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miércoles, 8 de mayo de 2013

SPRING CLEANING (II)



En esta segunda parte del repaso general a algunos cómics norteamericanos destacados del otoño-invierno pasados, me alejo un poco de la ciencia-ficción, la fantasía y el género para mencionar títulos que van por otros derroteros. Pero antes de que alguien piense lo contrario, una advertencia: ni mucho menos estoy intentando cubrir sistemáticamente todas las corrientes que se encuentran ahora mismo en la small press expo. Esto es apenas una cata basada en mis gustos personales, pero también en eso estoy seleccionando. Por motivos diferentes, incluso a algunos autores que considero muy destacados prefiero dejarlos fuera ahora, como es el caso de Tin Can Forest, Robert Sergel, Leslie Stein, Vincent Stall o Box Brown.


Wanted, Art Baxter, en Secret Prison 7.


En ese espíritu de panorámica a vista de pájaro, un título interesante para el curioso es Secret Prison 7 (Retrofit), una antología editada por Ian Harker y Box Brown. Secret Prison 7 es una revista con un programa ideológico muy específico: homenajear a la cabecera japonesa Garo, que durante los 60 y 70 fue el espacio donde creció el manga adulto y de vanguardia que hoy conocemos como gekiga. En sus páginas se encuentran autores conocidos de la escena alternativa, de algunos de los cuales hemos  hablado aquí (el propio Brown, Pat Aulisio, Ryan Cecil Smith o Keenan Marshall Keller, entre ellos, aparecen en Spring Cleaning I) y en general el nivel de las contribuciones es muy elevado. Mi favorito es probablemente Wearing the Black Horns, de Luke Pearson, un autor que se ha hecho famoso por sus libros para la británica Nobrow y que a mí no me acababa de convencer en sus trabajos con esa editorial. En Secret Prison 7, sin embargo, se adapta con enorme facilidad al tono predominante en la revista, que es el de relatos de la alienación y frustración sexual envueltos en un halo de misterio y con un toque mágico o sobrenatural, y entrega cuatro páginas de diseño y dibujo exquisitos y atmósfera perturbadora. Ese «tono predominante» del que hablaba lo marca expresamente Wanted, de Art Baxter, una historia que se construye en torno a la figura de Yoshiharu Tsuge, el mangaka que para muchos fue el gran genio torturado del cómic japonés. Y digo que se construye porque, como el propio Baxter confiesa en el epílogo a su historieta, los datos que se conocen de Tsuge son tan escasos que lo que nos interesa no es tanto su biografía como su mito en cuanto que inspiración para jóvenes historietistas. Y sobre ese punto es sobre el que gira el aspecto más interesante de todo Secret Prison, sobre qué tipo de relación se establece entre Garo, una revista concebida hace casi cinco décadas en la otra parte del mundo y cuyas historietas en realidad apenas son conocidas en Occidente, y los nuevos autores de cómic estadounidenses. ¿Qué es lo que se espera ahora de Garo, por qué es necesario? Secret Prison 7 tiene el extraordinario acierto de incluir algunos textos que aportan informaciones y perspectivas pertinentes para el lector (el producto en conjunto está muy cuidado, con un formato gigante y las páginas impresas en papel de periódico, lo que le da una personalidad muy marcada). Uno de esos textos es una brillante disertación de Derik A. Badman sobre la importancia de los «huecos» en el cómic, formal, temática y hasta cultural e históricamente, y en particular en el manga de Garo, incidiendo de manera especial en Elegía roja, de Seiichi Hayashi, que analiza con pasión y perspicacia. Dice Badman en su texto que a estas alturas Garo viene a significar «manga alternativo», y que se suele asociar con «historias cortas de tono contenido (o «novelas gráficas» de un solo volumen) dibujadas en un estilo rígido (Tatsumi) o caricaturesco (Mizuki, Katsumata) con un toque surrealista o de realismo mágico ocasionalmente». Y si bien es cierto que la mayoría de los autores recogidos en Secret Prison 7 parecen confirmar esta observación, creo que también hay que señalar que en gran medida lo que se está buscando es una conexión que va más allá de lo estético y alcanza a lo vocacional: la imagen de Tatsumi o Tsuge como artistas que creen en su propio camino y sacrifican el éxito por la integridad, enfrentándose a las corrientes literarias, es un sueño romántico demasiado tentador para quien trabaja horas y horas dibujando historietas sin ninguna expectativa comercial a la sombra de un mainstream que parece tan fosilizado como inamovible. Es decir, diría que los alternativos expresan a través de su advocación a Garo su voluntad de ser marginales. Y eso es peligroso, porque cuando lo marginal se vuelve vocacional, normalmente ya estamos hablando de narcisismo.

