lunes, 1 de agosto de 2011

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 2: ¿SABES CUÁNTO ESTÁ GANANDO EL DIBUJANTE DE SUPERMAN?

(PARTE DEL CAPÍTULO SESENTA AÑOS DE TEBEOS)

¿SABES CUÁNTO ESTÁ GANANDO EL DIBUJANTE DE SUPERMAN?

Aunque ahora cueste imaginarlo, en el mundo de 1939 no había televisión a color, Elvis Presley aún no había traído el rock ‘n’ roll al planeta y las grandes guerras se libraban en los países más ricos de occidente. La radio era la reina del entretenimiento, los ordenadores un sueño de los enfebrecidos escritores de ciencia ficción que llenaban con sus fantasías los pulps baratos y ni siquiera existía la industria del comic book. En Estados Unidos, los tebeos habían nacido y crecido en la prensa, pero fuera de ella aún estaba todo por hacerse.

Lo que hoy llamamos comic book (que no es un “libro de cómics”, sino algo parecido a nuestros tradicionales cuadernillos de tebeos de aventuras, y que representa el formato más barato y popular que ha encontrado este medio en toda su existencia) nació en 1933. Fue en ese año cuando por primera vez se probó un formato más reducido que el tabloide originado en los suplementos dominicales de los periódicos. Los primeros comic books, Funnies on Parade y Famous Funnies, fueron concebidos por el visionario de las viñetas Max C. Gaines como artículos de regalo que acompañaban la compra de ciertos productos (leche, zapatos, etc), y el material que incluían eran reediciones de tiras de prensa famosas como Mutt & Jeff o Joe Palooka. Durante los años siguientes, el comic book iría desarrollando algunos de los rasgos que se iban a identificar como su fisonomía, pero lo cierto es que despegó muy lentamente. A partir del momento en que empezó a venderse en quioscos y con periodicidad mensual, nuevos editores se incorporaron, ofreciendo cada vez mayor número de títulos a los complacidos jovencitos de entreguerras, pero sin demasiado entusiasmo ni creatividad. Aún cuando el formato comic book se confirmó como comercialmente interesante, sus contenidos seguían reduciéndose, en su inmensa mayoría, a tiras de prensa cuyo éxito había sido previamente demostrado por su paso por los periódicos. Podríamos decir que los editores de comic books nacieron conservadores y temerosos de la innovación. Excepto uno de ellos, por supuesto. El mayor Malcolm Wheeler-Nicholson, personaje pintoresco que ha dejado plagadas de leyendas picarescas los años del nacimiento del comic book, fundó en 1935 National Allied Publications, la editorial que con el correr de los años acabaría convirtiéndose en DC Comics. Wheeler-Nicholson y Vince Sullivan, su editor en jefe en los primeros tiempos, publicaban historietas originales en sus títulos, More Fun Comics y New Adventure Comics, pero el material que ofrecían no era de una calidad asombrosa, lo cual no puede sorprender a nadie si tenemos en cuenta que la costumbre de pagar no era para ellos y que cualquier autor con talento y un futuro prometedor siempre preferiría las prestigiosas y bien remuneradas tiras de prensa. En aquellos primitivos y burdos comic books de la National encontraban refugio jovencillos ilusionados pero aún un tanto verdes como Jerry Siegel y Joe Shuster, que concibieron en 1935 (New Fun Comics 6) al Dr. Occult, el primer protosuperhéroe. En 1937, Wheeler-Nicholson se vio obligado a vender la empresa a Harry Donenfield, que continuaría la misma política de ofrecer material original, al tiempo que ampliaba la línea editorial. Ese mismo año National incorporaría Detective Comics, que en su número uno lucía un impresionante primer plano de Fu Manchú y que se esforzaría por ofrecer algo de acción policial en sus páginas.

En esos momentos, el comic book estaba ya establecido como producto y era conocido por el público, pero no se podía decir que fuera precisamente un éxito ni que se le presintiera un futuro prometedor. Por un lado, la mayoría de los editores se conformaban con las reediciones de tiras de prensa. Por otro, los que sacaban historietas nuevas ofrecían una calidad pobre y no habían concebido aún ninguna serie ni personaje que llamara la atención de los lectores. Quizás el negocio del comic book se hubiera asfixiado al cabo de unos años en su propia incompetencia si no hubiera sido por la aparición en junio de 1938 de Action Comics nº 1, el cuarto título de National, en el cual Siegel y Shuster presentaban a Superman.

Evidentemente, la llegada de Superman cambió el panorama, y no es cuestión aquí de analizar todas sus ramificaciones y consecuencias, que alcanzan hasta nuestros días y sobrepasan las fronteras de Estados Unidos y del medio viñetero. Sí se puede decir que, en aquel momento, los editores tardaron en reaccionar (otra cualidad unida a este gremio desde el mismo principio) y los meses siguientes a la explosión de la bomba kriptoniana discurrieron con la misma placidez que si no hubiera ocurrido nada. Cuando por fin recibieron las ondas expansivas del impacto producido entre la chiquillada por el Hombre de Acero ya estábamos en 1939, y había amanecido lo que los historiadores llaman hoy la Edad de Oro del comic book americano. Todo el mundo se puso como loco a buscar personajes que imitaran a Superman, o al menos su éxito. Los editores empezaron a encargar material original a las numerosas “Shops” que lo producían. Estas “Shops” eran más parecidas a talleres que a agencias, y normalmente las gestionaban autores que ya habían conseguido una posición y que contrataban a principiantes con los cuales organizaban una auténtica cadena de montaje que entregaba páginas frescas a las ansiosas editoriales. Normalmente, las “Shops” daban el tebeo completamente terminado a la editorial, que ya sólo tenía que hacerlo llegar al consumidor. Entre las más importantes se encontraban la Iger-Eisner y la de Harry “A” Chesler, que vieron dar sus primeros pasos a muchos de los futuros gigantes del comic book, como el mismo Jack “Rey” Kirby, sin ir más lejos. Desde luego, National (a la cual, para simplificar la lectura, nos referiremos a partir de ahora como DC, aunque esa denominación no la tomaría oficialmente hasta 1977) también decidió copiar su propio éxito, y empezó una desesperada búsqueda de superhombres, que obtendría fruto gracias a un par de recién llegados al mundo de la historieta profesional, Bob Kane y Bill Finger.

Kane (1914) era un neoyorquino que se había criado en el Bronx durante la Depresión, lo cual indudablemente contribuyó a dotarle de una determinación prácticamente obsesiva por salir de la pobreza. Frustrada su vocación de violinista por una lesión producida en una pelea callejera, Kane se concentró en su otra gran afición, el dibujo, que ya le había hecho ganar premios juveniles. En el instituto De Witt Clinton empezó a realizar caricaturas para el periódico escolar, el Clinton News, donde también publicaba un chaval llamado Will Eisner. Ya decidido a hacer carrera artística, del instituto pasó a estudiar un curso de dos años en el Commercial Art Studio, aunque no acabaría el programa, que abandonaría al cabo de un año para proseguir su formación en la Cooper Union y en la Art Students League de Nueva York. Durante este período ya intenta colocar sus primeras historietas profesionales, y conseguiría ser contratado precisamente por Will Eisner, quien viajaba a mayor velocidad que Kane tanto en el mundo del arte como en el mundo de los negocios. En Wow Comics nº 3 (1936, McKay Publishers), que ofrecía tanto reediciones como originales, fue donde Kane vio aparecer su primera serie, Hiram Hick, protagonizada por el típico sheriff paleto que combate el delito en Nueva York. El estilo de Kane era caricaturesco, pues el joven artista se consideraba dotado para el humor, y no se le había pasado por la cabeza que su nombre acabaría siendo universal gracias a una creación eminentemente dramática. Durante los años siguientes, Kane ensayará toda una variedad de nuevas series, ninguna de las cuales tendrá larga vida ni resultará especialmente memorable. En Peter Pupp prueba con la aventura, aunque en clave de comedia, influido por Floyd Gottfredson (Mickey Mouse), y en otros títulos intentará asimilar las influencias de maestros del cómic de aventuras de prensa como Alex Raymond y Milton Caniff (al estilo de Terry y los piratas es Rusty and his Pals, que creará en 1938 para Adventure Comics). Sin embargo, es en el registro caricaturesco en el que se desenvuelve con mayor comodidad, y es en calidad de humorista como empieza a colaborar habitualmente con DC.

Por su parte, Bill Finger (1914-1974) era un vendedor de zapatos que conoció a Kane durante una fiesta en 1938. Finger había sido ávido lector desde la niñez (una afición despertada sin duda por el padecimiento de una escarlatina que le hizo guardar cama), estaba absolutamente loco por La Sombra y Doc Savage y por el cine y tenía una enorme ilusión por escribir sus propias historias y abandonar un empleo que le disgustaba. Curiosamente, Finger también había asistido al instituto De Witt Clinton, aunque allí no llegó a conocer a su nuevo amigo.

Kane y Finger empezaron a colaborar en series como la ya mencionada Rusty and his Pals, y cuando Kane se decidió a probar con los superhéroes, animado por Sullivan (y por los 800 dólares a la semana que estaban ganando Siegel y Shuster, frente a los 35-50 que se sacaba él) se acordó de su compinche Bill. Y es en este momento en el que hay que hacer algunas precisiones con respecto a la paternidad de la criatura.

Todo el crédito de la creación de Batman le ha sido atribuido desde el principio a Bob Kane, y así será hasta el final de los tiempos, debido a que ése es el acuerdo al que llegó con DC. Sin embargo, la impresión que se obtiene revisando todas las versiones conocidas sobre el origen del Señor de la Noche (incluida la que da el mismo Kane en su autobiografía) es que fue resultado de un esfuerzo conjunto, y que habría sido de justicia que durante estas seis décadas, debajo del rótulo que dice “Batman” hubiera aparecido la leyenda “Creado por Bill Finger y Bob Kane”, de la misma manera que junto al nombre de Superman aparecen los de Jerry Siegel y Joe Shuster. El mismo Kane se lamentaba de semejante injusticia quince años después de la muerte de Finger: “Ahora que mi antiguo amigo y colaborador ya no está, debo admitir que Bill nunca recibió la fama y el reconocimiento que merecía. Fue un héroe ignorado. Debido a que llegó a la serie cuando yo ya había creado a Batman, no recibió un pie de autor. Sólo más tarde, en los años setenta, cuando ya no escribía la serie y algunas de sus historias se reeditaban, recibió crédito. A mí nunca se me ocurrió darle un pie de autor y él nunca me lo pidió.” Pero, ¿qué significa exactamente que Bill Finger llegó a la serie cuando Kane ya había creado a Batman? Sigamos paso a paso la invención del personaje.

Animado por las palabras de Sullivan, Kane se puso a buscar en el baúl de las viejas ideas lo que mejor pudiera servirle para crear un nuevo superhéroe. Según confesión propia, sus fuentes de inspiración principales fueron tres: Leonardo da Vinci, El Zorro y una película llamada The Bat Whispers.

La influencia de Da Vinci venía a través de un libro de invenciones del autor renacentista en el que aparecía un ingenio volador llamado “ornitóptero” que fascinó al Kane adolescente. Era el clásico planeador cuyo usuario se arroja desde lo alto de una torre o montaña para aprovechar las corrientes atmosféricas e inevitablemente acaba estrellado. El ornitóptero había inspirado a Kane a realizar algunos bocetillos en los que se reproducía el ala planeadora con un hombre al que se llamaba, dubitativamente, Hawk-Man, Eagle-Man y Bat-Man.

En cuanto a La Marca del Zorro, una película protagonizada por Douglas Fairbanks Sr. en 1920, es una obsesión de Bob Kane desde la infancia. Kane bautizó a su pandilla del barrio los Zorros, y en su intento de concebir un héroe enmascarado con identidad dual, sólo podía imaginar los rasgos de su admirado héroe. Algunas de las características “cedidas” por el Zorro a Batman son: inmensa habilidad acrobática para derrotar a sus enemigos con saltos, puñetazos y filigranas circenses (cortesía del atlético Fairbanks); una identidad dual en la que la personalidad secreta corresponde a un rico (Don Diego en el caso del Zorro) que aparenta pusilanimidad e indiferencia por los problemas de los demás, hasta llegar casi al afeminamiento; la identidad enmascarada, por su parte, viste de negro y no está bien vista por las autoridades (Batman en sus inicios era perseguido por la policía); una cueva secreta que sirve de base de operaciones y un medio de transporte distintivo y con nombre propio (Zorro cabalga sobre Toronado).

