martes, 30 de abril de 2013

LA AUTOBIOGRAFÍA COLOMBIANA DE SUPERMÁN Y OTRAS DISQUISICIONES


Joni b fue uno de los grandes descubrimientos que hice en mi visita a Colombia el año pasado. Su Parque del Poblado es una de esas novelas gráficas que se te quedan más dentro de lo que te habías dado cuenta y a las que al cabo del tiempo sigues dándole vueltas cuando creías que ya la habrías olvidado. Ése es el encanto de Joni b, discreto pero persistente. No causa un gran impacto de entrada, no es nada ostentoso, pero con voz baja y suave sus fantasías, un poco tímidas al principio, se van desenvolviendo con la soltura creciente de la embriaguez que aumenta gota a gota durante una noche de copas. Esto es un poco lo que pasa con las historias que ha reunido en Maldito planeta azul (2012, Periférica), un volumen publicado por una editorial literaria de Cáceres donde se concentran varios relatos que sorprenden por sorpresa. Dirán que no hay otra manera de sorprender, claro. Pero es que lo que tienen las historias de Joni b. es que al empezar a leerlas uno no espera que le sorprendan. Y cuando ya lo hacen, cuando revelan todo su potencial mágico, uno todavía se resiste a aceptar lo desaforadas que son.

El truco está, sin duda, en la perezosa cotidianidad en la que están inscritas todas, y en la transparente proyección de la intimidad del dibujante que hay en todos sus personajes, por estrafalarios que sean. Es todo tan palpablemente real y normal que uno se resiste a aceptar que en realidad lo que está pasando sea extraordinario, incluso cuando lo tiene ante los ojos.

El libro se abre con una fantasía delirante titulada Supermán, que lleva el subtítulo «una nueva aventura autobiográfica de Joni b» y en la que lo que parece el costumbrismo juvenil haragán más ortodoxo poco a poco se va precipitando en una gran saga donde Supermán, Linterna Verde, Lex Luthor, Luisa Lane y Espiderman se drogan con kryptonita, arman una revolución contra los generales y se quejan de que el mate está lavado. Joni b consigue un equilibrio propio que se mantiene equidistante de la farsa underground y la parodia fanboy, quizás porque su gran tema es el escepticismo. Con su absoluta ausencia de ambiciones, supera las ambiciones de las versiones serias del mismo tema, esa larga estirpe que empieza en Watchmen y acaba de momento en Jupiter's Legacy. Pero el Supermán de Joni b., por supuesto, es otra cosa, y la inesperada continuación de la historia lo subraya: Supermán se encuentra ahora en un planeta alienígena, el planeta de la responsabilidad y la vida en pareja. Y añora la adolescencia. Esa adolescencia prolongada que se resume en los otros relatos del libro en viajes a Marte o apocalipsis zombi devenidos en juergas de fin de semana. El tipo de fantasías propias de personas a las que nunca pasa nada pero que están todo el día viendo películas y leyendo cómics. Personas como nosotros.


ADEMÁS de Maldito planeta azul, Periférica ha incluido otro título de cómic en su catálogo: Aloha (2012), de la uruguaya Maco, una jovencísima autora (nacida en 1987) que es básicamente un viaje por la topografía de la página explorando todo tipo de posibilidades narrativas y juegos gráficos a través de los devaneos de un personaje genérico. Aunque el conjunto resulta un tanto blando y no supera la sensación de ejercicio de estilo, la osadía de la autora y su juventud hacen que merezca la pena estar atentos a sus próximos esfuerzos. Tomo nota.

lunes, 29 de abril de 2013

EL SUICIDIO DE LOS LUNES


Hoy es lunes, así que vamos a hablar de Monday Suicide, de Gabriel Corbera.

Hace año y medio escribí una entrada en Mandorla sobre Sundays on Mars, la serie de cómics que Corbera estaba publicando en internet. Entonces comentaba que las almas intrépidas harían bien en seguirle los pasos y ver a dónde le (nos) llevaban en el futuro. De momento, le han llevado a la publicación impresa a través de fanzines, que Corbera ha empezado a publicar con una frecuencia cada vez mayor. Monday Suicide (2012, Space Face Books) es el más formal de todos, con su portada de cartulina en color. Le han seguido productos todavía más artesanales: Nowt (2012, Miedo) y Nowt II (2012, Miedo) y Chufi (2013, Miedo y Fatbottom), y parece que vienen más rápidamente en camino.



En Monday Suicide, Corbera continúa su exploración de lo que en su día llamamos la tira cómica contemporánea planteando situaciones comunes, o incluso tópicas -¿hay algo más típico de la tira de prensa que el mal de los lunes?- que se nos presentan con una nueva extrañeza. A veces, uno tiene la sensación de enfrentarse a una versión del Jack Survives de Jerry Moriarty perpetrada por los androides del Electroma de Daft Punk, que hace unos días citaba un lector de Mandorla en los comentarios. Es decir, costumbrismo posthumano.





En Nowt y Nowt II parece que las citas a autores fetiche (algunos más evidentes, como Yuichi Yokoyama o el propio Osamu Tezuka, otros más idiosincráticos, como Leon Sadler) toman un tono más festivo y se escoran hacia el pulp y los géneros de derribo, pero todo tiene una resonancia hueca. Es como si Corbera trabajara para excavar el cascarón emocional de sus tebeos, lo cual no quiere decir que carezcan de emotividad, sino que ésta es tratada como un elemento retórico más. Tal vez todo sea un disfraz que apenas puede cubrir el sentimiento de aislamiento, paranoia y desconfianza que impregna todas las páginas. No puede ser casualidad que el autor haya elegido Miedo como nombre para su sello.


