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miércoles, 16 de febrero de 2011

PARA CREAR UN SUPERHOMBRE LO SUFICIENTEMENTE FUERTE COMO PARA DESTRUIR EL MUNDO ENTERO

En los episodios anteriores: Mandorlaman pasa unos meses en el extranjero y a su vuelta a casa se encuentra con un montonazo de tebeos acumulados. Cumpliendo disciplinadas jornadas de lectura viñetera, intenta ponerse al día y dar cuenta de sus impresiones en este blog.

No lo consigue.

Pero persiste en el empeño, y aunque haya podido dar la impresión de que desde su regreso sólo ha estado leyendo tebeos americanos (véanse los ejemplos uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis), no es así. Como muestra sirva este post, donde cómics de los más diversos estilos y temáticas se amontonan por el sumario criterio de que proceden todos de Francia.


Vamos a ello y, para no demorarnos con las cosas desagradables, empecemos con lo peor. En realidad, Dios en persona (Sinsentido, 2010), de Marc-Antoine Mathieu, no es tan malo como parece, ni siquiera tan malo como me habían dicho. Sí, es rancio, ochentero y más pretencioso que The Sandman encuadernado en cuero, pero Mathieu cumple unos mínimos de habilidad narrativa que hacen que, pese a todas las veces que a uno se le cae el libro de las manos, todavía le queden ganas de hacer el esfuerzo de agacharse a recogerlo. Sí, el dibujo recuerda vagamente al gran Daniel Torres circa El Octavo Día, y la historia es una versión apelmazada de La tournée de Dios de Jardiel Poncela (precisamente recién reeditada por Blackie Books con portada de Jonathan Millán), que es una verdadera comedia, o sea, graciosa, no como esto, pero... vaya, finalmente pienso que podía haber sido peor.


Cumplidos con los desagradables deberes, pasemos a cosas más gozosas: Amistad estrecha (Diábolo, 2010), de Bastien Vivès. Sí, todos los que leéis Mandorla ya debatisteis sobre este tebeo hace unos meses, pero ahora llego yo y lo leo con la perspectiva del distanciamiento, sin el furor de tener que dar mi opinión antes que nadie. O sea, con frialdad. Y con frialdad digo que si yo caí bajo el hechizo de El gusto del cloro y de En mis ojos, Amistad estrecha me ha dejado noqueado. El mejor de los tres, con diferencia, y está claro que este chaval tiene un talento que crece a ojos vista. Para mí, lo grande de este tebeo está en lo pequeño de los gestos que llega a reproducir, gestos que por lo normal están fuera del alcance del registro del cómic, y que lo ponen más en la onda del verismo de la fotografía cinematográfica. O sea: sus personajes son seres vivos, que transmiten en su respirar y en su pestañear más de lo que puede transmitir el guión mejor organizado y escrito del mundo. Creo que Dash Shaw mataría por ser tan sensorial como Vivès y por conseguirlo con tanta discreción. Vivès viaja al fondo de la masculinidad con una precisión propia de Fellini (quizás me venga a la cabeza por ese detalle singular de utilizar nombres italianos para los personajes), y sólo queda rendirse y esperar a ver por dónde continúa, hasta dónde llega. Se puede plantear el temor razonable de que Vivès se pierda en su éxito y acabe como dibujante de supermodelos ñoños enamorados, retratista de una sociedad sentimentaloide de anuncio de Calvin Klein. A otros les ha pasado, fijaos en Manara. Pero es justo reconocer que ese repertorio de niñatos/as guapísimos/as que puebla sus tebeos -y sobre todo éste- tiene su sentido hoy por hoy para lo que está contando ahora mismo.


Después del entusiasmo que me produjo la lectura de Amistad estrecha, me enfrentaba al segundo volumen de Por el Imperio, titulado Las mujeres (Diábolo, 2010), obra que Vivès realiza junto a Merwan, con sentimientos enfrentados. Por un lado, quería -necesitaba- más Vivès. Por otro, el primer volumen de la serie me había parecido, hablando claro, un truño de primera categoría. Petulante, ilegible y aburridísimo, casi me había hecho dudar de la capacidad del pequeño prodigio (echarle toda la culpa a Merwan era una salida demasiado fácil). Bueno, pues no sé si sería porque seguía intoxicado por Amistad estrecha, pero Por el imperio II me pareció fantástico, a años luz del primer volumen. Mucho más claro y conciso, con una dirección y un estilo mucho más personales y maduros, sin tonterías exhibicionistas, sin pretensiones de deslumbrar, concentrado en contar lo que quiere contar y con algo auténtico que contar, me devolvió a la -reciente pero pasada- edad de oro de la nouvelle bd, cuando David B., Sfar y Blain, aliados o por separado, nos ofrecían series clásicas pero modernas como Hiram Lowatt y Plácido, Sócrates el semi-perro o Isaac el pirata y nos prometían algo más que lo que luego nos han dado, que ha sido dejarnos colgados con todas ellas. Por el imperio II renueva esas promesas y añade algunas (juro que he visto sombras incluso de Breccia), ya veremos cuántas cumple en su tercera y última entrega.



Estoy ya en plena fase del post de «segundas partes fueron buenas» (o terceras o cuartas), también conocida como el mejor es el siguiente. Uno de los grandes éxitos del 2009 (al menos entre la crítica) fue el Pinocchio de Winshluss. Bueno, me declaro inmune al mismo y ahora no voy a entrar en detalles, pero no me gustó, a pesar de que venía todo emperfumado para gustarme. Pero no, lo nuestro no funcionó. Y ahora llega el anterior Smart Monkey (La Cúpula, 2010), de Winshluss, con una envoltura mucho más modesta, y me lo paso teta leyéndolo. Aquí, al contrario que en Pinocchio, sí veo a un gran narrador visual exhibiéndose (el tebeo es mudo, salvo por un epílogo, por cierto completamente prescindible) que embadurna las fantasías de Disney con el fango del comix underground clásico y nos renueva la eterna carrera del Coyote y el Correcaminos, pero invirtiendo los términos. Lo cual sería probablemente una cagada (¿quién quiere identificarse con el listo que triunfa siempre?) sino fuera porque Winshluss se guarda alguna carta ganadora para rematar un final con mucha mala leche. Muy divertido y muy inteligente, debería haber oído hablar de él más de lo que he oído, que ha sido nada. A lo mejor porque no oigo bien, oye.


Otro retorno mejorado: Castillo de arena (Astiberri, 2010), de Frederik Peeters y Pierre Oscar Lévy. Me confieso antifan (que no antifaz) de Peeters. Desde Píldoras azules hasta Paquidermo pasando por RG (lo que más me ha gustado de él, junto a aquella del avión) y Lupus, siempre me ha parecido más ruido que nueces. Y esa insufrible afectación por forzar el gesto especial y revivir el espíritu de Alex Raymond estilizado para modernos que llega a su éxtasis en el irritante Paquidermo me pone francamente nervioso. Bueno, pues he aquí que Castillo de arena tiene todo eso y más y, sin embargo, funciona. A pesar de todo, tiene peso y tiene sentido, transmite y hay una sensación de que, debajo de las piruetas artificiosas, los autores realmente sí tienen algo que contarnos. No hace falta descifrar la clave, basta con saber que el código encierra un mensaje, aunque no podamos leerlo (de hecho, siempre es mejor no leerlo). No es sólo ruido armonioso. Ignoro si tal efecto es fruto de un paso de madurez de Peeters, de la influencia del coautor Pierre Oscar Lévy o que yo estaba tontorrón cuando lo leí y me entró bien, pero amigo, ahí me ha dejado esperando a ver cómo asoma por la siguiente curva. Con curiosidad, qué menos.