La última influencia reconocida por Kane, la película The Bat Whispers (1930) resulta algo más oscura. El film era un remake de una película muda titulada The Bat, y el murciélago en cuestión era el villano de la historia, que llevaba una máscara de quiróptero y que ayudó a concebir el aspecto y la atmósfera del Cruzado de Gotham City. Además, The Bat Whispers proporcionó directamente la famosa Batseñal. También el ambiente de esa película fue una influencia decisiva en Batman, que ya desde el primer momento fue cincelado como un criatura de la noche que se movía entre brumas góticas, lo que también haría que nos acordáramos del Drácula (1931) de Bela Lugosi. Por último, tampoco se puede ignorar el peso de la tradición de la forma de entretenimiento popular que hasta ese momento había imperado, las novelas pulp. Definir a Batman como un cruce entre la Sombra y Doc Savage con unas gotas de Sherlock Holmes no sería demasiado desatinado. El primero es un ser misterioso, envuelto en telas oscuras y partidario de infundir terror en el alma de los criminales. El segundo es el hombre supremo por excelencia, que se ha entrenado para llegar a la máxima perfección física y mental, y que domina todas las disciplinas del saber, desde la química y la ingeniería hasta la filología (eso por no hablar de los numerosos artefactos que utiliza en su batalla contra el mal, como el cinturón utilitario). Pero, por otra parte, podríamos decir que un cruce entre Doc Savage y la Sombra lo era ya El Hombre Enmascarado, The Phantom, el vengador africano concebido para la prensa por Lee Falk y Ray Moore en 1936 y que también es un hombre perfectamente entrenado que instiga un terror supersticioso en sus enemigos y que está embarcado en una misión de venganza familiar llevada a lo universal. En realidad, la cuestión no es tanto si Batman tomó esto o aquello de uno u otro lado como constatar que había una serie de ideas, imágenes y conceptos que flotaban en el aire a finales de los treinta, aluvión inevitable de las ficciones que concibe y consume cada época. La prueba más evidente de lo dicho es la coincidencia de Batman con otro producto que estuvo a punto de dar al traste con la carrera del murciélago antes de que levantara el vuelo. Si Batman debutaría en mayo de 1939, en julio de ese mismo año se estrenaba El Murciélago Negro en Black Book Detective, una de las principales publicaciones de pulp de género policíaco. El Murciélago Negro llevaba una capucha casi idéntica a la de Batman (sin las orejas) y una capa acabada en el característico vuelo semicircular, por no hablar de los guanteletes con “ala de murciélago” que Batman no utilizaría hasta algunos meses más tarde. Los gabinetes jurídicos de Better Publications (editores de Black Book Detective) y de DC se pusieron rápidamente a trabajar en sus respectivas demandas por plagio, pero la confrontación se evitó gracias a la intervención de Whit Ellsworth, que trabajaba como editor en DC y que anteriormente había escrito novelas para Better. Su mediación consiguió que El Murciélago Negro y Batman se ignoraran mutuamente y que ambos pudieran seguir adelante por su propio camino. El del Murciélago Negro, por si alguien siente curiosidad, no careció de éxito. Escrito por G. Wayman Jones, protagonizó 62 novelas hasta su final, en 1953. También se enfrentaba al delito amparado en la noche, y también poseía una identidad secreta, aunque con la particularidad de que en la vida civil era (o así lo creían los demás) ciego, lo que también le convierte en antepasado del justiciero marveliano Daredevil. La amenaza que suponía para la existencia de Batman ese juicio que pudo ocurrir y que no llegó a producirse no debe desdeñarse. En aquellos años de hallazgos continuos, más de un personaje quedó en la cuneta por culpa de que un juez decidió que se parecía demasiado a otro. Precisamente DC hizo trabajar a sus abogados a pleno rendimiento, en casos como el de Wonder Man, una creación del estudio Iger-Eisner para Fox que debutaría en Wonder Comics 1 (mayo 1939) y que fue retirada por su semejanza con Superman. El mismo destino siguió el Capitán Marvel de Fawcett, que no sólo imitaba a Superman, sino que llegó a superarlo en ventas ampliamente, convirtiéndose en el superhéroe más popular de los años 40. Probablemente ese fue el único motivo por el cual el asedio de la demanda presentada por DC en 1941 se mantuvo hasta mediados de los 50, cuando por fin Fawcett dejó de publicar las aventuras de Marvel que, paradójicamente, acabaría siendo adquirido y publicado por DC. Aunque la aparición de Batman había precedido en un par de meses a la del Murciélago Negro, este personaje ya estaba escrito y dibujado antes de que saliera a la venta Detective Comics 27, así que la historia podía haber acabado muy mal (y sobre todo muy pronto) para el Señor de la Noche de no intervenir Ellsworth.

Pero volvamos con nuestros entusiastas y jóvenes dibujantes de comic book, inmersos en pleno brainstorming. Con un boceto bastante elemental y un nombre, Bat-Man, Kane llamó a su colaborador Finger y le pidió que se pasara por casa para ver lo que se le había ocurrido. Entonces es cuando llega la aportación de Finger a un personaje que “ya estaba creado.” Según Finger, Kane “había dibujado un personaje que se parecía mucho a Superman, pero con unas mallas... rojas. Llevaba botas, pero no llevaba guantes, ni guanteletes. Llevaba un antifaz sencillo y se balanceaba en una cuerda. Le sobresalían dos alas rígidas que eran como alas de murciélago. Y debajo había un gran símbolo... Batman. Saqué de la estantería el diccionario Webster con la esperanza de que tuviera un dibujo de un murciélago, cosa que desde luego tenía. Dije “Fíjate en las orejas, ¿por qué no copiamos las orejas?” Sugerí que dibujara algo parecido a una capucha. Experimentó con varias capuchas. Sugerí que bajara la parte de la nariz hasta taparla por completo y para hacerle más misterioso que no se le vieran los ojos.” Otras sugerencias de Finger, corroboradas también por la versión dada por Kane, incluyen sustituir las alas rígidas por una capa, ponerle guantes (que más tarde se convertirían en los guanteletes famosos hoy en día) y cambiar el color del traje a gris, que es más ominoso que el rojo. En cuanto al otro yo del luchador contra el crimen, Kane lo describe como “una co-creación. Yo sugerí la identidad dual del Zorro, y él también había visto El Zorro, así que también le había influido. El rico y petimetre Don Diego, alter ego del Zorro, inspiró la fachada de Bruce Wayne como playboy rico, ocioso y aburrido. La aliteración de nombres -Bruce Wayne, Bob Kane- probablemente fuera una de las razones que hicieron que ése fuera el nombre que se le ocurrió a Bill. Hasta cierto punto, los dibujantes se dibujan a sí mismos o a gente que conocen en sus historietas, así que dibujé a Bruce Wayne a mi imagen, cuando yo era joven y guapo.” Finger, a su vez, aporta algunos datos más precisos sobre el origen del nombre del millonario: “El nombre de Bruce Wayne viene de Robert Bruce, el patriota escocés. Wayne, al ser un playboy, era un aristócrata, así que busqué un nombre que sugiriera colonialismo. Probé con Adams, Hancock... más tarde, me acordé de Mad Anthony Wayne.”

Con el personaje ya claramente definido, sólo era cuestión de realizar la primera historia, que fue escrita por Finger (en una imitación de La Sombra, según sus propias palabras) y dibujada por Kane: “El caso del sindicato químico.” Apareció por vez primera en Detective Comics nº 27 (mayo de 1939). En ese mismo número, Batman ocupaba la portada que, por cierto, recuerda poderosamente a la que más de 20 años después servirá para presentar a Spider-Man en Amazing Fantasy nº 15. En Detective Comics, Batman compartía revista con otros personajes de género más o menos negro, como el detective quebrantahuesos Slam Bradley o el maligno Dr. Fu Manchu, y durante algunos meses sólo apareció en una de cada dos portadas, a pesar de que instantáneamente se convirtió en el favorito de los lectores.

“El caso del sindicato químico” tiene poco que ver con la imagen actual de Batman, y menos aún con la concepción de un tebeo profesional que se tiene hoy en día. Son seis páginas planificadas con una tosquedad extrema, dibujadas burdamente y que ilustran un guión más que elemental. “The Bat-Man”, como se le llama entonces, aparece sin ningún tipo de presentación ni explicación de sus orígenes o motivaciones, aunque podemos deducir que no se trata de su primera aventura, ya que en la primera viñeta, en la que aparecen Bruce Wayne y el comisario Gordon, el diálogo es como sigue:

- ¿Algo emocionante últimamente?

- No, excepto ese tipo al que llaman Bat-Man. Me intriga.

Idea que es confirmada cuando el justiciero aparece por vez primera, en la 2ª viñeta de la 3ª página, pues unos sorprendidos bandidos lo reconocen de inmediato. La historia inscribe directamente a Batman en su larga tradición de participación en casos de misterio detectivesco, tradición probablemente motivada por el título de la revista en la que debuta. Sólo en la última viñeta se revela a los lectores que el aburrido y feble Bruce Wayne es en realidad el poderoso Batman, aunque únicamente un lector de aplastante ingenuidad podría no haberlo supuesto desde el principio. Si bien es cierto que juzgándola con los ojos críticos de hoy en día esta primera historia de Batman es simple de guión y pobre de dibujo, hay que tener en cuenta que Finger y Kane estaban fundando una manera de hacer tebeos que hasta entonces no existía, y que la crudeza argumental y artística es un rasgo compartido por casi todos los superhéroes de los años 40. Comparándolo con el mismo Superman, por ejemplo, Batman contiene muchos más elementos interesantes en cuanto a diseño y escenografía, más elaborados que en las historietas del kryptoniano. Estos pioneros del comic book progresarían muy rápidamente, y se beneficiarían de equipos de ayudantes que en muchas ocasiones traían un talento superior al de los mismos creadores. En el caso concreto de Batman, Bill Finger pronto demostraría ser uno de los primeros guionistas con sentido visual de la historia del cómic, y uno de los más brillantes de la Edad de Oro. En cuanto a Bob Kane, su genio creativo y su capacidad para concebir figuras y ambientes originales estaban por encima de su talento y su competencia desde un punto de vista estrictamente técnico, aunque al cabo de unos meses sus páginas también resultaban notablemente más profesionales.

En estos primeros pasos, Batman no utiliza Batmóvil, sino que se desplaza en un coche rojo. Tampoco tiene a su lado camaradas como Robin, ni su camino se cruza con el de otros héroes, ni acude a la llamada de la Batseñal (entre otras cosas porque la policía le tiene en la lista de los hombres más buscados), ni Alfred atiende la Mansión Wayne, que nunca se identifica como tal, ni hay una Batcueva escondida bajo esa Mansión, y de hecho aún no se ha mudado a Gotham City, porque sus aventuras se desarrollan en “La ciudad”, que a veces recibe el nombre de Nueva York.

