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sábado, 2 de mayo de 2015
BALTIMORE: EL ESCENARIO DE LA VIOLENCIA EN NUESTRAS PANTALLAS
El pasado viernes me pidieron desde elmundo.es mi visión personal, como residente, de lo que está pasando en Baltimore. El resultado fue esta columna de opinión: Baltimore: el escenario de la violencia en nuestras pantallas.
Mi intención era ampliar un poco la cuestión desde este blog, pero como de momento no he tenido tiempo para hacerlo, por ahora enlazo el texto y si tengo la oportunidad más adelante ya volveré sobre la cuestión.
lunes, 12 de agosto de 2013
THAT'S ENTERTAINMENT
Y como Nueva York no está tan lejos de la Mandorlacueva, esta semana tuve a Pepo de visita por territorio Barksdale. En su compañía visité por vez primera uno de los hitos del cómic en Baltimore, que hasta ahora, y de manera incomprensible, inexcusable e inverosímil, había dejado pasar: el Geppi's Entertainment Museum, que se presenta bajo el lema The Ultimate Pop Culture Experience!
Steve Geppi es un nativo del Little Italy de Baltimore que hizo fortuna al crear la mayor distribuidora de cómics de Estados Unidos, Diamond. Con su colección personal como base, en 2006 fundó este «Museo del Pop», sitio en pleno centro de la ciudad, en Camden Yards, que es precisamente el estadio del histórico equipo de béisbol, los Orioles, de los cuales Geppi también es propietario parcial.
¿Por qué he tardado dos años en visitar este templo del frikismo que tengo a quince minutos en coche de mi casa, y por qué ha hecho falta que me envíen al Agente Pepo directamente desde Málaga para que por fin me decidiera a dar el paso? Pues no es fácil de explicar, desde luego. Probablemente imaginara que el museo serían un par de salones desangelados y medio abandonados con cuatro recortables y alguna impresión de portadas de cómics, una especie de barraca de feria de pueblo muerta de asco y tristeza.
Qué equivocado estaba.
El Museo es realmente espectacular, y recomiendo a cualquiera que pase cerca de Maryland y esté interesado por los cómics, los juguetes, el cine, la televisión, la música y, en resumidas cuentas, la industria cultural americana de los últimos 100 años, que se planifique una visita. No es muy grande, pero es muy intenso.
En una sola planta que se recorre siguiendo un único pasillo se distribuyen varias salas temáticas que van siguiendo el desarrollo de la cultura popular americana en orden más o menos cronológico y temático. La cantidad de material expuesto es abrumadora, y se puede seguir un discurso con cierto sentido, aunque también es verdad que se echan en falta cartelas explicativas para cada una de las piezas. Digamos que el recinto está a medio camino entre un museo tradicional y el alucinante Museo del Juguete Antiguo de México DF.
El pasillo se divide en un ala derecha (Superman de pie) y otra izquierda (Superman volando).
El espacio está aprovechado hasta el último centímetro, y no hay un palmo de pared sin algo colgado, ni una hueco en una sala que no contenga una vitrina, y una vitrina que no esté cargada hasta los topes. La acumulación de materiales heterogéneos recuerda un poco a una Wunderkammer de la edad moderna. La asociación era casi inevitable: un rato antes habíamos estado viendo una reconstrucción de un gabinete de curiosidades en el museo de arte Walters, el más importante de la ciudad. Y más allá de la casualidad, creo que la comparación no es demasiado desatinada: ¿no fueron aquellas cámaras de las maravillas el origen del coleccionismo que hoy representan mejor que nada estos archivos de artículos nacidos para ser efímeros?
El Geppi sugiere que la visita se inicie por la sala 1, en el ala derecha, titulada A Story in Four Colors. Aunque cada cual tendrá sus objetos fetiche favoritos dentro de la colección, para mí personalmente esta sala es la que justifica por sí sola la visita. Está dedicada por completo a la historia del comic book, y recoge primeras ediciones desde los años 20 y 30 hasta nuestros días. No sólo de tebeos de grapa, por cierto, sino también de Little Big Books y de revistas pulp.