En Chufi el giro hacia el humor negro parece la única salida para una carrera macabra, pero al mismo tiempo hace más patente la presencia de la muerte, que se anuncia no ya a través de calaveras medievales, sino del gusto creciente por la imperfección y el error en el trazo y la mancha. La descomposición incorporada como parte del proceso creativo, vital, es el rasgo que marca el futurismo desideologizado de Corbera. «I find you horrible, but I'll get used to it». Claro que sí, querida.

La adscripción de Corbera al fanzinismo parece militante, y debo decir que hoy por hoy me parece un medio que, más que un simple soporte asequible, hay que entender como elemento que aporta un matiz expresivo a un trabajo tan irrenunciablemente anticomercial como éste.

Para mí es un honor que Gabriel Corbera sea uno de los autores participantes en Panorama, donde además tendremos el privilegio de disfrutar de su primera historieta en español.

ATENCIÓN: Rubén Lardín entrevista a Gabriel Corbera en Vice.

SMALL PRESS: Quiero comentar otro par de productos de la small press española que he disfrutado durante los últimos meses. Del fanzine Buendolor hemos hablado con anterioridad en Mandorla, pero parece que cada vez va a mejor. Su número tres (otoño de 2012), «Experimentando con sexo», utiliza el doble sentido de su lema para mostrar una vez más la vocación vanguardista de su impulsor, Álvaro Nofuentes, que deja claras ya desde la portada sus intenciones interrumpiendo con un troquelado vaginal un pastiche de Disney.

El rango estético de Buendolor es muy amplio, porque su nómina de colaboradores toca muchos palos, desde Esteban Hernández hasta Micharmut y todo lo que hay por medio y en sus orillas. A mí en este número me han llamado la atención especialmente las historietas de Marcos Prior (que ha dibujado algo que llevaba mucho tiempo dándome vueltas en la cabeza... aunque en mi caso era con robots gigantes), Clément Xavier, con una deliciosa parodia de James Bond (véase imagen de ilustración) y Maxime Jeune y Camille Albaret, con una fantasía erótica precolombina. En conjunto, un número muy jugoso. Para conseguir Buendolor, consúltese el blog de Nofuentes.

El segundo título que quería mencionar es La isla del Diablo/Escondite, un minitebeo doble de Alexis Nolla publicado por Apa Apa, que sigue manteniendo vivo el frente de la resistencia alternativa en las viñetas españolas. Nolla se inscribe plenamente dentro de la estética indie de nueva ola de fanzines como Colibrí, y en las dos portadas de este tebeo casi podríamos decir que condensa todo su programa: personajes disfrazados con los rasgos icónicos de los estereotipos que representan, pero detenidos, estáticos en una inacción perpleja. En resumidas cuentas: en pose.

Y eso es lo que encuentra uno en las historietas del interior: la evocación de grandes escenarios y aventuras clásicas que se descomponen en un escepticismo posmoderno que sólo entiende las relaciones a pequeña escala. El mundo como entramado literario, la vida como aventura proyectada y siempre demorada. La deliciosa fluidez con la que Nolla lo cuenta todo hace que espere con ilusión sus próximas historietas.

En Entrecomics entrevistaron a Alexis Nolla.

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 93: COLECCIONISMO


COLECCIONISMO

Coleccionar objetos relacionados con Batman es, realmente, una forma de vida. Aunque creado en los años 40, Batman fue diseñado con asombrosa clarividencia para la actual era del merchandising, al ser fácilmente reconocible por medio de símbolos de gran potencia y al permitir la adaptación de cualquier objeto a su personalidad con sólo añadirle ciertas marcas estilísticas (especialmente el ala y el emblema del murciélago) y el prefijo Bat. Comercializable como ningún otro superhéroe en toda la historia, cuenta además con el añadido del merchandising propio de Robin, también muy lucrativo.

Aunque ya durante los 40 y 50 se generó merchandising de Batman y Robin, tuvo poca relevancia hasta la llegada de la serie de televisión en 1966, que inauguró una nueva era para los editores de superhéroes. Con los miles de productos de toda clase elaborados a partir de la efigie de los Cruzados Encapuchados entre 1966 y 1968 se podrían llenar varios libros. Sus ventas produjeron cientos de millones de dólares (es absurdo hacer caso a las estimaciones, todas se quedan cortas) y marcaron la infancia de una generación de estadounidenses, los “baby boomers”, cuyos miembros guardan inevitablemente algún juguete de Batman en el fondo del cajón de los recuerdos. Radios portátiles, lámparas, batfonos, papel de pared, periscopios, muñecos hinchables, muñecos articulados, muñecos de trapo, muñecos con paracaídas, pegatinas, recortables, libros de colorear, Batmóviles de latón, disfraces, pistolas de agua, novelas baratas, trompos, marionetas, ceniceros, adornos para bicis, Batlanchas, Batcópteros y otros artículos modelaron una época de fantasía ingenua, en la que se mezclaban los productos inspirados directamente por la serie televisiva con los inspirados por los tebeos y los inspirados por dios sabe qué, a juzgar por lo remotamente emparentados que parecían con los características estéticas ortodoxas en lo relativo al personaje. Entre los clásicos más buscados están las tres primeras colecciones de cromos de Topps, que suman un total 143 escenas pintadas al gouache por Norm Saunders a partir de lápices de Bob Powell. Este clásico fue posible gracias a que Fox no proporcionó fotos de la serie a la editorial. Cuando empezó a hacerlo, a partir de la cuarta serie, el interés de los cromos decreció considerablemente.

El declive de la serie de televisión trajo una lógica merma en la producción de bat-cachivaches, pero no una erradicación completa, ya que a partir de ese momento Batman se mantendría en perpetua oferta, aún en sus períodos de menor popularidad.

