domingo, 31 de octubre de 2010

EL HOLANDÉS ERRANTE





El sorprendente Hombre Araña. El regreso del Holandés Errante, en Perfiles Marvel, Fernández Editores, 1988.

lunes, 25 de octubre de 2010

DOLARIZACIÓN


La dolarización (Presente, 26 de agosto de 1948), Ernesto García Cabral. Reproducido en Puros cuentos II (Grijalbo, 1993), Juan Manuel Aurrecoechea y Armando Bartra.

domingo, 24 de octubre de 2010

CAPERUCITA ROJA



Caperucita Roja, Colección Cuentos Animados, Bruguera, s/f.

PERTIERRA


Mi amigo y compañero el gran dibujante Javier Olivares está embarcado en un blog fascinante sobre el dibujante Joaquín Pertierra.

sábado, 23 de octubre de 2010

CARICATURAS DE LA REVOLUCIÓN

(Pancho Villa. Liberation by Extermination,
Oscar Cesare, The Sun, 18 de noviembre de 1913)

En la entrada anterior hablaba de la visión estadounidense de México (aunque fuera nominalmente España) a través de un tebeo de Batman, pero si alguien quiere profundizar en el tema, tengo que recomendarle la exposición «La revolución mexicana en el espejo de la caricatura estadounidense», que pude ver en el Museo de Arte Carrillo Gil, en San Ángel, hace unos días. La exposición, excelentemente organizada, reúne más de cien caricaturas publicadas en diarios estadounidenses, todas relativas a la Revolución Mexicana. Muchas son reproducciones, cosa que me sorprende como visitante europeo acostumbrado a la tiranía del original, pero que parece que es frecuente en la tradición museográfica de México. El impresionante Museo Nacional de Antropología, por ejemplo, el mejor del mundo en arte prehispánico, incluye numerosas reconstrucciones de obras. Y la exposición «Del Paquín al webcómic» también se basa más en reproducciones que en originales. Lo que se valora aquí es, por tanto, el contenido informativo y didáctico de lo expuesto, y esta exposición en concreto no puede ser más didáctica. Durante los más de diez años de caricaturas que abarca el montaje, los dibujantes norteamericanos insisten en retratar una y otra vez a los mexicanos como infantiles, borrachos, analfabetos, peligrosos, violentos y, básicamente, como un pueblo inferior incapaz de gobernarse a sí mismo. Un vecino molesto y ruidoso que da problemas al noble y democrático Estados Unidos, el cual se ve obligado a intervenir en sus asuntos por su propio bien (y también para evitar la infección del bolchevismo). Las caricaturas, consistentemente racistas, nunca hacen ninguna alusión a lo que pudiera significar la revolución en cuanto a progreso social o económico para el pueblo mexicano, cuyos líderes siempre aparecen como salvajes sanguinarios y corruptos, y las consecuencias de la revolución son sólo molestar a los gringos. En fin, que viendo esto se entiende mucho mejor el proverbio nacional: «Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos».

Me gustaría poder reproducir aquí algunas de dichas caricaturas, entre otras cosas porque, más allá de su valor testimonial de una desconfianza entre vecinos que no sé si ha pasado completamente de moda (véase el problema de la frontera y cómo sigue de vivo en la actualidad), muchas de ellas son excelentes muestras del arte de los dibujantes de prensa clásicos. Baste decir que hay unas cuantas de Winsor McCay, y no son las mejores. Sin embargo, el minicatálogo de la exposición (diez pesos en el mostrador), aunque reproduce todas las que aparecen en la muestra, lo hace a un tamaño y una calidad muy deficiente. Aún así, me animo a mostrar alguna, aunque sólo sea como mínimo ejemplo.


(Sizing Up the Situation, Winsor McCay,
New York American, 14 de noviembre de 1913)


(«Stop Now! I've Waited Long Enough!», Clifford Kennedy Berryman,
The Washington Star, 2 de junio de 1915)


(Uncle Sam's Reform School, John T. McCutcheon,
Chicago Daily Tribune, 13 de marzo de 1916)

(In Romantic Mexico (a silent drama), Jay Tipton, ca. 1928)

Quien se dé prisa en ir a ver esta exposición, disfrutará de un bonus que merece mucho la pena, pues hasta el día 31 de octubre está abierta en el mismo centro la exposición «Alexandro Jodorowsky. Gabinete gráfico», que aunque es pequeña cunde mucho, e incluye páginas de cómics suyos tan arcanos como Aníbal 5.

viernes, 22 de octubre de 2010

BATMAN EN ESPAÑA


Sigo en pleno batfestival, gracias a Novaro. Otro tebeo que me ha hecho ilusión conseguir ha sido el nº 1.111 (mil ciento once, nada menos) de la colección del Hombre Murciélago, publicado el 28 de diciembre de 1981. Corresponde a Batman #320 (febrero de 1980), escrito por Denny O'Neil, dibujado por Irv Novick y Bob Smith y con color de Glynis Wein. La portada es de Bernie Wrightson. La gracia es que esta historia de Batman está ambientada en España. ¡O eso dice!