Es interesante señalar que Secret Prison 7 desató una gran polémica en internet antes de publicarse, sólo por su propio concepto. Dan Nadel (editor de Picturebox y codirector de The Comics Journal) escribió un post muy crítico con la iniciativa ya desde la fase de Kickstarter: No Good Reason.


Pompeii, Frank Santoro

Precisamente Nadel es quien ha publicado Pompeii (Picturebox, 2012), lo último de Frank Santoro. Santoro es uno de los cerebros del cómic alternativo americano moderno, y siempre se ha mostrado muy preocupado tanto por cuestiones educativas (mantiene un curso de cómic por correspondencia) como de investigación desde el punto de vista artístico. Para mí es, sobre todo, el autor de uno de los últimos grandes cómics norteamericanos recientes que todavía permanecen inéditos en España: Storeyville (1995). Pompeii es el primer capítulo de lo que parece que serán dos cuando la obra esté completa, y por tanto resulta un poco prematuro juzgarlo. Es, además, un cómic de lectura un tanto engañosa. Sus 22 desahogadas páginas se leen con fluidez y velocidad, casi con demasiada velocidad, y dejan un aire de liviandad que podemos confundir con ligereza. Debajo de la superficie de aspecto abocetado y aparentemente despreocupada de Pompeii hay un trabajo profundo de relaciones espaciales y formales que merece la pena ser observado con más detenimiento, como hace Nicole Rudick en esta reseña en The Comics Journal. Para mí, sobre todo, Pompeii es la evidencia de que Santoro trabaja fundamentalmente con contrastes. El contraste entre un tema del arte clásico y su representación en un medio vulgar, como es el cómic; pero también el contraste entre un dibujo que en su trazo y textura parece retrotraerse a la época en que su única función era subalterna, como ayuda a la pintura, y su utilización en un rango expresivo que pertenece plenamente al cómic, donde el dibujo es la obra acabada.


Blast Furnace Funnies, Frank Santoro

Y el contraste es también lo que moviliza Blast Furnace Funnies, que conseguí al mismo tiempo que Pompeii, aunque es anterior. En 2011 Santoro participó en la Bienal de Pittsburgh, su ciudad natal, y lo hizo con esta historieta de 16 páginas, publicada en formato de periódico y repartida en el Museo de Arte Carnegie de cuyas paredes colgaban los originales. Blast Furnace Funnies es un melancólico paseo por Pittsburgh y por la memoria que Santoro tiene de ella, y es significativo que el autor insista varias veces en compararla con Pompeya. «Esta ciudad es como Pompeya para mí. Una gloria que fue y que siempre será», dice al final. Cada página es un estudio en composición (las elipses son uno de los asuntos que más interesan al autor, como se ve en la imagen de muestra), pero la historieta no se queda en un mero ejercicio formal. Hay en ella una serena gravedad que parece acentuarse de nuevo al contrastarse con la fragilidad del soporte al que está encomendada (el papel de prensa), de la misma manera que la profundidad del tema literario clásico de la memoria choca deliberadamente con la superficialidad de un género de masas tradicionalmente estereotipado y que se expresa fundamentalmente con imágenes. Lo eterno clásico (Pompeya) frente a lo decadente industrial (Pittsburgh) es a la vez como un trasunto de lo sublime transportado por lo ordinario. Todas éstas son tensiones que Santoro reconoce en el espacio que reclama el cómic en la intersección entre lo formal y lo cultural, entre su historia y su potencial, y que pretende explotar en su beneficio. Blast Furnace Funnies es, también, una de las mejores historietas sin personajes que he leído en este peculiar subgénero.