De los zafios años 70 son memorables los toscos muñecos articulados de Mego, una marca caracterizada por economizar en costes de producción, lo cual probablemente contribuyó a dar ese indescifrable encanto a sus burdas figuras, que iban vestidas con ropa de tela y que en lugar de épicos superhéroes parecían tarados que se habían hecho un disfraz casero para salir a pasear por el jardín del manicomio. Eran muñecos, además, particularmente frágiles para las siempre inquietas manos infantiles (o quizás yo fuera muy bruto).

Los ochenta apenas produjeron algo más interesante que las colecciones de Super Powers de Kenner, que incluían varios muñecos de Batman, Robin, el Joker y el Pingüino y algunos accesorios como el Batcóptero y el Batmóvil.

La segunda gran oleada llegaría, lógicamente, en 1989, con la segunda Batmanía desatada por el Batman de Tim Burton. Esta oleada ha sido tan intensa como la de 1966, y más prolongada en el tiempo, con picos en los momentos de coincidencia con las sucesivas películas: 1992, 1995 y 1997. A diferencia del candoroso merchandising de los sesenta, sin embargo, éste ha sido mucho más industrial y brillante, perdiendo en emotividad lo que ha ganado en calidad de acabados y detalles. Junto al merchandising “fugaz” (promociones de grandes cadenas de hamburgueserías y semejantes) que tanto preocupa a los coleccionistas y altera su régimen de comidas, se ha producido un merchandising inspirado directamente en cada una de las películas y otro más genérico. Colecciones como Legends of Batman, por ejemplo, no parecen tener una fuente clara ni en la pantalla ni en las viñetas. Sin embargo, lo más apreciable de lo producido durante los 90 han sido las sucesivas colecciones de muñecos articulados manufacturados por Kenner con el estilo de la serie de dibujos animados. Realizados con gran cuidado y con niveles de calidad muy superiores a los de la competencia (los muñecos de Marvel producidos por Toy Biz resultan patéticos en comparación), las decenas de figuritas puestas a la venta por Kenner desde 1992 hasta ahora bajo los epígrafes Animated o Adventures son codiciables no sólo por la perfección con la que se han reproducido los preciosos diseños originales, sino por la variedad de personajes que se han fabricado.

Capítulos aparte merecerían los divertidísimos merchandising japonés (con deshumanizados robots de Batman y Robin incluidos) y el merchandising pirata que produce copias y derivados baratos de nuestros héroes que no se le ocurrirían al mejor guionista de “Elseworlds”, como el Batman hinchable de plástico amarillo y capa roja que descansa en una de mis estanterías.

Para el coleccionista de Batman también existe la alternativa de adquirir muestras del arte original de los comics. Claro que las piezas históricas sólo están al alcance de ciertos bolsillos. En 1997 se han pagado 21.850 dólares por la portada original de Batman 12 (Jerry Robinson y Fred Ray), y 17.250 por la de Batman 189 (Carmine Infantino y Joe Giella). Con seguridad, decenas de veces más de lo que los artistas cobraron por dibujarlas.

viernes, 26 de abril de 2013

REGRESO AL FUTURO


En las últimas entradas de Mandorla he comentado La muerte en los ojos, de David Sánchez, y Cosmic Dragon, de Carlos Vermut, dos tebeos que pertenecen a la colección Jaimito de la editorial ¡Caramba!, junto a Ser un hombre, de Albert Monteys, e Infame, de Néstor F. Y digo bien, tebeos, porque en apariencia física recuerdan a lo que materialmente hemos conocido como tebeos de toda la vida. Tapa blanda, 24 páginas, grapa. El clásico cuadernillo.

El cuadernillo fue el soporte predilecto durante las décadas en las que el cómic fue un producto masivo de kiosco. Apaisado o vertical, era en «comic books» como se difundían los Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz y El Capitán Trueno.

El cuadernillo era un formato adecuado a un punto de venta donde se vendía prensa, como era el kiosco, pero la retirada de los kioscos fue eliminando el cuadernillo de la producción internacional, y hoy en día ya casi sólo lo utilizan las editoriales mainstream norteamericanas: Marvel, DC y sus competidoras en la librería especializada, Image, Dark Horse, IDW y demás. Sin embargo, el comic book se ha desnaturalizado mucho en el mercado norteamericano. Ya no tiene entidad propia, sino que ahora se entiende como la prepublicación fasciculada de una obra que encontrará su verdadera forma recopilada posteriormente en libro. (Las colecciones que todavía tratan el comic book como un soporte independiente, como el Ojo de Halcón de Matt Fraction y David Aja del que ya hemos hablado aquí, son ya casi excepcionales).

Diría que casi la última vez que vimos a autores españoles publicar en cuadernillos fue a finales de los 90, cuando una microeditorial barcelonesa, Camaleón, se refugió en el formato más barato posible para dar salida a un buen número de jóvenes autores españoles que se habían quedado huérfanos en el inmenso cráter en el que había implosionado el cómic español de aquel momento. Con esa voluntad meramente de supervivencia básica, los tebeos de Camaleón acogieron los primeros pasos de nombres que hoy nos suenan tanto como Albert Monteys, Álex Fito, Marcos Prior, Josep Busquet, Ramón F. Bachs, Luis Bustos y otros, por citar sólo a unos cuantos. Las editoriales grandes decidieron imitar a Camaleón, y pronto tuvimos a Planeta-DeAgostini publicando a autores en blanco y negro en la célebre Laberinto de Toni Guiral, y a La Cúpula haciendo lo propio (y también con figuras extranjeras) en Brut Comix. (Un documento de la época que rescaté hace algún tiempo en Mandorla: «Guerreros de antaño», publicado en U #20, en 2000).

