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lunes, 16 de septiembre de 2013

SPX 2013



Este fin de semana estuve en la SPX 2013, en Bethesda. Como ya es mi tercer año consecutivo y os he dado la brasa en años anteriores, no me voy a extender al respecto. Las sensaciones fueron parecidas a otros años: mucha actividad, mucha gente joven, mucho talento y muchos tebeos raros que me traje para casa. El espacio era el mismo y las actividades principales también se movían en la misma línea, de manera que no hubo grandes novedades. Tal vez se pueda pensar que el año pasado había colas más largas para las firmas, pero claro, ¿cómo se puede superar un cartel con Chris Ware, Daniel Clowes y los Hernandez a la cabeza?

En la foto que encabeza este post me tenéis flanqueado por Pepo Pérez, que vino a visitarnos desde Nueva York, y por Robur, un habitual de los comentarios de este blog que también vive en la Costa Este. Tuve la oportunidad de disfrutar de su compañía durante el fin de semana y lo pasamos muy bien. En mi Flickr podéis encontrar unas cuantas fotos de la fiesta que se celebró en Atomic Books el viernes y de la jornada del sábado en la SPX. Hay retratos de Seth, Tom Spurgeon, Gary Panter, Lisa Hanawalt, Michael Kupperman, Jeffrey Brown, Adrian Tomine, James Kochalka y muchos otros.

Flickr de Mandorla

Crónica de SPX 2011
Crónica de SPX 2012

sábado, 10 de septiembre de 2011

SPX 2011: EN EL PAÍS DE LOS HOMBRES CON BARBA


Debo decir que los americanos, tan atentos ellos a cada detalle, han tenido el buen gusto de prepararme un recibimiento comiquero muy equilibrado a mi llegada a su país. Al poco de desembarcar me encontraba con la Comicon de Baltimore, de la que ya hablé y en la que me di un verdadero baño de comic books viejos del que todavía se están viviendo las secuelas en Mandorla. Y en el otro extremo del espectro de las viñetas, hoy he estado visitando la SPX, Small Press Expo, que se celebra este fin de semana en Bethesda, a medio camino de Baltimore y Washington D.C.

Y la SPX es muy interesante, porque es una experiencia completamente distinta de la Baltimore Comicon y (presumo) de San Diego y de cualquier otro evento comiquero mayoritario que se celebre en este país.

Mientras que la Comicon de Baltimore ocupaba un inmenso pabellón de congresos en pleno centro de la ciudad, la SPX sólo ocupa un salón (grandote, eso sí) en el Mariott Bethesda North Hotel & Conference Center, en un suburbio perdido de la mano de Dios en pleno urban wasteland, que, por otra parte, es el paisaje dominante en lo que he podido ver hasta ahora de los Estados Unidos. A pesar de que la escala del festival de Bethesda no es comparable a la de Baltimore (y ni me puedo imaginar a la de San Diego), mi primera impresión al ver el recinto fue «qué grande y cuánta gente». Y la verdad es que allí se concentraban muchísimos expositores y el público era muy numeroso. La entrada cuesta lo que aquí llamarían un precio simbólico (10$, lo mismo que costaba la bolsa oficial del festival, con un precioso dibujo de Jim Woodring), y de hecho no había nadie en la puerta controlando el paso de los visitantes. Aún así, todo el mundo hacía cola para pagar religiosa y honradamente su registration.

El salón de los alternativos

Dentro de la sala, uno de los efectos más llamativos que produce la SPX es el de continuidad, frente a la habitual parcelación de los festivales de cómic que estamos acostumbrados a ver en Europa. En lugar de una serie de casetas individuales, cada una con su propia personalidad característica, debida a la personalidad de la editorial que la ocupa, en la SPX hay largas mesas que se continúan formando un todo en el que diferentes autores y editoriales se muestran contiguamente unos a otros, con frecuencia sin ningún distintivo que los identifique y separe de los que tienen al lado. Así, te das cuenta de que estás hablando con Tom Neely cuando ves que tiene El borrón sobre la mesa y te fijas en su nombre en la etiqueta de la organización que le cuelga del cuello, pero no hay nada que lo diferencie del anónimo fanzinero que tiene al lado. Algo parecido ocurre con las editoriales, de las que creo que sólo Top Shelf anunciaba su presencia con unas letras colgadas de un cordel. Es decir, diría que el primer mensaje que manda la SPX es de unidad. Como si hubiera un espíritu compartido entre todos los que están allí, independientemente de sellos editoriales, y como si fuera importante que todos comprendieran que están en armonía y que el chaval que garabatea páginas de zombis con menstruación pudiera legítimamente beneficiarse de la cercanía de Craig Thompson. Todos en el mismo barco.