Recuerdo haberla leído en su día en la edición de Bruguera. Novaro distribuyó los cómics de DC en España hasta 1980, aproximadamente, momento en el cual los derechos para nuestro país pasaron a Bruguera. En México, sin embargo, Novaro continuó hasta su final, hacia 1985 (curiosamente, coincide también con el de Bruguera), y los cómics de esa editorial que son más fáciles de encontrar aquí son precisamente los de ese período desconocido para nosotros, el de 1980-85.


Aunque en su día no recibió la misma promoción que más recientemente recibiría El caballero del dragón, sí recuerdo que Bruguera incluyó en la portada un rótulo que anunciaba «¡Batman en España!» También recuerdo lo especial que hacía aquel anuncio a dicho tebeo, y la decepción que me llevé al leerlo. ¿Batman en España? ¿Dónde estaba la Cibeles, la Giralda o el Tibidabo? Aquello estaba ambientado en un pueblo raro y anónimo que ni siquiera parecía español realmente. ¿O acaso tendría que replantearme lo que era realmente español? ¿Debería intentar parecerme más a lo que salía en aquel tebeo de Batman para ser aceptado por su mundo?


Por supuesto, el pueblo en el que está ambientada esta aventura de Batman -que es algo así como la enésima versión previa de Seven, con un asesino en serie que castiga a sus víctimas con motivos de los pecados capitales- es realmente un pueblo mexicano. La arquitectura colonial, el diseño y vestuario de personajes, incluso el paisaje son claramente mexicanos, que es tanto como decir que para Denny O'Neil todos los que hablamos español debemos de ser como ellos ven a esos pintorescos vecinos que tienen al sur de la frontera. Es decir: muy creyentes, atrasados, pueblerinos y contentos de que un gringo disfrazado de murciélago venga corriendo sobre nuestros techos de teja a resolver los crímenes de nuestras trastornadas autoridades civiles y religiosas.


Ahora me encuentro en la peculiar situación de leer ese tebeo ambientado supuestamente en mi país en el país en el que está inspirada su ambientación, con los diálogos que eran originalmente en inglés traducidos al español de México. Qué caos, ¿no? ¡Viva Batman!

jueves, 21 de octubre de 2010

BATMAN Y DITKO

Entre el ramillete de tebeos de Novaro que he conseguido aquí, uno de los que me ha hecho más ilusión es Batman nº 960 (4 de febrero de 1979), que lleva como historia de portada una aventura de Man-Bat (procedente de Man-Bat nº 1, 1975) coprotagonizada por Batman. El motivo de mi ilusión es que la historia está dibujada por Steve Ditko, y ahora mismo no recuerdo otra ocasión en que Ditko dibujara a Batman. La habrá, seguro, pero yo no la recuerdo o no la he visto. Ahí están los comentarios para ilustrarme.


Esto por sí solo convierte al tebeo (víctima por otra parte de un rutinario guión de Gerry Conway, y con tintas eficaces de Al Milgrom) en algo especial, porque Ditko es uno de los dibujantes más personales que ha tenido nunca el cómic mainstream USA, y cada cosa que toca la hace propia y extraña por su mero contacto. Durante los setenta, la imagen de Batman estuvo definida por el modelo de Neal Adams, que perpetuó Irv Novick y luego Marshall Rogers y Jim Aparo. Y Ditko, siempre tan irrenunciablemente ditkiano, está en las antípodas de ese modelo, de tal manera que ver a Batman dibujado por él, aunque sea en un cómic oficial de DC, es como enfrentarse a una versión apócrifa del personaje. Diría que hasta underground, porque no ha habido dibujante más underground que Ditko en la historia del cómic americano, si tomamos el sentido estricto de la palabra.

El fenómeno del choque entre personajes fuertemente codificados y dibujantes de estilos muy personales siempre me ha parecido interesante, y sin duda los dos mejores ejemplos de esta situación son precisamente los dos que forjaron la Marvel clásica (y por tanto, la industria del cómic yanqui actual), es decir, el propio Ditko y Jack Kirby. Ditko está asociado con Spiderman, pero resulta rarísimo ver su versión de Daredevil, por ejemplo. Kirby, sin embargo, aunque dominó todo el Universo Marvel, con Spiderman en concreto choca de forma brutal (por mucho que una de las leyendas de origen del trepamuros le convierta en el diseñador de su apariencia). Ditko y Kirby delimitaron un territorio propio personalísimo, y difícilmente pudieron penetrar en el del otro. John Romita fue el intermediario, el modelo de consenso que elaboró la fórmula apta para dar una imagen coherente, amable y digerible de las imágenes extremas concebidas por esos dos visionarios. Romita fue quien posibilitó que el Capitán América y Spiderman pudieran convivir en la misma viñeta.

