jueves, 27 de septiembre de 2012

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ILUSTRACIÓN


Alguna extraña conexión mental me lleva del post anterior sobre Los entusiastas de Brecht Evens a este en torno a Jean Baptiste Baigorri 1: Cramond Island (Nobrow 2012), de Irkus M. Zeberio. Como el de Evens, el de Zeberio es un cómic muy visual, muy de escuela de arte, aunque en este caso más orientado hacia la ilustración, el diseño y las artes gráficas en general (incluso también hay en su combinación de línea, manchas de color básicas y espacio en blanco algo que recuerda a Asterios Polyp). Cramond Island es, desde luego, uno de esos cómics que reclamaba en la última frase de aquel post: un cómic que me entra por los ojos. Y si consigue sugerirme un abismo infinito con cada imagen, es precisamente porque todas las deja abiertas. En lugar de posarse sobre el firme cimiento de un guión sólido, sus viñetas pasean y hacen cabriolas sobre un laberinto de alambres.

El Baigorri protagonista es un Aviraneta del alma, un viajero espiritual que recorre el paisaje de su propio inconsciente simbólico en un periplo surrealista que tiene la gravedad y la ligereza del Entreacto (1924) de René Clair, una farsa sobre la muerte de imágenes precipitadas al vacío de la vida moderna. Cramond Island es, por tanto, uno de esos tebeos que cuenta poco y dice mucho. Para entenderlo sólo hay que tener una clave: no distraerse demasiado leyendo las palabras.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

UN LUGAR MUY EQUIVOCADO


El año pasado escribí sobre Un lugar equivocado (Sinsentido, 2011) que era «el libro que había que tener». La presentación internacional del joven belga Brecht Evens era deslumbrante por su pincelada fluida, su uso del color pictórico en el cómic y un concepto revolucionario del espacio en la página. Un lugar equivocado era una obra de sensaciones e impresiones volátiles, un torbellino informal de imágenes y emociones juveniles que triunfaba más por lo que sugería que por lo que decía.

En su nueva obra larga, The Making Of (Drawn & Quarterly, 2012; que está publicada, o a punto de ser publicada en España por Sinsentido bajo el título Los entusiastas), Evens vuelve a hacer un despliegue gráfico de primera categoría, casi un catálogo de recursos, y además se aplica en armar un guión sólido y coherente mucho más que en Un lugar equivocado. A partir de un tema eterno, la vieja lucha de la naturaleza contra la cultura, que llevada al terreno del arte se convierte en inspiración vs. educación, al fin y al cabo un tema muy de estudiante de arte, Evens perfila personajes, pule el argumento y encadena anécdotas con una rotundidad que dista mucho de la fragilidad narrativa de su obra anterior. Lo que hace Evens es construir con mano firme una clásica sátira social burguesa, muy al gusto europeo y especialmente francés.

Con esto, para mí Evens se sitúa en un lugar muy equivocado desde el que plantear su manera de hacer cómics. Todo lo que es abierto en su espléndida personalidad gráfica se vuelve cerrado en su provinciano guión literario. Evens ha escrito su libro con buena letra y redacción impecable, pero no ha podido evitar los tópicos de un argumento muy manido y unos personajes muy sobados que convierten la supuesta crítica corrosiva en complaciente guiño entre pares. Si una virtud tiene Evens es precisamente su caudal visual, que aquí se vierte en una diversidad de recursos narrativos -hay algo de manual de estilo a lo Asterios Polyp también en The Making Of-, puntuados por citas recurrentes a la historia de la pintura, que parten precisamente de La ciudad, de Grosz, uno de mis cuadros favoritos. El gran poder de Evens está en sus imágenes, como dejó claro en Night Animals (Top Shelf), una maravillosa fabulita contada con un encadenado de ilustraciones. Incluso en The Making Of lo demuestra, en dos páginas que anteceden al inicio del propio relato y que, a la manera del vía crucis, condensan la novela gráfica entera en sólo doce imágenes sin palabras. Y lo hacen con mucha más potencia y sutileza que las 200 que vienen a continuación.

Quiero con esto decir que siento toda la simpatía del mundo hacia las páginas de Evens, pero creo que su comedieta moral de clase media a la francesa está muy por debajo de sus verdaderas posibilidades. Y ni siquiera es porque tenga antipatía por el género: Lauzier es uno de mis autores favoritos de siempre.

