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lunes, 12 de agosto de 2013

THAT'S ENTERTAINMENT



The Superior Pepo-Pérez está realizando una estancia veraniega en la School of Visual Arts de Manhattan, y además lo está contando en su blog. A todo el que le interese aprender la experiencia, le aconsejo que eche un vistazo a estas entradas de Es Muy de Cómic. (Y sin duda seguirá actualizando).

Y como Nueva York no está tan lejos de la Mandorlacueva, esta semana tuve a Pepo de visita por territorio Barksdale. En su compañía visité por vez primera uno de los hitos del cómic en Baltimore, que hasta ahora, y de manera incomprensible, inexcusable e inverosímil, había dejado pasar: el Geppi's Entertainment Museum, que se presenta bajo el lema The Ultimate Pop Culture Experience!


Steve Geppi es un nativo del Little Italy de Baltimore que hizo fortuna al crear la mayor distribuidora de cómics de Estados Unidos, Diamond. Con su colección personal como base, en 2006 fundó este «Museo del Pop», sitio en pleno centro de la ciudad, en Camden Yards, que es precisamente el estadio del histórico equipo de béisbol, los Orioles, de los cuales Geppi también es propietario parcial.


¿Por qué he tardado dos años en visitar este templo del frikismo que tengo a quince minutos en coche de mi casa, y por qué ha hecho falta que me envíen al Agente Pepo directamente desde Málaga para que por fin me decidiera a dar el paso? Pues no es fácil de explicar, desde luego. Probablemente imaginara que el museo serían un par de salones desangelados y medio abandonados con cuatro recortables y alguna impresión de portadas de cómics, una especie de barraca de feria de pueblo muerta de asco y tristeza.

Qué equivocado estaba.

El Museo es realmente espectacular, y recomiendo a cualquiera que pase cerca de Maryland y esté interesado por los cómics, los juguetes, el cine, la televisión, la música y, en resumidas cuentas, la industria cultural americana de los últimos 100 años, que se planifique una visita. No es muy grande, pero es muy intenso.

En una sola planta que se recorre siguiendo un único pasillo se distribuyen varias salas temáticas que van siguiendo el desarrollo de la cultura popular americana en orden más o menos cronológico y temático. La cantidad de material expuesto es abrumadora, y se puede seguir un discurso con cierto sentido, aunque también es verdad que se echan en falta cartelas explicativas para cada una de las piezas. Digamos que el recinto está a medio camino entre un museo tradicional y el alucinante Museo del Juguete Antiguo de México DF.

El pasillo se divide en un ala derecha (Superman de pie) y otra izquierda (Superman volando).




El espacio está aprovechado hasta el último centímetro, y no hay un palmo de pared sin algo colgado, ni una hueco en una sala que no contenga una vitrina, y una vitrina que no esté cargada hasta los topes. La acumulación de materiales heterogéneos recuerda un poco a una Wunderkammer de la edad moderna. La asociación era casi inevitable: un rato antes habíamos estado viendo una reconstrucción de un gabinete de curiosidades en el museo de arte Walters, el más importante de la ciudad. Y más allá de la casualidad, creo que la comparación no es demasiado desatinada: ¿no fueron aquellas cámaras de las maravillas el origen del coleccionismo que hoy representan mejor que nada estos archivos de artículos nacidos para ser efímeros?

El Geppi sugiere que la visita se inicie por la sala 1, en el ala derecha, titulada A Story in Four Colors. Aunque cada cual tendrá sus objetos fetiche favoritos dentro de la colección, para mí personalmente esta sala es la que justifica por sí sola la visita. Está dedicada por completo a la historia del comic book, y recoge primeras ediciones desde los años 20 y 30 hasta nuestros días. No sólo de tebeos de grapa, por cierto, sino también de Little Big Books y de revistas pulp.

Ésta es la vista desde la puerta de entrada:


Vamos a echar un vistazo más de cerca a esa primera vitrina que nos encontramos nada más entrar:



Sí, amigos, ahí hay un Action Comics #1 y un Detective Comics #27. En bastante buen estado, debería añadir. No creo que costase demasiado conseguir un millón de dólares por los dos. Casi me da un soponcio al verlos: creo que es la primera vez en mi vida que los he tenido delante en persona. Tampoco es que el resto de la vitrina sea desdeñable: entre otras fruslerías hay un All-American Comics #16 (primera aparición de Green Lantern), un Sub-Mariner #1 (1941) y un Walt Disney's Comics and Stories #1 (1940), todos ellos tebeos que, lamentablemente, aún faltan en mi colección privada.

