
Hace muchos años, un personaje del tebeo underground español fue un icono mundial. Era un perrito que se transformó con un par de retoques en Cobi, la mascota de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Javier Mariscal fue quien realizó ese pequeño acto de magia que ya no se ha vuelto a repetir. Porque Javier Mariscal, diseñador de fama mundial, resulta que era también dibujante de tebeos. Viendo el impresionante volumen de Los Garriris (Sinsentido, 2011) que se acaba de publicar, diríamos casi que era, ante todo, dibujante de tebeos.
Dibujante de tebeos de talento y alcance internacionales, que por sus esfuerzos ha sido recompensado por el mundillo del cómic español con el desdén, la burla y el olvido. Así nos va.
Mariscal publicó historietas a los largo de los 70 en cabeceras ya legendarias del underground español, hasta que este se canonizó en los 80 con El Víbora. Sus páginas también aparecieron entre las de la constelación internacional de dibujantes que Art Spiegelman y Françoise Mouly desplegó en el mítico Raw (junto a Tardi, Tsuge, Swarte o Martí, entre otros) y sus Garriris acabaron recogidos en un álbum de la colección Misión Imposible, verdadero tesoro del cómic español de los 80. Después, el silencio. Mariscal se ha pasado décadas en otros menesteres. El cómic español, también.
Y ahora ha regresado con este tomazo de Los Garriris que no es exactamente la recopilación definitiva de sus viejas historias. El libro, desde luego, toma como punto de partida el material antiguo, pero Mariscal lo ha redibujado, remontado, recoloreado y remezclado con otros materiales artísticos (ilustraciones, pinturas, bocetos) hasta dotarlo de nueva vida y convertirlo en algo actual, y no en un ejercicio de nostalgia o de arqueología. Debo decir que esto no es algo que se pueda hacer con cualquier tebeo vanguardista de los 80, pero con Los Garriris funciona perfectamente, y casi diría que es ahora cuando mejor encajan sus historietas con el panorama general del cómic. Hoy se puede concebir que la proyección del cómic como arte contemporáneo no es una idea descabellada de un alucinado, sino la inspiración de un visionario. Hoy se comprende que el puente que tendió Mariscal desde George Herriman acaba en la otra orilla en Juanjo Sáez, y deja muy atrás referentes coetáneos como Keith Haring. Porque hay una modernidad implícita en Los Garriris que es verdaderamente clásica. Los tebeos de Mariscal están más allá del tiempo, habitan el reino platónico de las ideas perfectas donde solo son un esqueleto puro, sublime y lleno de potencial por realizar.
Leer Los Garriris es sumergirse en un estado de ánimo hedonista. De pronto, estamos a la orilla del mar, solo pensamos en la fiesta y en relajarnos, somos a la vez muy inocentes y muy golfos. Unos golfos apandadores, casi. Colores muy básicos y muy primitivos nos guían por un mundo de líneas sencillas y vivas. La actividad arquetípica de los garriris es la pesca, y eso es exactamente lo que es cada una de sus historietas: el acto gráfico de pescar. Mariscal echa unas líneas -el sedal, la caña, la playa- y espera que la inspiración pique. Y en el mar fértil de su imaginación, siempre hay algo que sacar. Es solo un juego, pero es el juego más importante del mundo. A veces toda la tradición del viejo tebeo está presente de forma explícita, como en la antológica «Nos vemos esta noche nenas», y a veces está implícita, como en la maravillosa «Crash» que es, para mí, toda una tesis sobre la obra de Coll en cuatro páginas de dibujos. Como en las mejores obras de la novela gráfica contemporánea, Mariscal reelabora los materiales del viejo tebeo y los depura hasta dejarnos lo más provechoso y válido para nuestros tiempos. Quizás por eso, repito, ahora es cuando Los Garriris parecen más espléndidamente oportunos.
Por su contenido y por la calidad de la edición, Los Garriris es tal vez el libro más bello que haya dado el cómic español. A partir de él, podemos hablar de cosas serias, de cosas de humor, de cosas de garriris.
Y porque me apetece y porque Los Garriris me lo pide, dejo esto aquí:




