejecutado en la silla eléctrica. Pero la silla era defectuosa y Clade escapaba, escondiéndose en una cabaña oculta en los bosques para planear su contraataque contra el crimen ahora que estaba oficialmente muerto. Cuando la sombra de un murciélago atrapado aparecía en la pared, Clade tenía una inspiración semejante a la que recibiría Bruce Wayne cinco años más tarde: “¡Eso es! Me llamaré el Murciélago.”

Conoceríamos más detalles sobre aquella funesta noche en otro par de historias de la época clásica. “El origen de Batman” (Batman 47, 1948) explicaba con más detenimiento la misma historia, aunque sin alterar ningún detalle fundamental (en esta ocasión, la madre, ya con el nombre de Martha, moría víctima de un infarto producido por la impresión de ver a su marido acribillado), y nos explicaba qué había sido del asesino de los Wayne, un ratero llamado Joe Chill que ahora se había convertido en un gángster influyente. Obviamente, Batman se esforzaba con todos sus sentidos en llevarlo a prisión, pero el escurridizo Chill eludía ser atrapado con pruebas, así que el Señor de la Noche recurría a un gesto desesperado: ¡desenmascararse ante Chill, acusándole del doble asesinato cometido muchos años antes! Chill, aterrorizado, huía a trompicones y se reunía con su banda, a la que comunicaba “¡Batman acaba de decirme quién es! ¡Se convirtió en Batman porque yo maté a su padre!” Sus encallecidos esbirros, un tanto brutos ellos, entendían pues que la culpa de todos los padecimientos producidos por la némesis enmascarada del crimen era de Chill, y lo acribillaban a balazos antes de que tuviera ocasión de contarle a nadie quién se escondía bajo la máscara del murciélago. En “El primer Batman” (Detective 235, 1956), con dibujos de Sheldon Moldoff, se nos revelaba que aún había más. En realidad, Joe Chill había sido contratado por otro delincuente, el capo Lew Moxon, que había tenido problemas con el padre de Bruce y se lo había quitado de enmedio en venganza porque Thomas Wayne (con un disfraz de murciélago sacado directamente de los bocetos primigenios de Kane, de ahí lo de “el primer Batman”) lo había puesto a la sombra una temporadita. Así pues, el asesinato de los Wayne aún no estaba vengado, detalle que al final de la historia Batman ya habría solucionado con la ayuda de un camión que atropellaba a Moxon al huir aterrorizado de Bruce, quien llevaba el antiguo disfraz de su padre.

Este tipo de refinamientos, en todo caso, en nada alteran los constituyentes elementales del origen: regreso a casa paseando-aparición inesperada de un pistolero-ejecución de los padres-juramento del niño Bruce-adiestramiento a lo largo de los años-señal divina en forma de murciélago que irrumpe a través de la ventana. Las innumerables versiones repetidas a lo largo de los años han variados matices de las circunstacias, habitualmente para acomodarlas a la coyuntura de cada momento, pero jamás la esencia. Combinando una vez más estos cuatro elementos, Frank Miller y David Mazzucchelli darían la versión definitiva del origen del Señor de la Noche en Batman Año Uno (Batman 404-407, 1987).

El origen es uno de los argumentos que dan mayor fuerza y atractivo a Batman, especialmente en contraposición a Superman. En su History of Comics, Jim Steranko escribe: “Temáticamente, eran dos series opuestas. Superman había jurado “dedicar su existencia a ayudar a los necesitados.” La perspectiva de Batman equilibraba la balanza, “Juro por los espíritus de mis padres vengar sus muertes dedicando el resto de mi vida a combatir a todos los criminales.” Mientras que las motivaciones de Superman eran de benevolencia altruista, las de Batman se basaban en la venganza misantrópica. Uno reunía todas las cualidades humanas que puede tener un hombre, mientras que el otro reflejaba la naturaleza implacablemente despiadada de la humanidad. La violencia y el mal se volvían contra sí mismos cuando Batman purgaba el hampa criminal del cómic.” O lo que es lo mismo: “Se podría decir que la venganza convirtió a Bruce Wayne en Batman.”