James Kochalka

Sí, juntos pero no revueltos. Es curioso ver cómo en la charca pequeña el pez chico se hace grande, y aunque no hagan alarde de ello, el salón está claramente dominado por Drawn & Quarterly y Fantagraphics que, curiosamente, ocupan posiciones casi opuestas en la topografía del evento. Como dos superpotencias que se hubieran repartido el mundo, cada una extiende su influencia a su alrededor sin necesidad de encontrar el estorbo de la otra en su campo visual. Cerca de Fantagraphics estaba Picturebox y Ponent Mon. Al lado de Drawn & Quarterly, Top Shelf y Adhouse.

Craig Thompson

Entre medias, un inmenso mar de tebeos completamente desconocidos por mí, en su mayoría. Para ser completamente sinceros, esa mayoría también es plenamente fanzinera, y mucho de lo que te encuentras hojeando en las mesas no aparenta más calidad que la que te encontrarías en la sección de fanzines del Salón del Cómic de Barcelona de cualquier año (lo digo sin intención peyorativa, por favor; no digo que sea malo, digo que no es ni mejor ni peor). Había mucho minicómic naif que ya me tiene bastante aburrido, mucho comic arty de estilo elegante y predecibles colores pastel, y hasta mucho cómic guarrote gore estilo tebeo de instituto de 1989. En fin, mucho de todo, demasiado para procesarlo en un rato (y yo no tenía más que un rato, al cabo de un par de horas en estos sitios empiezo a saturarme y no puedo seguir) y finalmente acabé encaminándome a las grandes, que son las que tienen lo que más me tira, al fin y al cabo: un par de Yokoyamas y un Panter en Picturebox, el nuevo Optic Nerve en Drawn & Quarterly, el nuevo Michael Kupperman en Fantagraphics (pero, ay, está más barato en amazon...).

Dan Nadel

El público en Bethesda me ha parecido bastante más joven que en Baltimore. De hecho, diría que la gran mayoría de los presentes en la sala eran veinteañeros. Chicos y chicas por igual, y no daba la impresión de que las chicas fueran las novias de los chicos. Venían por interés propio, como la que llevaba un maletín donde estaba escrito «Girl's comics». Otra diferencia con Baltimore: mientras que en la Comicon imperaba el tebeo viejo, aquí todo era nuevo. Brand new, flamante, recién salido de imprenta (o de la fotocopiadora) para la ocasión. La impresión es que mientras que la Comicon de Baltimore mira sobre todo hacia el pasado, la SPX mira principalmente hacia el futuro.

También había algo (previsiblemente) distinto: ausencia de disfraces, nada de cosplay. A menos, claro, que consideremos como un disfraz (el disfraz oficial) el look de gafas, barba y camisa de cuadros que lucía aproximadamente uno de cada tres varones veinteañeros allí presentes.

Más diferencias: el apartado teórico y divulgativo, es decir, las mesas redondas y los encuentros con los autores, tiene una presencia mayor que en la Comicon. Digamos que la vertiente cultural se toma más en serio. Eso no quiere decir que el evento no sea principalmente comercial, por supuesto. De hecho, a veces resulta un poco agobiante el evidente deseo de los expositores de vender. Pero claro, hay que tener en cuenta que en la mayoría de los casos el expositor, el editor y el autor son la misma persona. Educadísimos y superamables, como son siempre en todo trato público los americanos, cada uno de los ilusionados autores y aprendices de autores te capturan en cuanto tu mirada se cruza con ellos y te intenta vender la moto. Y por lo general da gusto hablar con ellos y que te cuenten la monserga, pero al cabo de un rato ya no puedes más y empiezas a evitar el contacto ocular. Una hormiga no te atosiga, pero un hormiguero entero acaba por agobiar. Curiosamente, el hambre que se ve en la mirada de muchos de los presentes en la SPX contrasta con la reptiliana serenidad de los expositores de la Comicon. Los traficantes de comic books antiguos, con sus precios escandalosos, no hacen el menor esfuerzo por atraerte. Saben que lo que quieres lo que tienen, saben que sabes lo que tienen y saben que tienes dinero y que quieres dárselo, y sólo tienen que esperar sentados a que vayas a llevárselo. No necesitan venderte el producto.

Quizás el gran aliciente de la SPX para el aficionado al cómic de autor americano sea la posibilidad de entrar en contacto directo con muchos de los autores y editores más conocidos. Y tan directo como que te encuentras a Brian Ralph o Jim Rugg, por decir sólo dos nombres, cobrando en un puesto. Durante el rato que he estado allí, podías acercarte al mencionado Craig Thompson, a James Kochalka, a Chester Brown, a Dan Nadel, a Craig Yoe y a unos cuantos más y trabar conversación con ellos sin ningún tipo de apreturas ni agobio. Todo el mundo, además, está deseando saludarte. El buen rollo flota en el ambiente.