Canadian Royalty. Their Lifestiles and Fashions, Michael DeForge, en Lose #4

El canadiense Michael DeForge es uno de los valores en alza de los últimos años, pero confieso que a mí, salvo alguna historieta concreta, hasta el momento no me había despertado mayor entusiasmo. De manera que fue con expectativas bajas y hasta un poco de pereza con lo que abordé la lectura del último número de su comic book unipersonal, Lose #4 (Koyama Press). Y fue toda una revelación: las dos historietas principales incluidas en él son brillantes. La primera, «Someone I Know», es el tipo de historia que en los 90 parecía inevitable para cualquier principiante en el cómic alternativo: sadomasoquismo, atmósfera malsana, protagonista confuso, transformaciones mentales y físicas. O sea: el inevitable choque entre Como un guante de seda forjado en hierro de Daniel Clowes y el Agujero negro de Charles Burns alumbrado por David Lynch. Pero ha pasado el tiempo suficiente desde el apogeo de este tópico como para que DeForge lo pueda recuperar bajo sus propios términos y hacerlo suyo, y eso es exactamente lo que consigue gracias a su palpable personalidad gráfica, que parece oscilar entre el gusto por el vacío y la mancha negra y la obsesión por el detalle, todo ello con una especie de estilo de animación anémica y enfermiza que a mí con frecuencia me resulta desagradable, y lo digo como un cumplido. «Canadian Royalty» es aún más deliciosa y original. Siguiendo el patrón de «Spotting Deer» (que era lo que más me había gustado de él hasta el momento), DeForge despliega una suerte de documental de naturaleza protagonizado por una supuesta casa real canadiense y sus extravagantes tradiciones, que alcanzan su máxima expresión en sus sofisticadas indumentarias. DeForge cuenta el chiste con la cara seria todo el tiempo, y mezcla con sabiduría lo descabellado con lo prosaico, de manera que continuamente somos conscientes de que lo que estamos leyendo es absurdo, pero sentimos con todas nuestras fuerzas que debería ser verdad.

DeForge nació en 1987, de manera que es jovencísimo, y si Lose #4 es indicativo de que está en trayectoria ascendente, está claro que no habrá que perderlo de vista.


Immovable Objects, James Hindle

Han pasado ya un montón de títulos por este spring cleaning y todavía no he mencionado ninguno que encaje con los tópicos del tebeo indie romántico y un poco ñoño. ¿Es que ya no se practica ese tipo de historieta? Yo diría que sí, pero como ya advertí, esto es sólo un vistazo rápido y parcial a unos cuantos tebeos de los últimos meses, y está filtrado por mis propios gustos en primer lugar, que no se escoran hacia esa tendencia. Un ejemplo notable del típico tebeo indie podría ser Immovable Objects (One Percent Press), de James Hindle. Con su gusto por las composiciones limpias y simétricas, su trazo pulcro y amable y su bitono apastelado, Hindle parecería un candidato plausible a explorar el territorio abierto en su día por Adrian Tomine para los relatos breves con tono de literatura urbana realista y sentimental. Un territorio que, ahora que lo pienso, en algún momento parecía que podría ser muy fértil comercialmente para el sector alternativo y que por alguna razón parece que nunca llegó a despegar de verdad. Hindle se maneja con mucha soltura con una historia de extensión media y cierto cuidado en la construcción de personajes, y sabe cómo repartir el trabajo entre el texto y el dibujo. En Immovable Objects veo incluso unas gotas de David B. y algo de esencia de Chris Ware (el protagonista busca al padre que abandonó a la familia hace años, supongo que es difícil evitar el eco de Jimmy Corrigan), y veo un proyecto plausible de buen novelista gráfico moderno. Espero que fructifique.