Con The Making Of confirmo que cada vez me interesan menos los guiones competentes y las historias bien contadas. Lo que quiero son imágenes que me entren por los ojos.

martes, 25 de septiembre de 2012

UNA BARBARIDAD (AMERICANA)


Esto no es de la SPX, pero podría serlo, porque allí también estaba Tom Scioli, con su propia mesita cubierta de sus cómics a la venta. Pero no, American Barbarian (Adhouse, 2012) es una de las lecturas que dejé pendientes de comentar antes de irme de viaje viñetero a Colombia y Bethesda y que quiero recuperar brevemente ahora porque es de justicia reconocer un tebeo que te ha hecho pasar un buen rato.

A Scioli lo mencioné al escribir sobre «Los primitivos cósmicos», y hay que decir que en él es evidente un impulso nostálgico moderno por recuperar un tipo de relato ingenuo y premoderno. Algo así intentó en Godland (Image), la serie que ha realizado desde 2005 junto al guionista Joe Casey y que ahora está llegando a sus capítulos finales. Godland era un monumental pastiche de Jack Kirby, y especialmente del Kirby de los 70, donde se mezclaba el espíritu de los Cuatro Fantásticos post-66 con la grandiosidad descacharrante de series como 2001 o Los Eternos. Pero Godland, a pesar de su desmesura, resultaba demasiado mimética de Kirby, la demostración misma de que la nostalgia como ingrediente activo sólo estimula la pasividad mórbida, y acababa desmoronándose, más allá de su valor fetichista o como elemento ancilar en una colección obsesiva de objetos kirbyanos.

American Barbarian, sin embargo, es otra cosa. Aunque su filiación kirbyana es igual de evidente, en este caso no es tan transparente. Sí, el paisaje donde se desenvuelve tiene ecos de Kamandi, pero Meric, su joven protagonista, posee un perfil propio. Incluso en el dibujo, Scioli parece concentrarse menos en convertirse en la mano resucitada del Rey, se relaja y se vuelve más imperfecto y vivo. Por todo esto, el relato sorprende más por su propia dinámica que por su adhesión a los tropos kirbyanos. Y el relato es una desmadrada colección de encuentros epopéyicos entre Meric y una sucesión de criaturas seudomitológicas en un escenario postapocalíptico, en el cual Scioli se las apaña para no bajar nunca el ritmo y para mostrar un caudal de imaginación que, aunque recicla mil motivos preexistentes (no sólo en Kirby) acaba siempre encontrando una voz original.

El gran éxito de American Barbarian es que consigue conciliar los dos impulsos de los que hablaba antes, el primitivo-nostálgico y el moderno-intelectual, en un nuevo orden: el del pop. Así, el libro se convierte en una referencia que por una parte cita, pero por otra parte se mantiene abierta. Es una forma eficaz de reempaquetar el antiguo mito y erosionar las barreras del escepticismo.

En relación con todo esto, American Barbarian me ha hecho pensar también en la influencia real -y nunca apreciada, más bien rechazada con violenta repulsa- de Roy Lichtenstein sobre el cómic contemporáneo. El cómic, que era un objeto pop, se ha transformado en arte pop durante los cuarenta últimos años, en un proceso inspirado por el artista neoyorquino y negado activamente por todos sus practicantes en el mundo de las viñetas. Algún día derrumbaremos las barreras mentales, como Scioli lo ha hecho en American Barbarian con los muros kirbyanos que cercaban su talento, y encontraremos un pasto enorme al otro lado.

AMERICAN BARBARIAN EN LA RED:

American Barbarian se publicó originalmente en internet, donde todavía puede leerse gratis. Si la lectura de las primeras páginas os anima a seguir, os recomiendo la compra del volumen publicado por Adhouse. Es un libro precioso, y la experiencia me ha resultado mucho más gratificante en papel. En la red: American Barbarian.

En la actualidad, Scioli está publicando en internet su nuevo cómic, Final Frontier, que aparecerá impreso dentro de unos meses. Aunque para mi gusto Final Frontier es un retroceso de nuevo al corazón del universo kirbyano -sosias demasiado evidentes de los personajes de Jack Kirby en un escenario que invoca a partes iguales la etapa clásica de Los Cuatro Fantásticos y el Cuarto Mundo de DC-, el lector puede juzgar por sí mismo: Final Frontier.


lunes, 24 de septiembre de 2012

SPX, EL AMOR POR LOS TEBEOS

Alberto García Marcos, el Tío Berni, ha escrito su propia crónica de la SPX 2012 en Entrecomics. Para contrastar puntos de vista, recomiendo su lectura pinchando aquí.