Por supuesto, entre los títulos acumulados durante mi ausencia había uno de Trondheim y otro de Sfar, porque, en cualquier periodo dado de seis meses durante los cuatro últimos años, en España siempre se ha publicado al menos un título de Trondheim y uno de Sfar, y habitualmente algunos más, sobre todo, y cada vez más, de este último. La tentación es hablar más de ese fenómeno de la publicación repetida de estos autores que de las propias obras. Es decir: su propia productividad amenaza con devorar su producción, por paradójico que parezca. Esa tentación me dura poco en cuanto empiezo a leer Mi sombra a lo lejos (Sinsentido, 2010), de Lewis Trondheim, el cuarto volumen ya de la serie Las pequeñeces. Creo que esta serie es, ahora mismo, lo que más me gusta de todo lo que ha hecho Trondheim. Y además, creo que cada vez me gusta más. Y no, no es que me haga mayor. Desde siempre me ha fascinado la capacidad de convertir en materia narrativa -en magia, en espectáculo- lo más ínfimo, banal y cotidiano. Y nadie lo hace tan bien como Trondheim. Porque en sus minúsculas historietitas de una página -que sin darnos cuenta se van encadenando en ese gran relato sin relato que se asemeja tanto a nuestras vidas- Trondheim no busca la epifanía, la emoción, el humor ni la disculpa. Trondheim, podríamos decir, no busca, encuentra. Y lo que encuentra nos cae encima con todo el peso de la levedad.


Los viejos tiempos. El rey no besa (Ponent Mon), de Joann Sfar, es, por su parte, otro más de los muchos títulos que este contemporáneo fénix de los ingenios nos lanza cada poco tiempo. Y está muy bien, y hasta que requetebién, lleno, como siempre, de ideas y diálogos, de situaciones y personajes que te deslumbran con su ingenio y su originalidad. Pero leyéndolo me ha pasado una cosa curiosa: que me daba igual. Me daba todo exactamente igual, y cada vez veía menos a los personajes y las situaciones y cada vez veía más el ingenio de Sfar, y al propio Sfar, como si lo tuviera delante, como una aparición, plantado delante de mí y leyéndome el tebeo como si fuera un cuento y sonriendo satisfecho al ver que me tenía fascinado o interesado o cautivado. Satisfecho de sí mismo, o eso me parecía. Me temo que Sfar sea a los diálogos lo que Moebius a los dibujos, y caiga en su mismo mal: la incontinencia, la genialidad sostenida (insostenible), el torrente abrumador de creatividad sin filtro. Es como si Sfar empezara a escribir-dibujar por la parte superior izquierda de la página y continuara hasta la parte inferior derecha sin planear lo que va a hacer en la viñeta siguiente, y así sin parar hasta que se le acabe la inspiración, se le agoten las fuerzas o le llamen para merendar. Y cuando se queda sin papel, manda el paquete a imprenta y que los lectores distingan los buenos de los malos, igual que Dios distinguirá a los justos de los injustos. Mientras acabamos de leer un álbum de Sfar, él probablemente está terminando de dibujar otros tres. Es una idea aterradora, ¿verdad? Bueno, ¿pues cuánto más aterrador es pensar que ninguno de esos tres continúa ninguna de las cinco series que ha empezado y ha dejado colgadas? No sé, con todo mi respeto, admiración y cariño hacia este tío, que es uno de los Más Grandes de nuestros tiempos, a veces me quedo un poco con las ganas de decirle: «Córtate un poco, Joann...»

¿Veis? Aquí si he caído en la tentación.