Así, es normal que personajes ajenos con una tradición iconográfica tan consolidada como Batman y Superman fueran repelidos por los estilos de Ditko y Kirby. Kirby trató extensamente a Superman en sus historias del Cuarto Mundo, especialmente en Jimmy Olsen, pero ya sabemos que su rostro fue redibujado por Curt Swan (el Romita de DC) para adaptarlo a la línea oficial. A Ditko no lo recuerdo nunca en Superman, y, como digo, para mí su Batman ha sido un hallazgo insólito.


Solemos pensar que a partir de su abandono de Spiderman (y de los sucesivos fracasos de sus proyectos más personales en DC como Creeper o Hawk and Dove), Ditko entró en una larga decadencia, convertido en un machaca más, condenado a hacer números de relleno en series secundarias donde su estilo, cada vez más anticuado, resultaba como mínimo antipático a los lectores más jóvenes. Pero este episodio de Man-Bat es la clara demostración de que, estuviera en las circunstancias en las que estuviera, Ditko se lo tomaba siempre en serio. Es obvio que ha meditado cómo tratar a Batman, y ha decidido que es un personaje misterioso, una criatura nocturna que es más eficaz envuelta en las sombras. Como consecuencia, lo dibuja siempre con el rostro oscurecido (menos en la primera viñeta en la que aparece, en la que está en casa con Alfred, en un ambiente doméstico, desprovisto de sus atributos especiales; y también en un par de viñetas de acción en las que está siendo derrotado y por tanto, se muestra indefenso y de nuevo privado de sus atributos), intentando transmitir esa sensación de algo enigmático. No recuerdo otro tebeo de Batman (y he leído unos cuantos) en los que el personaje salga siempre con la cara en negro.

Por supuesto, no funciona. Como decía antes, este Batman se ve ya anticuado frente al Batman canónico de esos momentos (Ditko se ve anticuado desde 1966, es la verdad), y Ditko no es tanto un maestro de lo misterioso como de lo extraño, de lo extravagante y lo escalofriante, de lo alucinante y lo angustioso. Tal vez por eso Conway le proporcionara un guión protagonizado por un villano, el Barón Tyme, que parece un remedo del Barón Mordo, el archienemigo del Doctor Extraño en la época clásica del personaje que dibujó el propio Ditko.


O tal vez no, porque dadas las condiciones de producción del momento, es posible que Conway escribiera su guión sin saber ni siquiera si lo iba a dibujar Ditko. Es sorprendente el rumbo editorial que tenían por entonces las grandes editoriales norteamericanas. Tómese de ejemplo esta serie de Man-Bat, ya de por sí un personaje complicado para hacerlo protagonista de su propia cabecera. Dos números públicados, sólo dos, en 1975 y 1976. Cada uno, con un equipo creativo distinto, y de lo más dispar. El primero es de Conway-Ditko-Milgrom, como ya hemos dicho, y el segundo de Martin Pasko, Pablo Marcos y Ricardo Villamonte. Los villanos y los argumentos no pueden ser más estrafalarios (en el segundo, Man-Bat se enfrenta al Hombre con Diez Ojos en la punta de los dedos, que, por alguna razón, ha decidido que la mejor forma de aprovechar su singular condición es dedicarse a asesino a sueldo).

La serie murió ahí, ¿es de extrañar?

Hoy en día a esto lo llamamos bizarro. Y eso sí, en bizarría, Ditko es el rey.

Aunque estoy seguro de que todos los lectores de Mandorla son también lectores de entrecomics (como debe ser), por si hay algún despistado que no las haya visto, aquí tiene un par de entradas de mucha más enjundia sobre Ditko:

miércoles, 20 de octubre de 2010

BATMAN TELE-FHER










Batman (Editorial Fher, Bilbao, 1967).

EL CUERPO HUMANO







Cómo dibujar el cuerpo humano (Sucesor de E. Meseguer Editor, Barcelona, 1963, reimpresión de 1975), Emilio Freixas.

LA FIGURA MASCULINA VESTIDA





Cómo dibujar la figura masculina vestida (Sucesor de E. Meseguer Editor, Barcelona, 1964, reimpresión de 1973), Emilio Freixas.

lunes, 18 de octubre de 2010

LOS 90 EN ESPAÑA: GUERREROS DE ANTAÑO


Ante un artículo dedicado al “cómic español de los 90,” cualquier lector familiarizado con los textos sobre nuestros tebeos ya sabe exactamente qué esperar: una letanía de quejas, lamentos y llantos, un melancólico vistazo al pasado glorioso, un diagnóstico fatalista y el vaticinio de que en cinco años no quedará nada.