«The First Test», Nathan Rilly, en Pope Hats #3

Disfruto de tebeos como Immovable Objects de James Hindle por sí mismos, pero como decía, también me despiertan el interés porque veo en ellos un potencial por desarrollar que quién sabe a dónde puede llegar. Véase el ejemplo del canadiense Ethan Rilly, que ha crecido de una manera increíble en su serie Pope Hats (Adhouse Books, 2007-2012, tres números hasta ahora). En realidad, el gran salto se produce entre el número 1 y el 2, ya que el 2 y el 3 son mucho más homogéneos, como si muy pronto (es un autor que acaba de entrar en la treintena) hubiera alcanzado ya la madurez clásica de un viejo maestro de las tiras de prensa curtido por décadas de profesión. El número 1 de Pope Hats (realizado gracias a una beca Xeric cuando Rilly todavía era estudiante) es interesante y, como decía, prometedor, pero todavía bastante embrionario. El 2 es ya una obra mayúscula, un trabajo asombrosamente compacto en todos sus aspectos, desde lo visual hasta lo literario. Pope Hats es un comic book unipersonal al estilo de los añorados Eightball o Hate (o, en la escena contemporánea, el Lose de DeForge del que hemos hablado más arriba), un formato de publicación al que Rilly se aferra con verdadera pasión. Sin embargo, aunque cada número incluye alguna historieta corta, lo más jugoso de Pope Hats es una especie de gran novela episódica protagonizada por dos chicas que intentan salir adelante en la gran ciudad. Frances es una morena responsable, ordenada, eficaz y considerada con todo el mundo, trabaja en una firma legal donde todos los mandos se la disputan por sus múltiples cualidades profesionales y personales, y cada día vuelve a casa sola y tiene insomnio (pero no es un personaje triste ni que sienta lástima de sí mismo). Su compañera de piso Vicki es una rubia alocada, irresponsable, caótica y egoísta que aspira a ser actriz y que se pasa el día emborrachándose y ligando. Vicki es el tipo de amiga que vuelve a casa de madrugada, y como ha perdido las llaves porque está borracha, entra por la ventana del dormitorio de Frances mientras ésta duerme y salta sobre su cama acompañada de su ligue. O el tipo de amiga que no tiene un duro, te acompaña al bar, pregunta cuánto cuesta un gin-tonic, le dicen que siete dólares, lo pide y luego te dice que si puedes prestarle ocho dólares. Casi podríamos decir que Frances y Vicki son una transposición moderna de la fábula de la hormiga y la cigarra, aunque con la salvedad de que Vicki no se muere de hambre porque la hormiga cuida de ella. Es de esas personas que van por la vida dando tumbos y sin embargo todo les sale bien casi sin proponérselo. Como si al ser ciega a todos sus errores, estos no le afectaran. Por eso consigue un papel en una serie de TV casi sin proponérselo, y así es como acaba el tercer número de Pope Hats, con la fiesta de despedida antes de su marcha a Los Ángeles.

La verdadera protagonista de la serie es, en todo caso, Frances, para quien Vicki sirve más bien de contraste sobre el que perfilar mejor su personalidad, que resulta más compleja, matizada y real cuanto más contenido es Rilly en su descripción de la misma. Si conocemos a Frances es, principalmente, a través de sus actos, y la mayoría de estos tienen que ver con su vida profesional. El gran bufete para el que trabaja es una alegoría del mundo, un microcosmos descrito con asombroso detalle y veracidad donde asistimos al auge y caída de diversos personajes, a la competencia por subir en la empresa y hacerse imprescindible ante los jefes, y al fracaso y la tensión continuos de los empleados superiores y más veteranos. Como le dice una de sus compañeras a Frances: «Aquí todos estamos subiendo o bajando...» En ese sentido es también una historia sobre la pérdida de la juventud, que sin recurrir jamás al desgarro expresivo es capaz de producir un acongojamiento inexplicable. No se me ocurre ahora mismo ningún otro cómic que haya descrito con tanta precisión el mundo del trabajo, y que haya convertido a las intrigas de oficina y la política de pasillos en un argumento tan apasionante.

Gráficamente, la habilidad de Rilly es asombrosa. Adscrito a una línea clara que parece heredera directa de Chaland, probablemente el autor no reconocería esta influencia, como no reconoce muchas otras porque, según declara en entrevistas, no ha leído demasiados cómics desde que se iniciara en su lectura con los tebeos de Jim Lee para la Marvel de los 90. Como canadiense que es, resulta inevitable adscribirlo a la estirpe de línea clara de Seth y Chester Brown, y Rilly sí los reconoce a ambos como maestros. Pero más allá de eso es difícil precisar incluso con cosas que parecen obvias. Por ejemplo, en la imagen que he puesto de muestra aparece uno de los personajes más peculiares de la serie, su jefe Castonguay, uno de los socios mayores del bufete. Castonguay, que toma a Frances bajo su protección, representa al heterodoxo. No tiene ordenador, sino que dicta sus emails a tres secretarias, y vive en el hotel de la puerta de al lado de la oficina, al que se accede a través de un mall subterráneo compartido, con lo cual no ha necesitado comprarse ni un paraguas ni un abrigo. Castonguay sólo vive, pues, para el trabajo, y al acceder a él es como si Francis hubiera alcanzado un nuevo nivel de sabiduría en la oficina, una cumbre espiritual de la vida profesional. Digamos que podemos ver a Castonguay como un Mr. Natural corporativo. Pero visualmente parece evidente que está modelado al estilo de Harold Gray. Sin embargo, cuando Tom Spurgeon preguntaba a Rilly por el parecido de Castonguay con Daddy Warbucks, Rilly contestaba que todavía no había leído Little Orphan Annie.