Uno podría tirarse el día entero en la sala de los tebeos. Hay decisiones expositivas un tanto extrañas, eso sí. EC Comics disfruta del muy merecido honor de recibir una columna de exposición exclusiva para sus títulos, pero la otra columna de esa misma categoría está dedicada, sin embargo, a los cómics de la Atlas de los años 70, que hoy en día son una frikada tan marciana que ni los más excéntricos coleccionistas han conseguido que suba su cotización (cualquier día de estos tengo que hacer una entrada sobre esa locura que es Planet of Vampires).

Por otra parte, hay algunos fragmentos de las estanterías que uno se llevaría a casa sin dudarlo, como por ejemplo esta pequeña secuencia arácnida que incluye Amazing Fantasy #15 (primera aparición del trepamuros), Amazing Spider-Man #1 y Amazing Spider-Man #39 (el primero de John Romita).


Otro de los que inspira cierto fervor religioso es el Fantastic Four #1.


Más allá del aturdimiento que produce sentir la presencia física de ciertos hitos históricos del cómic (reconvertidos ahora a hitos económicos del coleccionismo), esta primera sala ofrece un viaje muy entretenido por las diferentes épocas del medio, poniendo en extraña y en ocasiones reveladora relación portadas y colecciones que definen épocas y tendencias.



Por supuesto, uno no disfruta del privilegio de manejar y ojear todos estos tebeos, pero en el Geppi saben que la portada no lo es todo, de manera que en la sala hay unos puestos electrónicos con pantallas táctiles que permiten leer versiones digitales de clásicos como la primera aparición de Batman y algunos otros. Pepo Pérez se prestó a hacer una demostración del artilugio para los lectores de Mandorla:


Yo me habría quedado a vivir en esa sala, pero al final hay que salir y tomar aire, e ir al encuentro de otros tesoros. No voy a hacer aquí un recorrido detallado por el resto del museo, pero al menos dejaré unas pocas imágenes de muestra, con algún comentario añadido.

Una  notable colección de novelas y revistas pulp de ciencia-ficción y fantasía:





Clásicos del cómic de principios del siglo XX: originales, páginas y merchandising de todo tipo:





Una cantidad incomprensible de carteles de cine, cómic, televisión, juguetes y música de todas las épocas, géneros y estilos:









Juguetes para entretener a varias generaciones de niños. Incluyendo una colección muy completa de Howdy Doody, muy probable inspirador del Woody de Toy Story.













Y, por supuesto, lo más importante de todo: una tartera de Espacio 1999:


Para ir terminando, mencionaré uno mis rincones favoritos del Museo, el de Martin Luther King, pop star:


Y bueno, si vas al servicio ya te cagas (lo siento, tenía que decirlo):


Sales del Geppi aturdido, dando tumbos, intentando poco a poco abandonar el reino de fantasía que acabas de visitar para volver al mundo real. Y al poco te encuentras con este puesto callejero de bebidas, sin ninguna relación con el Museo, y entonces te das cuenta de que en América a veces no tienes mundo real al que volver.



lunes, 25 de julio de 2011

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 1: INTRODUCCIÓN


INTRODUCCIÓN

14 de junio de 1997. En Nueva York, Sotheby’s celebra una subasta de comic books donde salen a la venta centenares de tebeos de los años 40 y 50, además de originales y parafernalia relacionada con el medio. Las pujas se suceden con la misma grave eficiencia que si se subastaran tallas medievales o arte contemporáneo; sin embargo, un escalofrío recorre la espalda de los postores cuando se anuncia el “Lote 122”.

Detective Comics nº 27, fecha de portada mayo 1939.

El precio de partida es de 40.000 dólares, pero sube a velocidad supersónica a medida que los postores se apresuran a levantar su tarjeta de identificación. En cuestión de minutos, el Lote 122 se ha vendido. El comprador, una vez añadida la tarifa de Sotheby’s, tendrá que desembolsar un total de 68.500 dólares. Más de diez millones de pesetas.

¿Qué puede impulsar a una persona a entregar semejante suma de dinero a cambio de un fajo de papeles impresos hace 58 años que en el momento de su publicación se vendía por 10 centavos, una cantidad módica incluso entonces ?

Responder a esta pregunta podría llevarnos a indagar en la brumosa psicología del comprador 407 y sus derrotados competidores, pero ese estéril ejercicio no acabaría de contarnos toda la verdad, a menos que nos detengamos un momento a examinar el Lote 122. ¿Qué es lo que hace que sea distinto de los demás comic books subastados ese día ?

Detective Comics 27 fue la primera aparición de Batman ante el público.

Se estima que existen unos 100 ejemplares de ese tebeo, en el cual se inició la publicación, ininterrumpida seis décadas después, de las aventuras del Hombre Murciélago, enmascarado justiciero de Gotham City.

