martes, 13 de agosto de 2013

THAT'S ENTERTAINMENT



The Superior Pepo-Pérez está realizando una estancia veraniega en la School of Visual Arts de Manhattan, y además lo está contando en su blog. A todo el que le interese aprender la experiencia, le aconsejo que eche un vistazo a estas entradas de Es Muy de Cómic. (Y sin duda seguirá actualizando).

Y como Nueva York no está tan lejos de la Mandorlacueva, esta semana tuve a Pepo de visita por territorio Barksdale. En su compañía visité por vez primera uno de los hitos del cómic en Baltimore, que hasta ahora, y de manera incomprensible, inexcusable e inverosímil, había dejado pasar: el Geppi's Entertainment Museum, que se presenta bajo el lema The Ultimate Pop Culture Experience!


Steve Geppi es un nativo del Little Italy de Baltimore que hizo fortuna al crear la mayor distribuidora de cómics de Estados Unidos, Diamond. Con su colección personal como base, en 2006 fundó este «Museo del Pop», sitio en pleno centro de la ciudad, en Camden Yards, que es precisamente el estadio del histórico equipo de béisbol, los Orioles, de los cuales Geppi también es propietario parcial.


¿Por qué he tardado dos años en visitar este templo del frikismo que tengo a quince minutos en coche de mi casa, y por qué ha hecho falta que me envíen al Agente Pepo directamente desde Málaga para que por fin me decidiera a dar el paso? Pues no es fácil de explicar, desde luego. Probablemente imaginara que el museo serían un par de salones desangelados y medio abandonados con cuatro recortables y alguna impresión de portadas de cómics, una especie de barraca de feria de pueblo muerta de asco y tristeza.

Qué equivocado estaba.

El Museo es realmente espectacular, y recomiendo a cualquiera que pase cerca de Maryland y esté interesado por los cómics, los juguetes, el cine, la televisión, la música y, en resumidas cuentas, la industria cultural americana de los últimos 100 años, que se planifique una visita. No es muy grande, pero es muy intenso.

En una sola planta que se recorre siguiendo un único pasillo se distribuyen varias salas temáticas que van siguiendo el desarrollo de la cultura popular americana en orden más o menos cronológico y temático. La cantidad de material expuesto es abrumadora, y se puede seguir un discurso con cierto sentido, aunque también es verdad que se echan en falta cartelas explicativas para cada una de las piezas. Digamos que el recinto está a medio camino entre un museo tradicional y el alucinante Museo del Juguete Antiguo de México DF.

El pasillo se divide en un ala derecha (Superman de pie) y otra izquierda (Superman volando).




El espacio está aprovechado hasta el último centímetro, y no hay un palmo de pared sin algo colgado, ni una hueco en una sala que no contenga una vitrina, y una vitrina que no esté cargada hasta los topes. La acumulación de materiales heterogéneos recuerda un poco a una Wunderkammer de la edad moderna. La asociación era casi inevitable: un rato antes habíamos estado viendo una reconstrucción de un gabinete de curiosidades en el museo de arte Walters, el más importante de la ciudad. Y más allá de la casualidad, creo que la comparación no es demasiado desatinada: ¿no fueron aquellas cámaras de las maravillas el origen del coleccionismo que hoy representan mejor que nada estos archivos de artículos nacidos para ser efímeros?

El Geppi sugiere que la visita se inicie por la sala 1, en el ala derecha, titulada A Story in Four Colors. Aunque cada cual tendrá sus objetos fetiche favoritos dentro de la colección, para mí personalmente esta sala es la que justifica por sí sola la visita. Está dedicada por completo a la historia del comic book, y recoge primeras ediciones desde los años 20 y 30 hasta nuestros días. No sólo de tebeos de grapa, por cierto, sino también de Little Big Books y de revistas pulp.

Ésta es la vista desde la puerta de entrada:


Vamos a echar un vistazo más de cerca a esa primera vitrina que nos encontramos nada más entrar:



Sí, amigos, ahí hay un Action Comics #1 y un Detective Comics #27. En bastante buen estado, debería añadir. No creo que costase demasiado conseguir un millón de dólares por los dos. Casi me da un soponcio al verlos: creo que es la primera vez en mi vida que los he tenido delante en persona. Tampoco es que el resto de la vitrina sea desdeñable: entre otras fruslerías hay un All-American Comics #16 (primera aparición de Green Lantern), un Sub-Mariner #1 (1941) y un Walt Disney's Comics and Stories #1 (1940), todos ellos tebeos que, lamentablemente, aún faltan en mi colección privada.

Uno podría tirarse el día entero en la sala de los tebeos. Hay decisiones expositivas un tanto extrañas, eso sí. EC Comics disfruta del muy merecido honor de recibir una columna de exposición exclusiva para sus títulos, pero la otra columna de esa misma categoría está dedicada, sin embargo, a los cómics de la Atlas de los años 70, que hoy en día son una frikada tan marciana que ni los más excéntricos coleccionistas han conseguido que suba su cotización (cualquier día de estos tengo que hacer una entrada sobre esa locura que es Planet of Vampires).

Por otra parte, hay algunos fragmentos de las estanterías que uno se llevaría a casa sin dudarlo, como por ejemplo esta pequeña secuencia arácnida que incluye Amazing Fantasy #15 (primera aparición del trepamuros), Amazing Spider-Man #1 y Amazing Spider-Man #39 (el primero de John Romita).


Otro de los que inspira cierto fervor religioso es el Fantastic Four #1.


Más allá del aturdimiento que produce sentir la presencia física de ciertos hitos históricos del cómic (reconvertidos ahora a hitos económicos del coleccionismo), esta primera sala ofrece un viaje muy entretenido por las diferentes épocas del medio, poniendo en extraña y en ocasiones reveladora relación portadas y colecciones que definen épocas y tendencias.



Por supuesto, uno no disfruta del privilegio de manejar y ojear todos estos tebeos, pero en el Geppi saben que la portada no lo es todo, de manera que en la sala hay unos puestos electrónicos con pantallas táctiles que permiten leer versiones digitales de clásicos como la primera aparición de Batman y algunos otros. Pepo Pérez se prestó a hacer una demostración del artilugio para los lectores de Mandorla:


Yo me habría quedado a vivir en esa sala, pero al final hay que salir y tomar aire, e ir al encuentro de otros tesoros. No voy a hacer aquí un recorrido detallado por el resto del museo, pero al menos dejaré unas pocas imágenes de muestra, con algún comentario añadido.

Una  notable colección de novelas y revistas pulp de ciencia-ficción y fantasía:





Clásicos del cómic de principios del siglo XX: originales, páginas y merchandising de todo tipo:





Una cantidad incomprensible de carteles de cine, cómic, televisión, juguetes y música de todas las épocas, géneros y estilos:









Juguetes para entretener a varias generaciones de niños. Incluyendo una colección muy completa de Howdy Doody, muy probable inspirador del Woody de Toy Story.













Y, por supuesto, lo más importante de todo: una tartera de Espacio 1999:


Para ir terminando, mencionaré uno mis rincones favoritos del Museo, el de Martin Luther King, pop star:


Y bueno, si vas al servicio ya te cagas (lo siento, tenía que decirlo):


Sales del Geppi aturdido, dando tumbos, intentando poco a poco abandonar el reino de fantasía que acabas de visitar para volver al mundo real. Y al poco te encuentras con este puesto callejero de bebidas, sin ninguna relación con el Museo, y entonces te das cuenta de que en América a veces no tienes mundo real al que volver.