¿Es entonces este Batman de la primera época el implacable Señor de la Noche, la criatura de las tinieblas que depreda en los delincuentes? La mayoría de los fans más entusiastas de Batman tienden a defender esta imagen como la auténtica, frente a perversiones cómicas y ligeras (y mucho más populares entre el gran público) como la serie de televisión de 1966 y las recientes películas de Joel Schumacher. Pero no está tan claro que esa imagen corresponda a la realidad.

Es obvio que el componente oscuro y misterioso otorga parte de su fascinación a Batman desde el principio, y en ningún sitio resulta tan evidente como en las historias previas a abril de 1939. Pero la aparición de Robin y la estabilización del personaje lo llevarán a un punto de perfección que ya no admite mayores cambios y que erosiona la mística que lo rodea. La versión final de este Batman clásico es la de un hombre muy preparado para enfrentarse al mal, pero un hombre de buen carácter, familiar casi diríamos, con el cual la policía confraterniza. Por ejemplo, en “¡El poli que odiaba a Batman!” (Detective 65, 1942) el comisario Gordon invita al Dúo Dinámico a pasar unas vacaciones con él en unas instalaciones de montaña de la policía, y ellos, por supuesto, aceptan. Las bromas son habituales en mitad de las peleas, y Batman y Robin intercambian chanzas entre sí, o provocan a los delincuentes, en una tradición que llegaría a su máxima expresión durante los años 60 en boca de los superhéroes más populares de Marvel, especialmente Spider-Man. La mayor participación de Robin e incluso Alfred (que viviría sus propias aventuras a partir de Batman 22, abril-mayo de 1944) contribuyen a que el tono desenfadado sea general. En todo caso, Batman no es el ser casi sobrenatural que aparece no se sabe cómo de entre las sombras y detiene a los malhechores. Las cosas le cuestan esfuerzo, a veces se equivoca, y frecuentemente es capturado o herido por los criminales. De hecho, durante su primer año casi es de rigor que sea sometido a una trampa mortal en cada aventura. La aparición de Robin permite que esta aciaga responsabilidad recaiga sobre los hombros del Prodigio Juvenil. El uso que hace Batman de todo tipo de artefactos y herramientas prefijadas Bat en su lucha contra el crimen es exhaustivo, y de hecho se puede considerar uno de los alicientes que ofrece la serie. En cuanto al tipo de casos a los que se enfrentan Batman y Robin, en su gran mayoría se trata de tramas detectivescas con resolución en la última página. Las historias están completamente gobernadas por el argumento, sin apenas ningún desarrollo de personajes, que se mantienen en un estatismo pluscuamperfecto. A menudo, Batman acude al rescate de alguno de su clase, es decir, un rico o un arisócrata que se ve envuelto en una situación complicada a la que normalmente le han llevado unos canallas cuyas motivaciones para llevar una vida delictiva jamás se explican. No escasean las historias de fondo más o menos didáctico que intentan desprestigiar a una de las grandes lacras de la época, el crimen organizado, y convencer a los niños de que son más atractivos la ley y el orden que los gángsters de barrio bien trajeados que conducen coches caros. La guerra no tiene un reflejo excesivo en las andanzas de este joven en edad de ser reclutado y perfectamente sano para pasar el reconocimiento. En Detective 37 (marzo 1940) se las ve con una organización quintacolumnista, aunque no se menciona ni a Alemania ni el conflicto, en el que Estados Unidos aún no participaba. En “El tren de los bonos” (Detective 78, 1943), sin embargo, estamos ya frente a una historia claramente patriótica destinada a hacer propaganda de la compra de bonos de guerra. Con todo, hay que decir que estas menciones son muy esporádicas, sobre todo si las comparamos con lo habitual en muchas otras colecciones de superhéroes, que directamente se habían ido al frente. Pero los nazis y los delincuentes de “a pie” cederían terreno rápidamente ante la riada de dementes deformes y disfrazados con los que se iban a medir Batman y Robin cada vez más frecuentemente. Además de los ya consagrados, muchos otros que no llegaron a cuajar como Baffler o Espadachín, junto a la cada vez mayor abundancia de escenarios con “accesorios gigantes” provocan que las aventuras de Batman y Robin sean progresivamente menos realistas y más pirotécnicas, exigiendo refinamientos verdaderamente asombrosos a los sufridos guionistas. Pingüino y, en menor medida, Catwoman, regresan periódicamente a la serie, pero el Joker se instala en ella y lo raro es haya un mes en el que no salga en alguna de las colecciones. Aunque al principio de los 40 había más manga ancha para la violencia, y tanto Joker como Pingüino eran energúmenos verdaderamente sanguinarios, la adopción del código de censura interno por parte de DC limitó la capacidad destructiva de estos villanos. Eso, unido al desgaste producido por su abuso, hizo que pronto tanto Pingüino como Joker se encontraran embarcados en los más extravagantes planes, verdaderos portentos del mal capaces de concebir maquinaciones tan absurdas como entretenidas para el lector. Batman, rodeado de locos, niños, mayordomos y un comisario de policía que jamás ha detenido a un solo delincuente, se enfrentaba al mundo con seriedad, la mente despierta, el cuerpo ágil y un arsenal repleto de batcachivaches.