En fin, la coda, remate o epílogo del post se la lleva algo que no me encaja bien con ningún discurso, así que lo meto aquí de pegote porque, bueno, al fin y al cabo es francés, ¿no? Los practicantes del espanto (Esteban Bernatas, 2010), de Pierre La Police es un rollo loco, de narración absurda a borbotones, donde tiene tanta gracia el cómo como el qué, es decir, el ritmo y el tono como lo que se dice, y donde la palabra choca con el dibujo para explicar aquello que es inexplicable, porque en realidad no tiene explicación. Humor absurdo, vaya, como una greguería prolongada por un idiota que quisiera darle un sentido y no hiciera más que embarrarse cada vez más. Y me ha hecho reír en voz alta un par de veces, porque sorprende, te suelta una tontería tan grande y tan inesperada que aplaudes al torero, éste se para un momento, saluda, y luego vuelve a hacer una pirueta ridícula encima del toro. Porque este torero no es de los que matan, es un torero payaso, y al final te acabas el libro y te dices: «Menuda tontería». Y también: «A ver cuándo saco un rato para volver a leerlo». En fin, Mortadelo para intelectuales, si es que lo que no se haya inventado...

lunes, 31 de mayo de 2010

TRIVIALIDADES

Voy a hacer una ensalada injustamente precipitada con tres tebeos a los que veo algo en común. A lo mejor son alucinaciones mías, pero vamos a ello. El primero es Pirueta (Una china en mi zapato, 2010), de Charles Dutertre, un señor a quien descubro con este título. Entra directamente en una corriente que se está explotando mucho (muchísimo, diría alguno) últimamente: la memoria de la infancia, basada en episodios aparentemente banales, y preocupada de la reconstrucción de ambientes, sabores y evocaciones. Todo con un estilo infantil y con ambientación rural, y hasta agrícola. El protagonista (narrador) y su hermano pasan el verano en la granja de los abuelos, y se suceden todo tipo de situaciones banales. No hay intención de hacer un gran cuadro, el autor sólo quiere la pincelada. O mejor, cambio de metáfora: el autor lo que quiere es sacar cuatro fotos viejas de la familia y explicarte un poco lo que le traen a la memoria. Es amable y bonito, aunque a veces peca de inofensivo.

Tal vez menos deliberadamente banal, pero moviéndose igualmente en pos de cierta trivialidad vocacional, es el juego emprendido en Usted está aquí (Dibbuks, 2010), una especie de revista comandada por José Luis Ágreda, Fermín Solís y Juan Berrio de la que han salido dos números de golpe en el pasado Salón del Cómic. Usted está aquí plantea pequeñas historias urbanas levemente humorísticas, levemente tiernas, levemente románticas y levemente azarosas. En general, leves. Como Pirueta, tiene cierto aire a producto de los 90 que te descoloca un poco. Igual nos hemos vuelto muy serios y graves para los entretenimientos ligeros. Al final, es una colección de historietas cada una de su padre y de su madre, y lo que queda, como siempre, son algunas páginas que te deslumbran más que otras. En mi caso, las de Miguel B. Núñez (véase ilustración, y me quedo con la duda de si el comienzo está inspirado en el comienzo de un episodio de The Wire), Ágreda, Berrio, Lorenzo Gómez y Brais Rodríguez.

El tercer tebeo que busca deliberadamente lo trivial me temo que tiene ya, sin embargo, claras hechuras de obra mayor. La felicidad inquieta (Sinsentido, 2010), de Lewis Trondheim, es el tercer volumen de «Las pequeñeces de Lewis Trondheim», que rápidamente se está convirtiendo en mi serie favorita de la descomunal producción del francés. Probablemente las entregas anteriores eran más divertidas o más ingeniosas, pero a mí lo que me gusta de estas historietas de una página es que no aspiran a nada, ni a ser divertidas ni a ser ingeniosas, sólo a ser un testimonio a menudo perplejo de lo cotidiano. Trondheim se ha construido un personaje de cascarrabias entrañable al que ya reconocemos y con quien participamos en el juego, y ha sabido dejarse fuera todo lo denso y comprometedor que tendría una verdadera autobiografía, para dejarnos sólo con aquello que nos contaría el autor cuando, de buen humor y con una botella de vino ya vacía, se animara la conversación en un grupo de esos que hacemos en un salón del cómic, donde todos nos medio conocemos pero tampoco hay intimidad. Sí, es una colección de estampas triviales y superficiales, no hay grandes revelaciones ni una sustancia importante, lo reconozco. En eso justamente se parece a la mayor parte del tiempo de nuestras vidas.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