Aquello no duró mucho, y con la retirada definitiva de los kioscos y el auge de la novela gráfica y los webcómics, apenas hemos visto comic books españoles durante la última década.

A simple vista, por tanto, sorprende un poco que sea ¡Caramba!, una editorial comprometida con nuevos modelos de distribución y comercialización, quien haya realizado este gesto regresivo de recuperar el tebeo de grapa justamente ahora.

Mirando los antecedentes, uno se preguntaría cuál de los dos primeros motivos posibles que a uno se le ocurren les ha impulsado a hacer esto:

· ¿Se trata de una estrategia económica? ¿Un intento de recuperar formatos más baratos y más populares?
· ¿Se trata de una estrategia de repliegue hacia modelos viejos para restaurar el orden natural en un mundo del cómic que se ha escorado últimamente hacia formatos más pesados para conquistar las librerías generalistas?

En mi opinión, no se trata de ninguna de las dos cosas.

Los Jaimitos no pretenden ser baratos. Cuando uno tenía en las manos los tebeos de Camaleón o Laberinto, comprendía que el editor había ahorrado en todo lo posible, salvo quizás en la última concesión que era mantener la portada a color. Los Jaimitos, por contraste, son comic books de lujo, a todo color, con solapas en las portadas, y con un precio de 6€ que es superior al que suelen marcar los comic books que todavía hoy se publican en España, y que consisten en algunas colecciones de Panini (Marvel) y ECC (DC). Dudo tanto que los Jaimitos nazcan con la intención de abaratar nada como que Cosmic Dragon pretenda competir con La Patrulla-X y Batman.

Y dudo mucho también que haya ninguna intención de vuelta atrás en esta propuesta. Al contrario, veo más bien en estos Jaimitos un gesto de futuro, un gesto postnovela gráfica. Desde luego, tienen más que ver con los comic books de Nobrow (en España el antecedente más cercano estaría en algunos que sacó Inrevés, la editora de NSLM) que con El Corsario de Hierro. Me pregunto si es un gesto incluso demasiado avanzado, prematuro, en un momento en el que estamos todavía dudosos de que se haya consolidado la novela gráfica y teniendo en cuenta, sobre todo, la crisis económica general en la que estamos sumidos todos, con cómics o sin ellos.

Pero es un gesto que tenía que llegar tarde o temprano, y que yo personalmente estaba deseando ver lo más temprano posible. Durante los últimos años la novela gráfica ha sido la expresión de una voluntad por manifestar temas y formas nuevas para el cómic que atraigan a un público nuevo, el público de la cultura, y esta voluntad ha utilizado el libro para alcanzar a esos lectores en el único sitio donde podía encontrarlos, en la librería generalista. Pero el cómic ha llegado a esta estación con un equipaje muy grande, una herencia a veces un poco destartalada, sí, no pasa nada por reconocerlo, pero también con alguna joya deslumbrante perdida entre la bisutería barata. En todo caso, es nuestra herencia, y los que venimos del cómic de siempre la queremos tal como es. Como en cualquier otra forma artística, es normal que en el cómic deseemos revisar ese legado, y reutilizarlo, rehabilitarlo y hasta repudiarlo cuando sea necesario. No perderlo ni dilapidarlo, en todo caso. Ahora es el momento de verificar nuestras maletas y pensar cómo nos pueden servir para continuar el viaje desde aquí.

Una vez que el cómic ha atrapado la atención de un nuevo lector a través de una novela gráfica cuyo tema le ha interesado, y luego de otra, y de otra... ¿puede finalmente ese lector nuevo interesarse por cuestiones propias del cómic? Creo que ahora mismo no se me ocurre otra manera de formular esta pregunta que la siguiente: ¿Podemos hacer que nuestros nuevos lectores pasen de leer historias a leer cómics?

Ésa, y no otra, puede ser la batalla decisiva para la supervivencia del cómic en los próximos años. La batalla de la postnovela gráfica.

Y es una batalla que pasa por el formato, como plantean de forma meridianamente clara estos Jaimitos. Yo siempre he defendido la condición decisiva de lo material, pero el caso que tratamos aquí es muy revelador. El catálogo de ¡Caramba! está lleno de obras heterodoxas, títulos que difícilmente encajarían en el repertorio de un editor de cómics convencional: El Hematocrítico de arte, Humor cristiano, Reunión, Los fabulosos Teykerman... Incluso novelas gráficas aparentemente más convencionales, como Let's Pacheco! Una semana en familia son obra de autoras alejadas del mundillo y nacidas en internet.

Frente a esto, precisamente los cuatro Jaimitos son los cuatro títulos que de forma más ortodoxa encajan en los esquemas del mundillo. ¿Acaso Ser un hombre está muy alejado de un Para ti que eres joven monográfico? ¿Se puede concebir Cosmic Dragon con otro formato que no sea como un comic book convencional y en conversación con los géneros tradicionales? La muerte en los ojos continúa con el estilo de ADN comiquero que ya muestran las otras novelas gráficas de David Sánchez, e Infame es una farsa sobre un crítico de novelas gráficas.

¿Es casualidad esto?

Parecería que tebeo llama a tebeo.