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 62: HARLEY QUINN


(PARTE DEL CAPÍTULO MONDO BATMAN)

HARLEY QUINN

Si Batman tiene a Robin, el Joker tiene a Harley Quinn.

En la serie de TV de los años 60, cada villano llevaba siempre su correspondiente compañía femenina que le daba la réplica y lucía las piernas. Partiendo de un planteamiento semejante, la serie de animación de los 90 creó uno de los personajes más fascinantes que se han incorporado al mundo de Batman durante la última década: Harley Quinn. “Una de nuestras nuevas creaciones es Harley Quinn, la secuaz del Joker -explica Dini.- Quinn le ayuda con entusiasmo en todo lo que hace y cuida de él mientras el Joker planea qué nueva jugarreta le gastará a Batman. Le adora y le encantaría que algún día abandonara el crimen para vivir con ella, pero el Joker apenas se da cuenta de que está ahí. Creé a Quinn porque... bueno, concretamente porque había un episodio en el que el Joker necesitaba una cómplice. Necesitaba que una chica guapa entrara vestida de corista en una habitación con un pastel, lo dejara allí y se fuese, y pensamos que en las series televisivas casi todos los malos tienen una chica guapa al lado; y al final decidimos convertirla en algo más que eso. Durante las sesiones de grabación, los actores acaban metiéndose en la piel de sus personajes. Mark Hamill presta su voz al Joker y Arleen Sorkin a Harley Quinn. Cuando interpreta al Joker, Mark no se sienta para grabar sus diálogos: se queda de pie e interpreta al personaje con todo el cuerpo, lo cual es algo que no había visto hacer nunca... Mueve los brazos, gruñe, sonríe, se pone realmente frenético... ¡es el Joker! Y Arleen está en su cabina al lado de él y de vez en cuando levanta la cabeza, le mira y murmura “Guau”, pero el resultado final siempre es soberbio. Es una especie de perverso espectáculo de marionetas. Cuando estábamos empezando a tantear el terreno con los primeros guiones, el Joker tenía un grupo de esbirros y siempre se mostraba muy hiperactivo y muy gracioso, pero en algunos episodios resultaba un poco infantil, cosa que no nos gustaba nada. Descubrimos que introducir a Harley servía para que el Joker adquiriese más talla. Harley podía hacer tonterías y desvivirse por complacerle, y el Joker podía relajarse un poco, y ser más maligno, más psicópata... en fin, más demoníaco.

Madre, amiga y sicaria del arlequín del odio en la caja tonta, el traspaso a las viñetas en el imprescindible y galardonado Batman Adventures Special: Mad Love revela no sólo el origen de Harley, sino una vertiente sexual nada latente en su relación con el payaso del crimen. Puestos a elegir ayudante, ¿a quién preferiríamos tener en el cubil, a Robin o a Harley?

De momento no ha sido introducida en la continuidad habitual de los tebeos DC (sólo ha aparecido en la línea Adventures, inspirada en los dibujos animados), aunque su nombre ha sonado como posible villana para una futura película, relacionándola con actrices tan poco afines, en principio, como Madonna o ¡glubs! Jenny McCarthy.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

UNA SEMANA DE BONDAD, 2ª PARTE: SPX


(Continúa de la primera parte)

Llegué a Baltimore con el tiempo justo de pasar por Penn Station a recoger a dos de los responsables de la página web Entrecomics y ahora editores de Entrecomics Comics, Iñaki Sanz y Alberto García Marcos, también conocido como El Tío Berni, también conocido como «Perro Loco». Como jóvenes emprendedores que son, decidieron venir en persona a ver qué se cocía en la escena alternativa americana, y la SPX es su mejor exposición, como ya comenté el año pasado.