LEWIS TRONDHEIM. LA MÁQUINA DE HACER TEBEOS

“Soy muy vago”, confiesa Lewis Trondheim, el dibujante que ha entregado a imprenta más de 2.000 páginas durante la década de los 90. Páginas que abarcan un registro amplísimo, casi impracticable para cualquier otro autor: desde la vis experimental de un Chris Ware hasta la más rotunda y directa narrativa de género, desde la autobiografía hasta la pantomima muda. Lewis Trondheim sabe cómo hacer reír al lector, y también cómo hacerle llorar. Su incesante actividad le ha convertido en uno de los nombres clave de la década que ahora termina, y con toda seguridad le va a convertir en uno de los grandes maestros de la primera mitad del siglo XXI. La publicación por vez primera de uno de sus álbumes en España (La mazmorra, en colaboración con Joann Sfar, Norman), nos animó a acercarnos a este gigante emergente para conocerle un poco más.


El público español tuvo la oportunidad de ver tu trabajo en las páginas de Nosotros somos los muertos, donde aparecieron unas breves historietas sobre el génesis del universo. ¿Qué pueden esperar esos lectores cuando se acerquen a La mazmorra? ¿Es algo muy distinto?

Lo que los lectores esperen de mi trabajo no es problema mío. Yo soy dibujante y me encanta hacer tebeos, toda clase de tebeos, los alternativos, los autobiográficos, los de humor y los de aventuras. Hago cómics por mi propio gusto, y los lectores lo que deben hacer es escoger aquellos que más les atraigan. La mazmorra es claramente una serie de aventuras humorísticas. Utilizamos ingredientes de espada y brujería, pero confío en que hayamos conseguido llegar más lejos que la mayoría de los cómics de espada y brujería de dibujo realista. Es una historia de fantasía con multitud de personajes distintos, pero no nos reímos de ellos, son ellos mismos los que se ríen. Y si alguien muere, permanece muerto. No es caricaturesco.


¿Qué opinión personal te merece la espada y brujería?

Demasiadas ambiciones y ninguna buena historia. Pero es difícil hacer algo después de Tolkien.


¿Qué proceso de colaboración seguís Sfar y tú?

El primer paso en el guión lo doy yo, y después hablamos mucho por teléfono. Él dibuja los primeros bocetos y yo reescribo lo que él ha hecho y lo entinto. Pero ahora, con el volumen 101, yo haré la planificación y él entintará. Y en el volumen -99, será Christophe Blain quien entinte. En estos momentos estamos haciendo tres series de La mazmorra simultáneamente. Una está ambientada en el pasado, otra en el presente y la tercera en el futuro.


Has declarado que no sabías dibujar cuando empezaste a hacer historieta, y que eso te llevó a utilizar técnicas minimalistas como las que empleas en Psychanalyse [la primera obra publicada de Trondheim, en la cual la misma imagen fotocopiada se repite en todas las viñetas]. Si te sentías incapaz de dibujar, ¿cómo es que decidiste dedicarte a historietista?

Había visto tebeos alternativos con un estilo de dibujo extraño que sin embargo contaban buenas historias. Así que pensé que el hecho de que dibujara mal no importaría demasiado, porque lo único importante es tener algo que decir. De manera que hice un montón de historias con dibujo minimalista. Por fin, acabé por sentirme limitado con ese estilo de dibujo y entonces hice una historieta de 500 páginas [Lapinot et les carottes de Patagonie] para aprender a dibujar.


¿Entonces crees que es posible hacer buenos cómics con un mal dibujo?

¡Por supuesto! En caso contrario, tendría que dejarlo ahora mismo.