domingo, 7 de agosto de 2011

JLA


JLA

Grant Morrison y Howard Porter/John Dell

DC Comics

El título que más vende de DC en estos momentos, por encima del cinematográfico Batman y del renovadísimo Superman, a las puertas de entrar en el lucrativo Top 10 (según el oráculo Wizard), dejando atrás a mutantes y arácnidos marvelianos y a primeros espadas de Image como Gen 13, y aquí en la Iberia sin enterarnos de nada. Mientras nuestros hermanos de México acaban con la sequía (véanse News en este mismo U), bueno será que vayamos comentando lo que se cuece en la más veterana casa superheroica y cómo la baqueteada Liga de la Justicia de América es de pronto lo más emocionante del mercado yanqui.

Curioso (y aleccionador, probablemente) es que el guionista de esta encarnación de la Liga, Grant Morrison, que se ha ganado a pulso una reputación de heterodoxo desde sus Animal Man y Doom Patrol de hace una década hasta sus Flex Mentallo e Invisibles de ahora mismo, haya conseguido por fin el éxito masivo con la serie más convencional que ha escrito en toda su vida. La palabra convencional, por cierto, es clave para entender todo el entramado sobre el que se aguanta JLA, que explota el atractivo de lo establecido, de las cosas hechas a la vieja usanza y como dios manda, de las historias contadas con un solo propósito, sin dobleces ni ironías. Por eso probablemente tiene encandilados a un montón de chavales ansiosos de llevarse a los ojos un tebeo de superhéroes de una pieza, de la misma manera que habrá arrastrado a un grupo de lectores convencidos de que si lo escribe Morrison tiene que encerrar algún ocurrente y astutamente disimulado mecanismo de deconstrucción posmoderna. Pues me temo que no, amiguitos. Sospecho más bien que Morrison, como cualquier hijo de vecino, quería en primer lugar ganarse unos cuartos más de los que habrá podido amasar hasta ahora, con tantas páginas ya emborronadas, y en segundo lugar, necesitaba exudar la cantidad de lecturas superheroicas que parece haber absorbido y que le rebosan por las orejas.