Los villanos pintorescos aún están por llegar, al menos los más importantes, los que configurarán su clásica galería de archienemigos, porque en Detective nº 29 (julio 1939) ya aparece el que ha de ser considerado como primer “villano” de Batman: el Doctor Muerte, que ha inventado un polen letal. Para hacernos idea del tono de aquellas historias, basta con observar algunos puntos del argumento: Karl Hellfern, el Doctor Muerte, le tiende una trampa a Batman a través de la sección de contactos del periódico. Bruce Wayne lee el anuncio y acude, en su identidad civil, a recoger la cita a una oficina de correos. Después, se pone el traje de faena y se mete directamente en la boca del lobo. Tras escapar herido de bala de la encerrona, Bruce Wayne se encuentra por la calle con uno de los sicarios del Doctor Muerte (un gigantesco asesino que va vestido de cosaco, sin ningún interés aparente en pasar desapercibido), así que le sigue hasta la guarida del malvado Doctor y pone fin a sus andanzas. El Doctor Muerte, horriblemente desfigurado y con la piel verde, reaparecerá en el número siguiente. A pesar de su tosquedad, en estas historias ya van asomando algunos elementos que pasarán a formar parte de la idiosincrasia del personaje, como el uso de un notable arsenal de recursos, perfectamente archivados en el cinturón utilitario. Claro que en aquellos crueles años no son esos los únicos recursos que se permite utilizar el Señor de la Noche. En Detective 29, tras desarmar a unos matones, los interroga pistola en mano: “¡Ustedes eligen, caballeros! ¡Hablen! ¡O los mataré!” No tiene ocasión de hacerlo ante la intervención de otro esbirro del Doctor, pero ¿quién puede dudar de que habría llevado a efecto su amenaza? Al fin y al cabo, en Detective 30 mata a un hombre de una patada, así como suena: “Se oye un repugnante crujido cuando el cuello del cosaco se rompe bajo la poderosa presión del pie de Batman. SNAP.” Los tebeos de los años 40 eran un mundo duro, y los héroes tenían que ser igual de duros para imponer el orden. Durante algún tiempo, sería fácil ver a Batman con armas de fuego en la mano. En Detective 32 (octubre 1939) elimina a su adversario vampiro disparándole una bala de plata que improvisa a partir de una estatuilla. La pistola o se la procura por arte de magia, o se supone que la lleva encima, cosa que no nos extrañaría teniendo en cuenta que en la portada de Detective 33 (noviembre 1939) luce una hermosa ¡cartuchera! En Batman 1 (primavera 1940), el Señor de la Noche se ve obligado una vez más a emplear grandes remedios, o lo que es lo mismo, la ametralladora que lleva montada en el Batplano, con la cual acribilla a los malos: “¡Aunque detesto tomar vidas humanas, me temo que esta vez es necesario!” Pues me temo que no lo era, amiguito. La seca brutalidad de esta solución irritó a los capitostes de DC, que en aquel momento ya acaparaba el mercado y pretendía proyectar una imagen pura y limpia de empresa de entretenimiento familiar. DC dominaba por completo el panorama, con Batman y Superman, que eran las dos máximas estrellas del creciente mercado del comic book, y con la línea All-American, que aunque aún era propiedad de M. C. Gaines, estaba asociada a DC y contaba (o contaría) con personajes como Flash, Linterna Verde o Wonder Woman, de manera que no les interesaba provocar las iras de los padres o de las asociaciones que velan por la integridad moral de los párvulos. De hecho, la despiadada barrida de ametralladora de Batman coincidió (o provocó, según las fuentes) con la preparación de un código interno de autocensura de DC, en el cual se prohibía la representación de apuñalamientos, ahorcamientos, azotamientos (Batman ya había sufrido alguno de estos), referencias sexuales y, en resumidas cuentas, todo lo que hace que un tebeo sea divertido. De paso, también se prohibía la utilización de la palabra “flick”, que significa algo tan inocente como chasquido, pero que si al rotulista se le va la mano escribiéndolo en mayúsculas puede parecer “fuck”, palabrota por excelencia en inglés. A los rasgos que ya habían demostrado hasta ese momento, los editores añadían ahora el de valentía gallarda en el continuo progreso de la sociedad. Por supuesto, una de las cosas que quedó prohibidísimas por el código fue que un héroe modelo para las juventudes se tomara la justicia por su propia mano. Los editores de DC se mostraron diligentes en la vigilancia de conductas incorrectas. En Batman 4 (invierno 1940), el cruzado enmascarado utiliza una pistola para desarmar a un delincuente disparándole en la mano. En un recuadro en la misma viñeta, aparece el siguiente texto: “Nota del editor: ¡Batman nunca lleva armas ni mata con ellas!” ¡Será ahora!

Los héroes que poblaban los comic books de otros editores no eran tan comedidos. Los años 40, que vieron crecer la fiebre militarista ante la inminente entrada en guerra de Estados Unidos al tiempo que la popularidad de los superhéroes subía como la espuma, son años de justicieros violentos y escenas sanguinarias, de mujeres semidesnudas atadas a potros de tortura y criminales carniceros que siembran la destrucción indiscriminadamente hasta que son reducidos a pulpa por el héroe. Pero ningún personaje (al menos, ninguno de auténtico relieve y verdaderamente perdurable) nace ya perfecto, y esos serían los años en los que se tomarían las decisiones que convertirían a Batman en lo que hoy conocemos.

¡SUPERVILLANOS!: BATMAN


El otro día situaba a Ozymandias de Watchmen (1986, Alan Moore y Dave Gibbons) como origen de la moderna ecuación del villano como héroe (o del héroe como villano) que tan perfectamente representa el Némesis de Mark Millar y Steve McNiven. Y al concentrarme en Ozymandias, no vi a su lado otro ejemplo del mismo caso aún más pertinente. Aún más pertinente porque Némesis se describe con la expresión «Batman como villano» y, al fin y al cabo, de lo que estoy hablando es de que Batman es, realmente, un villano.

Me refiero, claro, al Batman de The Dark Knight Returns, coetáneo del Ozymandias de Watchmen.

Ya he comentado anteriormente que los protagonistas de las historias de superhéroes son realmente los supervillanos. Son ellos quienes ponen en marcha la acción, los héroes responden a sus actos. Sin supervillanos, los superhéroes no tendrían nada que hacer. Son los supervillanos los que dan razón a su existencia.

En Batman: The Dark Knight Returns (1986), de Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley, el universo de los superhéroes y los supervillanos está pacificado hasta que Batman decide actuar. Batman está retirado, y con él el Joker, Dos Caras y todos sus demás archienemigos. Pero Batman decide volver y así pone en marcha la acción y, de paso, es él quien provoca el regreso de los supervillanos que, en este caso, actuarían de hecho como héroes, reaccionando a la presencia del elemento desestabilizador de la armonía inicial de la historia.

Batman vuelve y se enfrenta a la sociedad y al estado. ¿Por qué vuelve? ¿Hay algún acto motivador de su regreso? ¿O vuelve simplemente porque se le necesita? Sólo una mentalidad mesiánica de rasgos megalomaníacos (propios de un supervillano tipo Doctor Muerte o Magneto) pensaría que la sociedad no es capaz de resolver sus propios problemas sin la intervención especial de un hombre elegido que rechaza someterse al consenso general. La situación de «caos» que vive Gotham City no es más que una racionalización de Batman, que en realidad no vuelve para solucionar los problemas de los demás: vuelve para solucionar los suyos propios, como deja muy claro en el monólogo inicial de la obra.

En la primera página de The Dark Knight Returns encontramos a Bruce Wayne implicado en un accidente en una competición de automovilismo. Wayne, que se revela de forma más evidente que nunca como un cascarón vacío, el disfraz de Batman, no encuentra sentido a continuar su existencia si no puede seguir siendo Batman, si no puede seguir dando rienda suelta a su obsesión y disfrutando de las emociones extremas que ésta le proporciona. Al final de ese monólogo inaugural, dice «ésta sería una buena muerte... pero no lo suficiente».

A partir de ahí, decide dejar de reprimirse y entregarse a la satisfacción de sus propias pasiones oscuras, siguiendo estrictamente la misma motivación que ha seguido su archienemigo el Joker durante toda su carrera. Como consecuencia de su decisión, Batman se enfrenta a las fuerzas del orden y a antiguos villanos que vuelven inspirados por él. Por último, en la gran batalla final, se enfrenta al gran superhéroe institucional, Superman. ¿Y quién se enfrenta siempre a Superman en la gran batalla al final del tebeo? El supervillano, por supuesto. ¿Y quién gana siempre en esa gran batalla final? El héroe, por supuesto. Superman.

El que pierde es el villano, Batman.

En The Dark Knight Returns el supervillano muere en la gran batalla final, como es preceptivo, pero, como también es preceptivo, su muerte resulta falsa. Es una treta que le permitirá volver con más fuerza en el futuro, acompañado esta vez de su correspondiente banda de matones (vestidos temáticamente a imitación de su jefe, en la tradición de la serie de TV de Batman de 1966). Como todo buen villano que se precie, Batman y sus esbirros prometen nuevos y más terribles planes para el futuro.

Batman ha completado así su proceso de conversión en supervillano, que le libera de todos los traumas que le suponía la represión de sus instintos. Es por eso que el monólogo final es el eco eufórico del inaugural: «Ésta será una buena vida... lo bastante buena». La villanía da la felicidad. Ahora se entiende por qué los supervillanos siempre se están riendo.

No quiero decir con esto que para Miller Batman no sea el héroe de la historia. Lo es moralmente, está claro, pero las historias de ficción son construcciones formales donde cada pieza desempeña un valor funcional, y, funcionalmente, Batman es el villano de The Dark Knight Returns. Incluso el título lo reconoce: El Caballero Oscuro. El sobrenombre Dark Knight no se había utilizado nunca para identificar a Batman en una portada. Aunque en los 70 se podía encontrar en los cómics de Batman, normalmente era con la construcción «Darknight Detective» que, por un lado, convertía la expresión «Dark Knight» en un juego de palabras infantil, y por otra, matizaba su gravedad al asociarla a la función esencialmente detectivesca (y por tanto, policial y fuertemente empírica) de Batman. Con Miller, «Dark Knight» adquiere un significado nuevo, más profundo, moral y terrible.

El Batman de Dark Knight resulta, entonces, mucho más cercano de lo que creíamos al Ozymandias de Watchmen. Y hay un elemento clave que fundamenta esa relación: ambos son tebeos sin continuidad. Superhéroes fuera de la continuidad. Y la continuidad es uno de los elementos fundamentales para configurar a los superhéroes tal y como los conocemos.

En su libro Super Heroes: A Modern Mythology (University Press of Mississippi, 1992), Richard Reynolds describe la continuidad de los universos superheroicos y concluye que, en realidad, se trata de un entramado en el que conviven tres tipos de continuidad distintos:

1) La continuidad serial. Que, según Reynolds, «es el mismo tipo de continuidad que se mantiene (o no, según los casos) en los culebrones televisivos. La historia anterior de una serie, que incluye todos los episodios previamente emitidos, con su contenido explícito o implícito, y que tiene que ser consistente con la historia actual a medida que se desarrolla».
2) La continuidad jerárquica. «Ésta depende para ser apreciada de una lectura intertextual de varios cómics de superhéroes; y en última instancia de toda la línea de Marvel o DC. En su aplicación más simple, la continuidad jerárquica implica que si el superhéroe A derrota al supervillano B en un cómic y el superhéroe C es derrotado por el supervillano B en otro cómic, entonces (suponiendo que no haya habido otros cambios en la continuidad, tales como que uno de los personajes haya ganado o perdido poderes) el superhéroe A es más fuerte que el superhéroe C y debería ser capaz de derrotarle en combate cuerpo a cuerpo» (Reynolds). Esto yo lo llamaría la ley de «¿Quién es más fuerte, la Cosa o la Masa?», pregunta que, debajo de su aparente sencillez de tópico infantil, encierra toda la clave para entender el funcionamiento de los universos superheroicos.
3) La continuidad estructural. Reynolds: «La continuidad serial, que es diacrónica (se desarrolla a lo largo del tiempo), y la continuidad jerárquica, que es sincrónica (el estado de los asuntos en un momento dado), se combinan para producir la continuidad estructural, que es, en resumen, el contenido completo de los universos DC o Marvel. Sin embargo, la continuidad estructural incluye algo más que la suma total de todas las historias y las interacciones canónicas entre superhéroes, villanos y personajes secundarios. La continuidad estructural también incluye aquellos elementos del mundo real que se contienen dentro del universo ficticio de los superhéroes, y (para los más entregados) acciones que no están recogidas en ningún texto específico, pero que quedan inevitablemente implicadas por la continuidad». En realidad, podríamos decir que ésta es la continuidad operativa que tiene en mente cualquier fan serio de los superhéroes.

Es decir, cuando accedemos a los superhéroes, cuando decidimos «comprar superhéroes», básicamente lo que hacemos es adquirir un sistema mitológico conformado por la continuidad. Lo importante es entender ese sistema, y no «leer buenas historias». Las «buenas historias» lo que hacen es señalar episodios memorables dentro del sistema, pero lo esencial es el seguimiento y mantenimiento de la continuidad. Es la continuidad la que justifica a los superhéroes. Cualquier intento de hacer superhéroes que intente ser canónico se verá obligado a desarrollar la continuidad para crear ese sistema que los justifica. El Universo Marvel desarrolló la continuidad de forma orgánica desde sus orígenes, mientras que en DC llevan cincuenta años intentando recrearla retroactivamente, fusionando diferentes relatos aislados de sus muy diversos y antiguos superhéroes que encajen en un sistema coherente. Pero cuando en los años 90 Image intentó presentarse como un tercer universo superheroico de nuevo cuño, no tardó en descubrir que no bastaba con los superhéroes y los dibujantes estrella, y pronto intentó desarrollar una continuidad artificial, prefabricada, de la que se encargó en buena medida Alan Moore con series como 1963 y Supreme, que utilizaban como modelo la referencia nostálgica a las continuidades de Marvel y DC, respectivamente

Despojados de la continuidad, los superhéroes quedan convertidos en otra cosa, en personajes extravagantes en un mundo «real», y los superhéroes en un mundo real solo pueden ser villanos. La mejor explicación de todo esto -y, por tanto, de cómo funcionan esencialmente los superhéroes- la da sin duda Daniel Clowes en The Death Ray (2004).