Has dicho que “Para hacer cómics, lo primero que hay que ser es un guionista”...

Eso depende de las necesidades de cada cual. Yo, personalmente, necesito una buena historia. Pero hay otras personas que prefieren dibujos bonitos o virtuosos, o efectos especiales si hablamos de cine, o historias psicológicas...


¿Cómo surgió tu afición a los cómics y cómo te encaminaste a ellos?

Yo fui un chico tímido, después un adolescente tímido y finalmente un joven adulto tímido. Quería escribir historias pero no sabía cómo hacerlo hasta que, por accidente, fui conociendo a diferentes personas que me orientaron hacia “El País de los Cómics”.


¿Cuáles son tus lecturas favoritas actualmente?

Montones de tebeos alternativos, franceses y americanos.


¿Te sientes influido por alguna clase de cómics?

Tal vez por los de Carl Barks...


¿Y por algún otro medio, como el cine o la literatura?

No, por supuesto que no.


Has mencionado los cómics alternativos. ¿Crees que existe un “espíritu común universal” en los cómics independientes a lo largo de todo el mundo? Me refiero a una voluntad compartida por el indie francés y el americano, así como por otros autores europeos, como podría ser Max en España.

Eso es lo que pienso desde hace años. Cada continente desarrolla su propio estilo de cómics. En Japón es el manga, en Estados Unidos los superhéroes, en Europa las historias breves a color con 46 páginas y temática de humor o aventuras. Pero en todos los territorios, el cómic alternativo comparte el mismo espíritu. Eso nunca desaparecerá.


En tu trayectoria aparecen toda una serie de dicotomías que parecen definir tu obra. Por ejemplo: ¿representa para ti alguna diferencia trabajar para un editor pequeño e independiente o para Dargaud?

Todas las historietas que hago, las hago por la misma razón: para divertirme. Algunas las publican grandes editoriales, y otras sólo aparecen bajo editores alternativos. Es cierto que gano más dinero con las grandes, pero eso no me impide hacer cómics, y de hecho en la actualidad estoy haciendo cómics gratis, para l’Association.


Trabajo en solitario frente al trabajo en colaboración.

Para mí es importante colaborar con otras personas porque así puedo hacer cosas que nunca sería capaz de hacer sin ellos. Además, confío en que este método me impida caer en el amaneramiento típico que se produce al trabajar solo año tras año.


Cómics mudos frente a cómics llenos de juegos de palabras.

Ambos son divertidos de hacer. Me relaja hacer historietas mudas, pero me obliga a practicar un difícil ejercicio de contención, aunque por otra parte me entusiasma contenerme así, ya que esta clase de trabajo puede ser leído por cualquier persona del mundo sin necesidad de que medie una traducción. Pero las palabras son útiles cuando se trata de expresar cosas más complejas.


Ficción de género frente a ficción no de género.

Hum... por tu pregunta supongo que la ficción se opone a la autobiografía... Todo vale en el cómic. La autobiografía es muy interesante, pero por el momento no necesito seguir practicándola. La ficción también me permite hablar sobre nuestras vidas. De todas maneras, recuperar los géneros clásicos de la ficción popular, tipo pulp, tampoco es el viaje en el que yo estoy embarcado. Pero otras personas pueden preferirlo, y a veces obtener un buen resultado. No tienes más que ver el Batman de Frank Miller.


Cuando trabajas en color, ¿eso cambia de alguna forma tu trabajo, o se trata sólo de una cuestión que afecta a las calidades de producción?

Es meramente una cuestión relacionada con la producción editorial, pero no afecta a mi método de trabajo.


Aunque la mayoría de tu público te conoce como potente narrador de ficción de género, has hecho una buena cantidad de historietas experimentales, y bastante radicales. ¿Qué valor le das a la experimentación?