El prólogo de la SPX en Baltimore es la fiesta que organiza Atomic Books, probablemente una de las mejores tiendas de cómic alternativo del mundo. Este año empezaba con una sesión de firmas de Daniel Clowes, a la que no llegamos a tiempo porque Alberto estaba demasiado ocupado comprando Nick Furias de Steranko y Daredevils de Wally Wood en Comics to Astonish. A continuación hubo varias lecturas de cómics a cargo de sus propios autores, Noah Van Sciver, Box Brown y Josh Bayer entre otros. Derf Backderf optó por explicar el trasfondo de su novela gráfica My Friend Dahmer, que relata la amistad entre el autor y el asesino en serie Jeffrey Dahmer, con quien coincidió en el instituto. Me resulta sorprendente que todavía no se haya publicado en España (no se ha publicado, ¿verdad?). Son ya varias las lecturas públicas de cómics a las que he asistido en Estados Unidos y por lo general funcionan muy bien. A ver si alguien se anima a importar la práctica en España, porque animan mucho el ambiente y suelen ser más divertidas que el habitual recitado de tópicos que se sueltan en las presentaciones al uso. Aparte de eso, el ambiente en Atomic Books también lo animaron las cervezas y tentempiés. Ya he dicho que era una fiesta, ¿no?



El sábado a las once abría la SPX, de nuevo en una salón del Bethesda North Marriott Hotel & Conference Center, y a las once y un minuto yo tenía en mis manos LA CAJA que es el nuevo libro de Chris Ware, Building Stories. Oficialmente no sale a la venta hasta el 2 de octubre, pero dado que Ware era uno de los invitados al festival, en el puesto del CBLDF (el fondo para la defensa legal del cómic), y con carácter benéfico, tenían 350 ejemplares a la venta. A mediodía habían volado todos (es una metáfora, claro, más que volar habían sido cargados penosamente por sus compradores), y el mío reposaba en el maletero de Sinforoso. Con eso, ya había cumplido mi objetivo principal en mi visita a la SPX. Pero el fin de semana dio para más, para mucho, mucho más. Y no me refiero a la botella de bourbon que vaciamos el sábado por la noche.


Diría que este año disfruté de la SPX mucho más que el pasado. Para empezar, el plantel de invitados era insuperable: Chris Ware, Daniel Clowes, Jaime y Gilbert Hernandez y Adrian Tomine en primera fila. Pero también te podías encontrar por los pasillos a Charles Burns, Sammy Harkham, Frank Santoro, R. Sikoryak, Gabrielle Bell y toda la tropa de minicomiqueros de los que últimamente he hablado en Mandorla: Pat Aulisio, Lale Westvind, Ben Marra, etc. El Marriott estaba a rebosar de público y de autores. Pero además, el hecho de estar más adaptado al país, de conocer mejor la escena alternativa americana, y de entregarme al frikerío acompañado de dos amigos casi tan trastornados como yo mismo le dio más sabor a toda la experiencia. Compré muchísimos más cómics que el año pasado, y muy pocos de autores consagrados o editoriales grandes (o grandes, porque no queda muy claro si Fantagraphics y Drawn & Quarterly son small press o empresas de tamaño considerable, cuestión que ya discutí con Anders Nilsen en Medellín). Me encontré con José Alaniz, profesor de literatura de la Universidad de Seattle y autor de Komiks, el principal estudio existente sobre el cómic ruso, que ahora anda enfrascado en investigar la historieta checa. Alaniz se lamentaba de que SPX fuera demasiado americocéntrico, y que no hubiera propuestas de fuera de los Estados Unidos. Lo cual es completamente cierto, pero no creo que sea por falta de interés por parte de los americanos por el material extranjero. Especialmente el público tipo de la SPX es el público tipo que ve películas subtituladas y que se interesa por manifestaciones artísticas exóticas, de modo que creo que cualquier propuesta internacional sería bien recibida. De hecho, el puesto del sello británico Nobrow acabó vendiendo hasta las sillas, y agotando prácticamente todas sus existencias, incluida la edición en inglés de Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo, y Cramond Island, de Irkus M. Zeberio. De acuerdo, Nobrow publica en inglés, pero el Moowiloo Woomiloo de Néstor F. y Molg H. y la edición española de Prison Pit, Pudridero, de Johnny Ryan, que los chicos de Entrecomics pasearon por el Marriott, también fueron recibidos con mucho interés y curiosidad. En MoCCA Fest había visto amplias representaciones escandinavas, francesas y australianas, y presencias individuales de brasileños. A lo que voy a parar es a que sí, creo que para la SPX sería beneficiosa una mayor presencia internacional, pero también creo que para muchos autores y editores internacionales sería muy beneficioso acudir a la SPX, cuyas puertas están abiertas, y hacer contactos, descubrir otras formas de publicar, otras maneras de dibujar, y tal vez renovar sus estrategias sobre cómo hacer cómics alternativos y sobrevivir en el intento. Porque si hay algo que hace este festival es romperte la cabeza y plantearte otros caminos y otras posibilidades. Como ya comenté el año pasado (pero lo repito para los que no lo leyeran), éste es un festival puramente de cómic, sin disfraces (OK, nos cruzamos por la calle con una chica que podría haber ido disfrazada de Hopey, pero ya está), sin películas, sin videojuegos, sin karaokes, con una distribución muy democrática del espacio, y centrado exclusivamente en las historietas y las personas que las hacen. Quizás fuera el contacto con festivales como éste lo que me hizo escribir posts como aquél de «Otro Salón».