Para relanzar al supergrupo santo y seña de DC, pues, se ha decidido hacer las cosas bien, sin reparar en gastos, empezando por la alineación, que es la original que presentaba la Liga hace ya casi cuarenta años: Superman, Batman, Flash, Linterna Verde, Wonder Woman, Aquaman, Detective Marciano y, a las primeras de cambio, la incorporación de Flecha Verde. Un equipo como éste, obviamente, sólo puede funcionar a gran escala, implicándose en amenazas descomunales que, como mínimo, pongan en peligro el destino de todo el planeta, el futuro de la humanidad y la Vía Láctea y el inicio de la temporada de fútbol profesional. Para cualquier otra cosa sería ridículo llamar a un puñado de tipos con semejante pedigrí y que responden a un nombre tan escandalosamente desfasado como la Liga de la Justicia de América sin abochornarse un pelo. Morrison se pone a la altura y no siente ninguna vergüenza de jugar a lo grande, echando mano de decorados y efectos especiales a mansalva: los marcianos invaden la Tierra, los ángeles del cielo se pelean en nuestro mundo mientras la Luna se cae, un supervillano intenta hacerse el amo de todo lo que existe superando las últimas barreras del universo... amenazas a las que la JLA replica con la confianza y la determinación que hacían creíble a John Wayne quitándose de encima legiones de malnacidos como quien espanta moscas con la mano. La JLA es la alianza de los héroes más poderosos del mundo, así que ¡pobre del que se cruce en su camino! Virtud de Morrison es entender no sólo la esencia del conjunto, sino la de cada uno de sus icónicos miembros, todos ellos cargados de historia y de significado y perfectamente retratados con una fugacidad llena de precisión: Superman es el símbolo, el representante de puertas afuera, y su liderazgo lo complementa Batman, el que organiza estrategias y da soluciones en la sombra, su falta de poderes compensada por una supereficiencia pasmosa; Flash y Linterna Verde son la pareja cómica, los jovenzuelos que aportan chispa y vida; Aquaman y Wonder Woman confirman que, cuando los otros están presentes, ellos sólo pueden aspirar a segundones; el Detective Marciano es un Superman sin carisma público y algo tristón y solitario. Manejar un reparto tan grande (y además integrado por personajes que llevan su propia vida en sus propias series, así que aquí sólo pueden vivir aventuras) es tarea delicada, que Morrison solventa jerarquizando las relaciones mediante las tres parejas y el individuo-comodín que he mencionado. No es casualidad que el Detective Marciano sea el único sin cabecera personal. El lector de JLA ya conoce (y bien, probablemente) a todos y cada uno de los personajes por su experiencia previa, así que la caracterización huye sabiamente de prolijas presentaciones para subrayar los rasgos, a veces inesperados, de la personalidad de estas estrellas del superheroísmo con los que el autor prefiere jugar. Unos diálogos francamente divertidos cuando hace falta (no te puedes tomar en serio todo el rato un tebeo como éste) contrastan maravillosamente con los momentos más épicos, esos de la viñeta a toda página con Superman enganchado a un Ángel del Señor en medio de una ciudad arrasada y semejantes. Cada escena está primorosamente planteada, aunque la relación entre unas y otras escenas a veces resulta un tanto brusca. O bien el guionista tiene más facilidad para el detalle que para los grandes esquemas (que es lo que yo sospecho) o simplemente hace un uso muy sui generis de la elipsis.

A Morrison no le importa volver a contarnos historias que pertenecen al capítulo de los lugares comunes para cualquier aficionado al tebeo de superhéroes (¿y qué otro lector se va a comprar JLA?). ¿Hay algo más sobado que el argumento de los «salvadores del mundo» extraterrestres que en realidad son enemigos camuflados? En la primera saga, la Liga entera es capturada por un puñado de supercriminales con poderes equivalentes a los de Superman (y más variados aún) cada uno de ellos. Únicamente Batman, que es «sólo un hombre», sigue libre, y por supuesto que el adusto Señor de la Noche se basta y se sobra para sojuzgar sigilosa y contundentemente a la pandilla de supermalvados, en un episodio que respira el mismo aire que aquel mítico «Lobezno solo» de Claremont y Byrne hace ya un montón de años. Posteriormente, la Llave (sí, hay un malo que se llama así, ¿qué pasa?) atrapa a todo el grupo en sus propios sueños, proyectados en un mundo imaginario, utilizando una estratagema que recuerda poderosamente a la legendaria historia de Superman «El hombre que lo tenía todo», de Alan Moore y Dave Gibbons. Pero, ¿cómo escapa de esta trampa la Liga? Gracias a la intervención de su más reciente y menospreciado miembros, el arquero Flecha Verde, que finalmente noquea con sus saetas al villano de rango cósmico. En The Avengers 174 (1978, pero el dato lo he tenido que mirar, no se piensen que soy tan friki como para sabérmelo de memoria) el galáctico Coleccionista captura a los poderosos Vengadores. A todos, excepto a Ojo de Halcón (¡el arquero, para los menos duchos en superherología!), que acaba tumbando al malhechor con sus rudimentarias armas.