Bueno, pues en éste, no.

Y eso por dos razones principales.

La primera, porque no es mi misión hablar de la industria, sino esbozar algunas líneas sobre lo que se han sido las tendencias artísticas de nuestra historieta en los 90 (líneas que sólo servirán para mi arrepentimiento eterno; mojarme de esta manera sin perspectiva y sin red...). Por supuesto que industria y arte están íntimamente ligados, pero no seamos tan ingenuos de pensar que siempre en relación causa-efecto, y, en todo caso, se puede observar lo uno sin desentrañar lo otro.

La segunda, porque, hablando en plata, no me da la sensación de que el cómic en España esté peor que hace diez o quince años. Ojo, que digo que no me da la sensación, y ahí debería acabar el comentario, porque saberlo, lo que es saberlo, con datos en la mano y hechos palpables y demostrables, no lo sé. Y lo que es peor, da la sensación de que nadie lo sabe porque nadie maneja los datos, porque esos datos no existen, porque a nadie le importan (y a quien más debería importarle, por la cuenta que le trae, es a las empresas, las del secretismo de los números y las cifras confusas que se pueden leer de seis maneras distintas). A partir de ahí, cualquier cosa que vaya a decir tendrá tanta base y credibilidad como lo del vecino del quinto, sepa lo que sepa de tebeos, porque aquí todos especulamos. Eso sí lo sé seguro: el mundo del cómic, como el de las joyas y la vivienda, es un mundo de especuladores. Unos especulamos con teorías, otros especulan con otras cosas.

El caso es que, como decía, y sin darle más importancia que a la opinión vertida en una charla de bareto, me parece que las cosas no han ido a peor de como estaban hace diez o quince años (no vamos a entrar en hace treinta, cuarenta o cincuenta porque estaríamos hablando de otro mundo). Me parece que, si bien se vende menos en los kioscos, hay más librerías especializadas que entonces; me parece que hay más salones y festivales que entonces; me parece que hay más fanzines con vocación y apariencia de revista profesional que entonces; me parece que hay, incluso, muchos más tebeos que entonces, más variados y, francamente, más interesantes y de mayor calidad en general. Y creo que hay mucha gente viviendo del cómic en España (¿Cuánta? Eso debería saberlo una industria organizada, como todas las demás industrias lo saben). Y me parece que los que viven del cómic no son sólo los correeros, traductores, rotulistas, coordinadores y redactores editoriales, sino también los dibujantes. ¿Qué dibujantes tenían auténtico perfil comercial hace diez o quince años? ¿Tal vez Ibáñez, Bernet, Prado, Torres, Juan Giménez, Pellejero, Azpiri, Segrelles y pocos más? ¿No vivían ya entonces realmente de las ventas al extranjero? Estos son autores que siguen teniendo un público comercial, cuando quieren hacer historieta. Y ojo, que no viene de ahora el que se dediquen a la publicidad, el diseño o la pintura. “La principal característica de esta generación [la de los autores surgidos en los 80], actualmente todos mayores de 30 años, es la no exclusiva dependencia del medio, frecuentándolo con una mayor o menor asiduidad para relacionarse con otras artes contiguas, como la imagen, el diseño, la publicidad o la pintura.” (Tino Reguera en Krazy Comics nº 4, enero de 1990). Aparte de estos, a los que llamaremos los de siempre, ¿qué otros dibujantes se pueden considerar profesionales de la historieta en nuestro país ahora mismo? Algunos que se han añadido a la selecta nómina anterior (como Mauro, Calpurnio o Miguel Ángel Martín), más los de El Jueves (ahora mismo, con una prometedora camada procedente directamente de los ámbitos más viñeteros y encabezada por Manel y Monteys), más los de agencia (ese gran mundo anónimo que llena los tebeos infantiles de Europa), más los que trabajan para Francia (Munuera, Sergio García, Miralles...), más los que trabajan para Estados Unidos (que no existían en los 80). ¿Que David López, Sergio Córdoba o Álex Fito no viven de los tebeos? Pero, ¿es que Montesol, Montecarlo o Rubén Garrido se compraron una casa con lo que ganaron con el cómic? Vamos, que, bien mirado, si acaso, se han ampliado los círculos de aquellos que pueden poner un plato caliente en la mesa gracias a dibujar tebeos.

¿Que la situación es chunga? ¿Que no resulta nada fácil? ¿Que la inmensa mayoría no van a llegar a nada? Por supuesto. Y queda muy bonito ver a Dover vendiendo discos a patadas o a Banderas relajándose en una piscina californiana, pero no creo que el camino sea demasiado fácil para ninguna banda de rock de barrio o para un actor principiante. ¿Acaso son profesiones con futuro? Lo dudo. Demasiados se quedan por el camino. Si acaso, es más fácil abrirse paso en el mundo del tebeo: hay menos competencia, hay muy poca gente dispuesta a trabajar realmente duro, y a la mayoría de estos se les quitan las ganas al poco tiempo. No, dedicarse a dibujante de tebeos no es garantizarse un futuro halagüeño. Es sufrir para tal vez no obtener nada a cambio. ¿Alguien pensaba que era otra cosa? Pues que se monte una empresa o haga oposiciones. La vida es dura e injusta, qué pena, pero ya va siendo hora de reconocerlo y dejar de lloriquear.