Un pequeño intervalo para comernos un pepito de ternera en Arby's (qué queréis, es Bethesda, es eso o ingresar en el Hospital Naval, tan conocido por los seguidores de Expediente-X), y continúo con una cuestión que no quiero dejar de mencionar: las charlas.


Ken Parille, Alvin Buenaventura y Dan Clowes


Chris Ware y David M. Ball

Las charlas y mesas redondas de la SPX son algo más que actividades decorativas. Se celebran en salas  dignas y bien acondicionadas, donde no hay interferencias de megafonía ni elementos extraños, empiezan a su hora en punto y acaban a su hora en punto, reciben una muy numerosa asistencia de público y están dirigidas por personas que conocen perfectamente el tema y la figura que están tratando. Véanse los ejemplos ilustrados por las dos fotografías que anteceden a este párrafo: Ken Parille es el autor de uno de los artículos más importantes que se han escrito sobre Clowes, en el que analizaba a fondo David Boring, y es responsable del inminente The Daniel Clowes Reader; Alvin Buenaventura es el editor del libro The Art of Daniel Clowes: Modern Cartoonist; David M. Ball es coeditor de The Comics of Chris Ware. Juan Antonio Ramírez decía que siempre había que ir a las conferencias, incluso aunque no te gustara especialmente el autor, porque era importante «ver al bicho» en directo, entrar en contacto con la persona, ver cómo habla, cómo se mueve e incluso cómo calla. En el caso de las charlas de SPX, a mí no sólo me interesaban Ware y Clowes, en los ejemplos anteriores, sino los propios moderadores de sus charlas, a quienes he leído y respeto enormemente. En cuanto a los dibujantes, por cierto, mientras que Clowes adoptaba una personalidad desenfadada y bromista, Ware sigue pareciendo la manifestación carnal de Jimmy Corrigan. Su gesto favorito es encogerse de hombros y torcer la boca hacia abajo, como en avergonzada perplejidad ante el interés que suscita en el público. Fue despedido con una atronadora ovación -que pareció abochornarle- que me lleva a otra de las cuestiones que contrasta con el tipo de charlas a las que estoy acostumbrado a asistir en España. Las charlas de la SPX duraban una hora exacta, y en las dos a las que asistí, el presentador interrogó al dibujante durante sólo media hora, dejando otra media hora a las preguntas del público. Y hubo preguntas del público -sorprendentemente informadas, precisas e inteligentes- hasta que se acabó el tiempo, con un dinamismo y un interés notables. A lo que estoy acostumbrado en España es a que el público no participe y a que cueste horrores sacarle una pregunta. Tal vez por eso hablamos tanto en las presentaciones. ¿O será al revés, no preguntan porque hablamos demasiado? Sea como sea, no voy a extenderme más sobre las charlas. Confío en que Alberto se recupere del jetlag un día de estos y nos obsequie con alguna de esas maravillosas transcripciones que hace, o al menos con una glosa de lo que escuchó, o como mínimo con una crónica del evento, o en todo caso con un telegrama preguntado si se quedó en mi casa el Nick Fury #1 que ahora, sorprendentemente, no encuentra en su maleta.



