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miércoles, 2 de febrero de 2011

EL VÉRTIGO DEL VACÍO

Morton Feldman escribió que «Si en arte no existe una posición moral, honesta o 'verdadera', lo que más se le aproxima es un arte con sólo un poco menos de... control». Esto, en rigor, no tiene nada que ver con el tema de la entrada que nos ocupa, pero no sabía cómo empezar y de personas que escriben mucho mejor que yo aprendí que una cita siempre queda bien para arrancar cualquier texto, y ahí está, ya la he soltado, signifique lo que signifique, y por tanto ya estoy metido en harina. Ya puedo empezar a hablar de Daytripper (Planeta-DeAgostini, 2010), un tebeo de DC/Vertigo escrito y dibujado por los brasileños Fábio Moon y Gabriel Bá que pasó por mis manos hace unas semanas, y que no venía mal recomendado. Además, siendo los autores brasileños, la curiosidad siempre es mayor. ¿Qué tiene que aportar una cultura periférica a la dinámica del centro industrial norteamericano?


A juzgar por este Daytripper, poco más que algo de color local, un exotismo domesticado en las dosis justas para ser casi inapreciable pero dejar un regusto final -leve pero distinguible- en una receta ya muy conocida. Daytripper es el tipo de relato edulcorado que Hollywood (y las series de televisión) nos han condicionado para aceptar como una interpretación correcta de la realidad. Por relacionarlo con otro tebeo reciente del que hablamos en Mandorla, podría decir que todo lo que en Special Exits es sincero y sencillo, aquí es falso y afectado, tópico y, lo peor de todo, insidiosamente aleccionador. Lo que Daytripper nos dice es que así es como tenemos que entender la vida, así es como tenemos que disfrutarla: como una ficción para todos los públicos, que si es ingerida con docilidad, no sólo nos revelará el verdadero sentido de la existencia -el amor, la familia, y la entrega a los demás, ¿quién podría discutirlo?- sino que lo hará con las dosis de emotividad precisas para que lo entendamos en el marco de un cuento bonito. Es decir, al final -y no presumo que con mala intención por parte de los autores, ojo- lo que se nos ofrece es un manual de adoctrinamiento emocional dispuesto a trabajar en conjunción con el resto de los productos del sistema industrial de esterilización intelectual. Es algo tan natural, pasa con tanta frecuencia todos los días, que ya ni siquiera le prestamos atención. Incluso estamos avisados y eso nos inmuniza, ¿verdad? Entonces, no hay lugar para el escándalo. Digamos sólo que es tópico y aburrido, una imitación de la vida hecha a partir de una imitación de la vida.


Pienso que éste es el tipo de (sub)productos que nos hemos acostumbrado a esperar de Vertigo, y se me ocurre que es muy cínico pensar eso. Para no ser cínico, hago otra cata, ahora intentando afinar el tiro. Desde hace años, tengo aprecio por Peter Milligan. Tanto, que hace años también que intento no releer sus viejos hits y no acercarme a sus nuevas producciones. Ya sabes, por no perderlo. Pero bueno, a pesar de que no huele bien, me pongo con la mejor voluntad con Greek Street (Planeta-DeAgostini, 2010), con guión de Milligan y dibujos de Davide Gianfelice y Werther Dell'edera, color de Patricia Mulvihill. La primera viñeta ya casi lo dice todo: un club de alterne, bailarinas con las tetas al aire contoneándose al son de música disco estridente (o eso imaginamos). BUM. Vamos a ver si el lector pilla la cita rápido y se sitúa en que esto es como si pasara en un episodio de The Wire o Los Soprano. Así nos ahorramos trabajo, porque ya sabes lo que te espera: palabrotas, asesinatos, mutilaciones, mamadas, gente importante comportándose de forma cruel, desnudos parciales, cosas de impacto para el sofá del salón a última hora de la jornada. Lo has visto mil veces, te sientes cómodo. Créeme, si haces un pequeño esfuerzo, creerás estar ante una imitación razonable de una serie de televisión de las buenas. Con un poco de suerte, a lo mejor incluso alguien compra los derechos para la adaptación. Claro que esto no funciona igual en el cómic que en la pantalla, y menos con un dibujo tan anodino y ramplón como el de este tebeo, pero oye, se hace lo que se puede con el presupuesto que tenemos.

La cosa es de mafiosos modernos que reinterpretan los mitos griegos, y se desarrolla a través de textos crípticos, un «misterio», reencarnaciones y simbolismos, y monstruos, claro. Monstruos asesinos y macabros porque, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando es de una versión postadolescente de los superhéroes. No en vano, Vertigo fue un hijo bastardo de Watchmen. Aún así, es todo tan abrumadoramente aburrido que tengo que gritar: «¿Soy yo o eres tú? ¿Qué ha pasado con nuestra relación? ¿Tanto he cambiado desde los viejos buenos tiempos?»


Olvidémonos de Vertigo, me importa un pito. ¿Qué pasa con Milligan? Yo tenía cariño al co-autor de Shade, The Changing Man, de Girl y de X-Force. Como necesito recuperar ese amor, me lanzo sobre otro tomo publicado en los últimos meses: Enigma (Planeta-DeAgostini, 2010), guión de Milligan, dibujos de Duncan Fegredo y color de Sherilyn Van Valkenburgh. Si Greek Street es de lo último, Enigma, por el contrario, fue publicado originalmente en 1993, en «los buenos viejos tiempos». ¡Sorpresa! Es lo mismo que Greek Street: los mismos textos con recovecos, el misterio, las reencarnaciones y la simbología, la estilización erótica y macabra del mito superheroico. Pero exactamente lo mismo que Greek Street.

Y, sin embargo, no tiene nada que ver.

No es lo mismo porque esto pasó antes, y entonces tenía otro sentido, y la chispa de la gracia está presente, o al menos aún queda su rescoldo. Y sí, puede que las formas resulten un poco anticuadas (eso no es problema, sólo están esperando que llegue su revival), pero no se puede negar que aquí hay alguien contando una historia con ganas y con talento, alguien que tiene algo que decir y que necesita decirlo, alguien que cree en lo que hace, y que escribe con desparpajo y gracia, con su propia voz, y te obliga a leer hasta el final. Se percibe la emoción del descubrimiento, el nerviosismo del que está haciendo algo nuevo. En Enigma está presente la excitación de estar abriendo camino, igual que en Greek Street se percibe el cansancio de estar repitiendo mecánicamente la fórmula agotada hace mucho, predecible hasta el detalle con un fatalismo propio de tragedia griega.

¿Qué te queda cuando ya has gastado todas tus historias y todos tus personajes? ¿Cuando ya has escrito todas tus mejores páginas y, sin embargo, sigues teniendo que ganarte la vida escribiendo? Supongo que imitarte a ti mismo haciendo como que imitas una serie de televisión. Lo que llamamos el vértigo del vacío.