NOTA 1: Una llamada, por cierto, a la que yo no me he podido resistir. Por eso ahora mismo estoy trabajando en un Jaimito en colaboración con Javier Peinado, con quien ya colaboré en La tempestad y Héroes del espacio. Más adelante daré detalles al respecto.
NOTA 2: Sé que recientemente ha habido otros intentos de lanzar comic books con autores españoles, entre ellos las Nuevas Hazañas Bélicas de EDT. No los menciono simplemente porque no he tenido ocasión de verlos, y por tanto no voy a especular con ellos. Mi comentario, pues, se basa exclusivamente en los Jaimitos de ¡Caramba!

miércoles, 24 de abril de 2013

ERES LO QUE COMES


Roberto Bartual, que es una de las personas que mejores textos en español sobre cómic está dejando por la red, escribió recientemente en Factor Crítico sobre Cosmic Dragon (2012, ¡Caramba!), el último tebeo de Carlos Vermut, que une a través de una vinculación insólita (pero inevitable) las dos obras maestras de Akira Toriyama, Dragon Ball y Doctor Slump. La teoría de Bartual, inspirada por Raúl Minchinela, me pareció fascinante: Boken, el héroe de Cosmic Dragon, pide la unión de toda la humanidad en un solo propósito: luchar contra el enemigo, contra el demonio, contra el villano, para salir adelante todos juntos. Rememos todos en la misma dirección. Pero Bartual se cuestiona qué hay detrás de ese llamamiento, que tanto nos recuerda a los que hace el gobierno en nombre de la lucha contra la crisis y que finalmente sólo sirven para que sigan desvalijándonos desde el poder. Así, se podrían plantear las preguntas sobre quién ha elegido a Boken como héroe que tome las decisiones por todos nosotros, y por qué la destrucción de Demoniak ha de ser necesariamente la destrucción del mal. ¿Cuáles son las credenciales del héroe y del villano? Un cuestionamiento crítico posmoderno que se apoya en la posmodernidad de Cosmic Dragon, en línea con la de la película de Vermut, Diamond Flash, que ya daba la vuelta a los roles predeterminados.

Pero cavilando sobre el tema he acabado pensando que Cosmic Dragon no es un tebeo posmoderno, sino de un clasicismo militante.

Es cierto que el principio (la imagen que abre este post es la primera página) es quintaesencialmente posmoderno. Cosmic Dragon empieza después del final de la historia. Cosmic Dragon empieza con la derrota del villano y su descomposición. ¿Qué pasa después, qué pasa cuando ya se ha acabado el relato?

Que el relato continúa, claro. Porque el villano se recompone y vuelve a la batalla, y así es como Vermut en apenas tres páginas se desmarca de la intertextualidad referencial literaria para señalar la adherencia de Cosmic Dragon a las marcas formales de su modelo industrial: Cosmic Dragon es una serie. Sí, por supuesto que es sólo una historia completa y cerrada, no hay números anteriores ni posteriores, ni los habrá jamás, como no hubo jamás más que un número 237 de Calavera Lunar, por más que lleve quince años buscando el resto desesperadamente, pero lo importante es que en cada episodio de una serie moderna está contenido un fragmento de una historia (o sea, que no hay historia, salvo como ruina) y todos los elementos heredados que permitirán que deje un legado bajo la forma del siguiente episodio. Cada número es un eslabón de una cadena: completo y cerrado pero útil solo en tanto en cuanto se enganche con los demás. Para eso se ha creado.

Así que a cada victoria sigue una derrota y a cada derrota una victoria.

Las formas determinan el contenido. A la pregunta, entonces, de quién decide que Boken es el héroe y Demoniak el villano, la respuesta no es ética, sino formal: lo decide el relato. Es justamente sobre esto sobre lo que escribía en esta entrada acerca de Batman: The Dark Knight Returns.

Pero si hiciera falta una prueba moral de que Boken es realmente la representación del héroe clásico, sólo hace falta fijarse en lo obvio: es Boken quien come mierda.

Y tragar mierda ha sido siempre la prerrogativa de los más grandes héroes. Cuanta más mierda, mejor. Que se lo digan a Peter Parker.

Una cosa es que nos pidan unirnos todos contra el mal y tragar mierda por el bien común, y que desconfiemos de quien nos pide tal sacrificio, y otra cosa es que alguien que va a hacer altruistamente algo por todos nosotros que nosotros no somos capaces de hacer nos pida que le apoyemos con un gesto que no nos cuesta nada y que nosotros, como respuesta, le hagamos tragar mierda.

O sea, que más que una meditación sobre las trampas del poder, podríamos ver aquí una meditación sobre la miseria de la masa y la dificultad de convencer a los colectivos para que se entreguen por un proyecto común, aunque sea en su propio beneficio. O tal vez sea la meditación de un director de cine novato que se está relajando después de su primera experiencia sumando las fuerzas y voluntades de un grupo humano en una obra coherente.

Cualquiera sabe. Mi objetivo con este post no es invalidar la lectura de Bartual, desde luego, sin la cual probablemente no existiría esta entrada, sino señalar cómo la belleza de Cosmic Dragon está en la amplitud que tiene para recibir a públicos diferentes que llegan desde lugares diferentes, como Roberto y yo. Y creo que ésa sí es indiscutiblemente una de las virtudes del trabajo de Carlos Vermut que el autor se esfuerza en cuidar y fomentar deliberadamente.

De hecho, es difícil imaginar que alguien criado con Dragon Ball pueda moverse por impulsos cínicos. Al fin y al cabo, eres lo que comes. Quiero con esto decir que sospecho que muchos lectores hipsters de Cosmic Dragon lo interpretarán en términos de barrabasada destructiva, que es lo que marca la tendencia moderna: reírse de los héroes y chocar esos cinco con una sonrisa cómplice. Leyendo muchas reseñas o comentarios por internet, uno pensaría que lo único que hace David Sánchez (por ejemplo) es acumular citas a Lynch, las drogas y los freaks de una manera confusa pero molona, y que Carlos Vermut es un tío guay porque saca a un héroe serio haciendo burradas como comer caca y al final se carga al pobre desgraciado del coprotagonista. Y sin embargo, lo que de verdad está haciendo Vermut es preguntar por los límites de la ética en el heroísmo y responder dos veces que el corazón de Boken es inmensamente generoso. Porque no hay acto más generoso y heroico que el que ejecuta en la última página.