Ésta es la lección que aplica Mark Millar a partir de Ultimates. Por supuesto, Millar también comprende que, como personajes extravagantes, los superhéroes en el «mundo real» también pueden ser famosos, fenómenos mediáticos. Pero, originalmente los Ultimates eran superhéroes despojados de continuidad, y superhéroes activos -es decir, villanos- que no esperaban pasivamente a responder a las amenazas de los supervillanos. Podríamos decir que en la apoteosis de su historia original, el enfrentamiento con Hulk en Manhattan, son ellos mismos los proveedores de las amenazas que desarticulan. Es el nuevo panorama superheroico tras el 11-S, la nueva contextualización de una figura que se renueva adquiriendo funciones que hasta ahora solo se encontraban en la sombra. El superhéroe se convierte en villano. El superhéroe se hace moderno.

jueves, 28 de julio de 2011

PACO ROCA, MAGO DEL HUMOR


El triunfo de la novela gráfica en España ha sido el triunfo de Paco Roca, y hasta tal punto se ha identificado movimiento y autor, que la obra del valenciano ha adquirido cierto tinte institucional. De él se esperan libros serios que traten temas serios de forma seria, en cierta manera casi podríamos decir que de él se espera la demostración continua de que el cómic tiene una nueva función social en nuestro país.

Pero hay otro Paco Roca, uno que, liberado de las Grandes Expectativas, traslada su talento al papel de manera más directa. Es el Paco Roca que cada semana se ve obligado a entregar una página completa -con su desenlace incluido- al periódico valenciano Las Provincias. La urgencia de la prensa y la inmediatez del tema -estampas autobiográficas tratadas con humor- hacen que Roca vaya al grano. ¿Al grano de qué? Pues de los viejos valores del cómic, de su capacidad para generar el humor a partir de la caricatura y la elipsis, su capacidad para tratar el costumbrismo con una sonrisa, su capacidad para hacer un retrato social en vivo, dirigido a un público general.

El Paco Roca de Memorias de un hombre en pijama es un Paco Roca espontáneo, un Paco Roca que sin duda le ha dado mil vueltas a cada gag, pero que ha ocultado todo ese trabajo debajo de un aire de naturalidad que es, sencillamente, la expresión de su talento puro. Ingenioso, con chispa, y con esa ternura que le permite decir con una sonrisa entrañable aquello que en boca de otros sería una ofensa, Paco Roca da la impresión en esta serie no de estar trabajando, sino de estar divirtiéndose. Aquí no importa pulir hasta el extremo cada dibujo, lo que importa es el uso exacto y brillante de los tiempos y del ritmo de los diálogos. En cierta medida, el libro se lee casi como una liberación.

Este es el Paco Roca que yo prefiero. Es un Paco Roca cercano a aquella pequeña obra maestra del costumbrismo absurdo que era Como cagallón por acequia y a su colaboración con Gallardo, Emotional World Tour, a las cuales debo decir que supera ampliamente en Memorias de un hombre en pijama. Ésta no es una serie simpática, es realmente graciosa, que basa su humor en las distancias cortas de las relaciones personales y en la comedia de situación al estilo de Larry David (es a esto a lo que me refería recientemente cuando decía que prefiero este tipo de humor a la parodia o la sátira). He disfrutado muchísimo leyendo recientemente toda la serie del tirón, y espero volver a disfrutarla cuando la lea en papel en la edición que sacará Astiberri en septiembre. Aquí abajo tienen la portada, para ir acortando la espera.


martes, 26 de julio de 2011

LA VIDA SECRETA DE LOS JÓVENES II


RIAD SATTOUF

“La vida secreta de los jóvenes II”

La Cúpula


La sabiduría de Riad Sattouf es a la vez antigua y contemporánea. Contemporánea porque no solo se refiere al mundo de hoy, sino que lo hace con el lenguaje fragmentario y antidiscursivo del que observa confuso desde el centro del flujo abrumador de la información que caracteriza a nuestra sociedad. Y Sattouf está en ese centro desde su condición de artista francés de origen árabe que se permite plantear cuestiones que «los blancos» no pueden ni mencionar sin ser lapidados (metafóricamente). Las escenitas callejeras y azarosas de este libro de humor -no necesariamente gracioso- plantean una epistemología de la perplejidad que funciona apoyada también en una sabiduría muy antigua: la de la caricatura del tebeo antiguo, la sátira social dibujada que prosperó espléndida hasta los años 20. Una sabiduría tan grande como la de la extraordinaria traducción de los Lardín, que da nueva vida en español a la jerga urgente del original.


Publicado originalmente en Rockdelux 295 (mayo de 2011). Hace un par de días me extrañaba de no haber dedicado algún texto en Mandorla a La vida secreta de los jóvenes. Al menos sí escribí sobre el segundo volumen en Rockdelux, y me parece oportuno rescatar ahora esa reseña.

lunes, 25 de julio de 2011

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 1: INTRODUCCIÓN


INTRODUCCIÓN

14 de junio de 1997. En Nueva York, Sotheby’s celebra una subasta de comic books donde salen a la venta centenares de tebeos de los años 40 y 50, además de originales y parafernalia relacionada con el medio. Las pujas se suceden con la misma grave eficiencia que si se subastaran tallas medievales o arte contemporáneo; sin embargo, un escalofrío recorre la espalda de los postores cuando se anuncia el “Lote 122”.

Detective Comics nº 27, fecha de portada mayo 1939.

El precio de partida es de 40.000 dólares, pero sube a velocidad supersónica a medida que los postores se apresuran a levantar su tarjeta de identificación. En cuestión de minutos, el Lote 122 se ha vendido. El comprador, una vez añadida la tarifa de Sotheby’s, tendrá que desembolsar un total de 68.500 dólares. Más de diez millones de pesetas.

¿Qué puede impulsar a una persona a entregar semejante suma de dinero a cambio de un fajo de papeles impresos hace 58 años que en el momento de su publicación se vendía por 10 centavos, una cantidad módica incluso entonces ?

Responder a esta pregunta podría llevarnos a indagar en la brumosa psicología del comprador 407 y sus derrotados competidores, pero ese estéril ejercicio no acabaría de contarnos toda la verdad, a menos que nos detengamos un momento a examinar el Lote 122. ¿Qué es lo que hace que sea distinto de los demás comic books subastados ese día ?

Detective Comics 27 fue la primera aparición de Batman ante el público.

Se estima que existen unos 100 ejemplares de ese tebeo, en el cual se inició la publicación, ininterrumpida seis décadas después, de las aventuras del Hombre Murciélago, enmascarado justiciero de Gotham City.

Origen de miles de historietas, de series de televisión que revolucionaron el medio y marcaron a una generación, de escandalosos cuadros pop, de películas de más de 200 millones de dólares de presupuesto, de ventas ingentes por concepto de merchandising, Batman parece una criatura capaz de merecer semejante desembolso.

Y, sin embargo, lo más irónico es que Detective Comics 27 no es Batman, es sólo su germen, un mínimo fragmento del monstruoso tapiz tejido inconscientemente por centenares de profesionales de muchos medios trabajando en armonía sin mayor coordinación que una imagen que ya pertenece a la cultura común occidental.

Batman es arquetipo del héroe popular que vino a sustituir a los caducos héroes novelescos decimonónicos tras la II Guerra Mundial. Heredero de aventureros como la Sombra, Sherlock Holmes, Doc Savage y el Zorro, Batman los supera a todos ellos por su mayor capacidad de transformación y adaptación a nuevas formas, a nuevos medios, a nuevos tiempos.

El héroe novelesco también puede reproducirse en soportes nuevos. Pero cuando debatimos la mayor integridad del Sherlock Holmes interpretado por Basil Rathbone o por Peter Cushing, siempre sabemos que en última instancia podemos contrastar su autenticidad acudiendo a la fuente : las novelas de Arthur Conan Doyle.

Eso es precisamente lo que distingue a Batman de todos sus precedentes : no existe una sola fuente, no existe un modelo canónico. Habrá quien prefiera al pasmado instructor disciplinario de una azucarada Gotham City que interpretó Adam West junto a Burt Ward-Robin en la serie televisiva de 1966. Otros defenderán al neumático superhombre de goma concebido en las películas de Tim Burton, o incluso su lisérgica perversión en las de Joel Schumacher. También se puede elegir al estilizado vengador nocturno de la serie de animación de los años 90, agazapado sobre alguna gárgola art déco. Difícilmente alguien alabará las mostrencas versiones dadas por los seriales cinematográficos de los años 40, pero, en todo caso, ellas también existen. Incluso los muñecos articulados han desarrollado su propia visión del Murciélago, no exenta de cierto sentido narrativo.

Para zanjar la polémica queda el recurso a los comic books. Podemos afirmar : “El Batman auténtico es el Batman de los tebeos.” Pero ésta sería una afirmación precipitada. ¿De qué tebeos estamos hablando entonces ? ¿Alguien puede proponer sinceramente que es el mismo personaje el de Bob Kane en 1939 que el de Dick Sprang en 1955 ; el de Carmine Infantino en 1964 que el de Neal Adams en 1971 ; el de Marshall Rogers en 1977 que el de Frank Miller en 1986 ? ¿Alguien cree que el Batman que se publica en 1998 reúne todas las cualidades reconocidas por el Señor de la Noche a lo largo de sus diversas encarnaciones ? Eso es imposible, por la sencilla razón de que muchas de esas cualidades son irreconciliablemente contradictorias.

Ejemplo de obra que supera a sus múltiples y fugaces autores, Batman es como una pirámide impresa, una faraónica creación compuesta de rasgos tan simples y vértices tan afilados que no puede asociarse a una época concreta. Nacido en los abruptos y exigentes años 40, es igualmente actual en el caleidoscopio pop de los 60, la resaca hippie de los 70, el materialismo feroz de los 80 y el desorden referencial de los 90. Su coche cambia, se actualiza, pero él permanece inmutable, siempre nuevo, sin apenas necesidad ni siquiera de retocar su indumentaria característica.

En cada momento es muchas cosas simultáneamente, y hay que asomarse a todas ellas para intentar comprender el cuadro completo, que en gran medida es el cuadro de la sociedad urbana en el siglo XX. Puede ser, por ejemplo, un objeto de diez millones de pesetas en una subasta. Puede ser una obsesión en la vida de un coleccionista compulsivo. Puede ser, también, una más de tantas muletillas culturales con las que cojea nuestro saturado ocio contemporáneo. Michael Keaton, uno de los hombres que se ha calzado la capucha del Murciélago, opinaba lo siguiente : “Creo que nos tomamos el cine demasiado en serio, de verdad que lo creo así. Creo que somos demasiado conscientes del cine en demasiados niveles, y lo que me preocupa es la gente que es realmente fanática del cine, y más específicamente los fanáticos de la ciencia ficción y de Batman, a quienes durante el rodaje llamábamos los fundamentalistas de DC. Sé que pagan mucho para ver las películas, así que no me voy a burlar de ellos, pero no puedo simpatizar con esa actitud. No la entiendo. O sea, hay películas, hay tebeos, ¡y además está la vida !

domingo, 24 de julio de 2011

CUANDO ESCUCHO ALGO ASÍ ME CUESTA CREER QUE UN DÍA TENGA QUE MORIR


En verano, como el resto de los seres humanos, yo también tengo mis rachitas de tiempo libre en las que intento ponerme al día con tantas cosas acumuladas a lo largo del año, y cuando digo cosas me refiero concretamente a «lecturas». O en el caso del post de hoy, mejor que a «lecturas», a escrituras. Durante los últimos meses he ido leyendo algunos cómics que me han gustado mucho y a los que siempre he reservado el espacio mental para escribir un comentario extenso e individual sobre ellos, pero nunca he encontrado el tiempo necesario para hacerlo. Y como es una pena que pasen sin una sola mención, y como es posible que muchos de los lectores de Mandorla tengan ahora ese tiempo extra para lecturas y estén rebuscando entre el material publicado durante los últimos meses algo que llevarse a la playa (o a la montaña), voy a hacer un gazpacho de comentarios por si a alguien le sirve de algo. Todo lo que comento aquí son buenos tebeos, incluso excelentes, que le recomendaría leer a cualquier persona interesada en las últimas novedades del arte secuencial moderno.