Voy a acabar con lo que empecé la SPX: con Building Stories. De alguna forma, el libro monumental de Chris Ware que es más que un libro, que es incluso un acontecimiento, porque ya cada libro nuevo de Ware lo es, condensa en sí mismo todas las características de este evento que simboliza a su vez lo que es el cómic artístico norteamericano. Aunque publicado por una gran editorial, Building Stories es, simplemente, otro más de tantos fanzines artesanales que cubrían las mesas de la SPX, otro más de tantos cómics que son objetos impresos singulares, además de narraciones secuenciales. O tal vez, antes que eso. Es, en parte, el modelo ideal al que se dirigen muchos de los cómics que se encontraban sobre las mesas del Marriott este fin de semana pasado. Muchos de los autores presentes no tienen ninguna aspiración de llegar a profesionales o de publicar en las grandes (o grandes) editoriales de cómic alternativo americano. Les basta con utilizar la historieta como medio de expresión, sin mayores aspiraciones, y se limitan a tiradas de 20 ejemplares, que muchas veces cambian por copias de otros minicómics, en lugar de venderlos. Pero algunos de los autores que hace tres días nos miraban sonrientes desde las mesas estarán dentro de unos años en una charla acompañados de un profesor de literatura que ha escrito un libro sobre ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a sus tebeos para darse cuenta. Y de alguna manera, Building Stories reúne en su interior todas esas historias que se están construyendo.

[Estoy leyendo las toneladas de cómics que me traje de Colombia y de Bethesda; espero encontrar el tiempo y las fuerzas para comentar algunos, sólo algunos, durante las próximas semanas; hay demasiados como para comentarlos todos, pero hay demasiados demasiado buenos como para dejarlos pasar sin una palabra].

RETRATOS DE ENTREVIÑETAS 2012

























UNA SEMANA DE BONDAD, 1ª PARTE: ENTREVIÑETAS


La semanita que me acabo de pegar no es normal. Tres convenciones o festivales de cómic (tres) en nueve días, cada uno con su propio estilo, con su propia energía y con su propia personalidad. Maratón de viñetas. A lo bestia.


El sábado 8 salía hacia Colombia, donde me habían invitado a participar en Entreviñetas, un festival internacional de cómic. Pero como mi vuelo salía por la tarde, de camino al aeropuerto todavía tuve tiempo de pasarme un momento por la Baltimore Comicon, que abría precisamente ese fin de semana. Después de aguantar la monumental cola que daba la vuelta al Pabellón de Congresos de Baltimore, apenas tuve tiempo de visitarla durante poco más de una hora, lo justo para reencontrarme con sus dos elementos principales: disfraces y cómics viejos.



Como convención mainstream (o friki, elíjase el término que uno prefiera), la de Baltimore me cae bien. Hay mucha gente y está muy animada, pero no hay aglomeraciones insoportables, al estilo de la NYCC, hay disfraces simpáticos y de buen rollo, y hay sobre todo muchos tebeos Marvel y DC que van desde la década de los 60 (e incluso anteriores) a la actualidad, en lugar de muchos karaokes o espacios dedicados a películas y videojuegos. Para un veterano como yo es una experiencia divertida. Y si sabes lo que buscas, incluso una breve visita te sirve para llevarte un puñadito de esas joyas de papel mohoso que llevabas tiempo buscando. Por ejemplo, un New Gods #1 de Kirby o un Marvel Team-Up de la Antorcha Humana y el Hombre de Hielo dibujado por Gil Kane que se me había metido entre ceja y ceja. En la Baltimore Comicon pago muchas deudas con mi infancia.



Del centro de Baltimore me fui directamente a Washington Dulles, donde tomé el vuelo a Bogotá, y allí conecté con otro avión hacia Medellín, mi primer destino en Colombia. Era una de las múltiples sedes del festival internacional Entreviñetas, cuya cabeza visible es Daniel Jiménez, editor de la revista Larva. Entreviñetas es un salón del cómic completamente distinto de los que he conocido en Europa y Estados Unidos hasta ahora. Para empezar, como decía antes, es un festival itinerante que tiene lugar en diversas ciudades (Medellín, Bogotá, Armenia y Manizales, entre otras), y carece de carácter comercial, siendo su actividad completamente cultural y divulgativa. Esto quiere decir que no hay puestos de venta de editoriales o librerías, sino que en su lugar se celebran numerosas conferencias, mesas redondas, debates, exposiciones, talleres y encuentros con autores. [En ese planteamiento podría emparentarse con los sensacionales Diálogos del Sr. Boliche de Valladolid]. La nómina de autores es singular, además. Este año, contaban, como siempre, con numerosos invitados latinoamericanos (entre los que conocí: Decur, de Argentina; Marco Tóxico, de Bolivia; Powerpaola, de Colombia; Fran López, de Argentina; Jesús Cossío, de Perú; Joni B., de Colombia; Truchafrita, de Colombia), y del norte llegábamos Anders Nilsen, Sarah Glidden, Rupert y Mulot y Peggy Burns, editora de Drawn & Quarterly, junto a mí mismo. Es decir, autores experimentales y de vanguardia de Estados Unidos y Francia. Este gusto por el cómic contemporáneo más avanzado, junto a la complejidad misma de una organización tan ambiciosa (en un país de geografía tan difícil como es Colombia) sorprenden cuando uno descubre que la organización es muy joven y que en la actualidad el cómic apenas tiene presencia industrial en Colombia. Es decir: el esfuerzo de Entreviñetas es enorme, y además no ha elegido el camino más fácil. Mi admiración hacia ellos es enorme: su amor por el cómic no admite compromisos.