Ésta es la vista desde la puerta de entrada:
Sí, amigos, ahí hay un Action Comics #1 y un Detective Comics #27. En bastante buen estado, debería añadir. No creo que costase demasiado conseguir un millón de dólares por los dos. Casi me da un soponcio al verlos: creo que es la primera vez en mi vida que los he tenido delante en persona. Tampoco es que el resto de la vitrina sea desdeñable: entre otras fruslerías hay un All-American Comics #16 (primera aparición de Green Lantern), un Sub-Mariner #1 (1941) y un Walt Disney's Comics and Stories #1 (1940), todos ellos tebeos que, lamentablemente, aún faltan en mi colección privada.
Uno podría tirarse el día entero en la sala de los tebeos. Hay decisiones expositivas un tanto extrañas, eso sí. EC Comics disfruta del muy merecido honor de recibir una columna de exposición exclusiva para sus títulos, pero la otra columna de esa misma categoría está dedicada, sin embargo, a los cómics de la Atlas de los años 70, que hoy en día son una frikada tan marciana que ni los más excéntricos coleccionistas han conseguido que suba su cotización (cualquier día de estos tengo que hacer una entrada sobre esa locura que es Planet of Vampires).
Por otra parte, hay algunos fragmentos de las estanterías que uno se llevaría a casa sin dudarlo, como por ejemplo esta pequeña secuencia arácnida que incluye Amazing Fantasy #15 (primera aparición del trepamuros), Amazing Spider-Man #1 y Amazing Spider-Man #39 (el primero de John Romita).
Una notable colección de novelas y revistas pulp de ciencia-ficción y fantasía:
Clásicos del cómic de principios del siglo XX: originales, páginas y merchandising de todo tipo:
Juguetes para entretener a varias generaciones de niños. Incluyendo una colección muy completa de Howdy Doody, muy probable inspirador del Woody de Toy Story.
Para ir terminando, mencionaré uno mis rincones favoritos del Museo, el de Martin Luther King, pop star:
Y bueno, si vas al servicio ya te cagas (lo siento, tenía que decirlo):
Sales del Geppi aturdido, dando tumbos, intentando poco a poco abandonar el reino de fantasía que acabas de visitar para volver al mundo real. Y al poco te encuentras con este puesto callejero de bebidas, sin ninguna relación con el Museo, y entonces te das cuenta de que en América a veces no tienes mundo real al que volver.
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martes, 18 de septiembre de 2012
UNA SEMANA DE BONDAD, 1ª PARTE: ENTREVIÑETAS
La semanita que me acabo de pegar no es normal. Tres convenciones o festivales de cómic (tres) en nueve días, cada uno con su propio estilo, con su propia energía y con su propia personalidad. Maratón de viñetas. A lo bestia.
El sábado 8 salía hacia Colombia, donde me habían invitado a participar en Entreviñetas, un festival internacional de cómic. Pero como mi vuelo salía por la tarde, de camino al aeropuerto todavía tuve tiempo de pasarme un momento por la Baltimore Comicon, que abría precisamente ese fin de semana. Después de aguantar la monumental cola que daba la vuelta al Pabellón de Congresos de Baltimore, apenas tuve tiempo de visitarla durante poco más de una hora, lo justo para reencontrarme con sus dos elementos principales: disfraces y cómics viejos.
Como convención mainstream (o friki, elíjase el término que uno prefiera), la de Baltimore me cae bien. Hay mucha gente y está muy animada, pero no hay aglomeraciones insoportables, al estilo de la NYCC, hay disfraces simpáticos y de buen rollo, y hay sobre todo muchos tebeos Marvel y DC que van desde la década de los 60 (e incluso anteriores) a la actualidad, en lugar de muchos karaokes o espacios dedicados a películas y videojuegos. Para un veterano como yo es una experiencia divertida. Y si sabes lo que buscas, incluso una breve visita te sirve para llevarte un puñadito de esas joyas de papel mohoso que llevabas tiempo buscando. Por ejemplo, un New Gods #1 de Kirby o un Marvel Team-Up de la Antorcha Humana y el Hombre de Hielo dibujado por Gil Kane que se me había metido entre ceja y ceja. En la Baltimore Comicon pago muchas deudas con mi infancia.