Cuadernos ucranianos (Sinsentido, 2011), de Igort, es realmente un libro monumental. Yo nunca había sido muy fan de Igort, a quien veía demasiado esteticista en sus trabajos anteriores, pero con Cuadernos ucranianos pone todo su buen gusto al servicio de una narración de gran envergadura. Siguiendo los pasos del maestro Sacco, Igort se vuelve hacia la realidad, hacia el reportaje, hacia lo documental y hacia la memoria, pero lo hace con su propia personalidad, sin renunciar a ese esteticismo que mencionaba, el cual encaja sublimemente con las necesidades narrativas de su materia para articular los diferentes niveles, tiempos y fuentes del mismo. Cuadernos ucranianos es un excelente ejemplo de cómic de la realidad de nuestros días, en el que el lenguaje de las viñetas se fuerza, modela y adapta para llegar a rincones que le resultaban inéditos hasta hace muy poco. Un libro sobre el que volver una y otra vez.


También hay una voluntad experimental en La señorita Else (Sinsentido, 2011), de Manuele Fior, que adapta una novela de 1924 de Arthur Schnitzler, autor de Traumnovelle, en la que se basaba la película Eyes Wide Shut de Stanley Kubrick. La referencia la hago no solo por ubicar un poco al autor, sino porque quienes hayan visto la película tal vez encontrarán algo de su aroma en este cómic: cierto olor a corrupción sexual, a trauma psicológico, a teatro de los sueños levemente espectral. A decadencia moral, también. Lo experimental de La señorita Else es el intento de traer a un medio tan visual como el cómic la esencia de una novela intimista, de los sentimientos, profundamente psicológica, muy al estilo de los años 20, y hacerlo sin caer en lo fácil, que es la transposición literal de tochos de texto. Fior se fía de la fuerza de su dibujo, también muy en sintonía con las corrientes centroeuropeas de la época de entreguerras. Es otro libro que inspira por su voluntad y por su osadía.


Pero sin duda, el libro «que hay que tener» de los que ha publicado este año la editorial madrileña es Un lugar equivocado (Sinsentido, 2011), del jovencísimo Brecht Evens, una exhibición deslumbrante de cómic contemporáneo que parece novísimo, aunque hunda sus raíces gráficas en la ilustración de las revistas de mediados del siglo XX. Evens se presenta completamente formado, como otro pequeño genio juvenil que situar al lado de Dash Shaw y Bastien Vivès en la vanguardia de los autores últimos que llegan al cómic sin la carga de un pasado profesional. Una cosa es haber luchado toda tu vida por ser libre, como les ha ocurrido a los grandes maestros de lo que llamábamos el cómic independiente, y otra cosa es haber nacido libre, como les pasa a estos cachorros. Tal vez por eso obras como Un lugar equivocado tengan ese aire de facilidad, de comodidad, de desenfado, y estén tan felizmente despojadas de todos aquellos compromisos que hemos adquirido los que nos hemos criado leyendo a Gil Kane. En todo caso, y por concretar, una de las cosas más importantes que creo que ofrece Un lugar equivocado es una concepción nueva del espacio -el espacio físico en el que se mueven los personajes y el espacio de la página-. La anécdota que sustenta su ejercicio visual es leve. Me recuerda a la descripción que Vila-Matas hace en París no se acaba nunca de una película de Adolfo Arrieta: «En realidad, toda la película de Arrieta era una fiesta. Se iniciaba con unas escenas en Nueva York en las que la cámara del mítico cineasta Jonas Mekas servía de soporte a un pequeño journal de un joven escritor (Javier Grandes) que era esperado en París en una fiesta. El tiempo que duraba ésta era el tiempo del film. Tam-Tam era la historia de una fiesta continua, sin límites, que se desarrollaba sin interrupción de Nueva York a París pasando por el sur de España (Marbella), y en un apartamento, que era todos los apartamentos: esa casa de París en la que esperaban a Grandes, que, por estar en Nueva York, no acudía, pero tenía el detalle de mandar a su hermano gemelo». Eso es Un lugar equivocado, la fiesta móvil, la conga uróboros. Y el leve, casi imperceptible sabor amargo del café y los cigarrillos.


Otro libro profundamente urbanita y moderno es Cecil y Jordan en Nueva York (La Cúpula, 2011), de Gabrielle Bell, una colección de relatos cortos que supera con mucho a Afortunada, el anterior libro de Bell, que ya me había gustado mucho. En Cecil y Jordan en Nueva York, la variedad de registros, temáticos y gráficos, y la introducción inesperada de elementos fantásticos enriquece los relatos y los convierte en pequeñas joyas como el primero, el de la silla, que ya por sí solo justifica todo el libro. Ficción contemporánea de primer nivel.


Lo primero en lo que pensé al leer Cárcel de amor (Apa-Apa, 2011), de Sergi Puyol, fue en El coleccionista, legendaria película de William Wyler que marcó mi infancia. Aparte de eso, Cárcel de amor se mueve en unos registros completamente opuestos a los de una gran producción cinematográfica clásica, y se acerca más a la sensibilidad típica del pop indie español. De hecho, hay muchas cosas típicas del indie (comiquero, no musical): el protagonista es el fracasado típico que no encaja con las demandas de la sociedad pero que, al fin y al cabo, está justificado porque todos los que le rodean son todavía más desagradables (esa mirada ternurista y autocomplaciente que tanto daño ha hecho a lo alternativo); tiene treinta y tantos años, y está en el momento justo en el que se acaba la expectativa de mantener eternamente la infancia y se empieza a saborear de verdad el fracaso. Cárcel de amor está bañado en fracaso y depresión, podríamos decir que es el reverso áspero y psicópata de Arroz pasado, de Juanjo Sáez. Pero lo interesante es que todo esto se puede interpretar como una parodia del indie, y que lo importante no es tanto el discurso expreso como lo que muestran las imágenes: los paisajes urbanos y los jardines desolados. La verdadera cárcel. Lo íntimo, pero también lo inexpresable. Lo importante de Cárcel de amor no es que intente contar una historia, sino que intenta contar un estado de ánimo.

Un estado de ánimo que puede ser colectivo, como demuestra el fanzine Colibrí, editado por el propio Puyol con Toni Joan Mascaró (uno de los editores de Apa-Apa) y que viene al rescate de esa ética indie que ya parece de otra época invocando a un buen puñado de autores españoles con vocación alternativa, acompañados de algunos nombres extranjeros. Llevan tres números y valen la pena para quien quiera salirse un poco de los caminos más trillados.


Si hay un libro del que me hubiera gustado hablar más a fondo es de Fagocitosis (Glénat, 2011), de Marcos Prior y Danide. A Danide lo descubro ahora, y es un inmenso dibujante, que por momentos me recuerda en el estilo a Luis Bustos. Aquí demuestra versatilidad y capacidad para dibujar lo que quiera, como quiera y donde quiera. Veremos en qué se concreta. Prior, por su parte, tiene ya una larga carrera en las trincheras del experimentalismo. Abnegadamente fiel al laboratorio, lleva años proponiendo una apertura de esquemas temáticos y formales para el cómic español que llegó a algo muy serio en Fallos de raccord (Diábolo, 2008), dibujado por él mismo, y que ahora concreta quizás más su ambición. Fagocitosis ataca el tema de nuestros días: el sistema, y lo hace desde un horizonte político y estético que los propios autores enmarcan sin complejos (como debe ser): desde Miguel Noguera hasta Slavoj Zizek pasando por Eloy Fernández Porta (con quien también ha colaborado Prior). Es decir, las coordenadas del posthumor y del afterpop, o lo que es lo mismo, la búsqueda de lo que está después de todo lo que hemos heredado, y en nuestro caso concreto, de los tebeos. Y sí, este Fagocitosis es un tebeo deliberadamente afterpop porque utiliza los materiales de la historia del tebeo (como los clásicos ilustrados o los personajes icónicos) con la conciencia de estar reutilizando objetos dados para dotarlos de un nuevo sentido al cambiar su red de relaciones y referencias. Fagocitosis es un tebeo extremadamente ambicioso en lo formal, y muy logrado en gran medida, con el que yo tengo un pequeño problema, y es que la sátira nunca me ha llenado (prefiero la comedia de situación, pero hablaré más de eso en un próximo post), y por lo tanto acaba siendo un tebeo gracioso que no me hace tanta gracia. Es más, al situarse dentro del horizonte del humor, Fagocitosis parece en cierta medida menos experimental de lo que es, ya que sobre todo sirve para revelarnos que el humor siempre ha sido el territorio más avanzado en el cómic. Las parodias de anuncios, la mezcla de materiales, el choque entre fotografía, publicidad y caricatura, son habituales en las revistas satíricas de todas partes desde hace mucho (incluyendo a El Jueves, por supuesto), y por tanto en ese contexto no choca ver según qué experimentos. Pero me interesa mucho cómo se puede aplicar el modelo narrativo de Fagocitosis a otro tipo de relatos, los que llamaríamos «serios» o «realistas» (siguiendo las convenciones de la tradición del cómic), que siempre han sido más pacatos y están más necesitados de renovación. Es decir, que me interesa mucho el camino de Fagocitosis y que creo que es uno de los más adecuados para describir el mundo en el que vivimos.

Ya que he mencionado El Jueves, no puedo pasar por alto que nuestro historietista supremo de estos momentos, Manel Fontdevila, sacó hace un par de meses una recopilación de los chistes que publica todos los días en el diario Público: ¡La crisis está siendo un éxito! (Astiberri, 2011), recopila y reordena multitud de chistes sobre el tema de nuestros días, de tal manera que parece crear con ellos una especie de relato. Aunque en realidad es un relato intemporal, que acaba siendo prácticamente un mito. Podríamos llamarlo el mito de la opulencia occidental. El éxito de Manel está en que no se limita a la caricatura de actualidad, sino que hace la crónica de la crisis a pie de calle. O a pie del escenario que corresponda, porque los hay muy diversos en este libro: los grandes ámbitos empresariales y financieros poblados por gigantescos semidioses habitualmente dotados de gafas de sol, o sea, sin ojos, o sea, sin alma; los pequeños negocios, desesperados, cerrados, y las oficinas de los bancos donde solo queda el desafío del señor con su cerdito; el escenario doméstico, el saloncito invadido (física o figuradamente) por la crisis: los matrimonios desaliñados, los jóvenes sin futuro. Manel sabe recoger la vieja tradición del humor español para darle la vuelta y hacerla nuevamente actual: remetaforiza una metáfora cuando hace que los quinquis hablen como empresarios, o rescata al clásico mendigo que pide en la esquina (un auténtico hito nacional), o nos hace vitorear al pequeño y recio obrero, un muñeco simpático al que dan ganas de apretar a ver si pita, que es, efectivamente, lo que hacen los orondos empresarios. Este libro es un perfecto compañero para Fagocitosis, y es tentador verlo como otra lectura afterpop de la crisis. La fragmentación del chiste diario construye una gran realidad escrita en cooperación por el dibujante y por la Invisible Mano Negra que rige nuestros destinos. También hay otro aspecto de interés en ¡La crisis está siendo un éxito! y es que, al igual que Bodyworld, de Dash Shaw, es un libro que se ha publicado íntegramente primero en internet (donde sigue a disposición de los lectores, gratis) y posteriormente en papel. Siento, por tanto, curiosidad por ver qué éxito comercial tiene. ¿Será la base de lectores acumulada en internet la base del éxito de su versión física, o será la accesibilidad en la red la que impida que despeguen sus ventas? Ni idea. [Disclaimer: cuando digo que Manel Fontdevila es nuestro historietista supremo en estos momentos, lo digo porque lo creo; también es amigo y colaborador mío; si alguno cree por tanto que lo digo por interés espurio, sírvase usted mismo]


Y ya que estoy plenamente metido en el humor, que finalmente acaba siendo el género más maduro y rico que hasta el momento nos ha dado el cómic, acabo con dos fogonazos satíricos que tienen un par de cosas en común: ambos vienen de Francia y ambos se basan en la sátira de costumbres de la juventud. El primero es Girls Don't Cry (2011, Glénat), de Nine Antico, de quien conocía su ambiciosa novela gráfica Coney Island Baby (L'Association, 2010), un volumen épico protagonizado por Bettie Page y Linda Lovelace de muy distinto tono. Girls Don't Cry va de forma muy directa al retrato descarnado de unas jovencitas estúpidas y superficiales devoradas por la moda. Un blanco fácil que podía haber precipitado una serie de lugares comunes, pero que Nine Antico salva con una cierta empatía hacia sus criaturas e inclinando el relato hacia lo puramente cotidiano. Más pop que afterpop, con su estética conectada por vía directa con la psicodelia de los 60, Girls Don't Cry tiene de verosímil lo que no tiene de estrictamente gracioso.