Todo, pues, está en la gracia con la que uno sepa mezclar en la batidora de referencias las citas apropiadas. O tal vez todo esté en lo que uno haya comido cuando crecía. Yo, por ejemplo, como soy ya un veterano, mientras veía cómo Pichukli el fiel amigo de Boken invocaba a todos los seres humanos del mundo entero, tenía en la mente una escena de la Patrulla-X (Uncanny X-Men #65, 1970, Dennis O'Neil, Neal Adams y Tom Palmer), donde el Profesor Xavier aunaba las energías de todos los hombres y mujeres de buena voluntad para rechazar la amenaza extraterrestre.




Todo es nuevo y todo es igual. Y bien pensado, a lo mejor es que el cómic nació posmoderno.

La entrevista de Alberto García Marcos con Carlos Vermut en la web de ¡Caramba! es fabulosa: Dirigiendo cómics, dibujando películas.

DURANTE LOS PRÓXIMOS CIEN KILÓMETROS


Me encanta esta secuencia de cuatro viñetas de La muerte en los ojos (2012, ¡Caramba!), el último tebeo de David Sánchez. Con un clasicismo riguroso, el autor modula la repetición y la variación con la medida exacta necesaria para representar el paso del tiempo, que es una de sus obsesiones principales. David Sánchez ha emprendido un proyecto para intentar representar con la máxima exactitud todas las dimensiones físicas, incluso las invisibles, como es el tiempo. Aún más: incluso las dimensiones psicológicas, como por ejemplo la dimensión cultural que hace de filtro para nuestra percepción de todas las demás. En esta secuencia, por ejemplo, un Citroën Tiburón avanza solitario por el desierto, y parece que estuviera aplanando en un solo concepto los dos primeros éxitos de Spielberg: El diablo sobre ruedas y Tiburón. Dos historias donde lo único que importa es la superficie, y los discursos -como la famosa charla de Robert Shaw sobre los náufragos devorados- son sólo un añadido físico, que no explica la obra ni la dota de significado. Son sólo piezas, sonidos de los personajes, como en esas canciones en las que la voz no está acompañada de la música, sino que está tratada como cualquier otro instrumento, la voz humana con la misma categoría que la guitarra o la batería. Eso es lo que sucede en las páginas de David Sánchez, donde todos los objetos tienen el mismo rango: una persona, un radiocasete o un cenicero. El otro día estuve en una charla de Dash Shaw, donde habló del concepto de dumb line acuñado por David Mazzucchelli, su maestro en la SVA. La línea tonta es una línea de dibujo que ni jerarquiza, ni enfatiza, ni explica. Es la búsqueda de un dibujo que no añade un color emocional al mensaje iconográfico, sino que deja que sea el lector quien negocie directamente con el dibujo su propia respuesta a él.

En cierta manera, no hay línea más tonta que la línea clara con la que David Sánchez describe un mundo tan perfecto que no puede ocultar sus errores. Por ejemplo, en la página 3 vemos una señal de tráfico que indica que se puede adelantar plantada al lado de una línea continua en la carretera. Como lectores, nos toca a nosotros decidir qué interpretación queremos hacer: ¿es una señal que denuncia la condición de constructo de toda la historia, un aviso de que hay un glitch en matrix? ¿O aceptamos la tersa perfección del mundo que estamos visitando y entendemos entonces que el error es de los operarios que pusieron la señal? ¿Tal vez las reglas aquí sean diferentes? Al fin y al cabo, nuestra mirada se pierde en el horizonte desértico sin desenfocarse. Todo está impecablemente nítido.

Dependiendo de cuál sea nuestra respuesta, podremos decidir si en la página que reproduzco a continuación lo que vemos a través de las ventanillas es el paisaje físico por el que se desplaza el tiburón o el paisaje psicólogico del pasajero y el conductor:


¿Que uno de los personajes explique la norma dos, que ordena la sumisión al ejemplo, enmarcado por dos loros, que «son buenos imitadores» y «les resulta fácil reproducir los sonidos de otras aves y animales, incluidos los humanos» es entonces una simple casualidad?


Por supuesto, porque en los tebeos de David Sánchez todo está improvisado, como en cualquier viaje epistemológico real (véase el Vapor de Max o el Grandes preguntas de Anders Nilsen, otras dos obras que tratan sobre lo mismo). Todo son pistas falsas. Ésa es la única verdad, y ésa es la única manera de acercarse a ella.

Recomiendo la lectura de esta excelente entrevista con David Sánchez a cargo de Alberto García Marcos en la web de ¡Caramba!: Bienvenido al nivel uno.

lunes, 22 de abril de 2013

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 92: VICKI VALE


(PARTE DEL CAPÍTULO MONDO BATMAN)

VICKI VALE

Podríamos decir que Batman nunca ha tenido demasiada suerte con las mujeres, pero eso sería injusto. En realidad, habría que decir que nunca ha demostrado demasiado interés por las mujeres. A pesar de que parte de su fachada como Bruce Wayne incluye la pose de playboy mujeriego, el amor estable y verdadero es, probablemente, algo que le será negado eternamente.

Julie Madison, la primera pareja de Bruce, era la novia convencional de inicios de los 40, cuando la caracterización exhaustiva no era una exigencia del guión. Existía porque se suponía que el héroe debía tener una chica al lado y porque siempre podía resultar útil como rehén de algún villano, pero entre ella y Bruce no había química. Desapareció de la vida de nuestro héroe cuando decidió dedicarse a actriz de cine cambiándose el nombre por el de Portia Storme. De manera muy adecuada, su paso por la pantalla en Batman & Robin, esculturalmente encarnada por la supermodelo Elle McPherson, ha sido igual de plano y convencional.