Del centro de Baltimore me fui directamente a Washington Dulles, donde tomé el vuelo a Bogotá, y allí conecté con otro avión hacia Medellín, mi primer destino en Colombia. Era una de las múltiples sedes del festival internacional Entreviñetas, cuya cabeza visible es Daniel Jiménez, editor de la revista Larva. Entreviñetas es un salón del cómic completamente distinto de los que he conocido en Europa y Estados Unidos hasta ahora. Para empezar, como decía antes, es un festival itinerante que tiene lugar en diversas ciudades (Medellín, Bogotá, Armenia y Manizales, entre otras), y carece de carácter comercial, siendo su actividad completamente cultural y divulgativa. Esto quiere decir que no hay puestos de venta de editoriales o librerías, sino que en su lugar se celebran numerosas conferencias, mesas redondas, debates, exposiciones, talleres y encuentros con autores. [En ese planteamiento podría emparentarse con los sensacionales Diálogos del Sr. Boliche de Valladolid]. La nómina de autores es singular, además. Este año, contaban, como siempre, con numerosos invitados latinoamericanos (entre los que conocí: Decur, de Argentina; Marco Tóxico, de Bolivia; Powerpaola, de Colombia; Fran López, de Argentina; Jesús Cossío, de Perú; Joni B., de Colombia; Truchafrita, de Colombia), y del norte llegábamos Anders Nilsen, Sarah Glidden, Rupert y Mulot y Peggy Burns, editora de Drawn & Quarterly, junto a mí mismo. Es decir, autores experimentales y de vanguardia de Estados Unidos y Francia. Este gusto por el cómic contemporáneo más avanzado, junto a la complejidad misma de una organización tan ambiciosa (en un país de geografía tan difícil como es Colombia) sorprenden cuando uno descubre que la organización es muy joven y que en la actualidad el cómic apenas tiene presencia industrial en Colombia. Es decir: el esfuerzo de Entreviñetas es enorme, y además no ha elegido el camino más fácil. Mi admiración hacia ellos es enorme: su amor por el cómic no admite compromisos.
Fran López, Jesús Cossío, Mandorlo, Sarah Glidden y Anders Nilsen, en Medellín.
Precisamente ese amor por el cómic es el principal activo con el que cuentan los países periféricos a la hora de sacar adelante la historieta, tan maltrecha en casi toda Latinoamérica. Existe talento y existe la voluntad de hacer cómic moderno. Lo que no existe es una clase media lectora que sustente las publicaciones, ni una tradición editorial que consolide las propuestas. Pero por algún lado hay que empezar, y entiendo que ése es el principio que moviliza a Entreviñetas.
En Medellín tuve dos días libres para ver la ciudad antes de iniciar mis actividades. Medellín es una ciudad con personalidad para cualquiera que venga del extranjero (cinco días antes de mi llegada habían matado allí a la mítica Griselda Blanco), pero sobre el terreno resulta aparentemente muy pacífica. En mis paseos pude descubrir la curiosísima escultura de Superman (Christopher Reeve) pensador con la que he abierto este post (no hay otras estatuas de miembros de la Liga de la Justicia desperdigadas por la ciudad, por si alguien se lo está preguntando). Medellín, como muchas ciudades colombianas, está encerrada en un valle entre montañas, y para llegar a algunos de los barrios que han colonizado las laderas es necesario utilizar el metrocable, que es una línea del metro en la que éste se convierte en teleférico, el transporte habitual de las montañas. Salvo que en esta ocasión, en lugar de nieve, lo que vas dejando bajo tus pies son aglomeraciones de viviendas. La experiencia de subir en el metrocable y disfrutar de las impresionantes vistas de la ciudad es sin duda lo que más recordaré de Medellín. También es muy recomendable visitar el Palacio de la Cultura y la «Plaza Botero», incluso aunque las esculturas de este artista te den un poco de grimilla, como es mi caso. Podrías cambiar de opinión.
Por supuesto, para los autores invitados un festival es siempre, y ante todo, la oportunidad de confraternizar con colegas a los que conoces poco o no conoces. Cuando todo el mundo viene de sitios distintos, como es el caso de Entreviñetas, la experiencia es aún más interesante. A contrastar las opiniones de argentinos, peruanos, colombianos, norteamericanos y españoles al respecto de Dan Clowes, Paying for it y las últimas obras de Chester Brown, el Génesis de Crumb y (¡oh, sorpresa!) el viejo duelo de pistoleros Frank Miller-Alan Moore (tema de debate eterno, universal y transversal, según parece) dedicamos buena parte de la barbacoa nocturna del domingo.