En todo caso, los análisis de principios de los noventa coincidían en señalar que los 80 habían supuesto una dignificación del medio, así como el surgimiento de una serie de autores interesantes, pero que estos no se habían podido consolidar. Según parece, el “bum” fue un momento de euforia ilusoria (fueran cuales fueran las razones de su origen y su desaparición, no entra dentro de nuestras posibilidades ni nuestros objetivos investigarlas aquí), tras la cual apareció la cruda y simple realidad. Evidentemente, los autores introducidos en el mundo de la historieta sobre la espuma de aquel magnífico oleaje, cuando vino el declive tuvieron un sentimiento de depresión, y en gran número abandonaron el medio por una mera cuestión de supervivencia. La realidad es que el escenario y la industria del cómic de los 80 terminaría por desembocar en el frugal panorama comercial que es el único que han conocido los autores de los 90. Unos y otros han llegado a la misma estación término, sólo ha variado su punto de partida. Podríamos decir que la única diferencia es que los de los 80 se metieron en esto engañados, mientras que los de los 90 saben perfectamente dónde se meten. Por eso, para mí son héroes de estatura inmensa, auténticos enamorados del tebeo, que practican este medio de expresión sabiendo que, casi con toda seguridad, no les va a dar ninguna alegría material. Son guerreros de antaño.

Al carecer del trampolín comercial que supuso para los autores de los 80 el célebre “bum” de las revistas, los herederos de los 90 han tenido que desarrollarse artísticamente en condiciones más escuálidas. Menor producción -y, por lo tanto, progreso más lento,- y presencia casi exclusiva del blanco y negro, pues el color resulta inalcanzable para los presupuestos de nuestras seudoempresas editoriales. El desarrollo de la nueva hornada de autores ha sido paulatino, y basado en nuevas estructuras editoriales y nuevos marcos de referencia, ya que uno de los fenómenos característicos de la década ha sido la ruptura con el escenario viñetero anterior. Sólo los más precoces de los nuevos autores (como Sequeiros) alcanzaron a publicar, y de forma más bien anecdótica, en los últimos coletazos de las revistas. Igualmente, las fuentes de inspiración de la generación de los 80, el underground y la línea clara, han cedido ante otras influencias para la nueva generación.
Podríamos decir que la nueva historieta española de los 90 empieza a moverse a partir del impulso iniciado por el Camaleón de Juan Carlos Gómez y Álex Samaranch. A partir de un planteamiento posibilista, y con la mayor modestia y falta de profesionalidad (también en el buen sentido) del mundo, empiezan a dar salida a materiales aficionados que no tenían soporte, apoyándose en el formato más barato posible: el comic book en blanco y negro. Lo que era la única vía posible para Camaleón pronto se convertiría en el modelo a imitar por casi todas las empresas (incluso por la más grande, Planeta-DeAgostini, aunque hay que señalar la conspicua excepción de Norma, no casualmente la que mejor ha sabido gestionar una cartera de autores nacionales exigua, pero viable), que acostumbran a gestionarse siguiendo dos criterios: 1) copiar al vecino; 2) rebajar los costes, no aumentar nunca la inversión (de nuevo, la Norma más reciente parece la llamativa excepción). De esa manera, el comic book en blanco y negro se convierte en el centro de gravedad de los jóvenes autores de los 90, especialmente para la segunda mitad de la década.
La implantación del comic book en blanco y negro vino facilitada por el bum del manga, que utilizaba el mismo soporte. Precisamente el manga será uno de los primeros puntos de referencia para los nuevos autores, así como el cómic americano mainstream: superhéroes y anexos. Así se concreta esa cesura respecto a los 80 en formato y temáticas, y así se explica la desconexión brutal entre los contenidos de las historietas de estos nuevos autores y su realidad social y generacional, una desconexión en la que también influye su inmadurez como autores. Sin duda, una de nuestras mayores tragedias recientes (y cíclica, me temo), es la ausencia de un territorio común donde se haya podido establecer un continuidad generacional entre los autores de los 80 y la de los 90, un espacio donde se haya podido transmitir una herencia enriquecedora a la vez que los autores más veteranos (que no viejos, todavía) se revitalizaran con el ímpetu de la sangre joven, además de impedir que autores como Javier Olivares o Portela/Iglesias quedaran perdidos en un vacío generacional sin región propia ni suelo en el que asentarse. Nosotros somos los muertos fue el único sitio donde se atisbó esto, pero habrían hecho falta más propuestas parecidas.