Chester Brown

Indudablemente, la SPX es para exprimirla más a fondo de lo que he hecho yo. Es para estar allí todo el día, y si es posible los dos días. Sólo así se puede encontrar el tiempo necesario para revisar a fondo el ingente catálogo de cómics que se ofrece, para buscar un rato en que charlar con tus autores favoritos, y para asistir a todas las mesas redondas que merecen la pena. La sensación de concentración de energía y actividad es enorme. El mundo del Small Press Comic aquí en América parece muy pequeño pero muy dinámico, muy activo, muy ilusionado y con mucho futuro. No creo que toda esta gente vaya a abandonar su amor por los tebeos de hoy a mañana.

Y la última -y obvia- tontería antes de cerrar. Si en España prácticamente sólo se produce ya small press, ¿para cuándo una SPX en nuestro país?

jueves, 25 de agosto de 2011

EL (VIEJO) SUEÑO AMERICANO


Lo más parecido que voy a hacer en la vida a dar una vuelta a la manzana conduciendo un Ferrari Testarossa es lo que hice este fin de semana pasado: tener en las manos el número 15 de Amazing Fantasy. Por si algún lector de Mandorla no lo sabe, es el tebeo donde aparece por vez primera Spiderman, un simple comic book de grapa que se publicó en 1962, que se vendía en su día por 12 centavos y que este sábado y domingo se podía comprar en la Comicon de Baltimore por apenas 45.000 dólares. Allí estaba, era real, su presencia física era auténtica. De hecho, no había sólo una copia, sino varias (con precios más asequibles, aunque siempre por encima de los 6.000 dólares). También había múltiples copias de Fantastic Four #1, X-Men #1 (y Giant-Size X-Men #1, por supuesto, de hecho vi cómo compraban una delante de mí) y todas las demás primeras apariciones de personajes históricos del comic book americano salvo, tal vez, Batman y Superman. No llegué a localizar ninguna copia de Detective Comics #27 ni de Action Comics #1. Tal vez las tuvieran guardadas en alguna cámara acorazada, como al atareadísimo Stan Lee, que tenía sesiones de firmas y de fotos (a 50$ la instantánea) a todas horas, protegido de la amenaza de las amistosas cámaras espontáneas por un cubículo tapado con un telón negro parecido al de la Kaaba. En realidad, los peregrinos disfrazados de Stormtroopers, Nightwing, Dazzler o Capitán América (look The First Avenger, este año) parecían tan devotos como cualquier fiel de una religión oficial.

Y más divertidos, claro, porque se trata de la religión del cómic. La que todos aquí profesamos.

No llevaba ni diez días en Baltimore cuando descubrí que se me venía encima una convención de cómics. Mi primera convención americana, lo cual es un gran acontecimiento para alguien que lleva leyendo tebeos de superhéroes toda su vida. La Comicon de Baltimore no es la de San Diego, evidentemente, pero tiene su importancia. Aquí se conceden los Harvey, que compiten con los Eisner por la distinción de galardones más prestigiosos del cómic americano, y la ciudad está a driving distance de Nueva York, Washington y Filadelfia, lo que permite a cualquier aficionado de esas ciudades ir y volver en el día. El evento se celebra en un inmenso Pabellón de Convenciones en pleno centro de Baltimore, al lado del Inner Harbor, que es la zona más turística, así que resulta de fácil acceso. El precio de la entrada son 30 dólares por los dos días, lo cual a esta gente les parece francamente barato.

Fue todo tan imprevisto que debo reconocer que, después de toda una vida esperando este momento, me pilló por sorpresa y sin preparación. Tal vez por eso al minuto de entrar en el pabellón estaba aturdido de ver tantos, tantos y tantísimos tebeos históricos por todas partes. Tebeos que había leído cien veces en cien ediciones españolas y reediciones americanas, pero que ahora estaban delante de mí en su versión original, todos por supuesto prolifácticamente protegidos dentro de sus bolsitas.