La empresa que deja de invertir en laboratorios de investigación acabará por morir. Creo que lo mismo les ocurre a los autores. Si uno hace sólo o que ya sabe hacer, estará repitiéndose. Por otra parte, los hallazgos que se encuentran en los trabajos experimentales no sólo son valiosos en sí mismos, sino también por cómo se pueden aplicar posteriormente en trabajos más estándar.


Has llegado a redibujar completamente un álbum para Dargaud (Slaloms) sin alterar el guión. ¿Por qué te tomaste esa molestia? ¿No habría sido mejor invertir ese esfuerzo en hacer otro álbum completamente nuevo?

De cara al público, sí. Pero lo hice por mí mismo. Quería dibujarlo de la misma manera que lo había pensado cuando lo escribí. En aquellos momentos, mi dibujo no era lo suficientemente bueno para conseguirlo. Como sabía que podía redibujarlo exactamente en la forma en que había querido dibujarlo l aprimera vez, lo hice. No es que me sienta orgulloso, pero sí que estoy satisfecho de haberle dado esa nueva forma. Pero no he redibujado solamente un tebeo, ya llevo cuatro.


Con La Mouche tuviste ocasión de trabajar para los japoneses y asomarte al mercado nipón.

Dibujé cuatro páginas de La Mouche para l’Association, y un tipo que trabajaba para Kodansha las vio y me pidió que dibujara un manga con ese personaje, pero que tendría que cambiar su aspecto. Dibujé más de 48 páginas para ellos, y entonces decidieron detenerlo. Redibujé todas esas páginas y añadí más para completar el volumen francés de La Mouche. ¿No habría sido mejor haber invertido ese esfuerzo en hacer otro libro completamente nuevo? Ja ja...


Lapinot el conejo es tu personaje más conocido.

Apareció por primera vez en aquel libro de 500 páginas que hice para aprender a dibujar. La razón por la que el mundo de Lapinot está habitado por animales antropomórficos es bien sencilla: son más fáciles de dibujar. Soy muy vago. A pesar de su aspecto, los personajes de Lapinot no son icónicos ni metafóricos. Creo que mis animalitos son actualmente más “realistas” y están más “vivos” que muchos personajes dibujados con un estilo más realista y que en realidad resultan mucho más tópicos.


¿Qué opinas del cómic autobiográfico?

Como en todo, los hay buenos y los hay malos. Actualmente en Francia hay una verdadera explosión de cómics autobiográficos, siempre dentro del campo alternativo. Pero demasiada gente piensa que sus vidas son interesantes. Y demasiada gente que podría ser capaz de hacer historietas de ficción quiere exhibir su propia vida. La autobiografía y la ficción son estilos exigentes. Cuando he hecho Aproximativament [el tebeo autobiográfico de Trondheim] ha sido para intentar saber quién era yo, para conocerme a mí mismo.


¿Te ves a ti mismo, al menos en parte, como una especie de “intelectual” del cómic con un punto de vista postmoderno?

Ja ja ja... Nooooo. Sólo soy un dibujante.


Por último, tengo una gran curiosidad por saber algo. ¿Cómo puedes ser tan prolífico?

Porque me encanta este trabajo y tengo muchas cosas que decir. Trabajo muy rápido, aunque no trabajo muchas horas diarias. Puede que me dedique unas cuatro o cinco horas al día. Me despierto alrededor de las once, echo un vistazo al correo, y como a las doce. Después, trabajo hasta que termino una página. Cuando está acabada, me puedo dedicar a jugar o a ver la tele. Como te dije, soy muy vago.


[Publicado originalmente en Volumen 1 nº 7, octubre de 1999].

Es interesante rescatar esta entrevista ahora. Cuando se realizó, Trondheim estaba prácticamente inédito en España, mientras que durante la última década, su presencia ha sido continua. Dos de los tebeos que se mencionan en la conversación han sido ya publicados en nuestro país, ambos por Astiberri: Approximativement, bajo el título Mis circunstancias (2002) y Les carottes de Patagonie, como Lapinot y las zanahorias de la Patagonia (2009).