Pero nada de esto importa, porque Morrison es el primero que parece plenamente consciente de lo que está haciendo y por qué lo está haciendo, y esa convicción insufla vida al tebeo y restaura con efectividad parte del aura mágica que siempre debería desprender este género. Quizás el amable lector pueda deducir de mis palabras que JLA son sólo textos, pero no, también está dibujada, y la aportación de Howard Porter (al menos hasta el número 7, tras el que le sustituye Óscar Jiménez, esperemos que de manera provisional) no puede ser más ajustada al tono de la colección, con un estilo que es vulgar a la vez que grandioso. Supongo que los editores pensarían que ya que los héroes son clásicos, equilibrarían poniendo un dibujante de hechuras modernas, lo cual no les voy a discutir mientras Porter siga dibujando a Batman con los viejos tebeos de Michael Golden abiertos encima del tablero.

De despedida, una advertencia. Ojito con el especial JLA/WildC.A.T.S.: es ilegible.

Publicado originalmente en U #6 (septiembre de 1997), con el nombre de Trajano Bermúdez. Me ha parecido oportuno rescatar esta vieja reseña de la JLA de Grant Morrison y Howard Porter/John Dell para complementar la lectura de Supergods.

viernes, 5 de agosto de 2011

LITERATURA SUPERHEROICA 4: SUPERGODS


Para el cuarto y último libro de esta serie de posts voy a hacer trampa. Dije que comentaría cuatro novelas de superhéroes y Supergods (2011), de Grant Morrison, no es una novela. Es una especie de memoria superheroica de un fan convertido en guionista que ha convivido siempre con los superhéroes y cuya vida personal y carrera profesional ha estado determinada por estos. Pero la trampa es legítima, porque para Morrison los superhéroes son reales y las barreras entre realidad y ficción son porosas, de modo que escribir sobre la una es practicar la otra. Es decir, para Morrison unas memorias son una novela tanto como una novela son unas memorias.

El primer tercio de Supergods recuerda en gran medida a The Great Comic Book Heroes (1965), de Jules Feiffer, quizás el primer libro importante sobre los superhéroes escrito por un autor de cómics. Al igual que Feiffer, Morrison comenta los personajes más importantes de los orígenes del comic book, escribiendo una especie de historia interpretativa que tiene sus mejores momentos, tal vez, en la recuperación de personajes como el Capitán Marvel, portador del relámpago original místico de la creación superheroica. Sin embargo, estos primeros capítulos decepcionan por la obviedad de las opiniones de Morrison sobre los primeros años de Superman, Batman y demás. De alguien con fama de visionario uno esperaría ideas revolucionarias sobre los personajes que forjaron la mitología heroica, pero el texto de Morrison casi parece un aplicado refundido de las historias convencionales más populares de los últimos años, con Les Daniels a la cabeza. Un poco rutinario y desapegado, tal vez una introducción aceptable para el neófito, pero poco interesante para el lector especializado. Falta una visión personal que se hace más presente en las páginas dedicadas al Superman de la Silver Age editado por Mort Weisinger, el cual le sirvió de modelo para All Star Superman y, obviamente, es una de sus grandes influencias. También tiene interés en esta parte del libro el catálogo de referencias concretas que sirven para trazar el mapa de la obra posterior de Morrison. Por ejemplo, cómo descubrió el guionista escocés que se podía romper la cuarta pared en una historia de Flash de 1966 que es el modelo más directo para el final de su célebre etapa de Animal Man, o cómo la idea de que los superhéroes se pueden traspasar de la imaginación a la realidad para modificar el mundo ya aparece en la conclusión de la Saga Kree-Skrull de Roy Thomas y Neal Adams en Los Vengadores. También reivindica a guionistas de los setenta que son claramente sus maestros remotos: Steve Englehart, Don McGregor, Steve Gerber. Éste último, sobre todo, escribió los prototipos de Doom Patrol y Los Invisibles.