En cuanto a las actividades, Anders Nilsen montó una pequeña exposición en el Planetario, mientras que las charlas y talleres se llevaron a cabo en el Parque Explora, al lado del Jardín Botánico (donde en esos momentos tenía lugar la Feria del Libro). El Parque Explora es una de esas instalaciones modernas multiusos donde te encuentras espacios adaptados a todas las funciones, desde conferencias a estudios de televisión, y donde en el jardín te recibe un rebaño de animatronics de dinosaurios. No es que estéticamente sea una maravilla, pero las instalaciones son espectaculares, modernas y con toda la tecnología imaginable excelentemente atendida por un equipo muy profesional. Creo que nunca había hablado en un sitio tan bien preparado.
Entre las muchas instalaciones del Parque Explora hay también un acuario, y fue precisamente en el acuario donde se celebró el taller de Anders Nilsen, a quien finalmente ayudaron Sarah Glidden y Fran López. Ver a un montón de gente dibujando mientras a su lado nadaban (flotaban) peces es una experiencia creativa realmente abisal, en la que los ritmos mentales empiezan a alcanzar profundidades insólitas. Extraordinario acierto el de la organización de Entreviñetas al elegir un escenario tan singular para un taller.
Nada más terminar la charla con Anders salí disparado hacia el aeropuerto de Medellín (que está a cierta distancia de la ciudad, debido precisamente a la barrera de montañas que la rodea), y desde allí volé hasta Bogotá, donde al día siguiente conocí a otras personas, participé en otras actividades y probé algunos manjares de la cocina colombiana. Que es, al fin y al cabo, de lo que se trata, ¿no?
Si bien Medellín es una ciudad moderna, en la que apenas quedan rastros arquitectónicos de su pasado, Bogotá sí que conserva un casco antiguo que remite a la época colonial y sobre el que se ha escrito una historia llena de tensiones. En la Plaza de Simón Bolívar te puedes encontrar llamas para turistas y un destacamento del ejército jurando por la bandera de la paz, imagino que con el ánimo de inaugurar una nueva tradición que celebre el final del conflicto con las FARC. Tenía todo un tono un tanto festivo, por cierto. En Bogotá tenía una agenda apretada, así que espero poder volver otro día para explorarla a fondo, porque lo merece.
Decur, Marco Tóxico, Powerpaola y Mandorlo, en Bogotá.
Por mi parte, durante la mañana, y en la Escuela Nacional de Caricatura, di un taller de guión de cómic en el que participaron unos quince alumnos. Como era mi primera experiencia en estas circunstancias, aproveché algo de lo que vi en el taller de Anders, Sarah y Fran, lo mezclé con algunos consejos de mi amigo David Muñoz, y lo destilé en una fórmula propia que creo que funcionó razonablemente bien. Los alumnos escribieron, hablaron, compartieron proyectos y demostraron una creatividad que me dejó asombrado. Tentado estuve de robarles unas cuantas ideas muy prometedoras. Yo también aprendí mucho de lo que hicimos en aquellas cuatro horas. A veces, los que tenían las mejores ideas no eran los que desarrollaban las mejores historias, y los que habían tenido ideas menos brillantes, sí eran capaces de desarrollar una historia en condiciones. Efectivamente: cuando uno se pone a escribir, nunca se sabe dónde va a acabar, ni cuándo va a acabar. Y una idea no es un guión.
Por la tarde, y en el Teatro El Parque, tuve ocasión de descubrir la obra de algunos dibujantes colombianos (me quedé especialmente flipado con los originales de Felipe Camargo Rojas, pintados sobre tablas de madera), luego participé en una charla sobre La novela gráfica con el guionista y experto en cómic Pablo Guerra, fantástico conversador, y finalmente disfruté muchísimo de la charla que sostuvieron Daniel Jiménez y el argentino Decur sobre la obra de éste. Como el mismo Decur diría: me hizo un bien espiritual. Es más, diría que todo el tiempo que pasé en Colombia me hizo ese bien, y volví a Baltimore felizmente agotado. Y sin tiempo de descansar, porque me esperaban dos editores españoles de ceño fruncido y la más importante convención de cómic independiente que se celebra en Estados Unidos. Sin respiro.
[Y mi agradecimiento especial a Karol, en Medellín, por tratarme tan bien durante toda mi estancia].
(Continúa en la segunda parte)
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