Origen de miles de historietas, de series de televisión que revolucionaron el medio y marcaron a una generación, de escandalosos cuadros pop, de películas de más de 200 millones de dólares de presupuesto, de ventas ingentes por concepto de merchandising, Batman parece una criatura capaz de merecer semejante desembolso.

Y, sin embargo, lo más irónico es que Detective Comics 27 no es Batman, es sólo su germen, un mínimo fragmento del monstruoso tapiz tejido inconscientemente por centenares de profesionales de muchos medios trabajando en armonía sin mayor coordinación que una imagen que ya pertenece a la cultura común occidental.

Batman es arquetipo del héroe popular que vino a sustituir a los caducos héroes novelescos decimonónicos tras la II Guerra Mundial. Heredero de aventureros como la Sombra, Sherlock Holmes, Doc Savage y el Zorro, Batman los supera a todos ellos por su mayor capacidad de transformación y adaptación a nuevas formas, a nuevos medios, a nuevos tiempos.

El héroe novelesco también puede reproducirse en soportes nuevos. Pero cuando debatimos la mayor integridad del Sherlock Holmes interpretado por Basil Rathbone o por Peter Cushing, siempre sabemos que en última instancia podemos contrastar su autenticidad acudiendo a la fuente : las novelas de Arthur Conan Doyle.

Eso es precisamente lo que distingue a Batman de todos sus precedentes : no existe una sola fuente, no existe un modelo canónico. Habrá quien prefiera al pasmado instructor disciplinario de una azucarada Gotham City que interpretó Adam West junto a Burt Ward-Robin en la serie televisiva de 1966. Otros defenderán al neumático superhombre de goma concebido en las películas de Tim Burton, o incluso su lisérgica perversión en las de Joel Schumacher. También se puede elegir al estilizado vengador nocturno de la serie de animación de los años 90, agazapado sobre alguna gárgola art déco. Difícilmente alguien alabará las mostrencas versiones dadas por los seriales cinematográficos de los años 40, pero, en todo caso, ellas también existen. Incluso los muñecos articulados han desarrollado su propia visión del Murciélago, no exenta de cierto sentido narrativo.

Para zanjar la polémica queda el recurso a los comic books. Podemos afirmar : “El Batman auténtico es el Batman de los tebeos.” Pero ésta sería una afirmación precipitada. ¿De qué tebeos estamos hablando entonces ? ¿Alguien puede proponer sinceramente que es el mismo personaje el de Bob Kane en 1939 que el de Dick Sprang en 1955 ; el de Carmine Infantino en 1964 que el de Neal Adams en 1971 ; el de Marshall Rogers en 1977 que el de Frank Miller en 1986 ? ¿Alguien cree que el Batman que se publica en 1998 reúne todas las cualidades reconocidas por el Señor de la Noche a lo largo de sus diversas encarnaciones ? Eso es imposible, por la sencilla razón de que muchas de esas cualidades son irreconciliablemente contradictorias.

Ejemplo de obra que supera a sus múltiples y fugaces autores, Batman es como una pirámide impresa, una faraónica creación compuesta de rasgos tan simples y vértices tan afilados que no puede asociarse a una época concreta. Nacido en los abruptos y exigentes años 40, es igualmente actual en el caleidoscopio pop de los 60, la resaca hippie de los 70, el materialismo feroz de los 80 y el desorden referencial de los 90. Su coche cambia, se actualiza, pero él permanece inmutable, siempre nuevo, sin apenas necesidad ni siquiera de retocar su indumentaria característica.

En cada momento es muchas cosas simultáneamente, y hay que asomarse a todas ellas para intentar comprender el cuadro completo, que en gran medida es el cuadro de la sociedad urbana en el siglo XX. Puede ser, por ejemplo, un objeto de diez millones de pesetas en una subasta. Puede ser una obsesión en la vida de un coleccionista compulsivo. Puede ser, también, una más de tantas muletillas culturales con las que cojea nuestro saturado ocio contemporáneo. Michael Keaton, uno de los hombres que se ha calzado la capucha del Murciélago, opinaba lo siguiente : “Creo que nos tomamos el cine demasiado en serio, de verdad que lo creo así. Creo que somos demasiado conscientes del cine en demasiados niveles, y lo que me preocupa es la gente que es realmente fanática del cine, y más específicamente los fanáticos de la ciencia ficción y de Batman, a quienes durante el rodaje llamábamos los fundamentalistas de DC. Sé que pagan mucho para ver las películas, así que no me voy a burlar de ellos, pero no puedo simpatizar con esa actitud. No la entiendo. O sea, hay películas, hay tebeos, ¡y además está la vida !