Sin embargo, tras el derrumbe de Camaleón y la caída en cascada de Laberinto, el cómic español de los 90 parece ir superando esa fase para entrar en una nueva en la que el panorama y los autores se empiezan a clarificar un poco.

Lo primero que hay que constatar es el fracaso de las tendencias más miméticas: el iberomanga y el cómic de superhéroes nacional. Tampoco es que esto haya sido algo sorprendente. Japón y Estados Unidos llevan décadas produciendo material perfectamente estandarizado y fabricado en serie con las más altas exigencias profesionales en todos los aspectos. Pretender emular ese producto con autores novatos (no entraremos en el tema del talento), que compiten en inferioridad de condiciones (blanco y negro, apoyo empresarial, etc.) y esperar que produzcan resultados es, cuando menos, una idea ridícula. Peor: el iberomanga parece haberse hundido sobre sí mismo sin dejar la menor huella artística (el mejor tebeo español con influencia japonesa es el Ereh un mohtruo! de Maldonado que aparece en El Víbora), y el cómic de superhéroes o es malo o es víctima de su propio éxito: los dibujantes que tienen auténtica madera pasan a trabajar para Estados Unidos a velocidad supersónica, y no se ha visto ni un solo guionista merecedor de ese nombre.

Pero, por otra parte, ha habido algunas tendencias en auge. Parecen advertirse signos de esperanza comercial en los tebeos del “fenómeno Piñol,” y también se trabaja con expectativas en ámbitos más próximos al humor y la eterna “línea chunga,” en proyectos de MegaMultimedia, Tmeo y otros. Puede que muchos de estos tebeos no susciten nuestra atención como lectores o como críticos, pero eso no quiere decir que debamos ignorarlos o que no nos felicitemos por cualquier posibilidad de éxito que demuestren. Al fin y al cabo, todos los tebeos, los que nos gustan y los que no, comen del mismo pesebre: la librería especializada, que hay que mantener abierta como sea.

En la segunda mitad de la década hemos asistido, también, a una fase de superación del periodo imitativo que antes mencionábamos. Muchos jóvenes autores han planteado propuestas que, aunque inscritas en el mismo formato de comic book a blanco y negro, han mostrado mayores inquietudes artísticas y personales, un mayor deseo de superar las referencias para alcanzar una voz propia. Ejemplo de este proceso puede resultar la serie Espiral, de David López, que se inicia a partir de una amalgama de citas superheroicas con cierta sensibilidad indie para desembocar en la más pura comedia costumbrista y personal con su cuarto y último número. Podríamos hablar, entonces, de un nuevo proceso imitativo, esta vez marcado por los cómics alternativos americanos (la presencia durante los últimos años de los Hernandez, Mazzucchelli, Clowes, Burns, Seth, Tomine y demás ha sido fuerte y sigue en alza), al que pronto es de suponer se sumará la influencia franco-europea (la independencia de L’Association, nombres como Trondheim, David B., Dupuy y Berberian). Pero precisamente la lección fundamental que enseña este tipo de historieta (a quien quiere aprenderla) es la de huir de la fórmula y buscar la expresión individual, así como la cercanía al mundo propio y tangible, sea el exterior o el interior. Por eso, más de que imitadores, sería correcto hablar de autores inspirados por las fuentes citadas. Luego, el mayor o menor éxito de sus propuestas depende de su grado de talento y de compromiso con el lenguaje. Sus ganas de trabajar, vaya. Que tienen que ser muchas, dadas las escasas expectativas comerciales de este estilo. Tampoco es que sea un estilo sin salida, pero nuestros editores no parecen demasiado dispuestos a hacer su trabajo, que incluye la parcela de comercialización del producto, y prefieren ejercer de simple maquinaria de producción técnica de papel impreso.

Entre esto y la inagotable vía del humor, que aún pervive y no sólo en El Jueves (véase Amaníaco, por ejemplo), terminamos el siglo admirados ante un puñado de nombres que, si bien no parece que hayan dado casi ninguna obra de enjundia (digo parece porque con la perspectiva de los años tal vez corrijamos esa visión; tampoco Gallardo, Max o Martí fueron inmediatamente reconocidos a principios de los 80), sí van definitivamente a más: los Manel Fontdevila, Monteys, Vergara, Ágreda, Del Peral Pineda, Durán, Fito, Córdoba, Juaco, David López, Bou, Bachs, Busquets, Linhart, Javi Rodríguez, Maldonado, Calo, Miguel Núñez, Chema García, Colino, Adanti, Vera, Sequeiros, Mauro, Martín, Rabo, Brocal, Bleda, Alcázar, Tamayo, David Ramírez o Producciones Peligrosas (y se me olvidan unos cuantos) dan heroicas razones para la esperanza. Está claro que no se metieron en los tebeos en busca de gloria y dinero. Si algún despistado lo hizo, no tardará en abandonar el campo. Pero uno confía en que sean gente dura, porque se han forjado en un territorio duro. Y más duros serán los que vengan después. Como los auténticos guerreros de antaño.