El segundo volumen se sitúa ya a otro nivel. La vida secreta de los jóvenes II (La Cúpula, 2010) es una obra maestra de nuestros días. Rebuscando por Mandorla veo que no hay nada sobre el primer volumen, cosa que no entiendo porque era fantástico (sí escribí sobre otro libro de Sattouf, el también excelente Manual del pajillero). Para mi sorpresa, esta segunda entrega es aún mejor. Aunque el punto de partida podría parecer semejante al de Girls Don't Cry (la observación naturalista de las costumbres de la juventud), esta serie hace tiempo que ya rebasó ese planteamiento para extender su mirada curiosa a toda la sociedad. Verdadera colección de retazos de vida captados en plena naturaleza (urbana), a modo de guiones encontrados, por un lado La vida secreta de los jóvenes II es afterpop (por seguir con el tema de este post) en su visión fragmentaria del mundo, que construye como un magma irónico sin orden ni jerarquía alguna. Pero por otro, remite a la observación costumbrista más tradicional de la historia del cómic. La caricatura, la gestualidad (los rostros que dibuja Sattouf son fabulosos), el uso del lenguaje (la traducción es una brillante recreación), en todo esto se podría comparar, por ejemplo, a Milt Gross, que es otro autor del que me tocaría hablar por la reciente aparición en España de Él fue malo con ella. En La vida secreta de los jóvenes II abunda el plano televisivo, porque hay algo de exhibicionista y de reality en la forma en que nos revela ante nosotros mismos. Nos permite mirarnos y, la mayoría de las veces, sin reírnos, pasar la página abochornados y al mismo tiempo hiponitzados, deseando llegar al final de algo que querríamos que no acabara nunca. Es tan fácil reconocernos que a veces hasta creo reconocer conceptos abstractos con los que vivimos dentro de nuestra cabeza. Por ejemplo, en la página que reproduzco a continuación, he tenido la sensación de que el viejo protagonista es el cómic de toda la vida. Menos mal que gente como Sattouf tiene la suficiente perspectiva para verlo de lejos y pintar otra escena.


viernes, 22 de julio de 2011

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO


En 1998 publiqué un libro sobre Batman. Se titulaba La noche del murciélago. Hazañas, secretos y enemigos de Batman en cómic, cine y televisión, lo firmé como Trajano Bermúdez y salió en Camaleón Ediciones. Ahora he decidido rescatarlo en Mandorla, donde lo voy a ir publicando por entregas, cada lunes a las 12 de la mañana, a lo largo de 94 posts en los que lo he dividido. Me hace gracia la idea de republicar el libro en formato serial, tan adecuado para el propio personaje que lo protagoniza. Lo recupero tal cual apareció en su día, sin actualizaciones, sin enmiendas, sin ningún tipo de corrección, ni de estilo ni de contenido. Las omisiones y errores del original se mantienen en esta nueva vida digital, por tanto. He podido recuperar las ilustraciones originales gracias a Luis Bustos, quien lo maquetó en su día y que todavía las conservaba. No aparecerán todas las ilustraciones (el libro era más profuso), pero todas las que aparezcan, estaban en el libro. Eso sí, en blanco y negro, que es como aparecieron en su día. También me ha parecido gracioso conservar ese blanco y negro en el blog, hoy que estamos acostumbrados al color a raudales. Será uno de los elementos de distinción de las entradas de este libro. Para localizarlas todas cómodamente agrupadas, bastará con utilizar la etiqueta «La noche del murciélago» y así recuperar todos los posts correspondientes.

Nada más, ya saben, el próximo lunes, primera entrega de la vida (o las vidas) de Batman, a la misma bathora en este mismo batdorlacanal. Que ustedes lo disfruten.

jueves, 21 de julio de 2011

EL CONGRESO DE LOS ANIMALES


He hablado en otras ocasiones de Jim Woodring en Mandorla, de modo que no quiero extenderme demasiado en este post. Pero no puedo dejar pasar sin un comentario su última novela gráfica, The Congress of the Animals (Fantagraphics, 2011). Temo haber gastado todos los superlativos en la producción anterior de Woodring, y encontrarme ahora con el problema de que The Congress of the Animals supera a todo lo que ha hecho antes, y ya no me quedan palabras para calificarlo. En cierta manera, es lo mismo que se encuentra en Frank y en Weathercraft, pero en cierta manera, también, es la odisea suprema de sus personajes, ahora enzarzados no solo en un eterno viaje al confín de la fantasía, sino también en la parodia de su regreso a casa, a la familia y a la normalidad. No he utilizado la palabra «odisea» por casualidad. Deslumbrante en su ambición de artista moderno y en su devoción de artesano medieval, Jim Woodring demuestra que su talento es un manantial inagotable que alimenta un río fantástico más caudaloso cada año que pasa. Y ya se sabe que los ríos van a dar al papel.

Jim Woodring en Mandorla:

miércoles, 20 de julio de 2011

EL MAL DEL GUAPO


De Bastien Vivès he escrito maravillas en Mandorla:


Hoy, después de leer sus dos últimas obras publicadas en España, Por el imperio III y Polina (ambas en Diábolo), voy a plantear otras cuestiones.

El primer volumen de Por el imperio me aburrió, no iba a ninguna parte y creo que no era esa la intención de sus autores (Merwan lo realiza a cuatro manos con el propio Vivès). El segundo me entusiasmó: de pronto, parecía que el dúo sabía lo que quería contar y lo hacía con fuerza y soltura, recuperaba todo lo que había perdido en el primero y prometía un futuro espléndido e incierto para el tercero. Pero ese tercero y último me ha producido algo parecido al bochorno. Un festival visual lleno de estampitas preciosas que se funde en un final que pretende ser apocalíptico y es un mero desbarajuste atropellado, infantil y derivativo, sin pies ni cabeza y sin verdadera imaginación. Todo lo que hay en él son prendas de segunda mano que le vienen grandes a un autor al que todavía le falta crecer mucho. La impresión es que Vivès se alió con Merwan para hacer una bd ortodoxa, una serie de álbumes de aventuras históricas a la vieja usanza, pero de autor, con un toque especial que les distinga de la cohorte de mecánicos seguidores de Alix y Bourgeon. Y la única solución que han encontrado para demostrar que dentro del mainstream se puede ser rarito ha sido anegar Por el imperio con toneladas de Jodorowsky, Borges y saldos de tebeos adultos de los 80. En fin, que las cosas, o se hacen en serio, o no se hacen, que con vergüenza no se come, y que con el mainstream no hace falta hablar si no quieres, pero si vas a hacerlo, hazlo con respeto.

Total, que me convencí de que el resbalón de Vivès en Por el imperio se podría achacar a un error de cálculo, una anécdota casi en un intento de probar nuevas estrategias. Lo gordo, la obra de enjundia que venía a continuar su trayectoria hasta ahora impecable y en continuo ascenso, es Polina, una novela gráfica de 200 páginas protagonizada por una bailarina rusa. (Como no he visto Cisne negro, me excusarán la ausencia de comparaciones y paralelismos con la película de Aranofsky, y eso que nos ahorramos, porque probablemente no serían pertinentes).

Polina es, en cierta manera, una obra «más ambiciosa» que las anteriores de Vivès. Mientras que El gusto del cloro, En mis ojos y Amistad estrecha (su indiscutible obra maestra, para mi gusto) se organizaban como racimos de escenas sueltas de estructura muy borrosa, casi difuminada, Polina quiere tener verdaderas hechuras de gran novela, aspira a ser un relato de mayor alcance: en el tiempo, en el número de personajes y en la profundidad de las emociones descritas.

Y hay que decir que hay mucha verdad en Polina, porque Vivès sigue teniendo una gran facilidad para hacer escenas que, individualmente, muestran recovecos de las relaciones humanas que raras veces hemos recorrido en el cómic, porque sabe sugerir y porque es un maestro de la mirada y el gesto. Un talento de los más grandes que han llegado al cómic en los últimos años.

Pero a veces, con el talento solo no basta, y en el caso de Polina, hacía falta algo más para que toda esa verdad no se embadurnase de tópicos de clase media y de concesiones autoindulgentes. Ese gran aliento que exige el libro ahoga los suspiros con los que Vivès narra.

Yo diría que el gran problema de Vivès en Polina es que se gusta a sí mismo. Se hincha a dibujar figuras bailando, como si pensara que puede ofrecernos un cuaderno de bocetos convertido en tebeo porque así transmitirá al resultado final la experiencia que ha tenido dibujando en vivo. Pero lo cierto es que, al igual que las continuas discusiones sobre los diferentes modelos de danza que plantean sus maestros nos resultan incomprensibles, sencillamente porque en ningún momento se nos explica de qué se nos está hablando, las series de estudios de la figura humana solo reflejan el ensimismamiento de un artista que cree que todo se le va a perdonar por la fuerza del dibujo. Digamos que le pasa un poco lo que a los guapos, y es que Vivès, como autor, es tan guapo, que se ha acostumbrado a resultar irresistible. El personaje de Polina refleja bien lo que es un personaje guapo, que a base de posar en silencio parece profundo, pero que acabamos sospechando que es estúpido.

Creo que hay un momento en Polina que me hizo darme cuenta de cómo Vivès había decidido que con su sonrisa y su carisma quedaba todo justificado. Polina llega a Berlín, no tiene nada ni a nadie en el mundo, empapada, se refugia de la lluvia en el primer bar que encuentra y allí conoce a un grupo de chavales que, casualmente, resultan ser unos artistas de talento con quienes conquistará el éxito internacional. Parece la transposición directa de una nota para un posible guión nunca escrito formalmente: «Polina llega a Berlín y conoce a unos artistas». No se ha elaborado más porque el autor cree que no merece la pena. ¿Quién se fija en esas tonterías? La ficción produce pereza, sí, pero para rebasarla hace falta un esfuerzo de osadía, no basta con desdeñarla con suficiencia.

El caso es que, como decía, hay mucha verdad en Polina, pero está mezclada con mucha morralla porque el autor no sabe o no ha querido trabajar en el desarrollo de una novela gráfica de gran envergadura. Y así, lo que ha conseguido es una novela gráfica que ejemplifica todo lo que critican los que atacan este movimiento: muchas páginas para no contar nada, vacuidad elegante de suplemento cultural. Lo último que nos faltaba es que alguien con el inmenso talento de Vivès aspirase ahora a hacer el equivalente en cómic de las películas de Isabel Coixet.

Me despido con una cita de Alma, de Javier Moreno (que ya cité en otro post):
«Creo que las personas hermosas físicamente tienen menos posibilidades de resultar interesantes. La belleza física implica una aceptación inmediata. Alguien que es aceptado inmediatamente no siente la necesidad de rebasar los límites que supone la no aceptación, sino más bien de imponerlos. La complejidad y la riqueza de una persona tiene que ver con la superación de las barreras que los demás imponen a su alrededor».

Otras opiniones sobre Polina:
Álvaro Pons en La cárcel de papel.
Pepo Pérez en Es muy de cómic.

martes, 19 de julio de 2011

EL PEQUEÑO MARTÍN


Solo unas breves líneas para dejar constancia, al menos, de cuánto he disfrutado la lectura de Mi organismo en obras (La Cúpula, 2011), de Fermín Solís, la última entrega de las andanzas «seudoautobiográficas» de Martín Mostaza. Solís está espléndido en el dibujo y el color, en los que demuestra una libertad y una naturalidad admirable. Detrás de su aparente sencillez se perciben muchas horas de trabajo y de reflexión, mucho tiempo para absorber una forma de afrontar los tebeos que ya se nota madura y muy personal, saldando su evidente deuda con El pequeño Christian, de Blutch.

Sé que hay lectores a quienes la amabilidad de las historias de Martín Mostaza les parece un defecto. Es cierto que son amables, incluso halagadoras (para el autor y, de forma vicaria, para los lectores que nos identificamos fácilmente con el personaje), pero yo creo que es eso exactamente lo que pretenden, con lo que no me parece razonable criticar una obra por conseguir con éxito su objetivo. De alguna forma, nos hemos convencido todos de que lo desgarrador, lo descarnado y lo cruel contiene una dosis mayor de autenticidad que lo agradable, y hemos olvidado que cada cosa tiene su sitio y su momento. Una colección de atrocidades regada de amargura no es necesariamente más veraz que una de dulces evocaciones. Solís ha elegido un camino y por esa elección lo juzgo; cuando elija el otro, si alguna vez lo hace, veremos qué tal se le da. Yo solo sé que envidio la capacidad para escribir con tanta soltura y para revivir tantos sentimientos que resuenan con un eco inmenso en la caverna de la memoria. De la de Solís y de la nuestra. De la mía, al menos. Pocas veces un tebeo ajeno será capaz de transmitirnos tanta sensación de intimidad.

lunes, 18 de julio de 2011

LUJO, CALMA, VOLUPTUOSIDAD Y GARRIRIS


Hace muchos años, un personaje del tebeo underground español fue un icono mundial. Era un perrito que se transformó con un par de retoques en Cobi, la mascota de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Javier Mariscal fue quien realizó ese pequeño acto de magia que ya no se ha vuelto a repetir. Porque Javier Mariscal, diseñador de fama mundial, resulta que era también dibujante de tebeos. Viendo el impresionante volumen de Los Garriris (Sinsentido, 2011) que se acaba de publicar, diríamos casi que era, ante todo, dibujante de tebeos.