No es que me interese especialmente encuadrar a Rilly en unas coordenadas definidas por sus influencias. No se trata de llegar a la conclusión de que Rilly es A+B+C, como a veces parece que entienden algunos críticos cuando hablan de influencias. Pero me interesaba mencionar la cuestión porque resulta curioso que un cómic en apariencia tan transparente y tan nítido como este Pope Hats sea tan difícil de situar en una corriente indiscutible. Y eso es porque Pope Hats es verdaderamente una obra excepcional. Lo digo queriendo decir exactamente eso: creo que no he leído nunca otro cómic parecido. Y sin embargo, es un cómic con un aspecto completamente tradicional. Supongo que el secreto está en la masa.

En realidad, sólo hay un cómic al que me recuerde (vagamente) la saga de Frances y Vicki: Locas de Jaime Hernandez. Digo esto con plena conciencia de lo que digo, porque Locas es para mí una de las cumbres del cómic, y creo que Pope Hats resiste la comparación. Lo que me me recuerda a Locas es el clasicismo formal y discreto de la puesta en escena, tanto en el dibujo como en la composición y el diseño (Jaime ha optado de forma sistemática por seis viñetas cuadradas por página, mientras que Rilly opta por una especie de simulación de la tira de prensa tradicional, con tres tiras por página separadas por un espacio doble horizontal que las individualiza); la forma de desarrollar una novela-río que es episódica pero al mismo tiempo continua, algo que es a la vez una serie y una novela gráfica interminable; la densidad narrativa que no se apoya en los textos; la naturalidad de las escenas, la importancia de los detalles, la habilidad con la que está marcado el ritmo, y, por supuesto, los personajes. Si has leído Locas es imposible no ver al cabo de un rato a Frances y Vicki como unas Maggie y Hopey contemporáneas, dotadas de la misma autenticidad, vida y expresividad. Como Jaime Hernandez, Ethan Rilly también es capaz de utilizar un lenguaje estereotipado procedente del cómic industrial para rehabilitarlo con una amplitud mucho mayor, y como Jaime Hernandez, también es capaz de señalar los sentimientos y las emociones más diversos y delicados con la mínima cantidad de trazos.

Cuando leí los tres primeros números de Pope Hats, me asombraron. Los he releído meses después para escribir estas líneas y, pasada la sorpresa inicial, mi entusiasmo ha sido aún mayor: su profundidad y su riqueza se han revelado sin adornos circunstanciales. La experiencia de lectura de esta serie es muy peculiar: requiere un ritmo más sosegado del que estamos acostumbrados en el cómic. Cuando se llega al final del tercero, uno sólo querría tener a mano el cuarto para no salir del mundo en el que se ha sumergido. Espero que no tarde demasiado. Pope Hats puede llegar a ser algo muy grande.

jueves, 1 de julio de 2010

VENTISCA NEGRA


En la extraordinaria Una vida errante, Tatsumi cuenta la invención del gekiga o cómic adulto japonés en los años 50, y ahora Drawn & Quarterly ha puesto a nuestra disposición (en inglés, claro) una muestra de aquellos cómics que empezaron a dar forma a una corriente autoral que dura hasta nuestros días. En ese sentido, Black Blizzard funciona muy bien como complemento a Una vida errante. En sus memorias, Tatsumi reflexionaba sobre su carrera de dibujante, y aquí vemos uno de los objetos de esa reflexión.

Black Blizzard es un relato de 127 páginas (las primeras a color, luego en blanco y negro) dibujadas por un Tatsumi de 21 años en 1956, en apenas veinte días. Es una historia de género negro basada en esquemas sencillos y conocidos (dos convictos unidos por unas esposas de las que no se pueden librar se fugan tras un accidente de tren en medio de una terrible ventisca) que está narrada con una voz muy ruda, casi burda, por un autor que intenta despegarse de la pesada influencia de Osamu Tezuka pero que se muestra al mismo tiempo muy vivo, muy fuerte, muy intenso y muy convencido de lo que hace. En esa determinación desacomplejada recuerda un poco a las películas de la Nikkatsu, la factoría de serie B de la que salieron directores luego alabados como Seijun Suzuki y que produjo películas igual de insobornablemente osadas. El argumento es puro pulp y melodrama, pero evita caer en el ridículo por esa desesperación del gesto.