Su sucesora, Linda Page, también se hartó de la ociosa vida aristocrática, pero decidió entregar sus recursos a ser enfermera de los pobres, como emulando a una Leslie Thompkins que por entonces aún no habían inventado los guionistas.

La vida sentimental de Bruce Wayne quedó convertida en un páramo, de manera que para darle algo de animación llegó Vicki Vale, a quien Bob Kane afirma que creó partiendo de unos bocetos de Marilyn Monroe que había realizado en la playa de Santa Mónica, donde se había encontrado con la legendaria estrella del cine. “Regresé al día siguiente a Nueva York -relata Kane- y me sentía tan inspirado por la impresión que había causado en mí que le enseñé mis dibujos de Marilyn a mis editores, y sugerí que introdujéramos una chica guapa a su imagen en la siguiente historia de Batman. La convertí en fotógrafo de prensa y la llamé Vicki Vale porque había salido un personaje así en el serial cinematográfico de Batman y Robin. El film había basado a Vicki en la Lois Lane de Superman y yo me adapté. Como Lois, era impulsiva y buscaba un notición, la identidad secreta de Batman. Siempre fue un interés romántico de Bruce Wayne y, posteriormente, de Batman.

Le dije al colorista que colorease su pelo de rubio, porque yo estaba imitando a Marilyn Monroe, pero inadvertidamente la puso pelirroja. Vicki Vale apareció por vez primera en “La noticia del siglo” en Batman 49, octubre-noviembre 1948. Desde entonces ha aparecido en muchas historias de Batman, además de en la primera película. Estoy seguro de que los fans encontrarán un gran parecido entre ella y Miss Monroe.

Si bien es cierto que Vicki pasó a ocupar una posición destacada en la nula vida sentimental de Batman, también es verdad que lo hizo más por defecto que por otra cosa. Mientras que con Superman siempre teníamos la sensación de que sentía verdadero afecto por Lois y que se casaría con ella si pudiera retirarse, en el caso de Batman no parecía que sintiese interés por nada más íntimo que las huellas digitales que dejan los delincuentes en el escenario de un crimen. Vicki no progresó mucho durante sus largos años de permanencia en la serie, que llegaron hasta los 80 y 90, cuando aún estaba intentando averiguar quién se ocultaba bajo la máscara de Batman. Más suerte tuvo en su aparición en el primer Batman (1989) de Tim Burton, encarnada por Kim Basinger, aunque fue sumariamente suprimida de las continuaciones, sin explicarse demasiado bien por qué (Bruce Wayne le comenta algo al respecto a Selina Kyle en Batman Returns).

Bruce estuvo a punto de caer con Rachel Caspian, a quien conocimos en Year Two, pero por muy enamorados que estaban los dos, ante la perspectiva de compartir su vida con Bruce, Rachel prefirió meterse a monja (también influyó cierto sentimiento de culpa debido a que su padre era el asesino conocido como el Segador).

Cerca del corazón del Detective Enmascarado han estado también mujeres de armas tomar como Selina Kyle-Catwoman, Nocturna o Talia, la hija de Ra’s al Ghul, todas ellas aptas para reproducir la semilla del Murciélago si no fuera por el pequeño detalle de que pertenecen al lado tenebroso del mundo. Ha habido más, como la locutora de radio Vesper Fairchild, pero el escurridizo multimillonario las ha eludido con la misma limpieza que a Chase Meridian, la voluptuosa psiquiatra a la que daba vida Nicole Kidman en Batman Forever, y que tras descubrir todos los secretos de Val Kilmer decidió apartarse de su camino o al menos no firmar para otra película.

