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martes, 19 de julio de 2011

EL PEQUEÑO MARTÍN


Solo unas breves líneas para dejar constancia, al menos, de cuánto he disfrutado la lectura de Mi organismo en obras (La Cúpula, 2011), de Fermín Solís, la última entrega de las andanzas «seudoautobiográficas» de Martín Mostaza. Solís está espléndido en el dibujo y el color, en los que demuestra una libertad y una naturalidad admirable. Detrás de su aparente sencillez se perciben muchas horas de trabajo y de reflexión, mucho tiempo para absorber una forma de afrontar los tebeos que ya se nota madura y muy personal, saldando su evidente deuda con El pequeño Christian, de Blutch.

Sé que hay lectores a quienes la amabilidad de las historias de Martín Mostaza les parece un defecto. Es cierto que son amables, incluso halagadoras (para el autor y, de forma vicaria, para los lectores que nos identificamos fácilmente con el personaje), pero yo creo que es eso exactamente lo que pretenden, con lo que no me parece razonable criticar una obra por conseguir con éxito su objetivo. De alguna forma, nos hemos convencido todos de que lo desgarrador, lo descarnado y lo cruel contiene una dosis mayor de autenticidad que lo agradable, y hemos olvidado que cada cosa tiene su sitio y su momento. Una colección de atrocidades regada de amargura no es necesariamente más veraz que una de dulces evocaciones. Solís ha elegido un camino y por esa elección lo juzgo; cuando elija el otro, si alguna vez lo hace, veremos qué tal se le da. Yo solo sé que envidio la capacidad para escribir con tanta soltura y para revivir tantos sentimientos que resuenan con un eco inmenso en la caverna de la memoria. De la de Solís y de la nuestra. De la mía, al menos. Pocas veces un tebeo ajeno será capaz de transmitirnos tanta sensación de intimidad.

lunes, 31 de mayo de 2010

TRIVIALIDADES

Voy a hacer una ensalada injustamente precipitada con tres tebeos a los que veo algo en común. A lo mejor son alucinaciones mías, pero vamos a ello. El primero es Pirueta (Una china en mi zapato, 2010), de Charles Dutertre, un señor a quien descubro con este título. Entra directamente en una corriente que se está explotando mucho (muchísimo, diría alguno) últimamente: la memoria de la infancia, basada en episodios aparentemente banales, y preocupada de la reconstrucción de ambientes, sabores y evocaciones. Todo con un estilo infantil y con ambientación rural, y hasta agrícola. El protagonista (narrador) y su hermano pasan el verano en la granja de los abuelos, y se suceden todo tipo de situaciones banales. No hay intención de hacer un gran cuadro, el autor sólo quiere la pincelada. O mejor, cambio de metáfora: el autor lo que quiere es sacar cuatro fotos viejas de la familia y explicarte un poco lo que le traen a la memoria. Es amable y bonito, aunque a veces peca de inofensivo.

Tal vez menos deliberadamente banal, pero moviéndose igualmente en pos de cierta trivialidad vocacional, es el juego emprendido en Usted está aquí (Dibbuks, 2010), una especie de revista comandada por José Luis Ágreda, Fermín Solís y Juan Berrio de la que han salido dos números de golpe en el pasado Salón del Cómic. Usted está aquí plantea pequeñas historias urbanas levemente humorísticas, levemente tiernas, levemente románticas y levemente azarosas. En general, leves. Como Pirueta, tiene cierto aire a producto de los 90 que te descoloca un poco. Igual nos hemos vuelto muy serios y graves para los entretenimientos ligeros. Al final, es una colección de historietas cada una de su padre y de su madre, y lo que queda, como siempre, son algunas páginas que te deslumbran más que otras. En mi caso, las de Miguel B. Núñez (véase ilustración, y me quedo con la duda de si el comienzo está inspirado en el comienzo de un episodio de The Wire), Ágreda, Berrio, Lorenzo Gómez y Brais Rodríguez.

El tercer tebeo que busca deliberadamente lo trivial me temo que tiene ya, sin embargo, claras hechuras de obra mayor. La felicidad inquieta (Sinsentido, 2010), de Lewis Trondheim, es el tercer volumen de «Las pequeñeces de Lewis Trondheim», que rápidamente se está convirtiendo en mi serie favorita de la descomunal producción del francés. Probablemente las entregas anteriores eran más divertidas o más ingeniosas, pero a mí lo que me gusta de estas historietas de una página es que no aspiran a nada, ni a ser divertidas ni a ser ingeniosas, sólo a ser un testimonio a menudo perplejo de lo cotidiano. Trondheim se ha construido un personaje de cascarrabias entrañable al que ya reconocemos y con quien participamos en el juego, y ha sabido dejarse fuera todo lo denso y comprometedor que tendría una verdadera autobiografía, para dejarnos sólo con aquello que nos contaría el autor cuando, de buen humor y con una botella de vino ya vacía, se animara la conversación en un grupo de esos que hacemos en un salón del cómic, donde todos nos medio conocemos pero tampoco hay intimidad. Sí, es una colección de estampas triviales y superficiales, no hay grandes revelaciones ni una sustancia importante, lo reconozco. En eso justamente se parece a la mayor parte del tiempo de nuestras vidas.

jueves, 24 de diciembre de 2009

EL VECINO EN NAVIDAD...

...aparece por los sitios más insospechados. Por ejemplo, en esta historieta apócrifa de Mikel Bao donde nuestro querido Javier tiene un encuentro con cierto martillo mítico. ¡Gracias, Mikel!

También es motivo de una reseña de la revista El Duende, que Pepo ha colgado en Es Muy de Cómic.
Y Fermín (¡gracias!) me informa en comentarios de que El Vecino se ha colado en la lista de los cómics del año de Miss Indie Style.
Además, en Ruta 42 han colgado una crónica de los Diálogos del Sr. Boliche donde se comenta la charla que dimos Pepo y yo sobre El Vecino.

lunes, 21 de diciembre de 2009