Por lo que contaba el Tío Berni de San Diego, allí la presencia de los elementos periféricos al cómic -merchandising, licencias, películas- era abrumadora. En Baltimore, sin embargo, el ochenta por ciento del espacio estaba ocupado por puestos de librerías de coleccionismo de comic book antiguo. Básicamente, lo que había por todas partes era tebeos, y sobre todo, tebeos viejos. De eso no deduzco que hubiera más tebeos en Baltimore que en San Diego. Probablemente los mismos libreros -y más- que acudieron a Baltimore también estuvieron en San Diego, pero aquí, al haber menos parafernalia externa, su presencia era proporcionalmente más importante. Fuera como fuese, el caso es que había muchísimos tebeos de la Golden Age, muchos más de los que jamás había podido ver en persona, y no sólo de Timely y National, sino de todas las demás editoriales pioneras que uno sólo conoce a través de los libros de historia: Fiction House, Fawcett, Lev Gleason, etc. Había originales de EC, de Crime Does Not Pay, de cualquier cosa que uno pudiera imaginarse hasta la Era Marvel. Y luego estaba la Era Marvel. Creo que no me equivoco si digo que, teniendo el dinero suficiente, uno podría haberse llevado de la Comicon una colección completa de todos los tebeos Marvel publicados desde Fantastic Four #1 hasta nuestros días. Estoy seguro de que las décadas de los 60 y 70 estaban completas, al menos. Eso sí, a qué precios. Pero ay, amigo, el coleccionismo es un capricho caro, y en este país cuya renta per cápita supera en varias veces a la española, lo practican señores de edad madura con pinta de tener unos ingresos muy abundantes. Señores que departían con los comerciantes con la familiaridad de los viejos amigos y que probablemente estaban a pocos ejemplares de terminar su Whiz Comics o su Planet Comics. No me cabe la menor duda de que en un momento determinado había en el pabellón decenas de personas que ya poseían el dichoso Amazing Fantasy #15 antes de entrar en la Comicon. Se les veía en la cara.

Yo, modestamente, me di los caprichos que pude permitirme. Si uno no tiene demasiadas exigencias con el grading, puede encontrar cositas. Los libreros, además, siempre están dispuestos a negociar y a hacer precios por lotes. Y, por supuesto, había miles de cajas de saldo que a veces no eran nada despreciables. Además, ya sabemos que, pagues lo que pagues, probablemente dentro de unos años podrás venderlo por más. En fin, que racionalizaciones no faltan. Sea como sea, ya hablaremos de ese material en Mandorla cuando tenga tiempo.

Aparte de los tebeos, lo que ya se sabe: señoritas como la de la foto, a montones. También señores. Una convención sin disfraces no es convención, está claro.


También es curioso ver las mesas de «artistas», donde dibujantes de todo tipo y pelaje ocupan su espacio haciendo dibujos y dedicatorias a cualquier aficionado que se les acerque. Lo mismo se encuentra uno a absolutos desconocidos que a Jason Pearson o Mike Grell. La mayoría estaban desocupados.

Que quede claro: la Comicon de Baltimore es una convención mainstream, una celebración del old comic book way. Un asunto de coleccionistas y aficionados a los superhéroes Marvel y DC, mayoritariamente, que en Estados Unidos todavía son legión, suficientes al menos para mantener este tinglado. Sí, podías encontrar a Denis Kitchen muerto de aburrimiento en un puesto, o al amabilísimo Chris Staros al frente de la delegación de Top Shelf (que creo que era la editorial independiente con presencia más fuerte en el evento). Allí también tuve ocasión de saludar a José Villarrubia, un madrileño que lleva treinta años afincado en Baltimore y que precisamente se llevó el Harvey al mejor colorista por una novela gráfica que he traducido yo, Cuba: My Revolution. Enhorabuena, José.

Pero, como digo, la Comicon está montada según el canon clásico que divide el cómic en mainstream y alternativo. Todo lo que no tenga que ver con Kirby y derivados es puramente marginal. Eso no quiere decir que fuera de la Comicon la situación sea exactamente la misma. La siguiente foto es de una mesa que hay a la entrada del Barnes & Noble de la Johns Hopkins University:


«Lecturas obligatorias» para el curso: Persépolis y Maus. Ahí, al lado de Hemingway y otros clásicos escolares. Sin embargo, me hubiera costado mucho encontrar algo de Marjane Satrapi o de Art Spiegelman en el Pabellón de Convenciones.

Pero tampoco lo busqué. Cada cosa en su sitio. En la Comicon estuve demasiado atareado navegando entre las olas de los comic books favoritos de mi infancia y haciendo planes ya -como el Pensador Loco- para llegar mejor preparado al siguiente evento. Y si no mejor preparado, al menos con una tarjeta de crédito. Porque en este país, si no tienes crédito, no eres nadie. Aunque ahora que lo pienso, tal vez no me haga falta, porque la próxima cita es la SPX en Bethesda, al lado de Baltimore, y se trata de una convención de cómic de autor. Y allí el rollo supongo que será otro, y no la zambullida gozosa en mares de papel amarillento. Veremos.