En 1978, Morrison descubre el punk y Supergods empieza a parecer de verdad una autobiografía. Con los inicios de la carrera profesional del autor, el libro gana en interés, en viveza y en inmediatez. Nos habla de cosas vividas de primera mano y sus opiniones son más lúcidas y reveladoras. Vemos a través de sus ojos el clima comiquero de la Gran Bretaña de los 80 que sirvió de caldo de cultivo para la Invasión Británica del comic book americano a finales de esa década. El análisis de Watchmen es espectacular, pero en él se revela ya un rasgo que irá acentuándose a medida que avance la historia: cierta obsesión de Morrison por quedar por encima de todos. Al mismo tiempo que exalta las virtudes de Watchmen, al criticarlas Morrison nos está diciendo que su obra mejora a la de Moore situándose en un plano superior, que llega a sitios a donde el formalismo riguroso y un poco de juguete de Moore y Gibbons no era capaz de llegar. Más adelante, se repetirán episodios de tenor semejante. Mark Millar, por ejemplo, aparece como un fan locamente admirador a quien Morrison introdujo de la mano en el mundillo del comic book profesional, a quien dio sus mejores oportunidades y a quien sugirió todas sus ideas. Al hablar de The Authority, explica que la elección de Mark Millar para continuarla surgió de una conferencia entre Warren Ellis y él mismo, y que fue Morrison quien indicó a Millar de qué manera debía escribir la serie. Posteriormente, según el libro, fue Morrison también quien recomendó a Millar para Ultimates, quien explicó a Millar qué dirección y tono debía tener Ultimates y quien, por fin, escribió como negro alguno de los episodios de Ultimates. Esto último no lo niego, porque si Morrison lo dice tampoco voy a pensar que está mintiendo, pero todo lo demás, incluso aunque fuera verdad, huele a intento desesperado de apropiarse del éxito ajeno, de convencernos de que «son sus ideas» las que nos gustan. Y uno no puede evitar pensar: si tan claro lo tenías, Grant, ¿por qué no lo hiciste tú? Porque si algo es evidente a lo largo de Supergods es que Morrison siempre ha buscado un gran hit, pero solo ha reventado la taquilla con personajes franquicia de primerísimo nivel (Batman, Superman, X-Men, JLA). Esta parcialidad que muestra en el juicio a sus compañeros también se traslada a los patrones: le resulta más fácil criticar a Marvel que a DC, que es la editorial con la que tiene contrato en exclusiva en la actualidad. Al respecto de las cuestiones relativas al trabajo para las grandes editoriales, Paul Gravett tiene un artículo muy interesante en el que critica la actitud de Morrison en Supergods frente a las políticas empresariales.

En parte este efecto de autoenaltecimiento se deriva del modelo histórico que Morrison ha elegido para su relato. De forma sorprendente para un autor de ideas tan absolutamente modernas, Morrison opta por un caduco esquema de historia vasariana, dividida en «edades» en la que la historia del cómic se personifica y adquiere los rasgos de un ser humano que va madurando y pasando de la etapa infantil a la adolescente y la adulta y, por tanto, de plenitud. Es un tipo de historia teleleológica, en el que inevitablemente todo lo anterior existe para converger en lo actual, que es su máxima y más madura expresión, y en el que por tanto Grant Morrison es la cúspide de toda la historia previa de los superhéroes. Lo que Miguel Ángel era para Vasari, Grant Morrison lo es para Grant Morrison. Divino.