Al final, Vicki queda como la más constante y popular de las chicas Batman, aunque para los fans de siempre sólo pueda existir una: la inimitable y añorada Silver St. Cloud. Un debate que se completa con el tercer vértice de Talia. Por supuesto, el corazón de Bruce Wayne es un órgano polémico, y los autores que han guiado los destinos de Batman bien podrían dividirse en dos categorías según su postura respecto a este asunto: los que lo conciben capaz de enamorarse y los que no. Entre los primeros, obviamente, Englehart: “Creo que es humano. Volvamos a su origen: todo procede de un muchachito que está tan abrumado por la emoción que hace un juramento que aún conserva veinte años más tarde bajo las más adversas circunstancias. Se enamoró de Silver St. Cloud. En la historia expliqué que no es la clase de tipo que dejaría de ser Batman jamás. Lo primero es Batman. No puedo imaginar a Bruce Wayne abandonando todo eso por nada: amor, odio, dinero... nada podría tentarle para que dejase de ser Batman. Pero puede enamorarse, y en esta situación resultó trágico. Pero no es frío. Es controlado, pero en su interior es una persona emocionalmente desarrollada por completo. No creo que pueda pasarse todo el tiempo gruñendo “Arrgh”. Lo que no haría es dejar que sus emociones le gobernaran. En este punto estoy en desacuerdo con la interpretación de Denny [O’Neil] de Batman. El suyo fue un Batman excelente para su momento. No estoy diciendo que Denny O’Neil no tuviera idea de quién es Batman. La tenía. Tenía una idea excelente. El Batman más humano no es en el que creo yo.” La otra cara de la moneda es, evidentemente, O’Neil: “No creo que sea impotente. Lo que pasa es que, por otra razón, no puede hacer el amor. No creo que tenga ningún defecto físico, pero creo que mentalmente tiene tal compromiso con lo que hace que... el núcleo de su obsesión le impide hacerlo. Es interesante imaginarlo físicamente incapaz de hacerlo, por razones psicológicas. Las mujeres con las que intima son las que de una forma u otra se relacionan con fechorías. Intima con ellas porque están cerca del núcleo de su obsesión. Otra mujer, que no tenga nada que ver con el crimen, le resbalará, le pasará desapercibida, excepto en tanto en cuanto pueda necesitarla para dar sustancia a su fachada de playboy. En mi biografía personal privada de Batman, la primera vez que le altera una mujer es cuando conoce a Talia.” A lo cual, Englehart replica: “En mi opinión Silver St. Cloud es la única mujer que realmente ha sobresalido en la vida de Bruce. Julie Madison llegó y se fue rápidamente, sólo fue un instrumento. Vicky Vale, por lo que yo puedo saber, fue sólo otro instrumento. Incluso cuando la escribía Doug Moench e intentó darle profundidad, sólo existía para hacer de contraste con Nocturna, o Catwoman o quien fuese, sólo era un instrumento. Catwoman también es un instrumento, todas ellas parecen meros instrumentos. Existen para que Batman tenga alguna situación romántica femenina con la que contrastarse, pero en realidad nunca existía ningún romance. Por fin, llegamos a Talia. Yo creo que Ra’s Al Ghul es uno de los grandes villanos de Batman, pero Talia nunca me pareció especialmente memorable. Existía para ser la hija de Fu Manchu, pero quien es realmente importante es Fu Manchu. No creo que la gente considere a Talia el gran interés romántico en la vida de Bruce, en la vida de Batman. Creo que se me olvida alguien... ¡Batwoman! Las cosas que se hicieron con Batman durante los 50 y los inicios de los 60 no puedo considerarlas cruciales para Batman como personaje... todas esas dimensiones alienígenas gigantes. Pero con Silver me propuse darle a Bruce Wayne una mujer adulta completamente desarrollada con la cual pudiera mantener una relación adulta completamente desarrollada. ¡Incluso se acostaban juntos, lo creas o no! Creo que es la única mujer de verdad en toda la cronología de Bruce. Verás, Clark Kent y Lois Lane, por mucho que Lois sea un instrumento, al menos comparten 40 años de historia. Para mí Vicky Vale es la Lois Lane genérica -“Necesitamos alguien que le dé la réplica a Batman, nos inventaremos a Vicky Vale.” Y el resto hicieron menos aún. Y otra cosa a tener en cuenta es que Silver St. Cloud fue el interés romántico durante los diez primeros años de intentos de película de Batman. Vicky Vale, Talia y el resto no pasaron la criba cuando se empezó a hacer la película. Teniendo en cuenta que han pasado diez años desde que vimos por última vez a Silver St. Cloud, no me sorprende que al final decidieran retomar al personaje más genérico. Pero si te fijas en el guión de Sam Hamm, la protagonista femenina es Silver St. Cloud. Se llama Vicky Vale y es periodista, pero tiene la misma personalidad que Silver y vive las mismas situaciones que Silver. Aunque se llame Vicky Vale, en esa historia es Silver St. Cloud. En el tomo de Las Mejores Historias de Batman Jamás Contadas, mucha gente opina que es una de las mejores. Estoy seguro de que habrá personas que opinarán que Vicky Vale o Talia son realmente las mujeres de la vida de Batman, pero no creo que sea lo que opina la mayoría.”

sábado, 20 de abril de 2013

EL CUENTO DE HADAS DE SUPERMAN


El 16 de junio de 1959, George Reeves se quitaba la vida. El actor había sido la imagen de Superman durante toda la década de los cincuenta, desde que se estrenara la serie televisiva del Hombre de Acero en 1952. Sin embargo, el Superman que él representaba –un fortachón simpático que zurraba a ladrones y estafadores- había muerto un año antes en los tebeos. Con fecha de portada de junio de 1958, en Action Comics 241, Superman había entrado en la “Edad de Plata”. Primero fue la Fortaleza de la Soledad, después vendría la mitología kriptoniana –con la ciudad embotellada de Kandor a la cabeza-, la kriptonita roja y sus extravagantes transformaciones, los enemigos estrafalarios como los recuperados Mr. Mxyzptlk y Bizarro, la ampliación de la superfamilia con Supergirl y Superboy, la proliferación fantástica de la Legión de Superhéroes… Y, por supuesto, los legendarios imaginary tales y untold tales que tanto fascinaron a Umberto Eco.

El timonel que guió al Hombre del Mañana con mano firme en la transición de lo que con Siegel y Shuster había sido una “fantasía social moderna” a un “cuento de hadas moderno”, en palabras de Bradford M. Wright, fue el editor Mort Weisinger. Gerard Jones cuenta que “una vez, después de leer unas páginas de una historia de Siegel, Weisinger se levantó con el manuscrito en la mano. ‘Tengo que ir al servicio’, le dijo a Jerry. ‘¿Te importa que utilice tu guión para limpiarme el culo?’” Pero si Weisinger era un ogro con los autores, Superman, que había sido uno de los objetivos del doctor Wertham en su cruzada contra el cómic, tenía que ser el más limpio de los héroes. Probablemente esa fuese una de las razones que impulsaron a Weisinger a alejar a Superman de la realidad, a proyectarle a un universo autocontenido de superhazañas imposibles, donde hacerlo más higiénico y neutro. Pero la fantasía del mundo perfecto de Weisinger resultó tan imposible como la propia felicidad del atormentado editor. Las “historias imaginarias” con frecuencia relataban sucesos tremebundos: matrimonios imposibles que acababan en desastre, sueños truncados, catástrofes cósmicas. El dramatismo de estas historias era tan intenso que las hacía emocionalmente más reales que las historias verdaderas. El mundo perfecto soñaba sueños autodestructivos. Las historias imaginarias que se cuentan los personajes imaginarios son fantasías de una inocencia terrible.

Artículo publicado originalmente en Del tebeo al manga. Una historia de los cómics 5 (2009, Panini), la colección dirigida por Antoni Guiral.