Black Blizzard se sigue leyendo con gusto hoy en día, más de cincuenta años después de su publicación, y desde el punto de vista histórico ofrece al aficionado al cómic un raro atisbo de lo que fue el instante crucial en el cual el productor de género de masas se cruza con el artista en ciernes. Tatsumi todavía tenía que imaginar lo que quería llegar a ser, pero estaba trabajando en ello.

Esa naturaleza mixta de Black Blizzard hace que no sea fácil elegir la forma más correcta de presentarlo hoy en día. Por un lado, es evidente que es puro noir de consumo, producto industrial. Por otra parte, si se rescata hoy es por su valor como semilla de la novela gráfica contemporánea, en su rama japonesa, en la que en Occidente estamos asistiendo a la consagración definitiva de Tatsumi como maestro. Es decir, es un producto de consumo que se quiere vender a un público culto, y me parece que la decisión de Adrian Tomine (responsable de la edición canadiense) es modélica: es un libro muy bien presentado y muy agradable como objeto, muy digno y dotado del suficiente aparato contextual (incluida entrevista con el autor) pero que al mismo tiempo conserva ciertos rasgos de sus humildes orígenes, como un papel basto, alguna imperfección en la reproducción, o una tapa blanda que lo relaciona con la literatura de quiosco.

lunes, 28 de diciembre de 2009

UNA VIDA DE DIBUJANTE

Decía al hablar de Red Snow que los dibujantes de gekiga se planteaban hace ya 50 años muchos de los problemas que se plantean ahora los autores de cómic adulto en occidente. Cómo tratar otros temas, cómo abordar otro tipo de narración, cómo diferenciarse del cómic infantil sin al mismo tiempo despreciarlo ni renunciar a sus raíces. Eso resulta evidente en los dos tomos que forman Una vida errante (Astiberri, 2009), de Yoshihiro Tatsumi.
Tatsumi es el autor de gekiga más conocido (por no decir el único conocido) en España. La sorpresa que causaron sus historietas en El Víbora ha propiciado que La Cúpula y Ponent Mon hayan publicado en nuestro país nada menos que seis volúmenes con sus cuentos. Una vida errante es una especie de autobiografía (extrañamente, con nombre fingido; todavía no alcanzo a entender el motivo) en la que cuenta sus inicios como dibujante profesional de cómic en la posguerra. La inmersión en el relato es total, derivada de la propia inmensidad del mismo: 800 páginas producen ese efecto, y resulta inevitable identificarse con los anhelos y deseos del joven creador en ciernes y sus compañeros de vivencias. Entre estos destaca su hermano enfermo, con quien mantiene una relación muy enriquecedora creativamente, pero de fuertes altibajos emocionales, que recuerda por momentos a la tortuosa relación entre David B. y su hermano epiléptico en La ascensión del gran mal. El hermano de Tatsumi, sin embargo, supera sus enfermedades, y casi podría decirse que en parte sana gracias al poder revitalizador del cómic.
Se trata, pues, de una novela iniciática, pero no dirigida en exclusiva a los lectores con aspiraciones creativas. Por el contrario, es apta para todos los públicos, incluso aquellos ajenos al cómic. Está contada con una sencillez desarmante que hace que nos parezca muy cercana la obsesión por el cómic de todos sus protagonistas. Para ellos, lo primero son las viñetas, y Osamu Tezuka es un dios. Las relaciones con los editores -pequeños editores de Osaka con quienes se establecen conflictivas relaciones de amistad y lealtad personal-, los problemas para entregar a tiempo o para encontrar la inspiración, ocupan casi todas las páginas. El resto, la vida real, el descubrimiento del amor y el sexo, por ejemplo, queda borroso en segundo plano, se desarrolla casi en los márgenes y sin consecuencia, con personajes desdibujados como el padre de los Tatsumi, que entra y sale de escena como si formara parte del decorado. La peripecia del protagonista se intercala con naturalidad con episodios nacionales (o internacionales) de la gran historia que convierten al héroe en un hombre de su tiempo.
Por supuesto, este relato de la creación del gekiga tiene algo de teleológico. Una vida errante está escrito desde el presente (1995-2006), y Tatsumi sintetiza los hechos en una comedia humana cuyo final está escrito de antemano. Sin embargo, es evidente que muchos de los conflictos que afrontan Tatsumi, Motomitsu, Sakurai, Sato, Matsumoto y otros miembros del Taller Gekiga más o menos próximos siguen siendo conflictos vigentes en este momento. Tal vez ahora más que nunca. Tatsumi se debate constantemente entre la necesidad de servir a la industria y la necesidad de servir a su vocación artística. Ésta le lleva a experimentar, y la experimentación le pide relatos de mayor extensión, más páginas para tener más viñetas y así ser más libres para llegar con mayor veracidad a las emociones de la realidad. En Una vida errante me he encontrado, de hecho, con la formulación expresa de muchos de los problemas con los que he tropezado en las páginas de Ware, Seth o Clowes cuando escribía mi libro sobre La novela gráfica. No es extraño que Adrian Tomine sea el padrino de Tatsumi en Norteamérica (él es responsable de las ediciones que está llevando a cabo Drawn & Quarterly, incluida la de este mismo título que, dicho sea de paso, es muy inferior a la de Astiberri). Tampoco creo que sea casualidad que en el trasfondo de Una vida errante aparezcan con mucha frecuencia películas europeas y americanas (desde El puente sobre el río Kwai a A pleno sol), mientras que apenas hay una mención, casi pintoresca, al cómic americano. Los miembros del Taller Gekiga no podían mirar a los tebeos de los años 50 para encontrar el camino que buscaban.
He leído todos los libros de Tatsumi que se han publicado en España, y éste ha sido, con diferencia, el que más me ha gustado. No sólo me ha transportado a otro mundo, sino que me ha hecho darme cuenta de cuánto necesita el cómic este tipo de memorias de sus autores, que son, a fin de cuentas, las que configuran el imaginario de la profesión y del arte y lo representan ante la sociedad. Sabemos que todavía hace falta mucho trabajo para contar la historia del cómic (o las historias del cómic, sería mejor decir), y es un trabajo que tienen que hacer críticos, estudiosos e investigadores. Pero esa historia también la tienen que contar los propios autores, porque es la única manera en que pueden cobrar conciencia de sí mismos. Lamentablemente, hace 50 años sólo los dibujantes de gekiga desarrollaron esa capacidad reflexiva, y sólo ellos parecen capaces de contarnos el pasado que vivieron en sus propios términos.