Y divino no es una palabra que utilice a la ligera. Por supuesto, lo más interesante de la historia de Grant Morrison como escritor es la historia de Grant Morrison como chamán. A partir de su etapa punk, Morrison empieza a juguetear con la magia del caos y a tantear la hiperrealidad psicodélica. Es decir, la ficción real o la realidad de la ficción, que es, en cierta manera, una versión mística de la continuidad mediante la cual él mismo se introduce en las páginas de Animal Man o traza el plan de su propia vida a través de los episodios de Los Invisibles. El viaje místico de Morrison culmina en el episodio de Katmandú, un contacto extradimensional propiciado por el consumo de drogas que le permite ver la realidad del universo y le hace embarcarse en la misión de transmitir ese mensaje a través de sus tebeos.

Si el episodio de Katmandú le suena a alguien como el típico momento fundacional vivido por el líder de una secta, es que es eso exactamente. Y ésta es la idea final del libro, que los superhéroes son entidades metafóricas que nos permiten mediar con nuestro inconsciente de forma eficaz y colorida. Es decir, es una especie de sistema de deidades cuyo valor es alegórico, pero que carece del valor trascendente de lo religioso. Por tanto, funcionan como herramientas de autoayuda, que es lo que ha intentado poner en práctica Morrison en sus tebeos. Quizás por eso el aficionado al cómic haya sido siempre reacio a la autoayuda, porque Peter Parker ya cumplía esa función en su universo.

Supergods podría haber convertido a Morrison en un nuevo L. Ron Hubbard, pero sorprendente le falta la visión o la decisión para dar ese paso. Desde su mismo título, el libro parece pensado para ser una Dianética basada en los superhéroes, y no se puede negar que es un libro inspiracional. El final, que cierra el círculo de la ficción y la realidad, al explicar que DC le ha encargado el reboot de Superman, el personaje que pone en marcha toda la historia que cuenta el libro, parece otra prueba más de cómo la magia del caos funciona para aquellos que creen en ella. En sus propias palabras: «Las historias de superhéroes me despertaron a mi propio potencial. Me dieron la base de un código ético que todavía sigo. Inspiraron mi creatividad, me dieron dinero, e hicieron posible que convirtiera en una carrera profesional lo que hacía por placer. Me ayudaron a captar y comprender la geometría de las dimensiones superiores y me advirtieron del hecho de que todo es real, especialmente nuestras ficciones. Al ofrecerme modelos de rol cuyo heroísmo y cualidades trascendentes habían ido en el pasado acompañados de halos y túnicas flotantes, alimentaron en mí una sensación de lo cósmico y lo inefable que las pomposas y dogmáticamente estúpidas religiones paternalistas nunca podrían igualar. No necesitaba la fe. Mis dioses eran reales, hechos de papel y luz, y se enrollaban en mi bolsillo como si fueran una dimensión de supercuerdas».

Supergods es un libro irregular, que da la sensación de estar escrito a trompicones, con algunas partes muy apresuradas, con algunos capítulos demasiado obvios para el lector especializado y otros demasiado especializados para el lector general. Como los tebeos de Morrison, tiene ideas geniales dispersas, pero le falta cohesión y ritmo narrativo. Coincido con alguna de las propuestas principales de Supergods. Para mí, los superhéroes también son reales, y lo son también en la dimensión del papel y la tinta, y es por eso que mi concepto de realismo superheroico lo expresa perfectamente Secret Wars. En última instancia, Supergods es un libro sobre superhéroes escrito por uno de los guionistas responsables de uno de los mejores cómics de superhéroes de la última década (All Star Superman) y eso lo convierte en lectura obligatoria para todos los que estamos interesados en el género. Pero pocas veces me ocurre que termine de leer cuatrocientas páginas sobre un autor (y aún más, escritas por ese mismo autor) y al final tenga la sensación de que tiene una categoría menor de la que le atribuía antes de la lectura. Diré más: que incluso personalmente me cae peor que antes de leer el libro. Me quedo con la impresión de que Morrison ha pasado toda su carrera bajo un agudo síndrome del patito feo. Siempre ha querido ser Alan Moore o Neil Gaiman. Ya tiene 50 años, y todavía no lo ha conseguido.