[Texto publicado originalmente en U #20, junio de 2000, con el seudónimo Trajano Bermúdez].

He rescatado este texto por dos motivos: primero, porque acabo de volver a escribirlo para un número de la revista Arbor dedicado a la historieta de próxima aparición. El trabajo era el mismo: hablar de las tendencias del cómic español contemporáneo. Me tocó hacerlo hace diez años y me toca hacerlo ahora, y lo gracioso de estas cosas es revisarlas con perspectiva. El segundo motivo es que el ambiente del Encuentro de Edición Gráfica que se ha celebrado aquí en México y del que hablaba en la entrada anterior me ha recordado al ambiente de la época del U y, de forma más concreta, a este artículo. Por supuesto que no estoy de acuerdo con todo lo que decía entonces (y tampoco en desacuerdo) pero no he corregido ni una coma. No me parecía apropiado aplicar el PhotoShop intelectual para salir más guapo en la foto. Así que tómese tal cual, sin garantía y sin derecho a reclamaciones. Por cierto, ¿alguien sabe qué fue de Del Peral Pineda? ¿Y de Maldonado?

EL PÚBLICO

[Carlos García Campillo, Luis Gantus y Luis Fernando,
el jueves 14 en el Museo Nacional de la Estampa]

Entre las donas del Chedraui, la Arena México, el tianguis infinito, las tortas de tinga de pollo y la cerveza Indio no puedo decir que de momento eche mucho de menos Madrid, pero si hubo un momento en el que me hubiera gustado estar en casa, fue hace un par de semanas, durante la celebración de las jornadas de Avantcómic en el Matadero. Aparte de que siempre merece la pena escuchar una charla de Gallardo, me hubiera encantado conocer a Richard McGuire, convertido por obra y gracia del toque mágico de Chris Ware en uno de los padrinos de la novela gráfica contemporánea gracias a una historieta corta, «Here», que publicó en Raw hace más de veinte años. Me quedé con las ganas, pero por lo que me han contado los que sí asistieron, parece que tampoco hubo mucha gente con ganas en Madrid. Según me han dicho, el pinchazo de público fue sonoro. Sé que McGuire no es una figura muy popular, pero, ¿no hay al menos cien personas entre los cinco millones de habitantes de Madrid que le conozcan y tengan suficiente interés por el cómic de vanguardia como para asistir a una charla suya? Y no digo ya nada de Gallardo, convertido en personaje por su película, estrenada este mismo año, y con miles de ejemplares vendidos de María y yo. ¿Fue culpa de la organización, del espacio elegido o de la lluvia? ¿No hay interés por parte del público? ¿O simplemente no hay ganas? ¿Nos hemos vuelto demasiado cómodos? Porque esta tendencia la vengo observando desde hace tiempo, no diré ya que en toda España, pero al menos sí en Madrid. Y visto desde México, da la impresión de que estamos demasiado saciados y satisfechos para asistir a los actos que se programan. O estamos demasiado enganchados a la pantalla para levantarnos de delante del ordenador y preferimos leer la crónica en los blogs y ver las fotos en facebook.

Por contraste, durante las últimas semanas se han estado celebrando aquí en el DF las mesas redondas del II Encuentro de Edición Gráfica (de historieta, en realidad) organizadas por el Centro de Cultura de España en México, y el éxito de participación en los actos a los que he podido asistir ha sido total. El panorama del cómic (en general, pero sobre todo el nacional) está aquí mucho más malito que en España, lo que podría hacer prever la ausencia de un público que tal vez parezca no existier. Sin embargo, la convocatoria de dibujos benéficos a favor de los damnificados por los desastres de Veracruz no sólo reunió a un buen montón de dibujantes, sino que consiguió recoger muchísimos víveres con destino al estado afectado. La exposición «Del Paquín al webcómic» ha tenido muchísimos visitantes (según me cuentan, claro, que yo no he estado allí para contarlos día tras día) y las mesas redondas en las que he estado no sólo contaban con público, sino que ese público era apasionado y participativo siempre, y las sesiones de preguntas y comentarios se alargaban hasta que nos echaban a manguerazos (es una exageración, a ver si alguno se ha creído que aquí en México la gente es tan descortés... ¡todo lo contrario!).