sábado, 19 de diciembre de 2009

NIEVE ROJA

Drawn & Quarterly lleva un par de años publicando el tipo de manga que no leen los lectores de manga, pero sí los lectores de novela gráfica. Adrian Tomine ha apadrinado las ediciones que están haciendo en inglés de Yoshihiro Tatsumi (entre ellas Una vida errante, que aquí acaba de sacar Astiberri), y ahora acaban de lanzar una recopilación de historias cortas de un autor de gekiga de "la segunda generación", Susumu Katsumata (1943-2007), que empezó en Garo en 1966. En las historias recopiladas en Red Snow nos encontramos con el típico horizonte formal de narración limpia para historias sucias, un poco como en Tatsumi, que es tanto como decir que es como si siguiéramos una estirpe que desciende en segunda generación desde Tezuka, que a su vez es tanto como decir un Disney de tercera generación aplicado a una suerte de neorrealismo ingenuo o casi infantil. Al contrario que Tatsumi o Tsuge, Katsumata se centra en el mundo rural (cuenta en una entrevista incluida en el volumen que de chaval llevaba ganado, y se encontraba más a gusto entre los animales que entre las personas), aunque reaparecen muchas de las figuras sórdidas a las que ya nos ha acostumbrado el escaso contacto que hemos tenido con el gekiga: las putas, los maltratadores, los adúlteros... A veces se introduce en el reparto un elemento fantástico integrado con tanta discreción que dudamos de su verdadera existencia, como en el caso de los kappas, una especie de duendecillos silvestres anfibios. Por un momento, casi podemos pensar que estamos leyendo una historia surgida de la pesadilla de un Miyazaki borracho después de una noche de putas, el reverso guarro de Mi vecino Totoro. Todo contado, dicho sea de paso, con mucha pulcritud y sin excesos gráficos.
Katsumata no es autor de grandes epifanías ni resoluciones contundentes. Sus historias se quedan como medio colgadas y a veces uno tiene la sensación de que no las ha entendido del todo bien y necesita releerlas con un poco más de atención. No impresiona a primera vista. Pero sí es cierto que el tipo de historias que hace se anticipa en 25 ó 30 años a lo que los autores de novela gráfica occidentales están intentando encontrar hoy en día. Por eso se le traduce ahora.