Fran López, Jesús Cossío, Mandorlo, Sarah Glidden y Anders Nilsen, en Medellín.


Precisamente ese amor por el cómic es el principal activo con el que cuentan los países periféricos a la hora de sacar adelante la historieta, tan maltrecha en casi toda Latinoamérica. Existe talento y existe la voluntad de hacer cómic moderno. Lo que no existe es una clase media lectora que sustente las publicaciones, ni una tradición editorial que consolide las propuestas. Pero por algún lado hay que empezar, y entiendo que ése es el principio que moviliza a Entreviñetas.






En Medellín tuve dos días libres para ver la ciudad antes de iniciar mis actividades. Medellín es una ciudad con personalidad para cualquiera que venga del extranjero (cinco días antes de mi llegada habían matado allí a la mítica Griselda Blanco), pero sobre el terreno resulta aparentemente muy pacífica. En mis paseos pude descubrir la curiosísima escultura de Superman (Christopher Reeve) pensador con la que he abierto este post (no hay otras estatuas de miembros de la Liga de la Justicia desperdigadas por la ciudad, por si alguien se lo está preguntando). Medellín, como muchas ciudades colombianas, está encerrada en un valle entre montañas, y para llegar a algunos de los barrios que han colonizado las laderas es necesario utilizar el metrocable, que es una línea del metro en la que éste se convierte en teleférico, el transporte habitual de las montañas. Salvo que en esta ocasión, en lugar de nieve, lo que vas dejando bajo tus pies son aglomeraciones de viviendas. La experiencia de subir en el metrocable y disfrutar de las impresionantes vistas de la ciudad es sin duda lo que más recordaré de Medellín. También es muy recomendable visitar el Palacio de la Cultura y la «Plaza Botero», incluso aunque las esculturas de este artista te den un poco de grimilla, como es mi caso. Podrías cambiar de opinión.


Por supuesto, para los autores invitados un festival es siempre, y ante todo, la oportunidad de confraternizar con colegas a los que conoces poco o no conoces. Cuando todo el mundo viene de sitios distintos, como es el caso de Entreviñetas, la experiencia es aún más interesante. A contrastar las opiniones de argentinos, peruanos, colombianos, norteamericanos y españoles al respecto de Dan Clowes, Paying for it y las últimas obras de Chester Brown, el Génesis de Crumb y (¡oh, sorpresa!) el viejo duelo de pistoleros Frank Miller-Alan Moore (tema de debate eterno, universal y transversal, según parece) dedicamos buena parte de la barbacoa nocturna del domingo.








En cuanto a las actividades, Anders Nilsen montó una pequeña exposición en el Planetario, mientras que las charlas y talleres se llevaron a cabo en el Parque Explora, al lado del Jardín Botánico (donde en esos momentos tenía lugar la Feria del Libro). El Parque Explora es una de esas instalaciones modernas multiusos donde te encuentras espacios adaptados a todas las funciones, desde conferencias a estudios de televisión, y donde en el jardín te recibe un rebaño de animatronics de dinosaurios. No es que estéticamente sea una maravilla, pero las instalaciones son espectaculares, modernas y con toda la tecnología imaginable excelentemente atendida por un equipo muy profesional. Creo que nunca había hablado en un sitio tan bien preparado.