Dibujante de tebeos de talento y alcance internacionales, que por sus esfuerzos ha sido recompensado por el mundillo del cómic español con el desdén, la burla y el olvido. Así nos va.

Mariscal publicó historietas a los largo de los 70 en cabeceras ya legendarias del underground español, hasta que este se canonizó en los 80 con El Víbora. Sus páginas también aparecieron entre las de la constelación internacional de dibujantes que Art Spiegelman y Françoise Mouly desplegó en el mítico Raw (junto a Tardi, Tsuge, Swarte o Martí, entre otros) y sus Garriris acabaron recogidos en un álbum de la colección Misión Imposible, verdadero tesoro del cómic español de los 80. Después, el silencio. Mariscal se ha pasado décadas en otros menesteres. El cómic español, también.

Y ahora ha regresado con este tomazo de Los Garriris que no es exactamente la recopilación definitiva de sus viejas historias. El libro, desde luego, toma como punto de partida el material antiguo, pero Mariscal lo ha redibujado, remontado, recoloreado y remezclado con otros materiales artísticos (ilustraciones, pinturas, bocetos) hasta dotarlo de nueva vida y convertirlo en algo actual, y no en un ejercicio de nostalgia o de arqueología. Debo decir que esto no es algo que se pueda hacer con cualquier tebeo vanguardista de los 80, pero con Los Garriris funciona perfectamente, y casi diría que es ahora cuando mejor encajan sus historietas con el panorama general del cómic. Hoy se puede concebir que la proyección del cómic como arte contemporáneo no es una idea descabellada de un alucinado, sino la inspiración de un visionario. Hoy se comprende que el puente que tendió Mariscal desde George Herriman acaba en la otra orilla en Juanjo Sáez, y deja muy atrás referentes coetáneos como Keith Haring. Porque hay una modernidad implícita en Los Garriris que es verdaderamente clásica. Los tebeos de Mariscal están más allá del tiempo, habitan el reino platónico de las ideas perfectas donde solo son un esqueleto puro, sublime y lleno de potencial por realizar.

Leer Los Garriris es sumergirse en un estado de ánimo hedonista. De pronto, estamos a la orilla del mar, solo pensamos en la fiesta y en relajarnos, somos a la vez muy inocentes y muy golfos. Unos golfos apandadores, casi. Colores muy básicos y muy primitivos nos guían por un mundo de líneas sencillas y vivas. La actividad arquetípica de los garriris es la pesca, y eso es exactamente lo que es cada una de sus historietas: el acto gráfico de pescar. Mariscal echa unas líneas -el sedal, la caña, la playa- y espera que la inspiración pique. Y en el mar fértil de su imaginación, siempre hay algo que sacar. Es solo un juego, pero es el juego más importante del mundo. A veces toda la tradición del viejo tebeo está presente de forma explícita, como en la antológica «Nos vemos esta noche nenas», y a veces está implícita, como en la maravillosa «Crash» que es, para mí, toda una tesis sobre la obra de Coll en cuatro páginas de dibujos. Como en las mejores obras de la novela gráfica contemporánea, Mariscal reelabora los materiales del viejo tebeo y los depura hasta dejarnos lo más provechoso y válido para nuestros tiempos. Quizás por eso, repito, ahora es cuando Los Garriris parecen más espléndidamente oportunos.

Por su contenido y por la calidad de la edición, Los Garriris es tal vez el libro más bello que haya dado el cómic español. A partir de él, podemos hablar de cosas serias, de cosas de humor, de cosas de garriris.

Y porque me apetece y porque Los Garriris me lo pide, dejo esto aquí:

viernes, 15 de julio de 2011

EL VECINO EN ESTADOS UNIDOS


¡Y yo con estos pelos! Me entero gracias a los alegres muchachos de ADLO!

jueves, 14 de julio de 2011

¡SUPERVILLANOS!: NÉMESIS


La blancura icónica de Némesis contrasta con la negrura moral del personaje y así, gráficamente, invierte los términos de lo que se nos está contando. Lo que se nos está contando es que el hijo de puta más grande de todos los tiempos está sembrando el horror y el sufrimiento entre los ciudadanos decentes. Lo que se nos está diciendo gráficamente es que el héroe es el malo. The Special One.

Nemesis es un tebeo de superhéroes que invierte los términos. El villano es el mal, pero peor es la sociedad, y en un juego de oposición, no hay dos malos. Lo peor es lo malo, y lo mejor es lo bueno. Aunque Némesis es una cifra, una incógnita, un espectro casi metafísico, lo que nos están diciendo es que la sociedad del espectáculo permite esas vías, que la violencia y el mal son bellos y están justificados, siempre que sean un espectáculo estético. Al fin y al cabo, Némesis solo tiene una motivación, que es la motivación del espectador: «Me aburro».

No nos confundamos: sería ridículo plantear que Nemesis sea una crítica de la violencia (hiperestilizada) cuando en realidad es una celebración. Pero solo se puede pensar que eso es un defecto de la obra desde posiciones previamente aferradas al didactismo que intenta imponer una finalidad moral en cada relato, en cada producto artístico, lo cual es en sí mismo uno de los grandes problemas de la ficción industrial contemporánea. Como el gran político, el gran artista no tiene por qué ser moral.

Por grande que sea la villanía de Némesis, es solo una villanía secundaria. Detrás de él hay otro villano, un hipervillano, un mal más antiguo. Si Némesis se caracteriza por su absoluta inteligencia y por su absoluta falta de empatía, el hipervillano se caracteriza por una hiperinteligencia y por una hiperhumanidad que le pone por encima de cualquier sentimiento. Es un asesino de masas, porque las masas son solo eso: un bulto, un mar de cuerpos anónimos. Todo es un juego para él. Y es fundamental que nos transmita esa sensación de regocijo que produce el juego. Y nos la transmite: qué soberbia alegría la de las masacres de Némesis.

Vengo hablando desde hace tiempo de esta tendencia hacia el supervillano, en la que Némesis parece el más moderno y exacto ejemplo. Veo ahora que tiene un punto de origen perfectamente definido. Aunque hay antecedentes de héroes tratados como villanos por la sociedad, que están en el principio mismo del modelo Marvel (Spiderman, Hulk), y que continúan en su versión actualizada al realismo sucio de los setenta (Punisher), estos personajes seguían siendo héroes. Y cuando un héroe se tornaba villano, como en el caso de Fénix/Fénix Oscura, ese cambio suponía un verdadero cambio de su valor, una alteración profunda en la pieza. Un cambio por el cual, por supuesto, había que pagar un precio para restituir el equilibrio moral del universo ficticio.

Sin embargo, todo eso cambia a partir de cierto momento, y ese punto de origen del supervillano heroico, del villano que es un héroe precisamente por su villanía, sin que eso cambie su valor, es Ozymandias, de Watchmen. El hombre tan inteligente que se sabía por encima de la moral y del amor a sus semejantes. El héroe que es un villano sin cambiar. Ozymandias no se convierte en villano, lo ha sido siempre. O visto desde otro punto de vista, nunca ha dejado de ser un héroe, ni siquiera cuando se comporta como un villano.

Ahí está la clave: «visto desde otro punto de vista». Watchmen introduce la era posmoderna en los superhéroes, y con ella el relativismo moral que choca frontalmente con el fundamento original de los superhéroes: su purísima visión maniquea del mundo. Recordemos que Superman, el primer superhéroe, es el hombre superior que lucha por proteger a los desheredados de los depredadores económicos. Solo a la sombra del villano podía resplandecer la luz del héroe.

Así es como Watchmen destruye a los superhéroes, y es a partir de esas cenizas a partir de las que Mark Millar los reconstruye en el siglo XXI. The Authority, los Ultimates, Kick-Ass, Nemesis, son hijos de ese mundo post-héroes donde ya solo hay superhombres. La batalla entre Watchmen y Dark Knight la ganó Watchmen. No vivimos en un tiempo de reconstruir al héroe, vivimos en un tiempo de temer y amar al supervillano. Como a la bomba.

[Nemesis es una miniserie de cuatro números publicada en 2010 por Icon Comics -un sello de Marvel-, obra del guionista Mark Millar, el dibujante Steve McNiven y el colorista Dave McCaig. Debo su reciente lectura a la recomendación de Nacho Vigalondo en twitter].
ACTUALIZO: Para aquellos interesados, Némesis aparecerá en España en septiembre, de la mano de Panini.

Más temas recientes en Mandorla sobre superhéroes y supervillanos:

miércoles, 13 de julio de 2011

LOS HÉROES DE LA RETIRADA (DEL CÓMIC)


Hace unas semanas me leí la espléndida Anatomía de un instante, de Javier Cercas. En ese libro, el autor retomaba un concepto que Hans Magnus Enzensberger había aplicado a Adolfo Suárez: el de héroe de la retirada. El concepto, que está explicado en un artículo que se puede consultar en la web de El País y que enlazo al final de este post, se puede resumir de la siguiente manera: los héroes políticos actuales no son héroes victoriosos al estilo clásico, sino héroes del desmontaje, políticos cuya principal labor ha sido desmantelar aquel sistema que debían perpetuar y retirarse de sus posiciones para permitir la llegada de un nuevo sistema.

Enseguida me pregunté si existían semejantes héroes de la retirada en la historia del cómic. No quiero decir que pretendiese aplicar al cómic la teoría de Enzensberger. Soy muy consciente de que ésta se refiere a un ámbito muy distinto y difícilmente extrapolable. Pero me atraía la idea de que la gran aportación de un artista sea retirarse de aquella posición artística a la que le había llevado su formación y el sistema en el que había crecido. La idea de que haya artistas que son como puentes entre paradigmas distintos, que tienen un pie en una orilla y el otro en la de enfrente, pero no están completamente en ninguno de los dos lados.

Por supuesto, esta idea presupone una idea previa: la de que existen paradigmas distintos en el mundo del cómic. Sistemas estéticos e industriales, institucionales, diferentes. La idea, básicamente, de que existe la historia: un dibujante de cómics que trabaja en Francia en 1935 aborda su tarea bajo presupuestos muy distintos de los que lo hace otro que en el mismo país ejerce su trabajo en 1988, y que ambos son distintos del norteamericano que dibuja una tira de prensa en 1967. Es una idea que yo acepto, y que creo que es especialmente relevante ahora, cuando la novela gráfica ha introducido una «discontinuidad epistemológica» (por ponernos un poco foucaltianos) de las más visibles en la historia del cómic. No la única, ni la primera, pero sí la que estamos viviendo en nuestros días.

Aceptada esta idea previa, ¿quiénes son esos héroes de la retirada que han desmontado el mundo en el que habían vivido artísticamente? Uno de los nombres que primero vienen a la cabeza es el de Will Eisner. El autor de The Spirit fue uno de los fundadores de la industria y la estética del comic book. Él estuvo en los talleres en la década de los 40, y él fue una de las fuerzas activas en el alumbramiento de la industria que todavía hoy en día sigue siendo hegemónica en Estados Unidos. Y al mismo tiempo, Eisner, a partir de 1978 y la publicación de Contrato con Dios, emprendió una labor de desmontaje de todo aquello que había construido: el modelo comercial, el formato, las aspiraciones creativas, el horizonte estético. Todo el sistema fue minuciosamente desmantelado por Eisner en su camino hacia la novela gráfica. Un camino que, sin embargo, creo que no acabó de completar del todo, porque no estaba capacitado para ello. Sospecho que dentro de 50 años, si la novela gráfica se ha consolidado, pocos títulos de Eisner se recordarán entre los mejores. Pero su trabajo ayudó a crearla, aunque solo fuera porque fue extremadamente eficaz en desmontar el comic book.

Otras figuras internacionales que me sugieren esta idea: Alain Saint-Ogan, René Goscinny, Harvey Kurtzman, Yoshihiro Tatsumi.