La última muestra la tuve el pasado jueves, en la mesa «Historieta e historia», celebrada en el Museo Nacional de la Estampa con la participación de Luis Gantus, Carlos García Campillo y Luis Fernando. La cuestión a debatir era, básicamente, cómo está ahora mismo el cómic en México, y cómo se ha llegado a ese punto (o sea, qué historia nos ha llevado hasta el presente), y el debate fue animadísimo, incluso diría que con un tono urgente y entusiasta. Muchos de los temas que surgían me recordaban a los que se plantean en España, incluso aquellos que se alejaban del cómic. Aquí, por ejemplo, el público mayoritario rechaza ir a ver el cine mexicano de entrada, porque «es cine mexicano» y eso significa que «es malo», y sólo es bueno «cuando parece gringo». ¿Les suena? Pues así están las cosas, en efecto. Llegué a comentar que me parecía que estaba en una mesa redonda de Madrid o Barcelona, pero creo que esa apreciación no era del todo correcta. En Madrid o Barcelona las mesas redondas tienen, hoy por hoy, un tono mucho más anestesiado. Quizás lo que quería decir era que me parecía estar en una mesa redonda de Madrid o Barcelona de hace diez o quince años. De hecho, a lo que más me recordó fue a una mesa redonda que se celebró en Barcelona en 1996 y que fue el acto público fundacional de la revista U, con la participación de muchos de los agentes del cómic de aquel momento. Por entonces era todo muy pequeño y no teníamos novelas gráficas, sino comic books de grapa en blanco y negro, pero parecía que todo nos importaba mucho. A lo mejor es que éramos muy jóvenes. A lo mejor es cosa mía.

miércoles, 13 de octubre de 2010

LA NOVELA DE LA CULTURA

Gabriela Pedranti ha publicado una reseña de La novela gráfica en su blog, Cultura Comiquera.

MONEROS DE PRENSA

[De izquierda a derecha: Manel Fontdevila, Fernando Rivera Calderón,
Toño Garci y José Hernández]

Anoche estuve en otra de la mesas redondas sobre historieta organizadas por el Centro de Cultura de España en México. El título era «Historieta y periodismo gráfico. Moneros en la prensa escrita», y se celebraba en el Museo Nacional de la Estampa, con la presencia de Fernando Rivera Calderón (moderador) y los moneros Toño Garci, José Hernández y nuestro Manel Fontdevila. La dinámica de la mesa fue curiosa, con algunos participantes que se incorporaron tarde a la misma y otros que la abandonaron antes de que concluyera, de manera que al final la cosa acabó siendo un mano a mano entre Manel y Hernández. A los que ya llevamos un tiempo en estas tierras no nos sorprende del todo esta dinámica un tanto impredecible y algo caótica de los acontecimientos, algo que por otra parte no les quita nada de interés. Al contrario, casi agradecí la reducción final del elenco, porque escuchar a José Hernández explayarse sobre todos los temas que planteaba el (nuevamente, muy activo e interesado) público fue un verdadero placer. Manel aportó el punto de contraste de la visión que se tiene de la profesión desde Europa, e inevitablemente la proyección de la famosa portada llevó la discusión hacia el problema de la libertad de expresión, que si es siempre fundamental para cualquier caricaturista político, lo es mucho más en México, uno de los países donde los periodistas tienen que ejercer su trabajo bajo una presión más intensa, no sólo del aparato político y económico, sino de otros sectores que todos conocemos por su presencia constante en los titulares de los medios de comunicación. México es realmente un país de contrastes, donde la gran tragedia cotidiana se traga con mucho humor, aunque sea negro, como nos enseñó Fernanda Tapia, conductora del programa televisivo El Almohadazo, que nos entrevistó a Manel y a mí por la mañana y que nos habló de páginas tan inconcebibles como el blog del narco.

Me hubiera gustado poder ofrecer el vídeo de la mesa redonda de los moneros, o al menos un resumen, pero me temo que la grabación no salió demasiado bien. Por lo menos dejo constancia con estas palabras de que fue una (otra) velada estupenda en el DF.

domingo, 10 de octubre de 2010

MÁS SUPERHÉROES


Y también de carne y hueso. Esta foto es de ayer, tomada en el Centro de Cultura de España en México, durante la celebración de «Nuestro monito de arena por Veracruz», una actividad en la que un buen puñado de dibujantes hacía originales para el público que entregase una donación de alimentos con destino a Veracruz, estado dañado recientemente por desastres naturales. Allí apareció de pronto un señor atildado y elegante que parecía extraído directamente de un tebeo de los años 50 y resultó que era ni más ni menos que Don Sixto Valencia Burgos, dibujante de Memín Pinguín, personaje que escribía la mítica Yolanda Vargas Dulché y que probablemente sea el más famoso del cómic mexicano. Todavía hoy se encuentra en casi todos los quioscos de la ciudad. No soy muy dado a la idolatría personal, pero esta vez no pude resistirme a la foto de fan. En la imagen, de izquierda a derecha, Luis Gantus, Bachan, un espontáneo, Don Sixto y el menda.