Entre las muchas instalaciones del Parque Explora hay también un acuario, y fue precisamente en el acuario donde se celebró el taller de Anders Nilsen, a quien finalmente ayudaron Sarah Glidden y Fran López. Ver a un montón de gente dibujando mientras a su lado nadaban (flotaban) peces es una experiencia creativa realmente abisal, en la que los ritmos mentales empiezan a alcanzar profundidades insólitas. Extraordinario acierto el de la organización de Entreviñetas al elegir un escenario tan singular para un taller.




Por mi parte, yo tuve dos charlas en el Parque Explora. En la primera intenté explicar de qué va mi libro La novela gráfica, y en la segunda charlé con Anders Nilsen sobre su obra, y especialmente sobre Big Questions, su último título, que precisamente le ha valido un premio Ignatz en la SPX celebrada este fin de semana, sobre la cual hablaré en el siguiente capítulo. Como estaba ocupado sobre el escenario, no tengo fotos de esos eventos, pero sí de la charla sobre cómic y periodismo que mantuvieron Álvaro Vélez (Truchafrita), Jesús Cossío y Sarah Glidden, y de la portada del periódico del día siguiente, donde se contaba la victoria de Colombia por 1-3 en campo de Chile en partido clasificatorio para el Mundial que coincidió en horario con nuestras conferencias. Una vez más, fútbol y cómic chocaron, pero debo decir que a pesar de todo la participación del público fue notable.

Nada más terminar la charla con Anders salí disparado hacia el aeropuerto de Medellín (que está a cierta distancia de la ciudad, debido precisamente a la barrera de montañas que la rodea), y desde allí volé hasta Bogotá, donde al día siguiente conocí a otras personas, participé en otras actividades y probé algunos manjares de la cocina colombiana. Que es, al fin y al cabo, de lo que se trata, ¿no?



Si bien Medellín es una ciudad moderna, en la que apenas quedan rastros arquitectónicos de su pasado, Bogotá sí que conserva un casco antiguo que remite a la época colonial y sobre el que se ha escrito una historia llena de tensiones. En la Plaza de Simón Bolívar te puedes encontrar llamas para turistas y un destacamento del ejército jurando por la bandera de la paz, imagino que con el ánimo de inaugurar una nueva tradición que celebre el final del conflicto con las FARC. Tenía todo un tono un tanto festivo, por cierto. En Bogotá tenía una agenda apretada, así que espero poder volver otro día para explorarla a fondo, porque lo merece.


Decur, Marco Tóxico, Powerpaola y Mandorlo, en Bogotá.

Por mi parte, durante la mañana, y en la Escuela Nacional de Caricatura, di un taller de guión de cómic en el que participaron unos quince alumnos. Como era mi primera experiencia en estas circunstancias, aproveché algo de lo que vi en el taller de Anders, Sarah y Fran, lo mezclé con algunos consejos de mi amigo David Muñoz, y lo destilé en una fórmula propia que creo que funcionó razonablemente bien. Los alumnos escribieron, hablaron, compartieron proyectos y demostraron una creatividad que me dejó asombrado. Tentado estuve de robarles unas cuantas ideas muy prometedoras. Yo también aprendí mucho de lo que hicimos en aquellas cuatro horas. A veces, los que tenían las mejores ideas no eran los que desarrollaban las mejores historias, y los que habían tenido ideas menos brillantes, sí eran capaces de desarrollar una historia en condiciones. Efectivamente: cuando uno se pone a escribir, nunca se sabe dónde va a acabar, ni cuándo va a acabar. Y una idea no es un guión.



Por la tarde, y en el Teatro El Parque, tuve ocasión de descubrir la obra de algunos dibujantes colombianos (me quedé especialmente flipado con los originales de Felipe Camargo Rojas, pintados sobre tablas de madera), luego participé en una charla sobre La novela gráfica con el guionista y experto en cómic Pablo Guerra, fantástico conversador, y finalmente disfruté muchísimo de la charla que sostuvieron Daniel Jiménez y el argentino Decur sobre la obra de éste. Como el mismo Decur diría: me hizo un bien espiritual. Es más, diría que todo el tiempo que pasé en Colombia me hizo ese bien, y volví a Baltimore felizmente agotado. Y sin tiempo de descansar, porque me esperaban dos editores españoles de ceño fruncido y la más importante convención de cómic independiente que se celebra en Estados Unidos. Sin respiro.

[Y mi agradecimiento especial a Karol, en Medellín, por tratarme tan bien durante toda mi estancia].

(Continúa en la segunda parte)