Mostrando entradas con la etiqueta Jim Rugg. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jim Rugg. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de enero de 2011

CIELOS GRISES

Aunque lo más bonito y agradecido para el reseñista siempre es lanzar fuegos artificiales celebratorios o embestir despiadadamente contra las lecturas, que es lo que hace que los lectores se identifiquen con tus palabras o reaccionen contra ellas y, en cualquier caso, que disfruten de unos momentos de adrenalina, da igual que sea mediante la adhesión o el cabreo, y vuelvan a por más en cuanto les baja la tensión, tengo que reconocer que por mis manos pasan un buen montón de tebeos que ni me parecen bien, ni me parecen mal. Pertenecen a esa legión condenada a la más abominable de las etiquetas: ni fu ni fa. Algunos se han podido quedar a un paso de la grandeza, otros, a un tropezón del abismo. Pero en resumidas cuentas... me da lo mismo. Si no fueran tebeos, si no leyera tantos y tantos tebeos, no habría tenido razón alguna para interesarme por ellos. Con la cantidad de cosas que hay que hacer en la vida.


Es el caso de Afrodisiac (Adhouse, 2010), de Brian Maruca y Jim Rugg, un derivado de Ángel callejero (De Ponent, 2007; de Rugg también acaba de publicar algo por aquí SM dentro de una colección de cómic juvenil). Ángel callejero, para quien no lo sepa -que me imagino que será la mayoría, porque no es un tebeo del que haya oído hablar mil doscientas veces durante los últimos años- era una especie de superheroína urbana cool, a mitad de camino de la tradición americana y del manga. Algo así como una versión indie de Tekkon Kinkreet (Glénat) de Taiyou Matsumoto, para entendernos. Estaba correctamente dibujado y guionizado, tenía sus momentos, pero le faltaba algo, le faltaba la chispa que se notaba en cada página que estaba intentando desesperadamente tener. Afrodisiac es mucho más osada. Partiendo de la figura de un superhéroe negro al estilo del Luke Cage, Héroe de Alquiler original, es decir, una explotación superheroica de los personajes tipo Shaft de la edad dorada (o de azabache) de la exploitation cinematográfica, Maruca y Rugg sacan toda la artillería referencial y construyen un relato por agregación, simulando collages y recortes que hacen pastiche de todas las eras y estilos de la historia del comic book americano. Mese entiende, ¿no? Bueno, pues la cosa, que dicha así tiene buena pinta y a mí personalmente me entra mucho por los ojos, a la hora de la verdad vuelve a desinflarse un poco. No por nada en concreto, ya que los autores le ponen talento y empeño, y hasta sus momentos de brillantez, pero la lectura no acaba de ser del todo interesante. No podía evitar pensar todo el tiempo: vale, lo he pillado... ¿y qué? ¿Tiene sentido hacer un riff de un riff? Y, sobre todo: ¿no hacía ya diez años que las bromitas de Image y Moore sobre la historia de Marvel y DC habían pasado de moda? ¿No habíamos pasado página ya? La conclusión más clara que saco de Afrodisiac es: no es tan fácil ser Tarantino.


Más: The Sanctuary (Fantagraphics, 2010), una novela gráfica de Nate Neal que viene precedida por las bendiciones en forma de prólogo de Dave Sim. Quizás ese prólogo sea lo mejor del libro, o al menos, lo más estimulante. Sim, para exaltar las virtudes de The Sanctuary, este libro publicado por Fantagraphics, no encuentra otra herramienta más útil que utilizar el prólogo para retratar a «los lectores de Fantagraphics típicos» como fanáticos descerebrados de miras estrechas. ¿Y qué es lo que las miras estrechas de los «lectores típicos de Fantagraphics» que tienen entre sus manos este libro no van a poder descubrir en esta obra de Neal? Pues, según Sim, profundísimas reflexiones y revelaciones sobre los orígenes de la religión, la sociedad, la política y, ya puestos, la humanidad misma, ya que el libro está ambientado en los albores de la misma, en plena era cavernícola. No está mal para un simple tebeo, ¿verdad?

El caso es que ése es precisamente uno de los dos grandes problemas de The Sanctuary, sus absurdas pretensiones y su ridículo componente ideológico que -en cierta medida me recuerda al bueno de McCloud- se empeña en buscar explicaciones lógicas e ideales para los mecanismos de la historia. Pero, al fin y al cabo, no es de extrañar este elevado componente ideológico, pues The Sanctuary es un cómic mudo -bueno, no exactamente, los personajes hablan, pero no en ningún idioma que se utilice hoy en día en el planeta Tierra, salvo tal vez en las inmediaciones de Sim, que quizás por eso haya entendido más de lo que he entendido yo-, y como ya he observado otras veces, parece que los tebeos mudos tienden a incluir elementos ideológicos más marcados de lo habitual, probablemente por la mayor abstracción de sus personajes y la simplificación de sus tramas (véase, ejem, mi libro La novela gráfica, especialmente el apartado dedicado a las novelas en imágenes de Lynd Ward y cía, a las cuales, como a los cómics recientes de Eric Drooker, remite de forma obvia este tebeo).

El segundo gran problema de The Sanctuary es precisamente ése, que es un cómic mudo, y leyéndolo no hacía más que recordar continuamente qué difícil es hacer un cómic mudo -largo- que se entienda bien. Qué farragoso es leer cuando no hay letras de por medio y qué depurado tiene que ser el relato para que funcione convenientemente. En esto, al menos, Sim y yo estamos de acuerdo, ya que el prologuista señala que hay que hacer un esfuerzo y repasar con cuidado una y otra vez las páginas de The Sanctuary para penetrar en su pleno significado. Bien, tomo nota y así lo haré. Pero no ahora, de momento aparco el libro y ya lo retomaré cuando Neal haga su segunda novela gráfica y me deslumbre y sienta que por fin puedo releer y reinterpretar esta primera.


Tercer caso: The Wild Kingdom (Drawn & Quarterly, 2010), de Kevin Huizenga (véase Maldiciones, La Cúpula, 2007). No es que sienta un interés loco por Huizenga, pero decidí darle una oportunidad. Mejor de lo que me esperaba, pero demasiado marcado por la sombra de Ware, y demasiado endeble a esa sombra. Los catálogos, los elementos extraños, los juegos formales, remiten todos a la sombra de la Bestia de Chicago, pero al evocar la comparación no hacen más que empequeñecer la figura de Huizenga. El tebeo tiene sus momentos de ingenio y sus ideas, pero mi impresión es que el camino que más le interesa seguir a Huizenga no es el de Ware, sino otro, y que con este planteamiento todo lo que tiene de original -que lo tiene- acaba saliéndole demasiado forzado.

En fin: no son tebeos que odie, y todos tienen su aquél, pero podría haber sobrevivido sin leerlos. De hecho, cada vez me impaciento más cuando me encuentro en esta tierra de nadie; casi prefiero leer cosas detestables que cosas que me dejen indiferente. Pero claro, ¿cómo saber lo que nos vamos a encontrar dentro si no lo leemos antes? Y con esa tontería, se nos va pasando la vida.