En España hay autores a los que puede resultar interesante observar desde el concepto del desmontaje. Estoy pensando, por ejemplo, en cómo la carrera de Max con frecuencia la hemos interpretado como un trayecto continuo entre diversas encrucijadas, y cómo al llegar a cada una de ellas el autor de Bardín gira hacia un camino distinto. Pero igualmente se podría entender como la asimilación de corrientes creativas muy distintas que, una vez absorbidas por Max, son minuciosamente desmanteladas por él, hasta dejarlas en los materiales primos, agotadas, para pasar a desmontar otra propuesta. O en cómo Paco Roca se ha formado artísticamente en el cómic comercial -el porno, incluso-, preparándose desde sus inicios para una previsible carrera como manufacturador de series de álbumes franceses, y sin embargo ha tenido que desmontar todo eso para encontrar su camino en la novela gráfica de autor. Sin embargo, ni Max ni Paco Roca son comparables a Eisner. Ambos han construido más de lo que han destruido: su carrera está más ligada al futuro y a lo que han creado que al pasado y a lo que han dejado atrás. Para ellos, el sistema desmontado es, sobre todo, una herencia cultural con la que han trabajado en modelos plenamente contemporáneos. No encajan como héroes de la retirada.

Más comparable a Eisner sería Carlos Giménez. En Los profesionales está contenida toda la idea: es un libro de autor que cuenta la experiencia de un dibujante de tebeos anónimo, de agencia. Y el autor de ese libro es uno de los protagonistas de la historia. Como Eisner, Giménez ha vivido plenamente la era industrial del cómic. Como Eisner, Giménez ha tenido que desmantelar esa era para dejar paso al cómic adulto y de autor. Muchas veces he oído que Carlos Giménez era el Will Eisner español, pero creo que hasta ahora no me había dado cuenta de hasta qué punto era realmente así.

Se me ocurre un último héroe de la retirada, tal vez el más paradigmático de nuestros días. Frank Miller empezó a hacer tebeos decidido a convertirse en el digno heredero de los Jack Kirby y Neal Adams, en una estrella del comic book, una figura prominente dentro del sistema industrial hegemónico en el que se había criado como lector. Y lo consiguió rápidamente con Daredevil a principios de los 80. Y a partir de ahí, se dio cuenta de que su camino le llevaba a negar todo aquello que había conquistado: el formato, la autoría y propiedad de la obra, el trabajo con personajes ajenos, el sometimiento a las condiciones de la industria. En resumidas cuentas, Miller llegó a la cumbre y descubrió que en realidad quería llegar a otro sitio. Descubrió también que, para llegar a ese sitio, tenía que abandonar esa montaña. Descubrió, por último, que era imposible bajar. Que para volver a tierra, lo único que podía hacer era socavarla. Como último de los grandes profesionales y primero de los grandes autores, Miller ha acabado en una posición muy solitaria. Enzensberger señala que ese es el lugar de los verdaderos héroes de la retirada: repudiados por su pueblo -el rechazo que los fans han ofrecido a Miller ha ido en aumento a medida que este demolía más cimientos del sistema- y menospreciados hasta que el paso de los años permite cierta perspectiva -una década después, el coro de voces que denostaba DK2 empieza a convertirse en un murmullo de admiración-. El último acto de demolición de Miller es tal vez uno de los más alegóricos: empezar una historia con Batman y acabarla con un personaje distinto. Nadie sigue su camino, pero nos hace a todos más libres.

Los héroes de la retirada, de Hans Magnus Enzensberger.

martes, 12 de julio de 2011

VIOLENCIA EXTREMA


Esta es una viñeta extremadamente violenta. Lex Luthor, el archienemigo de Superman, está siendo ejecutado en la silla eléctrica. Lo que vemos no es el momento anterior a la ejecución, sino el momento exacto de la misma. Los picos amarillos que rodean al reo representan la potentísima descarga de electricidad mortal. Lex Luthor está friéndose y allí, delante de él, está su archienemigo, regodeándose. Disfrazado de Clark Kent, Superman, el salvador de todos, asiste complacido al sacrificio del villano a manos de sus protegidos, los humanos. Es tan superhombre que ni siquiera necesita mancharse las manos.

Era la Edad Dorada del comic book americano, la edad de la inocencia.

Chúpate esa, Mark Millar.

Fuente: Superman #17 (junio-julio 1942), guión de Jerry Siegel y dibujo de Joe Sikela. Reeditado en The Superman Chronicles 9, que acabo de recibir.

domingo, 10 de julio de 2011

ALGUNOS AVISOS

Tres cositas, tres.

Una, que en el Rockdelux 297 (julio-agosto de 2011) he publicado una reseña de Nocilla Experience, de Pere Joan. De esta novela gráfica ya hablé en Mandorla, concretamente aquí. Como siempre, la sección de cómics de RDL que coordina Pepo Pérez viene cargadita de tebeos de actualidad: Cuadernos ucranianos (Memorias de los tiempos de la URSS), de Igort, por Alberto García; American Splendor. Antología. Volumen 1, de Harvey Pekar y varios, por Juanp Holguera; Soy de pueblo. Manual para sobrevivir en la ciudad, de Raquel Córcoles y Marta Rabadán, por Lucía González; Cárcel de amor, de Sergi Puyol, por Raúl Minchinela; Una judía americana perdida en Israel, de Sarah Glidden, por Fernando Sagaz; Sin City. Integral, de Frank Miller, por Isabel Cortés, y El paréntesis, de Élodie Durand, por Pablo Ríos.

Dos, que en la revista Delibros nº 254 (junio 2011) aparece un reportaje de cuatro páginas firmado por Ángeles Castillo que lleva el título «La hora de la novela gráfica». En él se recogen declaraciones de Lorenzo Pascual, Fernando Tarancón y también mías. Un extracto de lo que dice Tarancón, editor de Astiberri (y por tanto de mis libros La novela gráfica y El Vecino): «Las grandes corrientes de cómic, las que han sido los pilares de la industria mundial (manga japonés, comicbook USA y álbum francobelga) siguen manteniéndose como los grandes proveedores de contenido, representando la parte más importante del sector, tanto a nivel internacional como en España, aunque las tres están dando muestras de cierto agotamiento de la fórmula en sus países de origen. En cambio, la nueva corriente que puede representar la novela gráfica, más cercana a un lector no necesariamente habitual de cómic, está abriendo mercado. Mucha gente que no se había planteado leer un cómic está acercándose ahora a la novela gráfica. Creemos que es un camino lento pero que puede tener mucho recorrido».

Tres, que parece ser que El Vecino ha llegado a Japón. Lo cuenta todo Pepo Pérez en Es Muy de Cómic.

HONESTIDAD BRUTAL


Mientras leía Sin título (2008-2011) (De Ponent, 2011), de Rayco Pulido, tenía la impresión de que su autor había querido hacer una historia como Dios manda (que diría nuestro próximo presidente del gobierno), le había salido un desastre y en lugar de tirarla definitivamente a la papelera, había querido exponer los despojos y las razones para todo aquello. Porque, al fin y al cabo, llegados a cierto punto, eso es lo que verdaderamente importa, no tanto lo que hemos hecho, sino por qué lo hemos hecho.

La razón por la que «Pie de trinchera», que hace aquí la misma función que hacía «El ladrón de orquídeas» en Adaptation (2002), la película de Spike Jonze-Charlie Kaufman, es un desastre es porque las viejas historias ya no sirven. Rayco ya no cree en eso, y lo puede decir en alto en esta obra porque lo ha probado con honestidad brutal y se ha dado cuenta de que no. «Pie de trinchera» es mentira, no realidad, y llega un punto en que las mentiras morales consensuadas por el mercado y la sociedad ya no sirven de nada. La mentira de «Pie de trinchera» se sustenta en una mentira aún mayor, la mentira del estéril analista de guiones. El perro del hortelano, que ni come, ni deja comer. Es una gran mentira, una mentira muy bien teorizada. Como todas. Alrededor del eje dibujo-fotografía gira toda la dinámica de Sin título, que pone de relieve la violencia a la que sometemos las convenciones cuando dejamos de jugar al juego.

Debo decir que simpatizo con esta postura de Rayco. En el siglo XVII, cuando admiraban un cuadro, decían que «era verdad, no pintura», pero en siglo XXI la única forma de llegar a la verdad es a través de la profunda sinceridad del engaño. Es decir, las reglas del ilusionismo ya no sirven. Ahora, la verdad es poner los mecanismos de la ficción en primer término. Es más realista Chris Ware que Alex Ross. Chris Ware es verdad, no pintura.

Yo saludo a Rayco por haber publicado esta novela gráfica. Hay que tenerlos muy grandes o estar muy loco para exponerse con tal desvergüenza en público, y no es algo a lo que estemos acostumbrados en España, un país donde Justin Green, Joe Matt o Eddie Campbell serían apedreados antes de que pudieran poner el pie en la calle, si fueran de aquí (a los extranjeros ya se sabe que les permitimos todo). Siento curiosidad por saber qué va a hacer Rayco después de este exorcismo público. Tal vez el arco de Abel, el protagonista de «Pie de trinchera», no esté tan claro y definido como le gustaría al analista, pero sin duda el dibujante que acaba el libro es mucho más libre que el que lo inicia.

Cómo ser Rayco Pulido: Nunca trabajes solo.

Creo que esta entrada está de alguna manera relacionada con estas otras:

sábado, 2 de julio de 2011

¡SUPERVILLANOS!


Acabo de ver (por fin) Danger: Diabolik (1968), de Mario Bava, inspirada en la famosa serie de cómic italiana que acaba de empezar a publicar en nuestro país Kraken. Yo a Diabolik lo adoraba como icono, pero lo tenía muy poco leído, aunque hay algunos libritos italianos por casa. Lamentablemente, la lectura del primer volumen que ha salido aquí me ha dejado bastante chafado. Es material rancio, y no tiene tampoco esa gracia desaforada del pulp antiguo. La película me la he puesto para quitarme el mal sabor de boca (y tal vez para convencerme de que haga otro intento cuando salga el número 2, así somos los consumidores de tebeos), y vaya que si lo ha conseguido.

Danger: Diabolik es un espectáculo fastuoso muy de su época. Al estilo de Barbarella, artificiosa y chillona, es un insólito espectáculo kitsch completamente arreferencial. No representa el mundo, lo reinventa en un delirio psicodélico, al estilo de los tebeos de Eric Losfeld o de Peter Petrake. Como Barbarella, está ya tan pasada de moda que ha recuperado su dignidad artística. Ya no es un objeto antiguo, es un objeto intemporal. Un anticlásico, diríamos.

Pero lo que más me ha interesado de Diabolik ha sido cómo proyecta, ya en 1968, el tema del supervillano como héroe que se planteó el otro día en los comentarios de este post. O al menos yo creo que se planteó, o al menos creo que yo lo planteé. El protagonista es un espléndido, anónimo y gozoso malvado que comete crímenes con la misma rigurosa rectitud con la que los héroes hacen el bien. Para Diabolik, el crimen es un fin en sí mismo. Para Diabolik, matar y robar es un placer. Y para el espectador, también. Un placer lujoso y sensual, añado.

La película es sorprendentemente antisistema. A la luz de lo que está pasando ahora con nuestro sistema financiero, sorprende ver el colapso del estado cuando Diabolik hace volar por los aires la Hacienda pública, y los ciudadanos se niegan a pagar los impuestos. Todo se viene abajo, y el enmascarado se carcajea, feliz. Y sí, Diabolik es antisistema, pero no por convicciones políticas, sino por rebeldía generacional. Los protagonistas, Diabolik y su amada Eva, representan la juventud, la esperanza del verano del amor, y frente a ellos se alza un único obstáculo: el viejo sistema, el sistema de los viejos.

De hecho, Diabolik y Eva viven en su propio Edén, en su jardín privado, apartados del mundo exterior, puros en su mar de billetes, entregados al arrebato de las joyas y los bikinis. Su pasión es una pasión profundamente materialista, y por tanto inocente. Se han protegido del universo corrupto de los mayores con un abrigo de rapiña.

Al final, Diabolik eyacula un chorro de semen ardiente, inmenso, que arrasa el mundo en el que viven y da paso a un nuevo mundo, y a la invasión de su paraíso. Pero el viejo sistema no puede acabar del todo con Diabolik. Pueden capturarle, pero no pueden tocarle. Una gruesa capa de oro le protege de la miseria de nuestras vidas. Abre un ojo muerto y luego lo guiña. Y en esa pupila se reflejan todos los tebeos de supervillanos, perdón, de superhéroes, que van a venir en la década de los 2010.

viernes, 1 de julio de 2011

LA NOVELA DE EDDIE CAMPBELL

Hace un par de días comentaba que Eddie Campbell había dedicado una entrada de su serie The Spaniard in the Works a mi libro La novela gráfica. Ahora, los alegres muchachos de entrecomics han traducido esa entrada al español, y se puede leer aquí.